Hay espacios que no desaparecen cuando sus habitantes se marchan, pero comienzan a morir cuando pierden la posibilidad de ser habitados por la memoria, la palabra y la vida compartida. La casa permanece en pie, aunque su existencia se desfigure bajo el peso del abandono. Algo semejante ocurre con los territorios cuya riqueza cultural no encuentra condiciones para expresarse, circular y proyectarse más allá de sus límites geográficos.
Desde esta perspectiva, «Los pájaros del sur», del escritor dominicano José Enrique García, ofrece una clave de lectura para pensar los desafíos culturales de nuestra región. Su poema trasciende la imagen doméstica de una casa abandonada y nos sitúa ante una interrogante de mayor alcance: ¿qué sucede con un espacio cuando las fuerzas que sostenían su identidad desaparecen y otras presencias terminan por ocuparlo?
La pregunta adquiere particular relevancia ante la celebración del Festival Cultura en el Sur, anunciado para los días 12 al 15 de noviembre de 2026 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Recinto Azua. Con 51 actividades previstas, la participación de seis provincias —Azua, San Juan, Elías Piña, San José de Ocoa, Peravia y San Cristóbal— y la dedicatoria al maestro de las artes plásticas Dionisio Blanco, el encuentro representa una oportunidad para reflexionar sobre la creación artística, la memoria territorial y la necesaria descentralización de la vida cultural dominicana.
Pero un festival no se agota en su programación. Su alcance también depende de la capacidad para suscitar preguntas, reconocer tradiciones, establecer vínculos entre generaciones y abrir espacios permanentes para el pensamiento crítico. Es precisamente en este horizonte donde la lectura de José Enrique García encuentra su pertinencia.
La casa como territorio de la memoria
En «Los pájaros del sur», la casa constituye mucho más que una edificación. Es un espacio cargado de historia, hábitos, afectos y experiencias. Su identidad se encuentra vinculada a quienes la habitaron y a las prácticas que le dieron sentido. La muerte de los viejos marca el comienzo de una transformación: el lugar queda desprotegido, expuesto a una ocupación que modifica progresivamente su fisonomía y su relación con el mundo.
El poema comienza con una imagen de abandono:
«Cuando la casa quedó sola vinieron los pájaros del sur a humillarla, arrojaban allí todos sus desperdicios y con los días amontonáronse hasta llegar al techo».
La soledad no aparece aquí como una circunstancia pasajera, sino como la condición que hace posible el deterioro. La casa ha perdido a quienes preservaban su orden cotidiano, y los nuevos habitantes se instalan sobre esa ausencia. Los desperdicios se acumulan hasta cubrir el espacio, como si la desaparición de los antiguos moradores hubiera dejado un vacío que otras fuerzas se apresuran a ocupar.
Esta imagen admite una lectura cultural. Los pueblos también pueden experimentar formas de abandono cuando sus memorias no se transmiten, sus creadores carecen de espacios de difusión y sus expresiones artísticas permanecen al margen de los circuitos de reconocimiento. No se trata de equiparar mecánicamente la casa con el Sur, sino de advertir una correspondencia simbólica: tanto el espacio doméstico como el territorio necesitan prácticas de cuidado, continuidad y renovación para conservar su capacidad de producir sentido.
La memoria, en consecuencia, no es una acumulación pasiva de recuerdos. Es una actividad que exige interpretación, transmisión y presencia.
Fecha:01/10/2021
Los pájaros y la degradación del sentido
Los pájaros del poema son presencias inquietantes. Llegan de noche, recorren los corredores y alteran el orden de la casa. Su movimiento no produce una nueva forma de convivencia, sino una ocupación que termina por desfigurar el espacio.
La expresión «excrementos existenciales» concentra una de las imágenes más significativas del texto. El deterioro material adquiere una dimensión ontológica: lo que se degrada no es únicamente la superficie de la casa, sino su propia condición de lugar habitable. La acumulación de desperdicios se convierte en una metáfora de la pérdida de sentido.
¿Quiénes son esos pájaros? El poema no ofrece una respuesta cerrada, y esa indeterminación constituye una de sus posibilidades interpretativas. Pueden representar las fuerzas destructivas que prosperan en el abandono, las inercias que sustituyen la memoria por la repetición o las presencias que convierten un espacio compartido en territorio de desolación.
