Pedro Henríquez Ureña mantuvo una comunicación permanente con su país de origen, la República Dominicana, a través de un intercambio epistolar frecuente con intelectuales de los más diversos géneros literarios y científicos: historia, poesía, narraciones tradicionales, cuentos, novelas, crítica literaria y filosófica, así como ensayos sobre diferentes temáticas, de cuyo canje se han publicado varios tomos.
Los intelectuales dominicanos con quienes Henríquez Ureña mantuvo una relación epistolar más frecuente fueron los siguientes: Mercedes Mota, Leonor Feltz, Gastón Fernando Deligne, Enrique Deschamps, Max Henríquez Ureña, Federico Henríquez y Carvajal, Tulio M. Cestero, Enrique Apolinar Henríquez, Federico García Godoy, Camila Henríquez Ureña, Carlos de la Rocha, Francisco J. Peynado, Manuel F. Cestero, Viriato Fiallo y Francisco Henríquez y Carvajal, entre otros.
De igual manera, Henríquez Ureña mantuvo una presencia literaria constante en su patria a través de diferentes medios de comunicación, sobre todo a través de periódicos y revistas de circulación nacional, en diarios y publicaciones periódicas como el Listín Diario, Ideal, La Lucha, El Ibero Americano, Patria, La Opinión, La Nación, Letras y Ciencias, Nuevas Páginas, Ateneo de Santo Domingo, Claridad, Cuna de América, Panfilia, Analectas, Revista de Educación, Féminas, Bahoruco y Cuadernos Dominicanos de Cultura, entre otros.
El interés de Pedro Henríquez Ureña por lo que ocurría en República Dominicana, se puso de manifiesto en gran parte de sus textos, entre los que resaltan: Reflorescencia (1904), José Joaquín Pérez (1905), La Concepción Sociológica de Hostos (1905), Vida Intelectual de Santo Domingo (1905), Fernando A. de Meriño (1907), Gastón Fernando Deligne (1908), La Catedral (1908), Literatura Histórica (1909), Cultura Antigua en Santo Domingo (La Española) (1910), La República Dominicana (1917), Literatura Dominicana (1917), La Lengua de Santo Domingo (1919), Salomé Ureña de Henríquez (1920), García Godoy (1925), La Cultura y las Letras Coloniales en Santo Domingo (1936), La Emancipación y Primer Período de la Vida Independiente en la Isla de Santo Domingo (1940), La República Dominicana desde 1873 hasta Nuestros Días (1940), El Español en Santo Domingo (1940), Literatura en Santo Domingo (1941), Dos Momentos en la Historia Cultural de Santo Domingo (1944) y Reseña de la Historia Cultural de la República Dominicana (1945), entre otros.
Henríquez Ureña se dedicó a estudiar la historia literaria de la República Dominicana en sus diferentes etapas, el proceso de conquista y colonización española, la dominación francesa, la Guerra de la Reconquista y el Período de la España Boba, la Primera Independencia en Santo Domingo, la Dominación Haitiana entre 1822 y 1844, La Trinitaria y la Independencia Nacional del 27 de Febrero de 1844, la Etapa Republicana, la República Dominicana a partir de 1873, la Primera Ocupación Militar de los Estados Unidos y la Resistencia de los Intelectuales y la Prensa Dominicana, tanto para medios de comunicación del país, de Cuba, México, Argentina, Estados Unidos como de España. Asimismo, se dedicó al estudio de la literatura dominicana contemporánea, a través de la cual abordó la producción literaria de cada período en lo historiográfico, lo poético, lo narrativo, la crítica literaria, la filosofía, la filología, la sociología y la ensayística.
Henríquez Ureña fue, sin lugar a dudas, un gran historiador de la cultura dominicana en los diferentes momentos de su desarrollo y de la producción literaria en particular, donde procedió a analizar con profundo sentido crítico el contexto histórico y las obras literarias que dejaron los más grandes exponentes de los periodos colonial, independentista, republicano y de la primera mitad del siglo XX.
1.- Perspectiva de Pedro Henríquez Ureña sobre la producción literaria colonial
Antes de dar los detalles de la producción literaria colonial, así como de los periodos posteriores, Henríquez Ureña hace una descripción breve de la isla de Santo Domingo y de las expresiones culturales que cultivaron sus habitantes primitivos antes de la llegada de los conquistadores españoles:
La isla de Santo Domingo –territorio dividido ahora entre dos naciones pequeñas, la República Dominicana, de idioma español, y la República de Haití, de idioma francés-, antes del Descubrimiento estuvo poblada en su mayor parte por indios pacíficos que hablaban una de las muchas lenguas de la familia arahuaca, el taíno; sólo habían alcanzado una cultura rudimentaria; su lengua desapareció, legando unos centenares de palabras al castellano de las Antillas, y de su poesía sólo quedan noticias. El areito –palabra que los españoles pronunciaron después areíto- era su danza cantada; a juzgar por las descripciones del P. Las Casas y de Oviedo, los había rituales, históricos, festivos.[1]
En el período colonial habla de la llegada de Cristóbal Colón y sus acompañantes a la Isla de Santo Domingo o la Española el 5 de diciembre de 1492 al cacicazgo de Marién, bajo la jurisdicción de Guacanagaríx, donde procede a fundar el Fuerte de La Navidad tras estrellarse la nave Santa María contra un arrecife coralino en las costas del lugar que actualmente lleva por nombre Cabo Haitiano, en la República de Haití, teniendo que dejar allí a 38 de sus tripulantes.
