En la historia lingüística, nos encontramos con grandes momentos desde la antigüedad, como ya hemos podido apreciar; a sabiendas de que es en siglos más recientes donde forjó su epistemología científica, sobre todo, desde los pasos trascendentales del siglo XIX y el siglo XX del funcionalismo de Ferdinand de Saussure hasta la gramática generativa de Noam Chomsky. Su sendero ha sido amplio y significativo, desde hace milenios con los griegos y los romanos y sus magnos filósofos, antes de Cristo.
Variadas han sido sus escuelas y movimientos en los diversos países, pero cada uno ha realizado sus aportes, sustentándose en principios teóricos y metodológicos en su evolución y desarrollo. En la lingüística cognitiva también ha sido así, como lo hace Iraide Ibarretxe-Antuñano de la Universidad de Zaragoza en su trabajo: La lingüística cognitiva y su lugar en la historia de la lingüística (2013).[1]
En su resumen, la autora subraya: «El objetivo principal no es dar una visión exhaustiva o comprehensiva de este modelo ni de sus antecesores, sino mostrar que las escuelas y las corrientes lingüísticas no parten de cero, no son nuevas, sino inteligentes reinterpretaciones y reformulaciones de ideas anteriores».[2]
En cada época o período los grandes lingüistas han hecho sus contribuciones, desde posiciones y conceptualizaciones teóricas, alimentándose de otros que estuvieron primero que ellos, pero que cuajaron y sedimentaron su progreso. Nada viene del azar, todo es producto de un colosal proceso de evolución, como podemos verificarlo en la lingüística cognitiva. El término se aplica a muchas especialidades de diferentes áreas como es la psicología, el psicoanálisis, la neurología, la pedagogía, la sociología, la filosofía, la antropología cultural, la antropología médica, la inteligencia artificial y la información, entre otras. La lingüística se ha apropiado para estudiar y profundizar en el lenguaje desde una perspectiva integral para analizar las facultades cognitivas humanas, hasta convertirse en un movimiento dentro de la lingüística contemporánea; como modelo surgió en la década de los años ochenta, dando origen a un importante grupo de investigadores.
La palabra cognición procede del latín cognoscere, significa conocer, es decir, la capacidad o habilidad que tenemos los seres humanos para aprender y procesar información a nivel perceptivo y del conocimiento por medio de la experiencia. La investigadora de la lingüística cognitiva Ibarretxe-Antuñano la centraliza entre Estados Unidos y Alemania, por estos acontecimientos históricos:
«La lingüística cognitiva es un movimiento lingüístico que concibe el lenguaje como un fenómeno integrado dentro de las capacidades cognitivas humanas (Croft y Cruse 2004; Evans y Green 2007; Geeraerts y Cuyckens 2007; Ibarretxe-Antuñano y Valenzuela 2012). A pesar de que se suele considerar un modelo que nace en los ochenta¹* en la costa oeste de los Estados Unidos promovido por lingüistas principalmente de la Universidad de California (Berkeley, San Diego) como George Lakoff, Leonard Talmy o Ronald Langacker, el germen de la lingüística cognitiva también se desarrolla en Europa, especialmente en Alemania y en los Países Bajos, impulsado por lingüistas como René Dirven, que organizó en Duisburg (Alemania) el primer Congreso Internacional de Lingüística Cognitiva, del que surgió la actual International Cognitive Linguistics Association [www.cognitivelinguistics.-org]/».[3]
Este trabajo muestra los antecedentes que ha tenido que pasar la lingüística cognitiva a través de sus nociones epistemológicas y metodológicas, ostentando sus convergencias y divergencias entre las diferentes escuelas o movimientos lingüísticos y sus más importantes teóricos; para encuadrar sus raíces comunes y diferenciadoras, para tratar la lingüística cognitiva como un nuevo movimiento, aunque a ambos términos los utiliza entre comillas.
La autora prioriza las siguientes clasificaciones: «2.1. El lenguaje y la cognición. 2.2. La categorización. 2.3. La imaginación. 2.4. El lenguaje es simbólico. 2.5. Lenguaje basado en el uso». Las va categorizando de acuerdo a las perspectivas y los enfoques para concretar y valorar sus pertinencias y sus diferencias. En dicho campo, se cuestionan algunos conceptos y métodos usados por las dos más prominentes escuelas lingüísticas del siglo XX: el estructuralismo de Saussure y el generativismo de Chomsky, entre otros argumentos para sostener entonces la nueva corriente de la lingüística cognitiva, trabajando la teoría de la metáfora y la metonimia conceptual.