Su procedencia meridional tampoco debe reducirse a una identificación literal. El Sur, en el universo del poema, forma parte de una construcción imaginaria cuyo significado permanece abierto. Convertirlo sin mediaciones en una representación negativa de la región dominicana sería limitar la complejidad de la obra y confundir el símbolo literario con una afirmación geográfica.
Esta distinción resulta fundamental para pensar la cultura sureña. El Sur no puede definirse únicamente por la sequía, la pobreza, la marginalidad o las dificultades históricas que han condicionado su desarrollo. También es memoria, creación, resistencia, pensamiento y capacidad de interrogar el mundo. Su realidad cultural no se agota en las carencias que se le atribuyen; comprende, además, los saberes, las voces y las experiencias que han construido su identidad.
Leer a García desde esta perspectiva permite desplazar la mirada: del Sur entendido como escenario de abandono al Sur concebido como espacio de producción cultural y conocimiento.
La soledad y el naufragio de la existencia
A medida que avanza el poema, la casa se distancia de la vida cotidiana. Sus contornos se desdibujan y el tiempo parece perder su función reparadora. La imagen de la casa que se eleva «en soledad y en ausencia» intensifica la paradoja: el espacio no desaparece, pero se aleja progresivamente de la existencia de quienes podrían reconocerlo como propio.
El naufragio de la casa es también un naufragio de la memoria. Los viejos muros permanecen, pero ya no garantizan la continuidad de una historia. Los perros nocturnos llegan hasta ellos y lamen «las duras enfermedades multiplicadas», como si la ruina hubiera adquirido una patología propia.
La casa se convierte así en una presencia fantasmal, suspendida entre lo que fue y aquello en lo que se ha transformado. Su tragedia no consiste solamente en el deterioro de sus materiales, sino en la pérdida de los vínculos que la integraban a una comunidad.
En el plano cultural, esta imagen invita a examinar las consecuencias del olvido institucional, la discontinuidad de los proyectos y la fragilidad de los espacios destinados a la creación. Una región puede conservar sus monumentos, celebrar fechas conmemorativas y organizar acontecimientos multitudinarios sin garantizar, por ello, la continuidad de su vida intelectual.
La cultura necesita acontecimientos, pero también procesos. Necesita festivales y encuentros, pero igualmente archivos, bibliotecas, publicaciones, talleres, espacios de formación y mecanismos de circulación para las obras. Sin esas condiciones, la memoria corre el riesgo de convertirse en una evocación ocasional, separada de las prácticas que podrían mantenerla viva.
La limpieza como restitución simbólica
El desenlace del poema introduce una transformación decisiva:
«Pero un día llegaron hombres con instrumentos de metal y comenzaron a cargar con todos aquellos desperdicios, y llevarlos a lugares donde arden los fuegos, mientras los días entraban por las puertas».
La llegada de estos hombres modifica el curso de la historia. Por primera vez, una acción organizada interrumpe el avance de la degradación. Los desperdicios son retirados y la luz vuelve a entrar en la casa.
La limpieza adquiere entonces un valor simbólico. No representa únicamente la eliminación de aquello que estorba, sino la recuperación de las condiciones necesarias para que la existencia vuelva a desplegarse. La intervención humana restituye una posibilidad: la de habitar nuevamente el espacio.
Sin embargo, García no propone una restauración nostálgica. La casa recuperada no vuelve a ser exactamente la misma, ni queda reducida a la quietud de sus días anteriores. El poema concluye con una enumeración reveladora: «voces, risas, llantos, pasos, esperanzas, soledades…».
La nueva ocupación incorpora la complejidad de lo humano. La vida regresa con sus contradicciones, sus alegrías y sus dolores. La casa deja de ser un escenario inmóvil para convertirse otra vez en un espacio de experiencias.
El último verso —«Y ni un rastro de sus huellas»— cierra el ciclo de la invasión. Las marcas de la ocupación destructiva desaparecen y el espacio recupera su autonomía. No obstante, el verdadero triunfo no consiste en borrar el pasado, sino en impedir que sus residuos continúen gobernando el presente.
