​Antes de hablar de personajes, camerinos o el eco de los aplausos, Karina Noble prefiere llevar la conversación hacia un territorio más llano, sincero y urgente: la cultura vista no como un adorno de fin de semana, sino como la fuerza invisible que sostiene la identidad y la dignidad de un pueblo. Esa mirada explica la totalidad de su trayectoria. En ella, la actriz, la maestra, la gestora cultural y la ciudadana no son facetas separadas o intermitentes; son la expresión de una misma vocación de servicio al país. Durante décadas, su presencia ha enriquecido el teatro, la televisión y el cine dominicanos. Sin embargo, basta escucharla unos minutos para comprender que no le interesa presumir una carrera llena de éxitos, sino reflexionar sobre cómo el arte ayuda a formar mejores seres humanos, a cuidar la memoria de todos y a construir ciudadanos conscientes de su propia realidad.

​La fuerza de la tierra y la forma de ser dominicano

Más que interpretar un personaje, Karina Noble habita su universo, revelando la intensidad y la humanidad que distinguen su trayectoria artística.

​Al preguntarle cuál es la primera imagen que asalta su mente cuando piensa en la República Dominicana, Karina elude los monumentos de piedra, los próceres de mármol o los hitos políticos de rigor. Su sensibilidad viaja directo a la dimensión viva del territorio. "Pienso en lo exuberante y generosa que es la tierra de esta isla bendita", afirma con una seguridad que desarma. Es una respuesta sencilla, pero que demuestra una conexión profunda con el país, reconociendo que este entorno caribeño ha moldeado el carácter, la alegría y la forma de ser de nuestra gente. Antes que las definiciones sociológicas, aparece el vínculo con el suelo que nos sostiene.

​Para Karina, la cultura no es un lujo para unos pocos ni un catálogo de objetos estáticos. "La cultura lo es todo: lo que hacemos, cómo vemos el mundo y cómo nos desenvolvemos en él", explica. Es la trama cotidiana donde una sociedad ensaya sus respuestas ante la existencia; una definición de la dominicanidad que ella describe desde lo que palpa en la calle día a día: "Definir lo dominicano me lleva a la esencia de esa cosa resiliente y bullosa que nos identifica al expresarnos. Ese tirar para adelante y luego resolvemos. Y luego, definitivamente, lo musical y vital que somos define lo dominicano". En ese retrato se dibuja un pueblo real, una comunidad que ha aprendido a superar la escasez y la dificultad a través de la creatividad, el ruido alegre y un optimismo indomable que no se dobla ante las crisis.

​La artista y la ciudadana: un solo compromiso familiar

Karina Noble junto a la recordada Flor de Bethania Abreu (1938–2019), actriz, directora y maestra del teatro dominicano, en una imagen que preserva el encuentro entre dos generaciones de nuestra escena.

​Cuando la conversación se adentra en el impacto que la dominicanidad ha tenido sobre su propia sensibilidad, Karina pone un límite claro frente a los clichés y las visiones superficiales. "La artista y la ciudadana son la misma cosa. Nunca he visto el arte o la cultura desde un punto de vista folclórico", advierte con firmeza. Con esta declaración, derriba la frontera entre el quehacer profesional y la responsabilidad civil. Para ella, subirse a un escenario o dirigir una institución cultural no son actos neutrales; son formas de cumplir con un compromiso con la sociedad.

​El origen de esta forma de pensar viene directamente de sus raíces. Karina se crió en una familia que veía la formación intelectual y moral como un deber primordial. "Como ente social te puedo decir que la educación recibida en mi hogar influenció mi quehacer y mi pensamiento crítico. Soy descendiente de familias cibaeñas, con un alto sentido de que la educación en el individuo era primordial", relata. Al hablar de educación, ella no se refiere a la simple acumulación de títulos, sino a la forja del carácter, la sensibilidad y el respeto por los demás. "Mi ética, mi visión del arte y la responsabilidad vienen de ahí", concluye. En Karina Noble, la actriz es la consecuencia natural de la ciudadana; ambas cohabitan en un mismo bloque de valores que ha custodiado su carrera contra los facilismos comerciales y las modas pasajeras.