Cuenta que tras regresar Colón en su segundo viaje a la isla La Española encontró que el cacique Mairení, con el apoyo del gran cacique Caonabo y su hermano Maniocatex, había procedido a eliminar a sus 38 compañeros de la fortaleza de La Navidad y se vio obligado a dirigirse hacia el nordeste, donde fundó la villa de La Isabela en 1494, primera ciudad fundada en el Nuevo Mundo. Dos años más tarde, en 1496, el hermano de Cristóbal Colón, el adelantado Bartolomé Colón, fundó otra ciudad en el sur de la isla, llamada inicialmente Nueva Isabela, pero que, a partir de 1502, fue trasladada a la parte oeste del río Ozama por el comendador Nicolás de Ovando, quien la renombró como Santo Domingo.
Henríquez Ureña indica que en esta ciudad se construyeron los más importantes monumentos del período colonial, como la casa del gobernador Nicolás de Ovando, el Palacio del Virrey Diego Colón conocido popularmente como Alcázar de Colón, el hospital Nicolás de Bari, el Monasterio de San Francisco, el Museo de las Casas Reales desde donde ejercían el poder colonial los gobernadores de la Isla y donde funcionaba la Real Audiencia de Santo Domingo creada en 1511, la Fortaleza Ozama, la Catedral de Santo Domingo o Basílica Menor Santa María de la Encarnación, entre otros lugares clave de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, la cual fue declarada Patrimonio de la Humanidad el 8 de diciembre de 1990 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (UNESCO).
De igual manera, Henríquez Ureña destaca el rol trascendente que tuvieron las diferentes órdenes religiosas en el proceso de evangelización y desarrollo de la educación, con la creación de la Universidad Santo Tomás de Aquino en 1538 y la Universidad Santiago de la Paz en 1540, así como en la defensa de los grupos étnicos aborígenes, poniendo énfasis en el Sermón de Adviento pronunciado por fray Antón de Montesinos en diciembre de 1511. Esto se hizo por encargo del vicario de la Orden de los dominicos, Fray Pedro de Córdoba, quien la presidía, con la participación de Fray Bernardo de Santo Domingo y Fray Domingo de Villamayor. Posteriormente, se unió fray Bartolomé de las Casas, uno de los encomenderos que se arrepintió de sus pecados tras escuchar el punzante mensaje cristiano, lo que le llevó a asumir los hábitos, convertirse en defensor de los indios y, posteriormente, fue obispo de San Cristóbal, Chiapas, México.
Henríquez Ureña ofrece informaciones detalladas sobre las primeras expresiones literarias de los conquistadores españoles en Santo Domingo y en el resto de América, así como también en torno al proceso de sojuzgamiento de los pobladores aborígenes y el establecimiento de la cultura española en la isla:
Los comienzos de la literatura de que puede ocuparse la historia hay que buscarlos en los escritos de descubridores y conquistadores. La literatura de idioma castellano comienza para Santo Domingo en el Diario del viaje de Colón, en el extracto del p. Las Casas, y con las cartas –a los Reyes Católicos y a Sánchez y Santangel- en la que narra el Descubrimiento. Contienen descripciones vivaces. Entre 1493 y 1494, el médico andaluz Diego Álvarez Chanca, en carta al Cabildo de Sevilla, da las primeras descripciones de fauna y flora de América, con intento de precisión científica; poco después, el jerónimo catalán Fray Ramón Pané recoge observaciones sobre las creencias religiosas de los indios. En diez años, los españoles sojuzgaron con poco esfuerzo a los indios, y para 1505 tenían fundadas diecisiete poblaciones de tipo europeo, sin contar las fortalezas: la Isla Española vino a ser el centro de la trasplantada cultura occidental durante treinta años, y su principal ciudad, Santo Domingo, fundada en 1496, fue la capital del Mar Caribe hasta mediados del siglo XVIII. Pronto se estableció allí el gobierno general de América: de 1509 a 1526, Diego Colón, hijo del Descubridor, obtuvo el cargo de virrey de las Indias con asiento en Santo Domingo; después de su muerte, la corona de España suprimió el virreinato y dividió la administración de las nuevas tierras. Santo Domingo con su Real Audiencia, ejercía jurisdicción sobre las islas del Mar Caribe y parte de la costa septentrional de la América del Sur. De jurisdicción semejante disfrutaba en el orden eclesiástico, su arquidiócesis (obispado en 1503; arzobispado en 1545), primada de las Indias, y, en la cultura intelectual, su Universidad de Santo Tomás de Aquino, el antiguo colegio de los frailes dominicos, que desde 1538 adquirió categoría universitaria: junto a ella existió, con menor brillo, la de Santiago de la Paz, fundada en 1540. La ciudad se llamó pomposamente ´Atenas del Nuevo Mundo´.[2]
En este texto Henríquez Ureña reseña el papel central que jugó la isla de La Española en el proceso de expansión hispánica hacia toda América, logrando imponer desde aquí su poder político, su justicia, su cultura, su lengua y su religión, donde la ciudad de Santo Domingo alcanzó tal brillo y esplendor con la instalación y apertura de las dos primeras universidades del continente que sus contemporáneos y la posteridad llegaron a otorgarle el nombre magnánimo de Atenas del Nuevo Mundo.
