¿Quiénes han protegido realmente el patrimonio cultural dominicano a lo largo de nuestra historia?

Cuando hablamos del patrimonio cultural dominicano solemos dirigir la mirada hacia el Estado. Es una reacción comprensible. Corresponde a los poderes públicos proteger la memoria histórica, conservar los monumentos, preservar los bienes culturales y garantizar que ese legado llegue íntegro a las generaciones futuras.

Sin embargo, la historia dominicana revela una realidad mucho más amplia y esperanzadora.

La cultura nacional nunca ha sido preservada exclusivamente por las instituciones públicas. Ha sobrevivido gracias al compromiso de escritores, artistas, educadores, investigadores, universidades, academias, fundaciones, centros culturales, museos, comunidades y millones de ciudadanos que, generación tras generación, asumieron como propia la defensa de nuestra memoria colectiva.

Esa ha sido, quizá, una de las mayores fortalezas de la República Dominicana.

Nuestra cultura nunca ha dependido únicamente del Estado.

Ha sobrevivido porque siempre ha tenido guardianes.

Guardianes que comprendieron que la identidad de un pueblo constituye un patrimonio demasiado valioso para depender exclusivamente de las decisiones de cada gobierno o de las limitaciones de cada presupuesto.

Recorrer esa historia significa descubrir que la defensa de la cultura ha acompañado los momentos más decisivos de la construcción nacional.

La cultura en la Independencia Nacional

Félix María del Monte fue uno de los fundadores de La Filantrópica con Juan Pablo Duarte y autor del primer Himno Nacional en 1844.

Mucho antes de proclamarse la Independencia, la cultura ya desempeñaba un papel esencial en la formación de la conciencia nacional.

Las ideas prepararon el camino que luego recorrerían los acontecimientos políticos.

Organizaciones patrióticas como La Trinitaria, La Filantrópica y La Dramática comprendieron que la educación, el teatro, la palabra y la difusión de las ideas eran instrumentos indispensables para despertar el sentimiento de identidad y el anhelo de libertad.

Aquellas sociedades no fueron simples espacios de reunión.

Constituyeron verdaderas escuelas de ciudadanía.

En ellas comenzó a construirse una conciencia colectiva que hizo posible el nacimiento de la República.

La patria empezó a edificarse primero en la conciencia de sus ciudadanos.

Después, en el territorio.

Desde sus orígenes, la cultura acompañó el nacimiento de la Nación.

La cultura durante la Guerra de la Restauración

Ese compromiso reapareció con igual fuerza durante la Guerra de la Restauración.

La lucha contra la anexión a España no fue únicamente una confrontación militar.

Fue también una afirmación cultural, política y moral.

Defender la República significaba preservar una identidad propia, una memoria compartida y el derecho del pueblo dominicano a decidir libremente su destino.

En aquel proceso desempeñaron un papel importante las logias masónicas, la prensa patriótica, numerosos intelectuales liberales y sacerdotes comprometidos con la causa restauradora, que contribuyeron a mantener viva la conciencia nacional y el espíritu de resistencia.

La cultura volvió a convertirse en una herramienta de libertad.

La resistencia intelectual y cultural durante la ocupación norteamericana

Ateneo Amantes de la Luz, de Santiago de los Caballeros.

Décadas más tarde, durante la primera intervención norteamericana, la respuesta volvió a surgir desde la sociedad.

Intelectuales, educadores, periodistas, organizaciones cívicas y patrióticas comprendieron que defender la cultura también significaba defender la soberanía nacional.

Instituciones como el Ateneo Amantes de la Luz, junto a organizaciones como la Unión Nacional Dominicana, la Junta Nacionalista Dominicana, las Juntas Patrióticas de Damas y diversos comités ciudadanos, impulsaron una intensa labor de educación cívica, reflexión intelectual y afirmación nacional.

Aquella resistencia demostró que la cultura también puede convertirse en una forma de defender la independencia y la dignidad de un pueblo.

La Nación volvió a encontrar en sus ciudadanos a los guardianes de su memoria.

La diáspora dominicana: un territorio donde también se preserva la Nación

Dominicanos en Nueva York.

Existe otro guardián cuya importancia apenas comienza a ser reconocida en toda su dimensión: la diáspora dominicana.

Durante décadas, millones de dominicanos han llevado consigo mucho más que su capacidad de trabajo y sus vínculos familiares. Han llevado su lengua, sus tradiciones, su música, su gastronomía, sus expresiones artísticas y su memoria histórica. Allí donde se ha establecido una comunidad dominicana también ha surgido un nuevo espacio para preservar, recrear y proyectar la identidad nacional.

Hoy la cultura dominicana ya no se construye únicamente en Santo Domingo, Santiago, Baní, Puerto Plata o San Pedro de Macorís. También se crea en Nueva York, Boston, Miami, Lawrence, Madrid, Barcelona, Montreal, Milán, San Juan y en decenas de ciudades donde nuestros compatriotas han fundado centros culturales, compañías teatrales, grupos folklóricos, escuelas de música, editoriales, galerías, festivales y proyectos comunitarios.