​El trabajo de actuar: la verdad detrás del reflejo

Karina Noble.

​Cuando nos enfocamos en el sentido del oficio teatral, Karina responde con una definición que sitúa al actor en una dimensión profundamente humana. "Un actor es un instrumento para que los personajes, a través de él, cuenten sus historias. Su misión es, por lo tanto, encontrar la verdad de lo que cuenta y ser fiel a su arte. Él será el reflejo para que la sociedad se vea a sí misma". Desde siempre, el teatro ha servido para poner a la sociedad frente a sus virtudes y sus defectos. En esa tarea, quien actúa olvida la vanidad y se convierte en un mediador entre la historia y el público, permitiendo que el espectador se reconozca en las pasiones y conflictos que ocurren sobre las tablas.

​Al analizar cómo ha cambiado la forma de representar al dominicano en el teatro, el cine y la televisión desde sus inicios, su opinión aporta una valiosa perspectiva histórica sobre nuestra evolución cultural. "Ha cambiado mucho y creo que hay más pluralidad. En los años setenta y ochenta la televisión dominaba con los shows de comedias. Eran personajes populares que hacían gala de la improvisación y la astucia del dominicano. Todo eso ha cambiado hoy en día. Las redes, el cine y el teatro mismo nos muestran mucho más del dominicano en todos los estratos sociales". Este cambio ha roto los viejos estereotipos de caricatura, abriendo paso a una exploración de la sociedad dominicana contemporánea en toda su complejidad, sus nuevas realidades y sus contradicciones de clase.

​Las grandes deudas con la memoria histórica

Karina Noble.

​A pesar de estos avances, Karina está convencida de que nuestra memoria colectiva padece aún de profundos vacíos que los creadores deben asumir con urgencia. Al preguntarle qué historias dominicanas siguen guardadas esperando ser llevadas a la escena o a las pantallas, responde con el entusiasmo de quien sabe que hay un gran tesoro por descubrir: "¡Hay tantas historias por contar! Creo que no se ha contado con el rigor necesario la historia de nuestros taínos; la de Enriquillo, el primer guerrillero de las Antillas; o de los próceres de la Restauración, como Santiago Rodríguez y el Grito de Capotillo; la vida y obra de Salomé Ureña; o quizás historias más recientes, como la de aquella manifestación de la UASD donde murió Sagrario Díaz, o aquel inolvidable concierto de Siete Días con el Pueblo en pleno gobierno de Balaguer. Muchísimo por contar nos falta".

​Para Karina Noble, un país se construye tanto por las historias que decide llevar al escenario como por aquellas que, por descuido o conveniencia, se dejan en el olvido. Cada obra de teatro, cada película y cada serie puede convertirse en un acto de recuperación de la dignidad nacional. Por eso, al definir para qué sirve el teatro hoy, su respuesta vuelve a la raíz de siempre: "El mismo papel de ayer y de siempre: ser espejo y, como tal, reflejar las narrativas que acompañan ese cambio. La representación del caos o la coherencia de las acciones son los territorios para la creación de esas imágenes que motiven los cambios". En un mundo lleno de inmediatez y distracciones, el escenario sigue siendo el lugar donde la gente se sienta junta a oscuras para mirarse de frente sin miedo.

​El tren del desarrollo: educación y cultura

​Uno de los momentos más lúcidos de la conversación ocurre cuando abordamos la relación entre la fortaleza de una nación y su salud cultural. Ante la pregunta de si puede existir un país fuerte sin una cultura sólida, Karina medita antes de ofrecer una metáfora impecable. "Es difícil de contestar. De existir, existiría como un conglomerado de personas que comparten un territorio; pero creo que la cultura es un eje transversal a la educación. Es un conjunto de historias que dan cohesión a la sociedad y, por lo tanto, el individuo, al reconocerse en ellas, encuentra su identidad".

​Es aquí donde Karina introduce una imagen visual muy poderosa para explicar cómo deberían marchar las políticas públicas en una sociedad organizada: "Entonces yo diría que la cohesión social y el sentido de pertenencia empiezan por la educación, que es como el riel de un tren, y la cultura son los vagones del tren". Sin las vías de la educación, los vagones de la cultura no tienen hacia dónde avanzar; pero sin los vagones culturales, el tren viaja completamente vacío, desprovisto de contenido, de identidad y de sueños compartidos.