Henríquez Ureña cuenta que la isla La Española o Santo Domingo albergó en su seno en varias ocasiones, a veces por largo tiempo, a los más destacados conquistadores y exploradores de las tierras del Nuevo Mundo, como México, Cuba, Jamaica, Venezuela, Panamá, Colombia, Guatemala, Perú, Guyana, Trinidad, Tobago, Curazao, Aruba, Florida, Alabama, Misisipi, Luisiana, Texas y Nuevo México, entre los cuales se destacaron:
Hernán Cortés –fue escribano en Azua-, Diego Velázquez de Cuéllar, Juan Ponce de León, Rodrigo de Bastidas, Alonso de Hojeda, Vasco Núñez de Balboa, Pedro de Alvarado, Francisco Pizarro, Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Hubo allí eminentes obispos y arzobispos, desde el humanista italiano Alessandro Geraldini (1455-1524), a quien debemos los primeros versos en latín del Nuevo Mundo, hasta Fray Fernando de Carvajal y Rivera (1633-1701), buen prosador conceptista. El Convento de Predicadores tuvo vida gloriosa: dos de sus fundadores, Fray Pedro de Córdoba y Fray Antón de Montesinos, abrieron la campaña en favor de los indios; el episodio de los dos memorables sermones iniciales del segundo está relatado en la Historia de las Indias del P. Las Casas. De allí salieron los fundadores de multitud de conventos en América: entre ellos Fray Domingo de Betanzos, Fray Tomás Ortiz, Fray Tomás de Torres, Fray Tomás de San Martín, Fray Tomás de Berlanga, Fray Pedro de Angulo. Allí se inicia en la predicación, Fray Alonso de Cabrera, uno de los grandes oradores del siglo XVI. Allí profesó Fray Bartolomé de las Casas, que recogió como herencia la campaña de los fundadores. El convento de la Merced dio albergue al creador del Don Juan –Tirso de Molina- que allí ejerció de maestro cerca de tres años (1616-1618). Hubo también eramistas, como Lázaro Bejarano, y hasta protestantes. De los muchos escritores europeos que allí vivieron, los más unidos a la isla, los que más largamente escribieron sobre ella, fueron Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566), con su Historia de las Indias y su Apologética Historia y Gonzalo Fernández de Oviedo (1479-1557), con su Historia general y natural de las Indias y el Sumario que la precedió (1526).[3]
Santo Domingo fue el asiento obligado de la mayor parte de los conquistadores y gobernadores de casi todos los territorios que España habría de conquistar en el Caribe, América del Norte, América Central y América del Sur, varios de los cuales ostentaron cargos importantes y secundarios durante su paso por la isla La Española. De igual modo, Henríquez Ureña muestra que desde aquí partió la denominada evangelización del Nuevo Mundo, al forjar a los principales dirigentes eclesiásticos de los reinos españoles en América. Asimismo, muestra que estas tierras fueron asiento de escritores que recogieron los detalles de la historia de la isla, entre los que destaca a Fray Bartolomé de Las Casas y a Gonzalo Fernández de Oviedo, el primero describiendo las diferentes formas de abusos y sojuzgamientos a que fueron sometidos los pobladores aborígenes y el segundo dedicado a contar la historia desde la perspectiva oficial.
Por otro lado, cabe destacar que la mayor parte de las informaciones poéticas y literarias del periodo colonial de Santo Domingo y de otros territorios de América nos llegan a través del cronista poeta y cura español nacido en Sevilla, Juan de Castellanos, con su obra Elegía de Varones Ilustres de Indias, la cual está formada por 150 mil versos y dividida en cuatro partes, elaborada en treinta años, y considerado el poema más extenso de la lengua española.
En el ámbito literario, Henríquez Ureña señala los aportes de los poetas criollos Leonor de Ovando, Francisco Tostado de la Peña, Elvira de Mendoza, Juan de Guzmán, Diego de Guzmán, Cristóbal de Llerena y Alonso de Espinosa, al tiempo que destaca las contribuciones del poeta español Eugenio Salazar y Alarcón, quien fue oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo a partir del 19 de julio de 1573. Destaca que las poesías de Leonor de Ovando han sido conocidas gracias al intercambio poético y epistolar que hubo entre ella y el baldo español Eugenio Salazar, al tiempo que manifiesta que lo poco que se sabe de la poeta Elvira de Mendoza se le debe a él. Al evocar los tres siglos del período colonial de España en Santo Domingo, Henríquez Ureña sostiene:
Sólo noticias vagas quedan de la vida intelectual durante los tres siglos del coloniaje: ecos de la Universidad, donde imperaba Santo Tomás de Aquino, y de los conventos, donde las aficiones literarias debieron de ejercitarse principalmente sobre temas religiosos. Alonso de Espinosa, de la Orden de Predicadores, nacido en Santo Domingo, ´fue –según expresa el bibliógrafo cubano Carlos M. Trelles- no sólo el primer dominicano, sino el primer americano que escribió y publicó un libro (1541)´. Juan Méndez Nieto, médico graduado de Salamanca, dejó noticias sobre literatura que entre nosotros se cultivaba a mediados del siglo XVI. Poco después (1573) Eugenio de Salazar, entre otros detalles, copia versos de doña Leonor de Ovando, monja dominicana del Convento de Regina Angelorum; ella, y doña Elvira de Mendoza, a quien también menciona Salazar sin citar muestras de su ingenio, son las más antiguas poetisas que se conocen en la historia literaria de América. Se dice que Tirso –se refiere al escritor español Tirso de Molina, JDC-, en su inédita Historia de la Orden de la Merced, cuenta cosas interesantes de su viaje de Santo Domingo como visitador de los conventos mercedarios. Sin duda, haciendo pesquisas en los archivos de España, habrían de encontrarse nuevos datos.[4]
En ese texto de Henríquez Ureña se pone de manifiesto que el desarrollo cultural e intelectual de la colonia de Santo Domingo fue sumamente escaso durante los más de tres siglos en que España ejerció su dominio como metrópolis. Lo conventual, lo religioso, así como la filosofía patrística y escolástica fueron los que dominaron en ese largo trayecto de nuestra historia, salvo raras excepciones, como veremos más adelante.
