El libro fundacional
Con el libro de poesías Paraísos de la nada (2008), que hemos declarado libro fundacional del efluvismo literario, iniciamos una serie de reflexiones sobre el lenguaje y la creación poética. En principio, no pensamos en crear un grupo literario y mucho menos en un movimiento. Siempre hemos visto los ismos con cierta visión crítica. Por lo tanto, tampoco pensamos en socializar las experiencias con los poetas amigos, porque no existía intención de nuestra parte de hacerlo. Buscábamos una forma personal y particular de mejorar nuestra expresión poética. No teníamos un esquema definitivo sobre qué podía ser el efluvismo. Pasaron varios años que nos sirvieron para elaborar técnicas, orientaciones conceptuales y las bases de sustentación de la expresión estética efluvista. Para ello, nos volcamos al sondeo de las corrientes literarias, movimientos, teorías estéticas, filosofía del arte y del lenguaje, psicología, física, física cuántica, química, biología, lingüística, matemáticas, entre otras. Nuestros lectores seguramente se preguntarán: ¿por qué acudir a los estudios de las ciencias en la creación poética? No me resultó muy difícil; durante varios años impartí docencia en las áreas de química y biología en el nivel secundario y he sido apasionado de la física desde mis primeros estudios. Además, en la carrera de ingeniería agronómica que cursé abundan esas asignaturas en ese nivel. Como veremos, en el efluvismo todo se integra en la búsqueda y el alcance del estado poético.
¿Por qué tomar en cuenta las ciencias? No podemos explicar el acto poético sin estudiar la bioquímica del cerebro ni los impulsos bioeléctricos de las neuronas, las «mariposas del alma» (como las llamó metafóricamente el científico español y Premio Nobel Santiago Ramón y Cajal). Tampoco hay que dejar de reflexionar sobre la creación poética de Paul Valéry, quien, para comprender la realidad, conjugó la poesía con formas geométricas. No hay que olvidar a Gustave Flaubert, quien ha sido citado en ocasiones por su afirmación de que «La poesía es una ciencia exacta, como la geometría»; tampoco hay que excluir al poeta Rafael Alberti, con su célebre soneto «A la divina proporción», que es una oda a la proporción áurea o número de oro y describe una ley de armonía y belleza. Es en el soneto donde se encuentra el vínculo más entrañable entre la poesía y la proporción áurea. Se llegó a decir que la poesía es matemática y que la matemática es poesía.
Admito que, desde 2006 hasta 2010, no se sabía nada de la poesía efluvista ni tenía nombre. Iniciamos unos talleres con estudiantes del Politécnico Teresa Digna Féliz de Estrada, en Azua, con la intención de ensayar algunas técnicas de escritura poética. La idea ya se venía perfilando. Los jóvenes, ante los ejercicios prácticos, respondieron con textos asombrosos. Para su selección, solo pasábamos por las aulas y les preguntábamos a quiénes les gustaba leer poesía o escribirla. Pocos respondieron; de entre tantos, ocho lo hicieron, y les ofrecimos realizar el taller. Lo primero es que ninguno había escrito poesía y que la mayoría apenas conocía el género.
Después de una breve explicación sobre cómo se escriben los sonetos, las décimas, las odas, las elegías y los poemas en versos libres, les solicitamos que compusieran un poema en versos libres o en prosa. Les pedimos que utilizaran los sentidos para captar las imágenes o los símbolos a su alcance.
Les señalamos la luz que entraba por la persiana, el color verde de la pared del aula, el bombillo encendido, los mosaicos del piso, la puerta de salida, la superficie lisa de la butaca, los sonidos que se oían alrededor, la temperatura a esa hora del día y otros elementos; con ello debían componer un texto. No nos referimos, de manera detallada, ni a lo poético ni a lo no poético. Eso no era importante en ese momento del taller, como tampoco lo era profundizar en las composiciones con versos medidos. Los participantes no debían pensar en un tema específico. Solo tenían que seleccionar una imagen o algún objeto para convertirlo en un símbolo. Por ejemplo: el color verde de la pared. La percepción de ese color encadenaría una serie de símbolos, ideas y pensamientos que debían plasmarse en el papel. Debían apoyarse en la imagen de la puerta, en los sonidos que se oían a su alrededor, en el bombillo encendido para la composición…
Esa primera experiencia creativa en el taller me conminó a estudiar los textos que los participantes habían producido. Generé varias ideas sobre el léxico, el lenguaje, los temas, las imágenes literarias, la ortografía, la caligrafía, los pensamientos, las emociones y los sentimientos, entre otros aspectos. Estos talleres se siguen impartiendo tanto de forma presencial como virtual, ahora con nuevas técnicas y mayor madurez.
