Hay libros que uno termina de leer y otros que se quedan esperando. Esperan mientras vivimos, mientras nos enamoramos, mientras cometemos errores, mientras creemos haber entendido ciertas cosas que todavía no nos ha tocado aprender. Permanecen quietos en algún estante, con las mismas palabras y los mismos personajes, hasta que un día regresamos a ellos y descubrimos algo desconcertante: el libro no ha cambiado. Nosotros sí.
Jane Eyre, de Charlotte Brontë, ha sido desde hace muchos años uno de mis tesoros literarios. La leí por primera vez a los dieciocho. A esa edad me fascinó Jane; me pareció extraordinaria aquella muchacha huérfana, pequeña ante un mundo que parecía empeñado en recordarle constantemente lo poco que poseía y, sin embargo, incapaz de aceptar que poseer poco significara valer menos.
Admiré su inteligencia, su carácter, su obstinada dignidad, y, naturalmente, me conmovió Rochester. A los dieciocho todavía resulta fácil creer que Jane Eyre es, sobre todo, una extraordinaria historia de amor. Una institutriz sin fortuna, un hombre poderoso y atormentado, una mansión, un secreto y una boda imposible. Una separación, un regreso… Pensé que había comprendido la novela. Sin embargo, no sabía todavía que algunas obras necesitan que vivamos antes de permitirnos entenderlas.
Entonces, regresé a Jane Eyre en el 2016. Charlotte Brontë no había cambiado una sola palabra. Jane seguía siendo Jane y Rochester continuaba esperando en las mismas páginas. Thornfield seguía guardando sus secretos…La que había cambiado era yo. Ya no tenía dieciocho años y esta vez, mientras avanzaba por aquellas páginas que creía conocer, ocurrió algo diferente. Comencé a reconocer cosas. No acontecimientos idénticos; pero la literatura pierde parte de su misterio cuando pretendemos convertirla en una reproducción exacta de nuestras vidas.
Reconocí preguntas y silencios. Reconocí esa frontera difícil de explicar que aparece cuando permanecer junto a alguien comienza a exigir pequeñas renuncias de uno mismo. Entonces comprendí que durante todos aquellos años había recordado la historia de amor de Jane Eyre, pero no había entendido todavía su verdadera historia de amor: la de Jane consigo misma.
Cuando Jane descubre la verdad sobre Rochester, podría quedarse, y eso precisamente es lo que vuelve extraordinaria su decisión. Lo ama. No se marcha porque haya dejado de sentir; no existe otro hombre esperándola; no posee fortuna; no tiene ni siquiera la certeza de hacia dónde irá. Delante de ella no hay garantías.
Detrás está Rochester, está Thornfield, está el hombre que la ama y a quien ella ama. Está la posibilidad de permanecer. Sin embargo, Jane se marcha, porque quedarse exigirá algo que no esta dispuesta a entregar: a Jane Eyre.
Esa fue la parte de la novela que entendí de otra manera en 2016. Hay momentos en que la pregunta ya no es cuánto amamos a otra persona. La pregunta es cuánto de nosotros mismos estamos dispuestos a perder para conservarla. Nos enseñaron muchas cosas sobre el amor; que perdona, espera, lucha y soporta. Que cuando es verdadero supera todos los obstáculos. Sin embargo, también deberíamos haber aprendido otra cosa: que el amor necesita límites.
Porque existe una diferencia entre luchar por una relación y luchar contra uno mismo para poder permanecer en ella. Una concesión parece pequeña; después viene otra; callamos algo para evitar una discusión; aceptamos una conducta que antes considerábamos inaceptable; perdonamos aquello que juramos que nunca toleraríamos. Movemos una frontera, después otra y nos convencemos de que mañana será diferente. Y casi sin advertirlo, podemos comenzar a reducirnos.
Hasta que un día el espejo devuelve una pregunta que ningún otro puede responder: ¿en qué momento dejé de reconocerme? Ese es un abandono del que hablamos muy poco. Es el abandono de uno mismo.
