La generación de los 80, sin dudas es una de las que en la literatura dominicana ha dado y promovido una cantidad de escritores y escritoras que se revelan en diferentes esce­narios creativos del hacer literario. Los hay buenos poetas, excelentes narradores y presente en muchos otros géneros donde van o están dejando sus marcas en el desandar y caminar por los trillos de la literatura nacional.

Unos tienen más reconocimientos en la sociedad que otros, pero no necesariamente más calidad, sino que, dado el nivel de promoción de cada cual, muchas de las veces establecidas por las circunstancias y otras veces por el nivel de agresividad con que logre el escritor moverse en el ámbito de la gestión cultural literaria.

Recordamos en nuestro recorrer por el país en esa década, que fueron las provincias y municipios un gran reservorio de escritores durante los años ochenta, muchos de ellos, solo conocidos por sus publicaciones en páginas Litera­rios como Trapiche en el periódico El Sol, así como la del periódico el Listín Diario o en suplementos culturales de circulación nacional

como Isla Abierta del periódico Hoy o en el muy recordado AQUÍ del periódico La Noticia, también aparecían en revistas de circulación limitada o en sus boletines que muchos de los grupos a golpe de esfuer­zos propio lograban hacer, aunque fuera a mimeógrafo.

En otras palabras, pocos publicaron libros en aquellos momentos, muchos limitados por las situaciones econó­micas, por la existencialidad geográfica de otros y los más por el desconocimiento y el reconocimiento del valor de la publicación de un texto, y porque no, otros motivos se adueñaron quizás en aquella década perdida de los escri­tores que surgieron y vivieron en ella, tanto así que si la buscamos esta encontrada con creces en los escritos de los ochentistas.

Con el pasar de tiempo muchos de los poetas y escritores de los ochenta han dicho y van diciendo presente con pu­blicaciones de sus libros.

Oscar Acosta Pérez.

Y aunque en Oscar Acosta Pérez no es el caso per se, ya que ha tenido sendas publicaciones, lo cierto es, que sí es un poeta de la generación de los ochenta y sobre todo de esa demarcación que nosotros llamamos de provincia, un poco retomando esa expresión de don Manolito Mora Se­rrano cuando hacía referencia a los escritores no viviente en el ámbito metropolitano en las décadas de gestor cultu­ral y poeta itinerante de los rincones de la patria.

Para este escritor, su Neyba y sus talleres Guayacanes y PosTierra fueron el laboratorio donde se creció una de las plumas a ser tomadas en cuenta a la hora de pasar balance a la generación de los 80.  Es que la poética de Oscar Acosta es un estruendo que sacude la conciencia humana bajo un derroche de fuertes imágenes literarias, con un manejo de lo lirico barniza­do de un histrionismo, que nos hace recordar el mortal que somos; esto se deja reflejar en el trozo de este poema de su primer libro Los peluches, la niña y la ciudad

En la calle duerme un muñeco sin dueño,

su mirada de tela recoge el polvo del día.

Los niños pasan, ríen, olvidan,

pero el peluche guarda la ternura intacta,

como si la ciudad tuviera un corazón escondido.

El poeta acude sensible y melancólicamente a la ciudad desde la imagen de un peluche abandonado el que nos los convierte de ser un objeto cotidiano en un elemento de ternura, de atrapador de recuerdos y desde el aflora la soledad y la humanidad perdida en medio de la cotidianidad del espacio urbano. Digamos que allí recoge el dolor y la angustia oculta tras el huir de la metrópolis. En otras palabras, la ciudad no es tan solo el casi correr gente… el péguense como anoche o el marullo y murmullo de la Duarte con París. Sino que en ella también hay resabios de sentimientos