​Esta preocupación por la solidez del país la lleva a identificar aquellos valores que no podemos permitirnos perder en medio de la modernidad. "Un aspecto importante que debemos preservar es lo familiar: el valor de la familia y la generosidad que se desprende de ello. Ese calor humano que nos caracteriza", afirma con convicción. Sin embargo, su mirada no ignora las amenazas del presente. "Me preocupa la decadencia de los pocos valores que hemos podido sostener, que se diluyan frente a tanta inmediatez. Que no nos reconozcamos, como dice el himno, como quisqueyanos valientes, frente a la influencia de la sociedad líquida, como postula el sociólogo Zygmunt Bauman". Es el temor a que la prisa contemporánea borre la profundidad de nuestras raíces.

Reconocida por el Ministerio de la Mujer de la República Dominicana en el Día Internacional de la Mujer, Karina Noble recibió este homenaje en el marco de sus 50 años de una destacada trayectoria artística.

​Amanda y Bosch: los mapas para entender el alma nacional

​Para entender el alma de un pueblo, los artistas suelen apoyarse en personajes o autores que han sabido capturar su esencia de manera única. En el caso de Karina Noble, esa búsqueda se ha dado tanto desde la piel de los personajes que ha interpretado como desde la lectura atenta de nuestros grandes escritores. Al preguntarle cuál ha sido el personaje dominicano que más la ha ayudado a comprender quiénes somos, divide su respuesta en dos vertientes fundamentales: la escena y la literatura.

​"Si te refieres como actriz, en la dramaturgia dominicana encarné el personaje de Amanda, en la obra del dramaturgo Giovanny Cruz", recuerda. "Amanda es una mujer del campo, resuelta, blanca y buena moza, que huye de su marido y se va a bailar atabales con un negro. Ella encarna el mestizaje, la pasión y el poder que tiene la música en nosotros los dominicanos". A través de ese personaje, Karina pudo experimentar en carne propia la fuerza de la herencia africana y la conexión rítmica que define nuestra vitalidad. "Y luego, desde la literatura, Juan Bosch, sin duda alguna", añade de inmediato. "Desde su ejercicio como escritor, como cuentista, pudo plasmar mucho el alma del dominicano". En los cuentos de Bosch se encuentra la radiografía del campesino, sus carencias, su dignidad y su psicología, elementos que Karina considera indispensables para cualquier artista que pretenda retratar el país con honestidad.

​Esa misma honestidad es la que percibe en el público que asiste a las salas. "Al público dominicano le gusta el teatro, solo hay que ver cómo en los festivales abarrotan las salas. Es verdad que las taquillas son a precio popular, pero aun así disfrutan de los espectáculos. Yo creo que el público recibe con agradecimiento un buen espectáculo teatral". Para ella, esta respuesta masiva ocurre en todos los niveles sociales. "Lo he visto en las salas más emblemáticas y en los barrios pobres donde ha llegado cualquier espectáculo de calle. El alma nacional, como la llamas, se muestra en ese fervor por la alegría y lo gregario, en esa necesidad de juntarse a compartir una experiencia viva".

​La crítica a la gestión: la urgencia de políticas permanentes

​Karina Noble no se muerde la lengua al analizar el estado de las políticas culturales en el país. Su experiencia como gestora le da la autoridad para señalar los fallos estructurales de un sistema que sigue tratando la cultura como un elemento secundario o puramente festivo. Al preguntarle si el sector recibe la importancia que merece por parte del Estado, su respuesta es tajante: "No, en absoluto. Si así fuera, a los veinticinco años que ya tiene el Ministerio de Cultura, estuviésemos en otro lugar en términos de programas y proyectos culturales que arrojaran resultados permanentes a largo plazo".