Charlotte Brontë murió en 1855. Nunca pudo imaginar que más de un siglo y medio después una mujer nacida en una isla del Caribe abriría nuevamente su novela y encontraría en Jane una analogía inesperada con su propia vida. Nunca supo lo que aquella muchacha inventada por ella significaría para mí en 2016. Y quizá esa sea una de las cosas más hermosas de la literatura.
Los escritores mueren. Sus personajes continúan caminando, cruzan océanos, cambian de idioma, sobreviven a guerras, generaciones y siglos. Entran en habitaciones cuyos autores jamás conocieron y se sientan junto a personas que nunca imaginaron que existirían. A veces llegan demasiado pronto. Jane llegó a mi vida cuando tenía dieciocho años. Pero yo todavía no estaba preparada para todo lo que tenía que decirme. Tuvo que esperarme.
Para 2016 yo también conocía una decisión que a los dieciocho años solamente había podido contemplar desde la literatura. Había aprendido que permanecer acompañada no siempre significa estarlo y marcharse no siempre significa haber perdido. Hay decisiones que desde afuera parecen derrotas y desde adentro constituyen actos de supervivencia moral. En mi previa vida llegó un momento en que permanecer significaba comenzar a negociar cosas que yo no estaba dispuesta a hacer.
Mi dignidad, mi integridad, el respeto por mí misma. No necesitaba saber exactamente cómo sería la vida después. Necesitaba saber quién quería seguir siendo dentro de ella. Y escogí no abandonarme.
No cuento esto para convertir mi experiencia en una fórmula, las relaciones humanas son demasiado complejas para eso. Cada persona conoce las habitaciones de su propia casa; cada quien sabe qué silencios ha guardado y cada quien conoce las fronteras que ha movido y las razones por las que decidió hacerlo.
Tampoco todas las dificultades justifican una partida ni toda permanencia constituye una renuncia; pero existe una pregunta que solamente nosotros podemos responder: ¿Puedo permanecer aquí sin dejar de ser yo? Cuando la respuesta es no, quizá haya llegado el momento de preguntarnos qué estamos intentando salvar.
Nuestra sociedad ha sentido durante siglos una incomodidad particular ante la soledad, especialmente ante la soledad de una mujer. Una mujer sin pareja fue durante demasiado tiempo presentada como una historia incompleta; incluso ahora sobreviven vestigios de aquella idea. “¿Y no has encontrado a nadie?” “¿No quieres volver a casarte?” “¿No tienes miedo de quedarte sola?”
Sola. ¡Qué palabra tan curiosa! Como si compartir una cama garantizara intimidad, como si vivir bajo el mismo techo garantizara compañía. Como si una fotografía de dos personas demostrara que ninguna de ellas se siente profundamente sola. Existen soledades de dos y quizás sean las peores. Porque desde afuera parecen compañía.
Hay personas que duermen cada noche junto a alguien y llevan años sin sentirse vistas. Personas que miden sus palabras, que esconden partes de sí mismas. Que han aprendido a caminar con cuidado dentro de su propia casa y que permanecen porque temen aquello que encontraran afuera sin preguntarse cuanto de ellas mismas están dejando adentro. Por eso, quizás hacemos mal la pregunta. Cuando alguien decide marcharse, preguntamos: “¿No tienes miedo de quedarte sola?” Tal vez deberíamos preguntar: “¿No tienes miedo a quedarte sin ti?”
Ahí encuentro hoy la grandeza de Jane Eyre. Jane no posee aquello que su sociedad considera poder. No tiene dinero, no pertenece a una familia de alta sociedad, no es presentada como una belleza extraordinaria. Es una institutriz, una mujer económicamente vulnerable en la Inglaterra del siglo XIX frente a un hombre mayor, rico, propietario de la casa en la que ella trabaja y dueño, aparentemente, de todas las ventajas. Excepto una.