Esta distinción resulta importante: restituir no significa fingir que nada ocurrió. Significa intervenir sobre las condiciones que hicieron posible el deterioro y abrir un horizonte distinto.
Cultura en el Sur: del acontecimiento al proceso
La lectura de «Los pájaros del sur» ante el Festival Cultura en el Sur permite formular una pregunta que va más allá de la celebración: ¿qué debe permanecer cuando concluyan las actividades de noviembre?
La respuesta no puede limitarse al recuerdo de las presentaciones, las exposiciones o los encuentros. El desafío consiste en que el festival contribuya a fortalecer una estructura cultural capaz de sostenerse en el tiempo. Para ello, la descentralización debe entenderse como algo más que el traslado de actividades desde Santo Domingo hacia otras provincias.
Descentralizar supone reconocer que el pensamiento y la creación se producen en múltiples territorios; que los escritores, artistas, investigadores y gestores culturales del Sur no son únicamente participantes de una programación concebida desde fuera, sino interlocutores con saberes, trayectorias y propuestas propias.
También implica favorecer el diálogo entre las provincias, documentar sus expresiones culturales, facilitar la publicación y circulación de sus obras y establecer mecanismos de continuidad entre los encuentros. La memoria regional necesita ser investigada, discutida y transmitida, no solamente celebrada.
En ese sentido, la participación de Azua, San Juan, Elías Piña, San José de Ocoa, Peravia y San Cristóbal abre la posibilidad de pensar el Sur desde su diversidad. No existe una única experiencia sureña ni una sola manera de narrar sus relaciones con la historia, el paisaje y la identidad. Cada comunidad aporta perspectivas que merecen ser escuchadas y puestas en relación.
La dedicatoria al maestro Dionisio Blanco puede servir, asimismo, como punto de partida para reflexionar sobre la permanencia de la obra artística, la transmisión de los legados y las condiciones que permiten a una creación trascender el tiempo de su autor.
El festival alcanzará una dimensión más profunda si logra convertir el encuentro en una práctica sostenida de reconocimiento, investigación y circulación cultural. No basta con abrir las puertas de la casa durante cuatro días; es necesario evitar que, una vez concluida la celebración, vuelva a quedar sola.
Restituir el Sur: una tarea de memoria y creación
«Los pájaros del sur» trasciende la anécdota doméstica y propone una meditación sobre el abandono, la pérdida y la recuperación de la existencia. La casa es una realidad material, pero también una metáfora de todo espacio amenazado cuando desaparecen los vínculos que lo mantienen vivo.
Desde esta lectura, el Sur puede pensarse como una casa simbólica cuya historia requiere algo más que evocaciones. Necesita políticas culturales sostenidas, reconocimiento de sus creadores, investigación de sus memorias y oportunidades reales para que sus obras circulen. Necesita, además, una mirada crítica que no lo reduzca a sus problemas históricos ni lo convierta en una estampa pintoresca.
Restituir culturalmente un territorio no significa idealizarlo ni borrar sus contradicciones. Significa reconocer su capacidad de producir conocimiento, lenguaje y pensamiento; comprender que la memoria no es una pieza inmóvil del pasado, sino una fuerza que interviene en la construcción del presente.
El Festival Cultura en el Sur puede contribuir a esa tarea si consigue articular el entusiasmo del acontecimiento con la responsabilidad del proceso. La verdadera descentralización comenzará a hacerse visible cuando las voces reunidas en Azua encuentren continuidad, interlocución y espacios permanentes de expresión.
Quizá esa sea una de las enseñanzas que nos deja el poema de José Enrique García: la casa no recupera su existencia por el simple transcurso del tiempo, sino por una intervención que hace posible el regreso de la vida.
También el Sur necesita que sus puertas permanezcan abiertas, que sus memorias encuentren lectores y que sus creadores puedan participar, en condiciones de reconocimiento, en la conversación cultural dominicana.
Porque un territorio no se restituye únicamente cuando se limpia de los residuos del abandono. Se restituye cuando vuelve a ser habitado por sus propias voces, cuando sus historias se convierten en conocimiento compartido y cuando su creación deja de ocupar un lugar periférico para intervenir, con plena legitimidad, en la construcción de la cultura nacional.
Compartir esta nota