Cuando se refiere al siglo XVII, Henríquez Ureña manifiesta que se conservan pocos escritos, pero muchos nombres de escritores, entre los cuales destaca a: Tomás Rodríguez de Sosa, Luis Jerónimo de Alcocer, Fray Diego Martínez, Baltasar Fernández de Castro, así como Tomasina de Leyva y Mosquera. En el siglo XVIII menciona a Pedro Agustín Morell de Santa Cruz (1694-1768), autor del primer bosquejo de Historia de la isla y catedral de Cuba; al sacerdote Antonio Sánchez Valverde (1729-1790), del que dice “en su tratado El Predicador (Madrid, 1782) intenta corregir los entonces frecuentes abusos de la oratoria sagrada (eran los tiempos de Fray Gerundio), y que en su Idea del valor de la Isla Española (Madrid, 1785) aboga en favor de su tierra, descuidada por la metrópolis”; también a Jacobo de Villaurrutia (1757-1833), “polígrafo a quien interesaron muchas de las grandes y de las pequeñas cosas típicas del siglo XVIII, desde el problema de la felicidad humana y la situación de los obreros hasta el progreso del trabajo y de la prensa”.[5]
2.- Lo criollo contribuye a la definición de la dominicanidad
En este período, el sacerdote criollo Antonio Sánchez Valverde se destaca por sus escritos originales. En su obra La Idea del Valor de la Isla Española de 1785, describe magistralmente las características geográficas, económicas, sociales y culturales de la colonia española de Santo Domingo. En el Prólogo enuncia, en forma de síntesis, el contenido de su obra:
Haré una descripción de la extensión de su terreno, con distinción de montañas y valles, después de establecer su situación, hablaré de sus producciones en los tres reinos: animal, vegetal y fósil, cuanto baste para hacer juicio de su fertilidad y riqueza. Diré de sus frutos y especies comerciables que puede dar en la parte Española, con ventaja de lo que está dando en las Colonias vecinas, de sus Minas riquísimas, especialmente de oro y de plata, de todo lo cual resultará el cálculo prudencial del valor de aquella primera Colonia, Metrópolis del nuevo Mundo, que mereció el glorioso renombre de Española.[6]
También en 1785 Sánchez Valverde publicó un ensayo muy ingenioso con el título La América Vindicada de la Calumnia de Haber Sido Madre del Mal Venéreo, en el cual desmiente al historiador y funcionario del gobierno colonial de Santo Domingo de principios del siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo, de que en la isla de Santo Domingo y en todas Indias existían enfermedades venéreas cuando llegaron los españoles, que estos las contrajeron en América y luego la llevaron a Europa. Esta mentira de Fernández de Oviedo, el sacerdote Sánchez Valverde la responde en los términos siguientes:
Este escribió un Sumario, y después una Historia general de las Indias, en que dijo, que, de ellas, y señaladamente por los que volvieron de Santo Domingo a España a los principios de su Descubrimiento, su introdujeron las bubas en la Europa: porque allí, y en todas las Indias era una enfermedad endémica. Antes de él, y después de más de treinta años que el mal nefando, o venéreo hacía sus estragos en Italia, Francia y España, habían escrito muchos, atribuyendo su origen a causas muy diferentes. Como la invención de Oviedo se ha hecho una preocupación generalísima, que puede retraer del Comercio, y habitación de la Española a los europeos, me ha parecido necesario desvanecer por principios, y razones sólidas, e intergiversables una Fábula muy perjudicial para el fomento de aquella Isla.[7]
Estos y otros escritos suyos en el ámbito religioso, como sus sermones, panegíricos, misterios y escritos polémicos, como El Predicador, demuestran claramente que Sánchez Valverde fue un escritor criollo muy original, al poner de manifiesto su “amor a la Patria”, como llamó al territorio de Santo Domingo, lugar donde nació el 16 de febrero de 1734. Tras graduarse de Licenciado en Teología en el Colegio de los Jesuitas, fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1755. Posteriormente, se graduó de Bachiller en Derecho Civil en la Universidad de Santo Domingo, para luego ser nombrado Promotor Fiscal Eclesiástico y obtener la cátedra de Instituta en la Primada de América. Viajó a España entre 1763 y 1765, donde obtuvo en Madrid el título de Abogado de los Reales Consejos el 10 de septiembre de 1763.
El 19 de noviembre de 1765 salió de Cádiz de regreso a su patria, pero dos días después le expidieron en Madrid el nombramiento de Racionero de la Catedral de Santo Domingo, canonjía que había gestionado durante su estancia en la Corte. Luego se fugó a Cuba, tras perder un concurso de oposición para obtener la Canonjía Doctoral en la Catedral de Santo Domingo. Posteriormente, se fue a Caracas, Venezuela, donde perdió otras oposiciones. Regresó a Santo Domingo y permaneció allí desde 1772 hasta 1778, cuando se fugó nuevamente a la Corte de Madrid, lo que motivó la amonestación de sus superiores.
En 1780 retornó a Santo Domingo, donde los días 14 de mayo y 30 de agosto de 1781 pronunció dos sermones de crítica encendida ante el Capitán General, el presidente y los magistrados de la Real Audiencia de Santo Domingo. El presidente de la Real Audiencia sugirió al arzobispo de Santo Domingo amonestarle y, al darse cuenta de la hostilidad que había en su contra, el 11 de octubre de 1781 se fugó nuevamente, esta vez hacia la colonia de Saint Domingue, donde fue capturado 10 días después. En 1782 se fugó de nuevo a la Corte de Madrid, España, donde, entre 1783 y 1787, publicó la mayor parte de sus obras.