​El problema principal, según su visión, radica en la falta de continuidad y en la tendencia a priorizar el evento pasajero por encima de los planes sostenibles. "El país necesita inversión y políticas culturales que no apunten solamente a lo eventual. Se necesita invertir en programas que no se caigan porque cambió el gobierno de turno; que sean respetados los técnicos y trabajadores de la cultura que presentan proyectos valiosos, viables, y que luego son desestimados por los nuevos incumbentes". Para Karina, la cultura es un trabajo de siembra constante, y la falta de respeto a la carrera de los profesionales del área frena el desarrollo de las nuevas generaciones.

​A los jóvenes que sienten la llamada del arte en un mundo lleno de ruidos, les ofrece un consejo cargado de realismo y afecto: "Si sienten el llamado genuino, que sean valientes. Este es un camino de perseverancia y fe. Hay que ser íntegro, curioso y con sed de aprender en cada etapa del camino. Si tienes talento, estudiar te dará la disciplina necesaria para perseverar. Hoy los jóvenes tienen muchas oportunidades, pero también muchas distracciones".

Karina Noble.

​El país como obra de teatro: el niño malcriado y el todólogo

​Hacia el final de la conversación, le propongo a Karina un ejercicio de imaginación y metáforas para retratar el estado actual de la nación. Si tuviera que representar a la República Dominicana con un solo personaje, la imagen que describe es tan cruda como real: "Me llega la imagen de un niño malcriado, rebelde porque no ha recibido el cariño ni el cuidado de los responsables de su crianza. Un bribón, capaz de mentir; pero que, como Robin Hood, es capaz de desprenderse de todo para celebrar con un buen ron y bailar una bachata". En esa contradicción habita el dolor del abandono social mezclado con la generosidad innata de nuestra gente.

​Al llevar esta idea al plano del conflicto dramático de una obra imaginaria, el nudo principal de la pieza dominicana se vuelve evidente: "El conflicto sería cómo llegar a ser una nación libre, educada y próspera sin morir en el intento. La modernidad ha llegado y aún no sabemos cómo protegernos". En ese escenario, si tuviera que elegir una sola palabra que defina al habitante de esta media isla, Karina no duda en elegir un término muy nuestro: "TODÓLOGO". El dominicano que lo resuelve todo, que inventa, que arregla lo que no sabe y que sobrevive gracias a su astucia cotidiana. Pero detrás de esa simpatía, lo que ella desea que nunca se pierda es "la alegría, a pesar de las circunstancias".

​El legado y el mensaje final

​Después de una vida entera dedicada a las artes escénicas, Karina mira el camino recorrido con serenidad y gratitud. Al hablar de su legado, prefiere enfocarse en la seriedad con la que ha asumido cada rol que le ha tocado desempeñar. "En mi ejercicio profesional durante tanto tiempo te puedo decir que el respeto a la profesión ha sido mi norte. No solo he sido actriz, también he sido profesora, gestora, directora, como muchos de nosotros. Respetar el trabajo es sembrar con conciencia la responsabilidad en cada paso del camino".

​"Empecé siendo una niña y agradezco el haber podido moverme dentro del ámbito teatral y cultural con estabilidad", reflexiona conmovida. "He aprovechado las oportunidades que se me han presentado tratando siempre de hacerlo lo mejor posible. Espero que el amor a lo que hago se haya traducido de alguna forma en solidaridad, alegría, dignidad y respeto. Con que una sola persona se haya sentido feliz o transformada, ya es un premio para mí".

​La conversación concluye con un recordatorio de los nombres que sostienen el techo de nuestra identidad histórica, un llamado de atención a quienes toman las decisiones económicas del país. "Esta tierra bendita ha parido mujeres y hombres como Salomé Ureña y sus hijos Pedro y Max Henríquez, que son referentes de la educación y el humanismo; poetas como Pedro Mir y Manuel del Cabral, o un Manuel Rueda, músico y dramaturgo. Todos esos nombres, y muchos más, han sido el referente donde se ha apoyado la cultura de este país". Su último mensaje es una lección de economía social y de visión de futuro: "Invertir en cultura no es un lujo o un gasto; es invertir en levantar ciudadanos capaces de crear una mejor nación. Representa, sencillamente, menos jóvenes en las calles desorientados o en las cárceles".

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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