Esta tarde fui testigo de un acontecimiento verdaderamente alentador para el teatro dominicano. Bajo la iniciativa del Maestro Haffe Serulle nació el Primer Festival de Formato Pequeño, una apuesta fresca, audaz y profundamente formativa. Desde que el público comenzó a llegar, algo inusual empezó a tomar forma: los personajes —jóvenes actores de la Escuela Nacional de Teatro— irrumpían entre nosotros con intervenciones inesperadas, invitándonos a entrar a un salón que, en cuestión de minutos, dejaría de ser un espacio común para transformarse en escena viva. Permanecimos de pie, rodeados por ellos, mientras el lugar cotidiano se desdibujaba y emergía otro: más íntimo, más inquietante, más teatral.
En los pasillos, los personajes rompían deliberadamente la cuarta pared —una marca temprana del sello de Serulle— y nos guiaban hacia el espacio donde se abriría el Festival.
Uno de los gestos más creativos de esta primera parte fue la manera en que los jóvenes intervenían objetos de oficina —sillas, escritorios, mesas de trabajo— para convertirlos en utilería, símbolos y escenarios. Los abrazaban, los desplazaban, los transformaban en aliados dramáticos. Aquellos objetos cotidianos adquirían una resonancia inesperada, volviéndose parte esencial del lenguaje desde el cual narraban sus historias y articulaban sus complejas interpretaciones.
Pero quizá lo más valioso de esta propuesta es su espíritu: son los propios estudiantes quienes escriben, dirigen y actúan sus obras. Asumen el hecho teatral completo, ejercitan la creatividad en todas sus dimensiones y descubren, a través de la práctica con pasión y la disciplina del oficio.
La iniciativa halló un apoyo inmediato y visionario en el Director de la Escuela de Arte Dramático, el Dr. Rafael Morla, quien no solo la acogió con entusiasmo, sino que reconoció en ella un camino para ampliar horizontes y fortalecer la formación de las nuevas generaciones. Su respaldo convirtió una idea en plataforma, y la plataforma en acontecimiento.
Cada obra dialogaba con la siguiente, incluso en su diversidad temática. Esa unidad no era casual: revelaba la curaduría y el rigor creativo propios del estilo del Maestro Serulle, un perfeccionista que integra actuación, escenografía, imágenes y símbolos en un solo pulso escénico. Los pequeños formatos fluían como estaciones de un mismo viaje, enlazados por la sensibilidad juvenil y un cuidado extremo en los detalles y la unidad dramática entre cada una de las obras de corto formato.
La primera parte del festival se desarrolló en el salón inicial, convertido en un laboratorio teatral. Al finalizar, los mismos personajes nos condujeron hacia el teatro de la escuela como parte del entramado narrativo. No hubo ruptura: el público avanzó guiado por figuras ya familiares, como si transitara dentro de una obra mayor.
Ya en el teatro, más de doscientas personas —invitados, estudiantes de arte y profesores— tomaron asiento para presenciar la segunda parte. Lo que siguió fue sorprendente: un despliegue profesional, cuidadosamente articulado, que mantuvo la intensidad y la coherencia desde el primer momento.
Hubo escenas profundamente conmovedoras, reveladoras del talento, la disciplina y la madurez escénica de estos jóvenes. Con cantos, juegos populares, rituales lúdicos y transiciones precisas, lograron entrelazar los distintos formatos con claridad, energía y una eficacia teatral admirable.
Fue, sin duda, una tarde luminosa para el teatro dominicano. Un encuentro entre pasión, juventud y maestros comprometidos que confirma que el futuro del arte dramático se construye hoy: con valentía, sensibilidad y rigor.
Hoy, al ver a estos jóvenes abrazar el camino del teatro con entrega y coraje, siento una profunda esperanza. Cada uno honra la tradición y la memoria escénica del país con una pasión que conmueve. Su disciplina y su búsqueda anuncian un porvenir luminoso para las artes escénicas de la República Dominicana.
Mi admiración y gratitud al Maestro Haffe Serulle, cuya guía rigurosa y humana siembra semillas fértiles en cada generación; y al Dr. Rafael Morla, director de la Escuela, cuya visión y respaldo permiten que propuestas como esta encuentren un hogar para crecer.
A los jóvenes actores, a sus maestros y a todos los gestores de este hermoso sueño: mis más cálidas felicitaciones.
Que el teatro siga siendo su refugio, su batalla y su revelación.
La esperanza que renace en sus voces
Con las propuestas de estos estudiantes de Arte Dramático de nuestra Escuela de Bellas Artes, la esperanza no solo se mantiene viva: se transforma. En cada obra aparece un renacer de la identidad.
Porque recuperar la memoria cultural es posible si:
– devolvemos los valores dominicanos a su lugar central;
– convertimos el teatro en acto de compromiso;
– llevamos música y poesía a las escuelas;
– fortalecemos nuestra idiosincrasia;
– protegemos a nuestros creadores;
– y enseñamos a los jóvenes que la belleza también es una forma de valentía.
La identidad se enciende en cada gesto que apuesta por lo noble.
Basta una pequeña luz para que el ruido deje de ser absoluto.
Con ellos he vuelto a mirarnos sin vergüenza.
La memoria cultural dominicana nos llama:
a mirarnos con honestidad, con orgullo, con respeto.
A recordar que somos más que el bullicio pasajero, más que la provocación efímera.
Somos un país levantado por poetas, maestros, músicos, pensadores, gestores culturales y héroes anónimos que nunca permitieron que la vulgaridad escribiera la historia.
La patria aún respira.
Y esta tarde respiró en la voz de sus jóvenes.
¡Felicidades!
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