En el 2.1 se trabaja el lenguaje como una acción integrada a las otras capacidades cognitivas que poseemos en nuestra naturaleza humana. Es decir, el lenguaje se integra a otros procesos de la cognición, como son la memoria, el razonamiento, la categorización o la atención. Los cognitivistas deben aceptar estas relaciones e conexiones que existen, a la hora de estudiar el lenguaje como una condición y un funcionamiento que se revela por medio del cerebro o la mente humana, donde se crea y se desarrolla la información.
Desde este ámbito, es donde sólo existe una diferencia de grado: «Es decir, entre el lenguaje y los demás procesos mentales existe solamente una diferencia de grado».[4] Dentro de las conexiones, el lingüista cognitivo busca las estrategias para la segregación de la información, sobre la base de figura y fondo, para organizar la estructura conceptual. Entonces hay que estudiarla desde las facultades mentales y sus diversos niveles de análisis lingüísticos, pero de manera simultánea.
En el 2.2 se analizan las conexiones que nos propone la lingüística cognitiva para fijar y operativizar el lenguaje como categorización funcional: «La categorización en este modelo se considera un proceso flexible y matizado. De hecho, las categorías se consideran entidades graduales con límites difusos».[5]
En 2.3 esta corriente o movimiento lingüístico recupera la imaginación como una acción de mayor significación en la vida humana, dejando atrás la concepción tradicional de ser la diosa exclusiva del arte en sentido general, para ser una condición de la naturaleza cognitiva de la mente humana. Es decir, todos tenemos la facultad de imaginar y crear significados concretos y racionales: «La imaginación no se considera un fenómeno sin reglas, un juego irracional e idiosincrático de ideas, sino una capacidad central a la hora de crear significados y en la racionalidad humana».[6]
En 2.4 la lingüística cognitiva conceptualiza el carácter simbólico del lenguaje por naturaleza, por ser una entidad que se representa semántica y fonológicamente: una imagen y concepto, donde Saussure establece la arbitrariedad del signo lingüístico. En cambio, para la lingüística cognitiva, lo analiza desde dos polos que tienen diferentes grados de complejidad. El signo lingüístico no es solo lexemas, sino también morfemas que modifican a las primeras, donde se genera tipos de formación de palabras más complejas, como son las compuestas. De esta manera, la lingüística trabaja la morfología y la sintaxis, sin embargo, para la cognitiva esta última es de naturaleza simbólica, en diferentes grados de complejidad.
En 2.5 el lenguaje está asentado en el uso, porque es donde adquiere la experiencia y concreción, erigiéndose en una relación lógica entre el sistema y el uso: «[…] es decir, las estructuras gramaticales además de conformar un repositorio de conocimientos para el uso, son en sí mismas el propio producto del lenguaje».[7]
En este aspecto, la lingüística cognitiva establece dos vías complementarias, donde no solamente la información debe estar confirmada, sino también sustentada en datos empíricos sólidos: «Por un lado, una de las perspectivas tiene que ver con la idea de que toda afirmación o hipótesis teórica debe estar no sólo avalada sino fundamentada en datos empíricos sólidos».[8]
En la segunda vía, el lenguaje en su abstracción hace dispositivos simbólicos regulando el uso del lenguaje y elabora el de los hablantes: «Es decir, los hablantes de una determinada lengua según se van topando y utilizando una determinada estructura (palabra y/o construcción), van apre(he)ndiendo cómo se ha de utilizar esta estructura (sus contextos de uso, su contexto lingüístico, etc.)».[9]
Con sobrada razón, Ibarretxe-Antuñano sitúa la evolución y el desarrollo de la lingüística cognitiva con otras corrientes y teorías de la lingüística, pero no se extendería en ninguna de ellas: «[…] de sus submodelos ni de todos sus antecesores, sino mostrar que las escuelas y las corrientes lingüísticas no parten de cero, no son nuevas, sino inteligentes reinterpretaciones y reformulaciones de ideas anteriores».[10]
Un ejemplo de esto fue el pensador ateniense Aristóteles, siendo uno de los primeros que se refirió a la metáfora en su libro La Poética, quien la definió como «La metáfora consiste en dar a un objeto un nombre que pertenece a algún otro; […]».[11] Es decir, la metáfora es un traspaso que se hace para denominar algo con otro objeto, lo que significa que sustituye algo con otro nombre, como una forma de comparación enunciativa.