Cuanto el poeta nos dice en el verso En la calle duerme un muñeco sin dueño aborda una imagen de abandono, en el tránsito de ese dormir el autor humaniza al muñeco de trapo, le da vida, aunque al no tener dueño nos lanza a los leyentes la sugerente evocación del desamparo y olvido cual si la ciudad estuviera colgada del silencio… y nos remata diciendo: su mirada de tela recoge el polvo del día…OscarA en un peluche nos envuelve la dureza de la calle, el óxido angustia que corroe los sentimiento urbanos caminándose en los rostros de los citadinos, desde donde los niños pasan, ríen, olvidan; mientras el peluche guarda la ternura intacta. Aunque está abandonado, conserva un valor emocional y metafórico. En el peluche se asumen la inocencia, el afecto y la capacidad de sentir, elementos que la ciudad parece haber perdido pe se a que el poeta nos grita como un loco de desde este verso: como si la ciudad tuviera un corazón escondido y es que la ciudad, normalmente asociada con frialdad o indiferencia, aparece en el pensar del autor como un espacio donde aún existe sensibilidad, pero sobre todo nos plantea un augurio de humanización, aunque oculta entre la prisa de los niños y la quietud del peluche, lo que nos lleva a la reconstrucción de recuerdos afectivos y plagados de ternuras en medio de la selva de cemento. Desde allí, parece decirnos a los leyentes el autor neybero en tono melancólico, tierno y reflexivo que miremos, que observemos aquello que suele pasar desapercibido y a reconocer la sensibilidad escondida en lo cotidiano.

Y así va el poeta dejándonos que esa poesía se aposente en los lectores, con la sencillez con que las uvas van saciando la divinidad del hambre emocional y la poética de Oscar se nos va desdoblando entre creencia, desaliento místico e irreverencia por lo enseñado desde el pulpito lo que no parece bien aprendido a decir del autor en un trozo de su poema Caín…

La hora por más justa que fuera

Tenía un negro siempre detrás de la oreja

Sembrando maíz y fumando tabaco en el Edén

Los blancos trajeron sangre por los mares

Y taparrabos para los amarillos.

La hora por más justa que fuera.

Fue siempre la del hombre y la mujer

Una costilla desprendida para el sufrimiento y la alegría

Con el cazabe y la pelota

A la ronda ronda con la música.

No es discutible los mapas de intertextualidad avizora­dos en la poética de Oscar Acosta, pero igual se siente un emerger de ruidos desde la salinidad del Caribe en su canto poético, igual hay una conversación de espacio lú­dico-onírico que va dejándose como huellas que se con­vocan al cuidado de los sentidos. Son poemas transidos desde la concepción espiritual, donde nos habla desde sus mundos, desde sus voces, desde sus sueños y pesadillas.

Pero igual es una forma de pensarse como un puente ha­cia su libertad espiritual y emocional y como río en trom­ba arrastrar la de sus leyentes.

En la poética de Oscar Acosta hay un interdiálogo que atraviesa su pensar poético y esta parece ir desgarrada en el envolver de un dolor prematuro a la creación ficcional de la palabra, es su canto poético una búsqueda incesante por lo desconocido que se nos ha impuesto desde la ritua­lidad religiosa. Tal y como lo deja expresado en esta estro­fa de su poema Abel y los profetas de Mateo, donde expresa dentro de otros cuestionamientos a lo largo del poema…

No…no… estos son barros, soplos de Dios,

no son estos tus presas…

Búscate tus otros demonios que adornen

y repitan como loros

tus oraciones mutiladas

en los libros que a nadie les gusta leer…

Hay certeza de que el poeta busca una salida al vasto espa­cio de la creación, de la que él duda, de la que él se siente engañado desde el concepto filosófico del universo crea­cional religioso tradicional. El poeta cuestiona en su can­to, en su decir, en su complicidad con las palabras intenta emborrachar el tiempo sumergido en las liturgias de los imprevistos desmembrados de mudez cuestionadas.

En el poema Fatiga, vemos como el amor aparece inicialmente como una experiencia total, casi divina y donde desde los primeros versos, el autor sitúa la relación en un plano cosmogónico, es decir, la mujer no solo es objeto de amor, sino principio creador del universo representativo del sujeto. Versos como:

 Me diste por historia el cielo 

                     y

Me diste la tierra en tus labios

Permiten que se construya una imagen en la que la mujer encarna el origen de todo lo existente… digamos que es el amor en su máxima expresión de carne, agua ardiente y crucifixión de los sexos.