El 12 de noviembre de 1787, después de dos años de confinamiento, así como de reclamos, peticiones de indulgencias y súplicas, se le expidió un Real Decreto que le eximía de algunas penas y le prohibía retornar a su Patria amada a perpetuidad. A partir de entonces, fue designado Racionero en la Catedral de Guadalajara, México, donde después de ocupar varios años en esa posición, murió el 9 de abril de 1790.
La mayor parte de los escritores dominicanos más destacados en la primera mitad del siglo XIX se vieron obligados a emigrar a otros países del Caribe o de América, por las constantes guerras e incursiones militares de otras naciones y potencias, varios de los cuales son referidos por Henríquez Ureña: José Francisco Heredia (1776-1820), padre del laureado poeta cubano José María Heredia y autor de la obra Memorias sobre las revoluciones de Venezuela (1810-1815); Antonio del Monte y Tejada, autor con elegante estilo que escribió la Historia de Santo Domingo (Tomo I, 1853 y la edición completa en tres tomos entre 1890 y 1892); Esteban Pichardo (1799-1880), geógrafo y lexicógrafo, escribió el primero y uno de los mejores diccionarios de regionalismos de América; Francisco Muñoz del Monte (1800-1865), poeta y ensayista de gran cultura filosófica; Manuel de Monteverde, naturalista de gran talento y saber enciclopédico; Francisco Javier Foxá (1793-1865), el primer dramaturgo romántico de América, autor de Don Pedro de Castillo (1836) y El Templario (1838); José María Rojas, fundador de una casa editorial en Caracas, Venezuela, así como también el Dr. José María y Morillas, autor de Sietes biografías dominicanas.
Bernardo Correa y Cidrón (1757-1837), quien se doctoró en Teología y luego fue ordenado sacerdote, se desempeñó como Catedrático de Derecho Canónico y Teología Dogmática en la Universidad Santo Tomás de Aquino y fue Rector de la Universidad de Santo Domingo entre 1822 y 1823, hasta que esta casa de altos estudios cerró sus puertas. Sus textos más conocidos son las brillantes autodefensas que escribió en 1820 para responder las acusaciones que se le hicieron de colaborar con los gobiernos franceses de Jean Louis Ferrand y Joseph Du Barquier, con el título de Vindicación de la ciudadanía, Apología de la conducta política del doctor don Bernardo Correa y Cidrón, natural de Santo Domingo de la Isla Española, así como Apología de la justificada conducta del ilustrísimo señor doctor don Pedro Valera, arzobispo de Santo Domingo, entre otros.
Andrés López de Medrano (1780-1856), escritor, filósofo, médico y autor del primer libro de Lógica o Elementos de Filosofía Moderna destinados al Uso de la Juventud Dominicana, publicado en 1814 en la Imprenta de la Capitanía General de Santo Domingo, fue regidor, Síndico, Vicerrector y Rector de la Universidad de Santo Domingo (1821-1822) y colaboró con el proyecto independentista que encabezó el licenciado José Núñez de Cáceres en diciembre de 1821; José Núñez de Cáceres (1772-1864), jurista, periodista, fabulista y poeta, ex rector de la Universidad Santo Tomás de Aquino –hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo-, presidente del Estado Independiente de Haití Español y autor de la Declaratoria de Independencia del Pueblo Dominicano (1821), de quien dice Henríquez Ureña: “hombre ilustrado y de espíritu cívico, proclamó la independencia respecto de España y nos declaró unidos a la Gran Colombia, incapacitada para prestarnos ayuda”.[8]
Sin lugar a dudas, la colonia española de Santo Domingo durante la primera mitad del siglo XIX contó con muy connotados hijos, varios de los cuales escribieron páginas de oro tanto en el lar nativo como en los países receptores de sus inteligencias, como fueron los casos de Cuba, Puerto Rico, Haití, Venezuela, México y España, donde dejaron improntas inolvidables, sin que la mayor parte de ellos olvidara nunca su lugar de origen.
3,- La independencia nacional y la restauración perfilan y reafirman la dominicanidad
Para referirse al carácter efímero de la primera independencia del país que lideró Núñez de Cáceres, a la dominación que ejerció Haití sobre la parte oriental de la isla de Santo Domingo durante veintidós años y al proceso independentista encabezado por los trinitarios, que lideró Juan Pablo Duarte y Díez, con el apoyo de Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella y Castillo, el humanista Henríquez Ureña expresa lo siguiente:
Esta independencia duró unos cuantos meses: los haitianos volvieron a invadirnos, y su dominio extinguió todas las manifestaciones visibles de la cultura. La Universidad murió entonces; palacios y conventos quedaron en ruinas; las familias y los hombres eminentes volvieron a emigrar, para no regresar ya más: el propio Núñez de Cáceres se refugió en Venezuela. Solo algunos emigrados conservaron el recuerdo de la tierra nativa de sus padres, de ellos mismos a veces; así, el poeta Francisco Muñoz del Monte, nacido en Santiago de los Caballeros; y Antonio del Monte y Tejada, que escribió en Cuba una voluminosa Historia de Santo Domingo. Bajo aquel cautiverio de veintidós años perduraban, sin embargo, los sentimientos que antes eran de adhesión a España y ahora tendían a la independencia. La cultura universitaria había muerto, pero quedaban sus gérmenes. Un sacerdote limeño, Gaspar Hernández, reunió en torno suyo a la juventud estudiosa, y les dio cátedras de filosofía y otras disciplinas, consagrándoles cuatro horas diarias. Cooperando con él, el más ilustrado de los jóvenes de entonces, Juan Pablo Duarte, educado en España y en comunicación frecuente con ella, daba también a sus amigos lecciones de matemáticas y hasta de manejos de armas. Este joven amante de la filosofía y de las ciencias fue el fundador de la República. Una frase suya, de sabor griego, lo pinta: ´La política no es una especulación: es la ciencia más digna, después de la filosofía, de ocupar a las inteligencias nobles´. La República Dominicana fue proclamada por Duarte, junto a Francisco del Rosario Sánchez, otro hombre de cultura intelectual, y con Ramón Mella, en 1844; era nuestra segunda, y más efectiva independencia.[9]
En este texto, Henríquez Ureña destaca las dos independencias de la República Dominicana, la primera, frente a España, entre el 1 de diciembre de 1821 y el 9 de febrero de 1822, y la segunda, frente a la República de Haití, entre el 27 de febrero de 1844 y el 24 de enero de 1856, cuando los patriotas dominicanos vencieron al ejército haitiano en las últimas batallas de Sabana Larga y Jácuba, en Dajabón y Puerto Plata, respectivamente. Estos procesos independentistas fueron liderados por figuras dotadas de una gran cultura intelectual, como José Núñez de Cáceres y Juan Pablo Duarte. Estas personas pretendían darle una orientación diferente a la vida de las nacientes repúblicas con respecto al rumbo que habían tenido antes bajo el dominio de naciones extranjeras, donde la cultura languidecía en todos los órdenes, debido al olvido a que fue sometida por la metrópolis España y a la elevada importancia que le dio Haití a la preparación militar de la población ante una posible invasión de su antigua metrópolis Francia, con lo cual descuidaron la educación y la cultura.
