Donde el mar termina (apuntes para un poema de la isla), de Alejandro González Luna (Santo Domingo, 1983), es un libro de esos en que el paisaje, más que telón de fondo, termina por convertirse en una conciencia. Aquí el mar no está únicamente delante del sujeto que escribe: respira con él, lo interroga, lo obliga a volver sobre sus pasos y le devuelve, como un espejo roto, imágenes de la infancia, la ciudad, la partida y el fracaso. Más que un libro sobre el mar, este es un libro sobre la dificultad de escribir una isla y, al mismo tiempo, sobre la imposibilidad de dejarla atrás.

Galardonado en 2016 con el XVII Premio Internacional de Poesía Emilio Prados y publicado al año siguiente por la Editorial Pre-Textos, el poemario conserva intacta su actualidad. Sus preguntas acerca de la identidad, el desarraigo, la migración y la escritura parecen haber ganado espesor con el paso del tiempo. Como las olas, ciertas preguntas que uno creyó contestadas reaparecen, al menor descuido, con otra voz.

La primera decisión significativa está en el subtítulo: apuntes para un poema de la isla. González Luna no presenta el libro como una obra cerrada, sino como un conjunto de tentativas. Sus siete secciones se llaman «Primeros Apuntes», «Segundos Apuntes», «Notas al margen», «Terceros Apuntes», «Breve relación de los hechos», «Otros Apuntes» y «Epílogo». A ellas se suman poemas cuyos títulos remiten al taller y al proceso: «estudio preparatorio», «croquis», «esbozo», «notas», «balance», «memorial». La escritura se muestra mientras se construye. No es un edificio terminado, sino el andamiaje; no es la isla dibujada con precisión sobre un mapa, sino las líneas inseguras con que alguien intenta recordar su contorno.

Esa poética de lo provisional se anuncia desde «estudio preparatorio para un poema de la isla». La definición inicial no tiene nada de postal turística. La isla es «viejo mapa del fuego», «peñón de sombras y cacharros», «pájaro herido» y, sobre todo, «tierra sin puentes». Cada imagen desarma la visión complaciente del Caribe como paraíso. La belleza aparece atravesada por el deterioro, la violencia y una lengua que «sobrevive a duras penas». El mar tampoco es una superficie apacible: muerde, traga, conjetura. Es un animal inquieto y una pregunta que rodea al hablante.

Alejandro González Luna. Fotografía de Axel Almonte.

Pero el poema de la isla es también un poema de Santo Domingo. Desde el malecón, la mirada reúne la costa, el faro, el arrabal, los edificios envejecidos y el humo industrial. En «atardecer en la costa», el acto de mirar y el acto de escribir ocurren a la vez. El poeta anota lo que ve, mientras afuera el viento corre y la ciudad entra en la noche: «Santo Domingo se enciende / como una lámpara vieja».

La comparación es breve, pero contiene una ciudad entera. La lámpara ilumina y, al mismo tiempo, deja ver su desgaste. No hay aquí una celebración ornamental de lo urbano. En las distintas versiones de «atardecer en la costa», la ciudad reaparece como organismo enfermo: los autos tosen, se escuchan disparos, los callejones parecen basureros, los perros han perdido el camino a casa y Santo Domingo revela «su triste jadeo. La repetición del poema en varias partes del libro no responde a una falta de asuntos, sino a una decisión estética: mirar otra vez el mismo lugar para comprobar que ni el paisaje ni quien lo mira permanecen iguales.

Este procedimiento alcanza su formulación más precisa en los poemas titulados «mecánica del mar». El mar va y viene, talla la isla, borra sus propios mapas y nunca se encuentra. Su movimiento es el movimiento del libro: avanzar, retroceder, corregir, volver a intentar. Por eso uno de los poemas más breves puede leerse como su arte poética: El mar es un ir y / venir. Un volver una y otra vez / sobre los pasos. / (Es largo el camino / hacia uno mismo).

La escritura es ese largo camino hacia uno mismo, aunque nunca garantice la llegada. En «breve historia del polvo», el poeta levanta «un poema frente al mar / como si fuera una casa», pero la casa se viene abajo y solo quedan ruinas. La imagen reúne dos obsesiones del volumen: construir y perder. Las palabras son refugio, pero también están hechas con los restos de aquello que no pudieron salvar. Más adelante, otro poema con el mismo título afirma que las palabras, como las ciudades, se levantan sobre ruinas y luces pasadas. Escribir consiste entonces en trabajar con el polvo, reconocer en cada palabra la historia de sus derrumbes.

Esa reflexión no se queda en el plano abstracto. En «orígenes», uno de los textos más conmovedores del libro, la escritura nace en el balcón de la casa materna. El padre se ha marchado, la abuela enfrenta el cáncer, la madre borda en silencio y el niño escribe mientras al fondo suenan las balaceras del barrio. La poesía no llega como revelación solemne, sino como una forma de compañía y resistencia. Años después, el hablante comprende que cada vez que escribe vuelve a aquel balcón «donde aprendí a coser con palabras el silencio». El verbo coser no es casual: enlaza la escritura del hijo con el trabajo de la madre y convierte el poema en una labor doméstica, paciente y reparadora.