En mi práctica poética siempre he considerado la metaforización como un recurso o instrumento del pensar, donde el poeta construye a través de sus imágenes sus pensamientos. La metáfora representa una construcción conceptual, la cual se genera por medio de una relación de asociación de una cosa con otra. La lingüística cognitiva lo que hace es analizar la metáfora como un proceso conceptual del lenguaje que tenemos los humanos en nuestro sistema mental.
La metáfora siempre se ha visto, sobre todo, como un recurso imaginativo de los poetas y escritores, pero la lingüística cognitiva vino y demostró con Lakoff y Johnson que también es parte de nuestro sistema conceptual ordinario, desde donde pensamos y actuamos, porque somos de naturaleza metafórica:
«Para la mayoría de la gente, la metáfora es un recurso de la imaginación poética, y los ademanes retóricos, una cuestión de lenguaje extraordinario más que ordinario. Es más, la metáfora se contempla característicamente como un rasgo sólo del lenguaje, cosa de palabras más que de pensamiento o acción. Por esta razón, la mayoría de la gente piensa que pueden arreglárselas perfectamente sin metáforas. Nosotros hemos llegado a la conclusión de que la metáfora, por el contrario, impregna la vida cotidiana, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción. Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica. (Lakoff y Johnson, 19-98:39)».[12]
Este es uno de los aportes de los lingüistas cognitivos, como los dos anteriormente citados, se puede verificar en su trascendental obra Metáforas de la vida cotidiana (1980, traducida al español en 1986). En la lingüística tradicional estructuralista, se analiza el mundo metafórico como signo que era meramente lingüístico, sin embargo, Lakoff y Johnson lo llevaron a que, no sólo está en el lenguaje, sino en la vida cotidiana como pensamiento y acción. Por eso, escuchamos tantas metáforas que se producen en el habla de la gente, igual en los refranes populares que se van quedando en nuestra tradición mental ordinaria.
Desde la perspectiva de los cognitivistas, el lenguaje es un producto que se origina por nuestras capacidades cognitivas generales que tenemos los humanos en la memoria, el razonamiento, la categorización o la atención. Ibarretxe Antuñano considera que es el aporte más sustancial de la lingüística cognitiva, cuando explica el lenguaje y la cognición:
«Posiblemente, el principio epistemológico más importante de la lingüística cognitiva es la premisa de que el lenguaje es una capacidad integrada en la cognición general, ya que se entiende como el resultado de las habilidades cognitivas generales tales como la memoria, el razonamiento, la categorización o la atención. Este principio se recoge en el llamado ‘compromiso cognitivo’ (Lakoff 1990: 40) que señala que todo cognitivista tiene que estar preparado a aceptar esta unión entre el lenguaje y las otras facultades cognitivas, ya que tanto la teoría como la metodología han de ser consistentes con lo que se conoce empíricamente sobre la cognición, el cerebro y el lenguaje. Es decir, entre el lenguaje y los demás procesos mentales existe solamente una diferencia de grado.Como consecuencia, los principios lingüísticos se deben de investigar en relación a otras facultades mentales y además cualquier explicación de los diferentes niveles de análisis lingüísticos (fonología, semántica, sintaxis…) han de llevarse a cabo de una forma simultánea».[13]
La lingüística cognitiva trabaja mucho con sus principales tendencias: la teoría de la metáfora y la metonimia conceptual. La metáfora es una operación conceptual que como fenómeno se convierte en pensamiento, y está presente en la vida cotidiana y es parte de la experiencia humana, por lo que transciende la posición tradicional de los lingüistas anteriores, consignándolo solamente a un hecho propio y especial del signo lingüístico. La metáfora en la cognición tiene un dominio sobre otro, esto no opera igual en la metonimia porque se produce un cambio semántico del objeto que se nombra, entonces asume otro.