Es importante señalar que Henríquez Ureña obvia en su texto los aspectos positivos que trajo consigo la presencia de Haití en la parte oriental de la isla de Santo Domingo entre 1822 y 1844, como fue la abolición de la esclavitud y el fortalecimiento del campesinado, ya que, durante casi trescientos cincuenta años de dominación, tanto España como Francia, habían implementado el sistema de encomiendas de los pueblos aborígenes y la esclavitud de los negros esclavos de origen africano. Solo el líder de la Revolución Haitiana y gobernador de la colonia francesa de Saint Domingue, Toussaint L’Ouverture, abolió la esclavitud entre 1801 y 1802, al tiempo de consignar la igualdad entre los habitantes de ambas partes de la Isla en la Constitución de 1801, aprobada por representantes de la parte oriental y la parte occidental. Boyer también procedió a abolir la esclavitud por segunda vez cuando ocupó la ciudad de Santo Domingo el 9 de febrero de 1822. Esto significa que, si bien es cierto durante los gobiernos de Toussaint y Boyer muchas familias de origen español y criollas se fueron a vivir a otras colonias españolas, no se puede dejar de reconocer que esos gobernantes haitianos fueron los únicos en abolir la esclavitud que pesaba sobre más de 10 mil personas desde hacía varios siglos.
De igual manera, durante los gobiernos haitianos se puso en práctica el libre comercio con diferentes países, rompiendo así con el monopolio impuesto por España desde el establecimiento de la Casa de Contratación de Sevilla en 1503 con el objetivo de controlar el comercio con las colonias de las denominadas Indias Occidentales. Esto permitió el desarrollo de un intenso comercio en el Puerto de Santo Domingo, que contribuyó a la creación de una pequeña burguesía comercial urbana, la cual sería la responsable de liderar el proceso organizativo, educativo y cultural que conduciría a la independencia política de la República Dominicana frente a Haití y ante cualquier potencia extranjera.
En el período posterior a la proclamación de la Independencia Nacional de 1844, Pedro Henríquez Ureña sitúa como los escritores más destacados a Félix María del Monte (1819-1899), autor del himno de guerra contra la dominación haitiana (1844); Nicolás Ureña de Mendoza (1822-1875) y José María González Santín (1830-1863), de quienes dice que “escriben con sabor y delicadeza sobre temas criollos, campesinos o urbanos”[10]; Javier Angulo Guridi (1816-1884), introduce el tema del indigenismo con su drama Iguaniona (1867) y su romance Escenas aborígenes, y temas de leyenda local, como La Ciguapa y La Fantasma de Higüey; su hermano, Alejandro Angulo Guridi (1818-1906), escribió principalmente sobre temas filosóficos, políticos y jurídicos.
En este período hubo pocos escritores con una importante labor literaria, salvo el destacado abogado y escritor Félix María del Monte, integrante de la sociedad cultural “La Filantrópica” y defensor del general Antonio Duvergé en el juicio sumario orquestado por el general Pedro Santana. Sus obras más destacadas son: las letras del primer Himno Nacional Dominicano (1844), Las vírgenes de Galindo, o la invasión de los haitianos sobre la parte española de la isla de Santo Domingo el 9 de febrero de 1822 (1885), Duvergé, o Las víctimas del 11 de abril, El artista Antonio Brito, El Último Abencerraje y El Mendigo de la Catedral de León, entre otras.
Otros literatos destacados de este periodo fueron los hermanos Ángulo Guridi, Francisco Javier y Alejandro. De ellos, Francisco Javier Angulo Guridi fue quien inició la corriente indigenista en la República Dominicana, a la cual se incorporarían otros escritores importantes del país, destacándose por escribir las siguientes obras: Ensayos poéticos (1843), El garito (1854), La fantasma de Higüey (1857), La Ciguapa (1866), Silvio (1866), La campana del higo (1866), Geografía físico-histórica, antigua y moderna de la isla de Santo Domingo (1866), Iguaniona (1867), El conde de Leos (1867), La imprudencia de un marido (1869), Una situación poco envidiable (1869) y El panorama (1872/1873), entre otras. Su hermano Alejandro Angulo Guridi también tuvo una dilatada participación política y se destacó en el campo de las letras, siendo sus obras más conocidas: La joven Carmela (1841), La venganza de un hijo (1842), Los amores de los indios (1843), Temas políticos (1891) y ¿Quién es Modesto Molina? (1896).