A partir de ahí se entiende que la isla no sea solo geografía. Es memoria familiar, precariedad, violencia y aprendizaje; pero también es la marca que acompaña al sujeto cuando se marcha. «Balance» resume la experiencia del desplazamiento sin ninguna épica triunfal: «Sufrí el vértigo de conocer la soledad / con otro acento». La frase contiene una de las intuiciones más hondas del libro. Cambiar de país no elimina la soledad; apenas modifica su pronunciación. En «Ítaca», la tradición del viaje se reescribe desde la experiencia contemporánea del migrante: aparecen el hambre, el frío, los papeles exigidos y los lugares donde nadie espera. El destino deja de ser una promesa y se convierte en una forma de medir lo perdido.

El poema «anclaje» lleva esta idea hasta sus últimas consecuencias. Quienes se marchan creen que al otro lado del mar los espera algo mejor. Sin embargo, descubren que «la isla no era un lugar, sino algo que llevábamos dentro». La afirmación podría parecer una simple declaración identitaria, pero dentro del libro tiene un sentido más incómodo: llevamos también aquello de lo que huimos. La isla interior no es solamente música, afecto o nostalgia; carga los errores de los abuelos, las derrotas, el miedo y una educación sentimental hecha de despedidas. Por eso «éxodo» resulta tan duro: quienes parten ofrecen «el vigor de nuestra lengua», pero nadie escucha, y al final son obligados a regresar al mar, el lugar menos seguro.

En ese sentido, Donde el mar termina participa de una tradición insular caribeña, pero evita el gesto grandilocuente. Su mirada puede ser dolorosa y, a la vez, irónica. «aullido tercermundista» retrata a los poetas de la isla sentados frente al mar, esperando «un verso o un barco» que los lleve lejos. Leen libros fotocopiados, periódicos de izquierda y lanzan sus redes como pescadores que rara vez atrapan peces o respuestas. El poema desmonta con humor triste la figura del poeta como iluminado: estos poetas son espectadores de su propia precariedad, figurantes al fondo de una película, viajeros cuyo único rumbo verdadero lo trazan las palabras.

La dimensión política del libro nace de esa mirada y no de la consigna. Está en el arrabal junto al puerto, en las tiendas clausuradas, en los disparos, en los calabozos, en los migrantes rechazados y en la playa convertida en «un retablo / de pequeños naufragios»: latas, papeles, colillas, condones y jeringas. El paisaje permite leer una sociedad. Incluso cuando el poema habla del oficio, no olvida las condiciones materiales de quien escribe. «manifiesto» lo dice sin rodeos: los poetas de la isla escriben para no confundir el silencio con la noche y para no aceptar el miedo como forma natural de estar entre las cosas. La poesía aparece así como una manera precaria, pero necesaria, de conservar la lucidez.

Formalmente, el volumen alterna versos breves con poemas en prosa, enumeraciones, anáforas y pasajes narrativos. Los títulos en minúscula refuerzan la sensación de borrador y disminuyen cualquier pretensión monumental. El léxico, en cambio, construye una red muy reconocible: mar, polvo, fuego, ruina, casa, barco, mapa, piedra, silencio. Sería ingenuo negar el riesgo de esta insistencia. En algunos tramos, la reiteración amenaza con cerrar el campo imaginativo y hacer previsible el regreso de ciertos símbolos. Sin embargo, el libro convierte esa posible limitación en método: cada palabra vuelve con una variación, como una ola que parece la misma y nunca lo es. La acumulación termina produciendo una música propia y una notable unidad de tono.

También hay una conversación consciente con otras tradiciones. Li Bai, Rimbaud y Cavafis comparecen no como autoridades decorativas, sino como figuras del poeta que se hunde, abandona, viaja o intenta regresar. El diálogo amplía el horizonte del libro sin diluir su localización dominicana. Porque, aun cuando el viaje atraviese ríos chinos, ciudades europeas o la Ítaca clásica, siempre se escucha detrás el mar del Caribe, el tráfico de Santo Domingo, los perros del barrio y aquella máquina de coser que enseñó al niño el ritmo de las palabras.

El epílogo, titulado sencillamente «la isla», reúne las líneas centrales del poemario. El hablante vuelve cada tarde a la playa «para aprender de mí algo nuevo» y reconoce que ha fallado muchas veces, pero que el trayecto no ha sido inútil. Ya no busca recuperar intacta la infancia ni alcanzar un territorio prometido. Busca aquello que nunca encontró y que, pese a todo, continúa esperando. El final no resuelve la pregunta: la deja respirando.

Tal vez ahí se encuentre el sentido más fértil del título. ¿Dónde termina el mar? No termina en la costa ni al otro lado del viaje. Termina, si acaso, en el punto donde deja de ser paisaje y se vuelve memoria, lengua, miedo, deseo; en el lugar interior donde la isla persiste incluso cuando creemos haber escapado de ella. Alejandro González Luna ha escrito un libro sobre esa persistencia. Un libro en el que cada poema es nota, croquis, tentativa y resto de un mapa mayor. El poema definitivo de la isla no aparece porque no puede aparecer: tendría que contener todas las partidas, todos los regresos, todas las ciudades superpuestas y todos los silencios. Lo que el autor nos entrega son sus fragmentos. Corresponde al lector juntarlos, escuchar entre ellos el rumor del agua y descubrir, quizá con cierta inquietud, que esa isla también la lleva dentro.

Luis Reynaldo Pérez

Poeta, editor y gestor cultural

Luis Reynaldo Pérez. Poeta, editor y gestor cultural dominicano. Fundador y director de Luna Insomne Editores y de la Fundación Cultural Lado B.

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