Rochester puede ofrecerle muchas cosas, pero no puede determinar cuánto vale Jane Eyre. Eso solamente puede decidirlo ella, y Jane decide que su dignidad no disminuye porque su cuenta bancaria sea pequeña, que su conciencia no vale menos porque socialmente ocupe una posición inferior, que amar a un hombre no lo convierte en propietario de sus principios. Puede perder a Rochester, pero lo que no esta dispuesta a perder es a Jane. Hay una diferencia enorme entre ambas pérdidas. La primera duele. La segunda destruye.
Con el tiempo también comprendí algo que Jane ya sabía mientras caminaba lejos de Thornfield: escogerse a uno mismo no siempre se siente como una victoria. A veces se parece muchísimo a perder. No hay música, no aparecen inmediatamente nuevas oportunidades, no llega alguien a felicitarnos por haber defendido nuestra dignidad. Hay silencios, incertidumbre. Hay noches en que uno se pregunta si tomó la decisión correcta.
Y aparece el “quizás”. Quizás habría cambiado, quizás habría podido soportar un poco más. Quizás las cosas habrían mejorado. Quizás exageré. Quizás. Una palabra diminuta capaz de mantener durante años a una persona frente a una puerta que sabe que debería cruzar.
Pero el tiempo tiene una manera peculiar de contestar preguntas que en determinado momento parecían imposibles. Un día miramos hacia atrás y entendemos. No todo lo que terminó fue un fracaso; no todo lo que perdimos debía conservarse. No toda puerta cerrada significa derrota. Hay pérdidas que devuelven.
Devuelven la voz, la tranquilidad, la capacidad de reconocernos, los sueños que habíamos colocado en pausa, la libertad de tomar decisiones sin miedo, la posibilidad de construir una vida donde no tengamos que pedir permiso para ocupar nuestro propio espacio.
Por eso, cuando pienso hoy en Jane Eyre, ya no pienso primero en Rochester. Pienso en Jane caminando. Me gusta imaginarla así, alejándose de Thornfield sin conocer el final de la novela. Nosotros sí lo conocemos; ella no, y esa diferencia importa.
Si Jane supiera mientras se marcha que algún día las circunstancias cambiarían, que volvería a encontrarse con Rochester y que la historia tendría otra oportunidad, su partida perdería buena parte de su grandeza. Jane se marcha creyendo que puede estar despidiéndose para siempre. La dignidad no exige garantías. Uno hace lo que considera correcto sin recibir previamente la promesa de que será recompensado. Camina sin saber qué encontrará. Y quizá por eso su figura permaneció conmigo desde aquellos dieciocho años, aunque entonces todavía no pudiera comprenderla completamente.
Hay quienes temen tanto quedarse solos que terminan cometiendo la peor de las soledades: quedarse sin ellos mismos. Charlotte Brontë escribió Jane Eyre en otro siglo, en otro idioma y en un mundo que parece lejano al nuestro. Nunca supo quién sería yo. Nunca supo que leería su novela a los dieciocho años, mucho menos que regresaría a ella en 2016 y encontraría entre sus páginas palabras para comprender decisiones de mi propia vida.
Eso lo hacen algunos libros. Nos esperan. La primera vez nos cuentan una historia. La segunda, quizás, nos cuenta la nuestra. Hoy sé algo que aquella muchacha de dieciocho años todavía no podía saber. Jane Eyre no me estaba enseñando a quedarme sola; me estaba enseñando algo mucho más difícil: a no abandonarme para conseguir que alguien se quedara.
Y cuando años después tuve que cerrar mi propia puerta, comprendí finalmente lo que Charlotte Brontë había intentado decirme desde 1847. Hay puertas que cerramos porque una historia terminó y hay otras que debemos cerrar para que la nuestra pueda continuar. Yo cerré la mía. Durante algún tiempo pensé que detrás de ella había dejado una vida. Con los años comprendí que no.
Mi vida era precisamente lo que había decidido llevarme conmigo.
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