Entre los escritores de prosa, la mayoría de los cuales iniciaron su labor literaria en los años 1850, Henríquez Ureña destaca que hubo una gran diversidad. Para este, los escritores políticos más trascendentes fueron Ulises Francisco Espaillat, el general Gregorio Luperón y Mariano Antonio Cestero. A Espaillat lo caracteriza como “caudillo de la Restauración y gobernante magnánimo, a la vez profundo escritor político” y en otro lugar lo describe como “gobernante ejemplar”; al general Gregorio Luperón, lo define como “héroe de la guerra contra España y escritor liberal y progresista sobre asuntos políticos”, mientras que de Mariano Antonio Cestero dice: “quien el temperamento exaltado no quita vigor a los análisis históricos.”[11]
Pedro Henríquez Ureña resalta la trascendental labor realizada por el eminente pensador puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903), quien vivió por largo tiempo en la República Dominicana, donde fundó en 1880 la Escuela Normal para la formación de maestros y con el apoyo de la poeta Salomé Ureña creó el Instituto de Señoritas para la formación de maestras. Hostos llevó a cabo una gran revolución humanística que repercutió en el campo educativo, moral e intelectual. Entre las principales obras que escribió Hostos en los más diversos ámbitos de la filosofía, las ciencias sociales, la pedagogía y el derecho, se deben mencionar: Diario, Moral Social, Lógica, Sociología, La peregrinación de Bayoán, Pedagogía, La educación Científica de la Mujer, Principios de la Liga de los Independientes y Lecciones de Derecho Constitucional, entre muchas otras.
Es importante destacar que en ese período también tuvo una labor fecunda el destacado y original escritor y gran patriota restaurador Pedro Francisco Bonó (1828-1906), quien escribió la primera novela costumbrista dominicana, El Montero (1856), Apuntes para los Cuatro Ministerios de la República (1857), Apuntes sobre las Clases Trabajadoras Dominicanas (1881) y Congreso Extraparlamentario (1895), entre otros, pero no fue referido en ninguno de sus escritos por Pedro Henríquez Ureña, no se sabe por desconocimiento o por otras razones.
A Bonó se le considera el primer sociólogo dominicano por el análisis que hizo en torno al rol desempeñado por los trabajadores dominicanos en la industria tabacalera del Cibao, a la que calificó de “padre de la Patria” y “base infantil de la democracia”, mientras que al cacao y a la caña de azúcar los definió como “oligárquicos”, por cuanto consideraba a la pequeña y mediana propiedad agraria de tabaco como el mejor remedio para enfrentar los grandes problemas económicos, sociales y políticos que padecía la República Dominicana durante el siglo XIX. En ese sentido Bonó indicó, refiriéndose al tabaco:
Él ha sido, es y será el verdadero padre de la patria para aquellos que lo observan en sus efectos económicos, civiles y políticos. Él es la base de nuestra infantil democracia por el equilibrio en que mantiene a las fortunas de los individuos, y de ahí viene siendo el obstáculo más serio de las oligarquías posibles; fue y es el más firme apoyo de nuestra autonomía y él es por fin quien mantiene en gran parte el comercio interior de la República por cambios que realiza con las industrias que promueve y necesita[12].
Henríquez Ureña destaca la labor de tres importantes escritores de finales del siglo XIX e inicios del Siglo XX: José Gabriel García, Fernando Arturo de Meriño y Emiliano Tejera. Ellos constituyen una constelación que ilumina de forma refulgente el firmamento intelectual dominicano, varios de ellos en el terreno político, mientras que otros lo hacen en los ámbitos sociológico, histórico, filosófico y pedagógico. Cuando se refiere a los historiadores coloca en primer lugar a José Gabriel García, de quien dice “historiador fecundo y pacientísimo” y “el primero que trata de abarcar todo el pasado y el presente cercano del país”; como orador sagrado menciona a Fernando Arturo de Meriño, a quien describe con estas palabras: “político y sacerdote, presidente de la República de 1880 a 1882 y arzobispo de la Sede Primada desde 1886 hasta su muerte (1907), Doctor en Teología, maestro de gran influjo moral, y la más alta cima de la oratoria dominicana”; entre los investigadores de la época colonial y del idioma indígena de la Isla de Santo Domingo, sitúa a Emiliano Tejera (1841-1923), a quien caracteriza como “tipo de sabio, profundo investigador y crítico de nuestra historia, cuyas monografías sobre Los restos de Colón y Los límites entre Santo Domingo y Haití son definitivos.”[13]
Es más que evidente la fecunda labor del historiador, pensador liberal y nacionalista José Gabriel García en la producción historiográfica dominicana. Como parte de su inmenso legado, es necesario destacar su monumental Compendio de Historia de Santo Domingo, en cuatro tomos ( 1867-1906), Breve refutación del informe de los Comisionados de Santo Domingo. Dedicado al pueblo de los Estados Unidos (1871), Rasgos biográficos de dominicanos célebres (1875), Memorias para la historia de Quisqueya de la parte española vieja de Santo Domingo desde el descubrimiento de la isla a la constitución de la República (1875), Partes oficiales de acciones de guerra durante la guerra dominico-haitiana (1888), Guerra de Separación: Documentos para su historia (1890), Coincidencias históricas: Escritas según tradiciones populares (1892), El Lector Dominicano: curso gradual de lecturas compuestas para uso por las escuelas nacionales (1894), La colección de tratados internacionales firmadas por la República Dominicana desde su creación al día presente (1897) e Historia Moderna de la República Dominicana (1906), entre otros textos escritos en diversos periódicos y revistas, con los cuales hizo una contribución fundamental al desarrollo de la historiografía progresista dominicana.
