Educación, memoria histórica y formación cultural
Este ensayo nace de una conversación fortuita con don Alberto Perdomo, protagonista de una época en la que el arte y las ideas ocuparon un lugar esencial en la vida intelectual dominicana. Fue testigo excepcional de la Generación del 60 y estuvo vinculado al grupo cultural El Puño, surgido en el contexto de las inquietudes artísticas y sociales de aquellos años. Apasionado de la música clásica, la ópera, la literatura y las manifestaciones de la vida cultural, ha cultivado una relación cercana con los artistas, las ideas y la memoria de su tiempo.
Al concluir una jornada de trabajo, nuestra conversación comenzó por asuntos cotidianos y, casi sin proponérnoslo, se desplazó hacia la educación, la memoria histórica, la cultura, la política y el país que estamos construyendo. No fue una entrevista formal ni pretendió seguir un cuestionario. Fue un intercambio de inquietudes y reflexiones que, por su profundidad, me llevó a reconocer en aquella conversación preguntas que trascienden a sus interlocutores y comprometen a la sociedad dominicana.
De ese diálogo surge este ensayo: no como una transcripción literal ni como una atribución individual de cada idea, sino como una reflexión compartida sobre la formación de nuestros ciudadanos, el papel de la educación y la cultura, la responsabilidad de la política y la necesidad de recuperar un proyecto de nación. Porque, al final, la pregunta que nos convoca es también la que da sentido a estas páginas: ¿qué clase de ciudadanos estamos formando y qué país queremos dejar a las próximas generaciones?
¿Qué clase de nación estamos construyendo?
La República Dominicana ha experimentado transformaciones importantes en su infraestructura, sus comunicaciones, sus actividades económicas y sus espacios urbanos. Sin embargo, el crecimiento material no siempre ha estado acompañado por un desarrollo equivalente de la conciencia ciudadana, la formación cultural y la responsabilidad colectiva.
Basta observar algunos de nuestros problemas cotidianos: el deterioro de determinados espacios públicos, la corrupción, la violencia, la intolerancia, la improvisación y la pérdida de confianza en las instituciones. Con frecuencia intentamos resolver cada situación por separado, sin preguntarnos qué condiciones sociales y educativas contribuyen a reproducirlas.
La educación no produce resultados únicamente en las calificaciones escolares. También forma hábitos, valores, maneras de pensar y formas de relacionarnos con los demás. Una sociedad que no desarrolla el pensamiento crítico queda más expuesta a la manipulación, la desinformación y la aceptación pasiva de los discursos que ofrecen respuestas fáciles a problemas complejos.
Por eso, la pregunta fundamental no es solamente cuánto hemos crecido, sino qué clase de personas estamos formando. Podemos levantar edificios, ampliar carreteras y modernizar servicios, pero ninguna de esas realizaciones garantiza por sí misma una ciudadanía consciente de sus derechos, sus deberes y su responsabilidad con el bien común.
El desarrollo de una nación necesita una dimensión humana. Cuando esta queda relegada, el progreso corre el riesgo de convertirse en una suma de obras sin un propósito colectivo suficientemente definido.
La educación más allá de las estadísticas
La República Dominicana invierte recursos en educación, pero los resultados siguen cuestionando la eficacia de ese esfuerzo. Las evaluaciones PISA, como una de las referencias disponibles, evidencian debilidades en lectura y matemáticas. No basta con construir escuelas, aumentar presupuestos o exhibir cifras: hay que demostrar que los estudiantes están aprendiendo.
Un país cuyos jóvenes tienen dificultades para comprender lo que leen enfrenta un problema que trasciende las aulas. Sin comprensión no hay pensamiento crítico; sin pensamiento crítico, la ciudadanía queda expuesta a la manipulación, el discurso vacío y la aceptación pasiva de la realidad.
La educación dominicana parece haberse concentrado demasiado en administrar el sistema y no lo suficiente en garantizar sus resultados. Hemos confundido escolarización con formación y asistencia a clases con aprendizaje.
La pregunta no es cuánto hemos invertido, sino qué hemos logrado. Porque una educación que no enseña a pensar, cuestionar y comprender el mundo difícilmente podrá formar ciudadanos capaces de transformar su país.
La ciudadanía también se aprende
La democracia no se sostiene solamente mediante elecciones. Necesita ciudadanos capaces de comprender las reglas de convivencia, respetar las diferencias, exigir rendición de cuentas y reconocer que los derechos individuales están vinculados a responsabilidades colectivas.
La ciudadanía se aprende en la escuela, pero también en la familia, en los espacios públicos, en los medios de comunicación y en la conducta de quienes ejercen funciones de autoridad. Cuando un niño observa que las normas se aplican de manera desigual, que la influencia personal puede imponerse sobre los méritos o que una falta queda sin consecuencias, recibe una lección que contradice cualquier discurso sobre ética y responsabilidad.