Veamos ahora, como lo ejemplariza muy bien Daniela Soledad González (2017) en El cuerpo en la lingüística cognitiva. La metáfora conceptual y el embodiment:
«La metonimia (como mecanismo de cambio semántico) incluye la parte por el todo (sinécdoque: “había dos almas allí”), la causa por el efecto (“le hizo daño el sol”), el contenedor por el contenido (“tomar una copa”), el material por el objeto (“trajo los papeles”), el nombre de un productor por el producto (“tráeme maicena”), el nombre del autor por su obra (“este es un Goya”), el objeto utilizado por el usuario (“el segundo violín es muy bueno”), entre otras (Traugott y Dasher, 2002: 57). Es importante aclarar que la metáfora y la metonimia son dos tipos de desplazamientos conceptuales diferentes, pero no incompatibles. Muchas expresiones de carácter “metonímico-inferencial”³* pueden dar como resultado el desplazamiento de una expresión desde un dominio origen hacia un dominio paralelo más abstracto (Elvira, 2009: 177).[14]/⁴*
En la lingüística cognitiva, la imaginación juega un papel vital, porque es una construcción de significados que están consignados en el mundo de la metaforización y la metonimia, como dos facultades humanas que se dan en el uso del lenguaje ordinariopor nuestra condición cognitiva.
El trabajo académico realizado por Iraide Ibarretxe-Antuñano, de la Universidad de Zaragoza, Facultad de Filosofía y Letras, sitúa el lugar de preeminencia que ocupa la lingüística cognitiva, sintetizando sus fuentes y sus aportaciones en la esfera de los estudios lingüísticos, desde esa perspectiva. Al final, el texto incorpora 10 notas, para recuperar juicios y conceptos sobre el tema, además de una extensa referencia bibliográfica.
[1] Este trabajo de Ibarretxe-Antuñano, nosotros trabajaremos, sobre todo, la visión de la metaforización como aporte base de la lingüística cognitiva. Cuando el trabajo este citado en el texto, solamente pondremos el número de página, para no repetir el apellido ni el año de publicación. (Véase piel de página número 3, sobre ídem e ibídem).
[2] Ibídem, pág. 245.
[3] 10 Ibídem, págs. 245-246.
¹* Los ochenta es una fecha clave ya que aparecen los títulos clásicos de la lingüística cognitiva como el inaugural Metaphors We Live By de Lakoff y Johnson en 1980, al que le siguen los trabajos de Lakoff (1987) Women, Fire, and Dangerous Things, Johnson (1987) The Body in the Mind y Langacker (1987) Foundations of Cognitive Gramar. Sin embargo, hay que tener en cuenta dos aspectos importantes. Por un lado, ya en los 70 se estaba trabajando en lo que después serían las bases de este modelo (p. ej., la tesis doctoral de Talmy es de 1972). Por otro lado, su difusión en otras partes del mundo es más tardía. Por ejemplo, en España no empieza a hacerse conocida hasta los noventa (la Asociación Española de Lingüística CognitivaAELCO no se constituye oficialmente hasta el año 1998 (www.aelco.es)); este reconocimiento sucede primero en el ámbito de los estudios anglo-germánicos y no es hasta fechas recientes en las que parece que se está instaurando en otros ámbitos como el hispánico (compárense, por ejemplo, cómo mientras en el Congreso de Lingüística General de Valladolid de 2010 se incluyó una mesa redonda dedicada a esta corriente, en una de las ponencias plenarias del congreso de Santiago de Compostela de 2004 sobre el estatus lingüístico de las disciplinas aplicadas a la semántica (Casas Gómez, 2007), no se menciona este modelo).
[4] Ibídem, págs. 248-256.
[5] Ibídem, pág. 248.
[6] Ibídem, pág. 250.
[7] Ibídem, pág. 251.
[8] Ídem.
[9] Ídem.
[10] Ibídem, pág. 247.
[11] Capítulo XXI, pág. 32.
[12] Pág. 1.
[13] Ibídem, pág. 248.
[14] Pág. 189. La nota al pie de página, ambas tienen un asterisco, es porque pertenecen a la cita en cuestión, como ya hemos establecido. ³*Que van adquiriendo nuevos valores contextuales progresivamente.⁴*El ejemplo que presenta Elvira (2009: 178-182) es el del paso del deber con valor deóntico radical, que significaba obligación impuesta desde el exterior, aldeber epistémico, que indica probabilidad: “En un principio, los verbos deber y poder se sitúan en un dominio regido por leyes físicas o circunstancias sociales que se ejercen sobre seres humanos, pero terminan situándose en un nuevo dominio de naturaleza mental y metalingüística. Se han producido, pues, sendas transferencias desde un dominio conceptual a otro, bastante parecidas a la traslación metafórica. Pero las transferencias de dominios son sólo el efecto final y no la causa del cambio”. A este respecto, consultar también Elvira (2006), Traugott y Dasher (2002: 29). Correspondencias & Análisis, Nº 7, año 2017.
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