Hay una pregunta que considero inevitable después de cada Feria Internacional del Libro:
¿Qué cambió en los hábitos de lectura de los dominicanos como consecuencia de la Feria?
No me refiero únicamente a cuántas personas cruzaron sus puertas, cuántas actividades se realizaron, cuántos escritores participaron o cuántos libros fueron vendidos.
Esas cifras pueden ser importantes.
Permiten conocer la dimensión de un acontecimiento y evaluar parte de su organización.
Pero no son suficientes para determinar su verdadero impacto cultural.
Una Feria puede recibir cientos de miles de visitantes y, sin embargo, no conseguir que aumente el número de lectores.
Puede vender miles de libros y no lograr que un niño vuelva a abrir uno cuando regrese a su casa.
Puede organizar centenares de actividades y terminar sin responder la pregunta fundamental:
¿Estamos formando una sociedad que lee más y comprende mejor?
Aquí debemos ser más exigentes.
Cada año, al concluir la Feria, solemos escuchar balances relacionados con la asistencia, las actividades realizadas, la participación de escritores, las instituciones presentes y otros indicadores cuantitativos.
Pero pocas veces conocemos un balance que permita saber qué ocurrió con la lectura después de que se desmontaron los pabellones.
¿Aumentó la lectura?
¿Se incorporaron nuevos lectores?
¿Mejoraron los hábitos de lectura de niños y adolescentes?
¿Las escuelas continuaron utilizando los libros adquiridos?
¿Las bibliotecas recibieron nuevos usuarios?
¿Los clubes de lectura creados durante la Feria siguieron funcionando?
¿Los jóvenes que participaron en actividades literarias continuaron leyendo meses después?
Estas deberían ser preguntas naturales de una política cultural y educativa que aspire a producir resultados.
La Feria como punto de partida
La Feria Internacional del Libro no debería concebirse como la culminación anual de una política de lectura.
Debería ser uno de sus principales puntos de partida.
La diferencia no es semántica.
Una Feria concebida como acontecimiento concentra esfuerzos durante unos días.
Una Feria concebida como instrumento de política pública puede generar acciones antes, durante y después de su celebración.
La verdadera medida de su éxito estaría también fuera de sus espacios físicos.
Estaría en las aulas.
En las bibliotecas.
En los hogares.
En los clubes de lectura.
En los libros que continúan circulando.
En los niños que descubren nuevos autores.
En los jóvenes que encuentran en la lectura una forma de comprender el mundo.
Porque la Feria termina.
La lectura debería continuar.
¿Dónde están los resultados?
Aquí quiero formular una consideración directa a las instituciones responsables de las políticas culturales y educativas.
No basta con declarar que la Feria fue exitosa.
Los responsables tienen el desafío de demostrar qué produjo esa inversión de recursos, organización y esfuerzo.
Y demostrarlo no significa únicamente presentar estadísticas de asistencia.
Necesitamos indicadores que permitan conocer el impacto real.
Por ejemplo:
- número de nuevos lectores incorporados;
- evolución de los préstamos en bibliotecas públicas y escolares;
- cantidad de estudiantes que participan en clubes de lectura;
- continuidad de los programas iniciados durante la Feria;
- número de libros dominicanos incorporados a programas escolares;
- cantidad de niños y jóvenes que reciben y leen un libro;
- seguimiento de los participantes en programas de lectura;
- evolución de la circulación y venta de libros;
- y, sobre todo, cambios verificables en los hábitos lectores.
No se trata de convertir la cultura en una hoja de cálculo.
Se trata de utilizar la medición como instrumento para saber si aquello que hacemos realmente está funcionando.
Una política pública que no puede evaluar sus resultados corre el riesgo de repetir indefinidamente las mismas acciones sin saber si producen la transformación esperada.
Vender libros no es lo mismo que formar lectores
Esta distinción merece especial atención.
Un libro comprado puede permanecer cerrado.
Un libro prestado puede ser leído por varias personas.
Un libro comentado en una familia puede despertar el interés de otro lector.