La formación ciudadana pierde fuerza cuando la sociedad normaliza lo inaceptable. La pequeña transgresión tolerada, el privilegio presentado como derecho y la impunidad convertida en costumbre van debilitando la confianza colectiva. El deterioro no siempre ocurre de manera repentina; a menudo avanza cuando dejamos de sorprendernos ante aquello que antes considerábamos inadmisible.
En ese contexto, el populismo puede encontrar terreno fértil al ofrecer soluciones inmediatas, identificar culpables y presentar la voluntad de un líder como sustituto de las instituciones. El problema no reside en que la política escuche las necesidades populares, sino en que convierta la frustración ciudadana en una herramienta para debilitar el pluralismo, desacreditar los controles democráticos o evitar la discusión razonada.
Una ciudadanía bien formada no renuncia a la esperanza, pero tampoco entrega su juicio a quien promete resolverlo todo con soluciones populistas. Aprende a exigir resultados sin abandonar el pensamiento crítico.
La memoria y la cultura como proyecto nacional
Una nación no puede construir su futuro desconociendo su historia. La memoria histórica permite comprender de dónde venimos, identificar los conflictos que nos han formado y reconocer las decisiones que marcaron nuestra trayectoria colectiva.
Sin embargo, la memoria no se transmite únicamente mediante fechas patrióticas, monumentos y conmemoraciones. Necesita libros, testimonios, museos, archivos, conversaciones familiares, investigaciones y espacios educativos donde el pasado pueda examinarse de manera crítica.
Una sociedad que deja de transmitir su memoria corre el riesgo de conservar los símbolos sin comprender su significado. Cuando las nuevas generaciones desconocen a sus pensadores, artistas, escritores y protagonistas históricos, pierden referentes que podrían ayudarlas a interpretar su presente.
La cultura tampoco puede reducirse a una programación de espectáculos o a la celebración ocasional de acontecimientos artísticos. Su verdadero alcance se encuentra en la posibilidad de formar sensibilidad, ampliar conocimientos, estimular la imaginación y facilitar el encuentro entre personas de experiencias diferentes.
La música, el teatro, la literatura y las artes plásticas ofrecen formas de comprender la condición humana que no siempre pueden alcanzarse mediante otras disciplinas. Nos enseñan a escuchar, observar, imaginar otras realidades y reconocer la complejidad de los conflictos humanos.
Por eso, educación y cultura no deben concebirse como sectores aislados. La escuela necesita el arte y la cultura para ampliar la experiencia de sus estudiantes; las instituciones culturales necesitan una educación capaz de formar públicos que puedan comprender y disfrutar sus propuestas.
La cultura debe ser un derecho compartido, no un privilegio reservado a quienes han tenido mayores oportunidades de acceso.
De la formación individual a la responsabilidad colectiva
La formación cultural de una sociedad compromete al Estado y también a escritores, artistas, intelectuales, educadores, universidades, medios de comunicación y organizaciones comunitarias.
En ocasiones, los círculos literarios concentran sus esfuerzos en el reconocimiento mutuo, mientras asuntos esenciales como las bibliotecas, la formación de lectores y el acceso a los libros reciben menor atención. La cultura necesita trascender esos espacios y convertirse en una oportunidad real para todos.
Esta responsabilidad también alcanza a quienes han ocupado cargos en los ministerios de Educación y Cultura. Su experiencia como funcionarios debería aportar una mirada más profunda a los problemas que hoy examinan. Al pasar a la oposición, resulta valioso que sus críticas incluyan una reflexión sobre las decisiones tomadas, los logros alcanzados y las transformaciones que quedaron pendientes durante sus propias gestiones.
La experiencia pública no debería convertirse en un episodio aislado, sino en una fuente de aprendizaje y compromiso. Del mismo modo, el prestigio intelectual adquiere mayor sentido cuando contribuye al fortalecimiento de las instituciones y a la ampliación de las oportunidades culturales.
El desafío consiste en vincular el conocimiento, la experiencia y la creación con un propósito común: formar lectores, estimular el pensamiento crítico y construir una ciudadanía más consciente.
La educación y la cultura requieren continuidad, autocrítica y responsabilidad compartida, más allá de los cargos, las diferencias políticas y los reconocimientos individuales.
CONTINUARÁ…
En la segunda parte, la conversación se adentrará en las contradicciones de nuestra vida política, el avance del populismo y la relación entre el poder y la cultura. También abordaremos una pregunta fundamental: ¿seremos capaces de construir un acuerdo nacional que coloque la educación y la formación cultural por encima de los intereses electorales? La reflexión nos llevará a examinar no solo lo que hemos dejado de hacer, sino también lo que todavía podemos cambiar.
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