La historia literaria suele contar la formación de los escritores como una cadena de lecturas decisivas y afinidades electivas. Sin embargo, algunos de los momentos más determinantes se gestan en la fricción: no en la admiración, sino en el desacuerdo; no en el elogio, sino en la corrección severa. Así ocurrió tras la publicación de Fervor de Buenos Aires en 1923, cuando Jorge Luis Borges recibió la mirada crítica de Pedro Henríquez Ureña. Borges nunca olvidó ese encuentro, que fue algo más que una anécdota juvenil: una escena originaria en la que se cruzan la herida del escritor incipiente, la autoridad del crítico y una reescritura posterior que no afectó solo a un libro, sino a toda una tradición.
Fervor de Buenos Aires pertenece al ciclo ultraísta de Borges, aunque ya anuncia una singularidad. Como ha señalado Beatriz Sarlo, se trata de un libro de fundación simbólica : "Borges intenta convertir la experiencia urbana en una mitología literaria" (Borges, un escritor en las orillas, Ariel, 1995, p. 34). El joven autor no solo adopta las consignas de la vanguardia —condensación metafórica, rechazo del sentimentalismo, exaltación de la imagen—, sino que las carga con una ambición nacional: inventar una lengua argentina capaz de sostener una tradición propia. El resultado es un poemario intensamente programático, atravesado por arcaísmos, giros deliberadamente solemnes y una sintaxis que busca distinguirse tanto del modernismo rubendariano como del realismo criollista.
Pedro Henríquez Ureña, ya entonces una de las autoridades intelectuales de Hispanoamérica, leyó Fervor de Buenos Aires desde una ética radicalmente distinta. Filólogo, humanista y defensor del rigor lingüístico, veía con desconfianza los excesos barrocos y la voluntad pintoresca. Su crítica —recordada por Borges durante décadas— se concentró en dos puntos neurálgicos: la artificialidad del lenguaje y la falta de naturalidad sintáctica. La frase que quedó como emblema del desencuentro, pronunciada en un café porteño, fue tan simple como devastadora:
«Borges, ¿por qué no escribe usted en castellano?» (Obras completas, Emecé, 1974, t. l, p. 289). La observación se completaba con una acusación más técnica: Henríquez Ureña añadió que Borges parecía armar sus frases en inglés para luego traducirlas a un español rebuscado y arcaizante.
José Emilio Pacheco subraya la gravedad de ese comentario: "No se trataba de una discrepancia estilística, sino de una impugnación de autenticidad" (Jorge Luis Borges: una invitación a su lectura, FCE, 1999, p. 27). Henríquez Ureña no cuestionaba el talento de Borges, sino la legitimidad de su proyecto lingüístico. A su juicio, el joven poeta no escribía en el castellano de su tiempo, sino en uno inventado por sus lecturas, ajeno al uso vivo del idioma.
Henríquez Ureña percibió antes que nadie los límites del primer Borges. Borges tardó años en admitirlo
¿Por qué no le gustó Fervor de Buenos Aires a Henríquez Ureña? Porque veía en el una búsqueda forzada de lo argentino, una voluntad de estilo que confundía invención con afectación. Mientras Borges ensayaba una gauchesca estilizada y urbana, reconstruida desde la biblioteca, Henríquez Ureña defendía una literatura de precisión, sobria, enemiga del pintoresquismo y de la inflación metafórica. En palabras del propio Henríquez Ureña, la lengua debía ser "instrumento y no ornamento" (citado por Rodríguez Monegal, Borges: una biografía literaria, FCE,1978, P. 112).
El impacto en Borges fue inmediato y duradero. Como observa Sarlo, el joven escritor se encontraba en pleno proceso de construcción de una identidad literaria y nacional, y la crítica tocó el núcleo de ese proyecto fundacional ( Sarlo, 1995, p.
41). No es casual que Borges haya "resentido" ese comentario: provenía de una figura a la que reconocía como maestro y autoridad intelectual. Emir Rodríguez Monegal ha señalado que este episodio inaugura una relación ambigua de Borges con la crítica: "una combinación de respeto intelectual y resistencia afectiva" (Rodríguez Monegal, 1978, p. 118).
Ese resentimiento no se expresó en polémicas abiertas, sino en una operación más silenciosa y eficaz: la reconfiguración de su genealogía intelectual. Con el paso del tiempo, Borges fue desplazando a Henríquez Ureña de su relato de influencias fundamentales, mientras elevaba a Alfonso Reyes a una posición central. La diferencia no era solo estética, sino pedagógica. Henríquez Ureña ejercía un magisterio del rigor y la corrección; Reyes, en cambio, ofrecía un modelo de estilo basado en la cortesía, la fluidez y la hospitalidad intelectual.
Ricardo Piglia ha interpretado este gesto como una estrategia simbólica: "Borges elige a sus maestros del mismo modo en que elige sus precursores: reordenando retrospectivamente la tradición" (Formas breves, Anagrama, 1999, p. 72). Al privilegiar a Reyes, Borges no solo afirmaba una afinidad estilística, sino que neutralizaba la figura del crítico que había cuestionado su lengua en el momento formativo.
La paradoja es evidente. Borges terminó asumiendo, en la práctica, la crítica de Henríquez Ureña. Durante décadas renegó de Fervor de Buenos Aires y de sus primeros libros de ensayos (Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos), negándose a reeditarlos y condenándolos a un "pudoroso olvido" (Obras completas, t. I, p. 11). Los consideraba productos de una juventud inmadura, demasiado preocupada por el estilo. Cuando finalmente los revisó, como en la edición de 1969, intervino los textos para eliminar los excesos barrocos y depurar la sintaxis.
Aquello que Henríquez Ureña identificó como un defecto —la sintaxis de raíz inglesa, la búsqueda de claridad— terminó por convertirse en la marca del Borges maduro. El reproche devino método. En esa temprana crítica se anticipa el giro posterior hacia la austeridad: el abandono del ultraísmo, la renuncia a la retórica enfática y la conquista de una prosa de precisión casi matemática. El resentimiento no canceló la influencia; la retardó y la encubrió. Como lo formula Pacheco, "Borges fue injusto en la memoria y justo en la escritura" (1999, p. 31).
La reconciliación solo llegó tras la muerte de Henríquez Ureña, en 1946. En textos como El sueño de Pedro Henríquez Ureña, Borges reconoce su "magisterio de presencia" (Obras completas, t. II, p. 215). Se trata de un homenaje sobrio, despojado de grandilocuencia, que da cuenta de una aceptación tardía. En vida, Borges prefirió la tutela indulgente de Reyes a la exigencia crítica que había lastimado su orgullo juvenil.
Este episodio confirma que la formación de un escritor no se produce únicamente por adhesión, sino también por resistencia. Henríquez Ureña percibió antes que nadie los límites del primer Borges. Borges tardó años en admitirlo, pero acabó escribiendo —no sin ironía— el castellano que aquel le había reclamado desde el inicio. Así, entre el rigor y la herida, se forjó una de las prosas más influyentes del siglo XX.
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