Un libro discutido en un club de lectura puede multiplicar sus lectores.
Por eso necesitamos distinguir entre la circulación comercial del libro y la circulación social de la lectura.
La primera puede medirse contando ejemplares vendidos.
La segunda exige observar comportamientos.
¿Quién leyó el libro?
¿Cuándo lo leyó?
¿Lo terminó?
¿Lo volvió a leer?
¿Habló sobre él?
¿Buscó otro libro del mismo autor?
¿Regresó a una biblioteca?
¿Comenzó a leer por iniciativa propia?
Estas preguntas nos acercan mucho más al verdadero propósito de una política de lectura.
Porque el objetivo final no debería ser vender libros.
Debería ser conseguir que los libros sean leídos.
Una Feria que deje algo más que recuerdos
Hay una imagen que puede ayudarnos a comprender el desafío.
Imaginemos a un niño entrando por primera vez a la Feria.
Ve los pabellones.
Observa los libros.
Escucha a un escritor.
Participa en una actividad.
Se toma una fotografía.
Y regresa a su casa.
La pregunta es:
¿Qué ocurrió después?
Si al día siguiente todo terminó para él, la experiencia fue agradable, pero limitada.
Si, en cambio, salió con un libro, volvió a abrirlo en su casa, conversó sobre él con sus padres, regresó a la escuela y encontró allí un maestro dispuesto a continuar la conversación, entonces la Feria produjo algo mucho más profundo.
Produjo continuidad.
Y la continuidad es precisamente lo que convierte un acontecimiento en un proceso.
Por eso debemos comenzar a pensar la Feria no solamente desde sus días de celebración, sino desde los meses que la preceden y los meses que la siguen.
El desafío de la política pública
La República Dominicana ha demostrado que puede organizar una Feria de dimensión internacional.
Ahora necesita demostrar que puede utilizar esa plataforma para construir una política nacional de lectura.
No sería justo exigirle a una sola institución que resuelva por sí misma un problema que involucra a la educación, la cultura, la familia, las bibliotecas, las universidades, las editoriales y los medios de comunicación.
Pero sí es razonable pedir que la Feria se convierta en un espacio de articulación.
Que Cultura dialogue con Educación.
Que las escuelas dialoguen con las bibliotecas.
Que los escritores dialoguen con los estudiantes.
Que las editoriales dialoguen con los maestros.
Que las familias encuentren herramientas para acompañar a sus hijos.
Y que todos podamos conocer, con mayor rigor, si estamos avanzando.
Porque una política de lectura necesita objetivos.
Necesita continuidad.
Necesita recursos.
Necesita evaluación.
Y necesita una voluntad sostenida de mejorar.
El próximo paso
La pregunta, entonces, ya no es solamente cómo medir la Feria.
La pregunta siguiente es mucho más ambiciosa:
¿Cómo transformar aquello que ocurre durante esos días en un movimiento permanente de formación de lectores?
Ahí comienza el verdadero desafío.
Porque si queremos que la Feria deje de ser solamente una gran celebración anual, tendremos que llevarla mucho más allá de sus pabellones.
A las escuelas.
A las bibliotecas.
A los barrios.
A los hogares.
Tendremos que conseguir que el libro llegue a las manos de quienes todavía no leen.
Y acompañar ese primer encuentro hasta convertirlo, poco a poco, en hábito.
Pero hay algo todavía más importante.
No basta con entregar libros.
No basta con acercar a los niños a los escritores.
No basta con organizar clubes de lectura.
Tenemos que crear las condiciones para que ese primer encuentro se convierta en una experiencia que permanezca.
Quizás el próximo gran salto de nuestra Feria no consista en hacerla más grande.
Quizás consista en hacerla más transformadora.
Y para imaginar cómo hacerlo, tendremos que pasar de la pregunta a la propuesta.
Continuará mañana.
Porque la Feria que soñamos no puede terminar cuando se desmontan sus pabellones; debe seguir caminando por las escuelas, las bibliotecas, las familias y la vida cotidiana del país.
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