La Nación dominicana ya no puede entenderse únicamente desde la geografía de la isla.

También se expresa allí donde un dominicano escribe un libro, investiga nuestra historia, enseña a sus hijos el significado de nuestros símbolos patrios, organiza un festival cultural o transmite a las nuevas generaciones el orgullo de pertenecer a esta tierra.

La diáspora constituye hoy uno de los mayores activos culturales de la República Dominicana.

Sin embargo, su participación en la formulación de las políticas culturales del Estado continúa siendo limitada. Con frecuencia se reconoce su aporte económico, su peso demográfico o su importancia electoral. Mucho menos frecuente es reconocerla como una comunidad que produce conocimiento, preserva la memoria, impulsa la investigación y proyecta internacionalmente la cultura dominicana.

Ha llegado el momento de superar esa visión.

Una verdadera Política Cultural de Estado debe reconocer que la Nación dominicana trasciende sus fronteras territoriales y que nuestra cultura también se piensa, se crea y se preserva desde el exterior.

Incorporar la experiencia, el conocimiento y la capacidad organizativa de la diáspora no constituye un gesto simbólico. Representa una decisión estratégica para fortalecer la proyección internacional de la cultura dominicana y enriquecer la construcción de una visión nacional compartida.

Porque la diáspora no es únicamente una comunidad de dominicanos en el extranjero.

Es también una comunidad de guardianes de la memoria, de la identidad y del patrimonio cultural de la Nación.

Nuestra cultura tiene guardianes

Centro Cultural Taíno Casa del Cordón.

Después de recorrer casi dos siglos de historia resulta difícil sostener que la cultura dominicana ha dependido exclusivamente del Estado.

La evidencia demuestra exactamente lo contrario.

Nuestra cultura ha sido preservada gracias a la acción conjunta de ciudadanos e instituciones que comprendieron que la memoria constituye uno de los bienes más valiosos de una Nación.

Los guardianes de nuestra cultura han estado presentes en cada etapa de la vida republicana.

Estuvieron en las sociedades patrióticas que prepararon la Independencia.

En los restauradores que defendieron la soberanía nacional.

En los intelectuales y educadores que resistieron la ocupación extranjera.

En los artistas que acompañaron las luchas democráticas del siglo XX.

En los movimientos culturales independientes que llevaron el arte a los barrios y a las comunidades.

En Casa de Teatro, en la Fundación Eduardo León Jimenes y el Centro León, en la Fundación Altos de Chavón, Museo Bellapart, La Fundación Sinfonía, en el Centro Cultural Perelló, en el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón, en el Centro Cultural Banreservas y en tantas otras fundaciones, centros culturales e instituciones que han abierto espacios para la creación, la formación, la investigación y el diálogo, se ha fortalecido una parte esencial de la vida cultural dominicana.

En las universidades, academias, museos, archivos, bibliotecas, fundaciones y centros culturales que han preservado nuestra memoria.

En las empresas que comprendieron el valor de invertir en cultura como parte de su compromiso con el país.

Y también en los millones de dominicanos que, desde la diáspora, mantienen viva la lengua, las tradiciones y el orgullo de pertenecer a la República Dominicana.

Todos ellos forman parte de un mismo patrimonio humano.

Todos integran ese gran Sistema Cultural Dominicano que este ensayo propone reconocer como uno de los principales activos estratégicos del país.

Ha llegado la hora de que la ley, el Estado y la sociedad reconozcan plenamente a todos esos guardianes como aliados permanentes en la protección, investigación, conservación y difusión del patrimonio cultural dominicano.

Una reflexión para continuar el diálogo

La historia demuestra que la protección del patrimonio nunca ha sido una tarea exclusiva del Estado ni una responsabilidad aislada de la sociedad.

Ha sido el resultado de una alianza silenciosa entre instituciones públicas, organizaciones privadas, universidades, comunidades y ciudadanos que comprendieron que defender la memoria de un pueblo también significa defender su libertad, su identidad y su futuro.

Esa experiencia constituye hoy uno de los mayores activos de la República Dominicana.

El verdadero desafío consiste en convertir esa alianza histórica en una Política Cultural de Estado, capaz de articular, por primera vez, todas las capacidades del Sistema Cultural Dominicano.

Porque los guardianes de la cultura ya existen.

Lo que aún falta es una política pública que los reconozca, los integre y trabaje junto a ellos.

La pregunta que surge entonces resulta inevitable:

¿Por qué la cultura debe convertirse en una Política de Estado y ocupar un lugar estratégico dentro del proyecto nacional de desarrollo?

Responder esa pregunta será el propósito de la tercera parte de este ensayo.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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