Por lo que se puede advertir que este amor no es pasivo, el mismo es una experiencia compartida de creación, de estrujamiento de piel en la que ambos amantes participan en un acto que recuerda Génesis a la inversa del decir bíblico …

Me permitiste moldear tu vientre con arcilla

Aquí, en este verso el cuerpo femenino se presenta como materia primordial, como mapa donde se inscribe la vida, la mujer, por tanto, no es solo amada, sino que también es espacio alegórico del existir.

Sin embargo, esta plenitud inicial contiene en sí misma la semilla del infortunio ya que podemos ver que en la medida que avanza el poema, la experiencia amorosa se revela insuficiente frente a la infinitud que pretende abarcar. El verso El espacio no cabía en nuestras manos, nos evoca a pensar que el amor aspira a lo absoluto, pero está limitado por la condición humana de quienes intenta construirlo.

La mujer, que al inicio era fuente de sentido, se convierte progresivamente en parte de una experiencia compartida de vacío existencial, la relación deriva en una paradoja como lo dice en este verso, la compañía no elimina la soledad, sino que la duplica. Esto se expresa con contundencia cuando el poeta nos dice el corto verso: Somos dos solos… digamos que es un verso en que el amor deja de ser unión para convertirse en coexistencia de aislamientos.

No hay dudas de que la poética de Oscar es una poéti­ca del cuestionamiento, de la búsqueda, un canto por la otredad marginal de las sagradas escrituras, un espacio de símil para el dolor cargado en el alma de los que como él le amarran a la candidez de las palabras, para intentar encontrar en ellas la soberbia respuesta a lo desconocido pero impuesto palabra sobre palabra, así lo deja expresa­do en esta estrofa de su poema Génesis, cuando dice:

Su ausencia a cada hora

Cada hora es su fin

Un fin indetenible

Indetenible como la ceniza

Como la ceniza de los cuerpos

De los cuerpos cuando desaparecen

Desaparecen más no de las almas

De las almas nunca han sido

Nunca han sido tampoco de la carne

De la carne ni de los huesos

De los huesos volvieron

Volvieron por fin a como eran en principio

al principio de los siglos y por los siglos.

En su poética Oscar Acosta carga de helada melancolía su narrar, es un orante que desgarra el vestido del pecado ardiente, verso a verso como quien golpea con un hachazo de luz la oscuridad de los años vividos y por vivir…

En el arco narrativo de la obra de este poeta Neybero, avi­zora una creatividad poética que hace desprender un gri­to existencialista, un mascullar filosófico que adorna su canto. Quienes le conocemos, sabemos que Oscar es un poeta del silencio, no de la sombra y desde el silencio deja colgada la impronta de un murmullo literario que lo dejan en plenitud de ser un buen vate y mejor ser humano, tal y como se desglosa en cada uno de los poemas de este manjar servido en su más reciente libro Sin abismos ni cielos.

Estemos claro que la poética de ÓscarAP. en estos textos construye una visión profundamente crítica de la mirada religiosa, o igual de la cotidianidad y del amor… mismo que lejos de idealizarlo, lo presenta como una experiencia contradictoria, marcada por la tensión entre lo absoluto y lo efímero. Digamos que lo finitud en èl cobra vida.

En el que la mujer, eje de esta experiencia, no es un personaje estático, sino una figura simbólica que adopta múltiples formas: creación, templo, enigma o ausencia. A través de ella, el poeta explora los límites del deseo y del conocimiento… vemos como el infortunio se revela como una constante inevitable, en su poética, no importa si el amor se vive plenamente, intensamente o apenas como posibilidad: en todos los casos, conduce a una forma de vacío, a un bordear del existir. Así, estos poemas configuran una poética donde el ser humano aparece condenado a buscar sentido en experiencias que, inevitablemente, se disuelven en las páginas de Sin abismos ni cielos.

Luesmil Castor Paniagua

Poeta y ensayista

Luesmil Castor Paniagua. Profesor de la Escuela de Comunicación UASD. Ensayista, poeta y narrador.

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