El arzobispo Fernando Arturo de Meriño fue, sin duda alguna, uno de los oradores sagrados y políticos más importante de la República Dominicana en el siglo XIX, quien dejó su impronta en la educación, en la religión y en la política del país. El discurso que lo inmortalizó en la historia política dominicana fue el que pronunció el 8 de diciembre de 1865 cuando le tomaba juramento al presidente Buenaventura Báez, lo que valió el destierro, cuando le expresó:
iProfundos e inescrutables secretos de la providencia. . .! Mientras vagabais por playas extranjeras, extraño a los grandes acontecimientos verificados en vuestra patria; cuando parecía que estábais más alejado del solio y que el poder supremo sería confiado a la diestra victoriosa de alguno de sus adalides de la independencia.. . . . tienen lugar en este país sucesos extraordinarios.. . ! Vuestra estrella se levanta sobre los horizontes de la Republica y se os llama a ocupar la silla de la primera magistratura. Tan inesperado acontecimiento tiene aún atónitos a muchos que lo contemplan.. . .! Empero, yo, que solo debo hablaros el lenguaje franco de la verdad; que he sido como vos aleccionado en la escuela del infortunio, en la que se estudian con provecho las raras vicisitudes de la vida, no prescindiré de deciros, que no os alucinéis por ello: que en pueblos como el nuestro, valiéndome de la expresión de un ilustre orador americano, “tan fácil es pasar del destierro al solio, como del solio a la barra del senado”. Si, porque también entre nosotros, como lo ha querido y dispuesto la nación, de hoy en adelante es la ley la que tendrá el supremo dominio, y desde el más encumbrado ciudadano hasta el último, todos estarán sometidos a su imperio.[14]
En lo que concierne al destacado diplomático, farmacéutico e investigador histórico Emiliano Tejera, es importante indicar que sus escritos en torno al patricio Juan Pablo Duarte y los restos de Cristóbal Colón en Santo Domingo, sus memorias diplomáticas como Canciller de la República Dominicana durante el gobierno de Ramón Cáceres, su texto sobre los límites fronterizos entre República Dominicana y Haití y su producción nacionalista frente a la primera ocupación militar de los Estados Unidos al país, entre 1916 y 1922, constituyen páginas de oro de la prosa dominicana de ese período, donde la defensa de la patria y la exaltación de la figura apostólica del patricio Duarte se constituyen en sus más preciadas prendas.
En el renglón de la narrativa Henríquez Ureña selecciona a Manuel de Jesús Galván como el autor más destacado, a quien define como “el más puro hombre de letras” y autor de la gran novela histórica Enriquillo, de la cual dice:
Escrita en prosa castiza, pulcra, de ritmo lento y solemne, ciñéndose a veces a los hechos, otras innovando, da en amplio desarrollo el cuadro de la época de la conquista, desde la llegada de Ovando hasta la justa rebelión del último cacique de la Isla en 1533, año en que termina con generosa decisión de Carlos V.[15]
Manuel de Jesús Galván fue uno de los grandes escritores del siglo XIX, con una de las prosas más límpidas y originales, dueño de un estilo clásico que asombra a todo aquel que lee las páginas de su más importante novela, Enriquillo, que hasta el año 2000 era considerada su única novela, puesto que las demás estaban dispersas en la hojarasca de los periódicos y las revistas de su época, hasta que el audaz investigador y editor Andrés Blanco Díaz y el destacado escritor Manuel Núñez las salvaron de más de un siglo de olvido. La novela Enriquillo es una síntesis de verdad histórica y ficción, en donde es muy difícil establecer con meridiana claridad hasta donde llegan los hechos históricos relacionados con el cacique Enriquillo y hasta donde extienden sus tentáculos la invención, el mito, la parábola, la fábula y la leyenda. No obstante, es un deleite recorrer a través de aquellas páginas gloriosas la épica del último cacique rebelde de la isla La Española, quien en los diferentes estudios históricos y literarios ha sido enaltecido por unos, vilipendiado por otros y colocado en su verdadera dimensión histórica por los menos.
[1] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 13.
[2] Henríquez Ureña. Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 13-15.
[3] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 15.
[4] Henríquez Ureña, Pedro. De mi patria. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1974, pp. 123-124.
[5] Henríquez Ureña, Pedro. Obra Dominicana. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1988, pp. 484-485.
[6] Sánchez Valverde, Antonio. Idea del Valor de la Isla Española. Madrid: Imprenta de Don Pedro Marín, 1785, pp. 6-7.
[7] Sánchez Valverde, Antonio. La América Vindicada de la Calumnia de Haber Sido Madre del Mal Venéreo. Madrid: Imprenta de Don Pedro Marín, 1785, pp. 2-4.
[8] Henríquez Ureña, Pedro. De mi patria. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1974, p. 125.
[9] Henríquez Ureña, Pedro. De mi patria. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, 1974, p. 125.
[10] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 18.
[11] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 2:1899-1910, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 167.
[12] Bonó, Pedro Francisco. “Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas” en Textos Selectos. Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2007, p. 30.
[13] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 2:1899-1910, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo, Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, pp. 167-168.
[14] Academia Dominicana de la Historia. Revista Clío, Núm. 071-073. Ciudad Trujillo: Julio-diciembre de 1945, p. 57.
[15] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 19.
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