El nombre de efluvismo
En 1979, mientras cursaba una carrera de ingeniería en la Universidad Católica Madre y Maestra —UCMM— (UCAMAIMA), en Santiago de los Caballeros, ya con interés por la poesía, conocí a un maestro que fue y sigue siendo una inspiración en mi trayectoria literaria. Es el Dr. Bruno Rosario Candelier, quien llevaba seis años como doctor en Filología Hispánica egresado de la Universidad Complutense de Madrid. Recibimos las primeras orientaciones sobre la creación poética. Para entonces, no se hablaba del interiorismo hasta una década después. Recuerdo haber tratado en esos talleres al excelente poeta y luego artista plástico Pedro José Gris, a quien en ese momento (hace 48 años) veíamos como el máximo exponente joven de la poesía de Santiago. Encandilado con los versos de Pedro José, decía con mi voz de imberbe: «Ese muchacho escribe una poesía profunda». Algunos de esos primeros textos fueron publicados en un libro titulado Las voces, en 1982.
Los encuentros con el doctor Candelier en su despacho de la UCMM (1979) me despertaron la pasión por la lectura y por la creación de una poesía de mejor factura. Luego me vine al sur (a Azua) y no volví a tener contacto con el maestro hasta muchos años después. Asistí a varios encuentros con los poetas interioristas y profundicé en la lectura de textos religiosos, filosóficos, metafísicos y espiritualistas, que impactaron en las ideas marxistas que sostenía desde la primera etapa de mi adultez. La poesía y esos estudios aludidos calaron profundamente en mi manera de ver el mundo; pero, transcurridos los años, el discurso y la pasión mística experimentaron variaciones.
Confieso que no formé parte de la evolución del Movimiento Interiorista y del Ateneo Insular debido a la distancia que separaba el norte del sur del país y a la dificultad de asistir a sus talleres. Pero las enseñanzas del doctor Candelier forman parte de un legado indescifrable en mi formación personal, espiritual y humana, porque seguía todos sus textos, así como los ensayos y la poesía de los integrantes del movimiento.
De toda esa experiencia, el discurso sobre los efluvios fue muy impactante, aunque no tengo el mismo concepto del tema que hace unas décadas. De ahí proviene la palabra efluvismo, que significa algo así como «reflexión sobre los efluvios». La palabra “efluvio” fue incorporada al idioma español en 1732, cuando apareció por primera vez y fue registrada oficialmente en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española (RAE). Su origen etimológico proviene del latín effluvium, compuesto por el prefijo ex (hacia afuera) y el verbo fluere (fluir o manar). Es, según la RAE, una “emanación” o “emisión de partículas sutilísimas”.
Los efluvios o emanaciones
En el Movimiento Interiorista, fundado por Bruno Rosario Candelier en 1990, los efluvios o vibraciones espirituales se consideran sagrados, de inspiración divina. En el texto Poética interior (Antología del Ateneo Insular) de 1992, se expresa lo siguiente: «Aunque estamos con Platón cuando afirma que el poema no es solo producto de una técnica o saber pericial, sino de una inspiración divina (Rep. 533 E), una suerte de gracia poética, el creador de hoy tiene que nutrirse de la tradición universal…» (pág. 23), lo cual confirma el carácter divino de esas vibraciones, que son flujos de inspiración y de energía interior «que conectan la conciencia mística del creador con la dimensión mística y trascendente de la realidad». Ahora, pensamos que los efluvios no solo fluyen de adentro hacia afuera, sino también de afuera hacia adentro, al ser transmutados en lenguaje. Las «emanaciones» pasan a conformar lo que el efluvismo denomina «el rayo poético», capaz de reconstruir estructuras de pensamiento y estados sensibles. Ahora bien, las «emanaciones» desde lo místico provienen de una fuente divina y se «auscultan» mediante la contemplación del ser y la meditación, entre otras formas de vínculo. Esos efluvios no son creados por el yo, ni por lo consciente ni por lo inconsciente descritos por Freud, Jung y Lacan; son productos de energías, señales, vibraciones o resonancias del cosmos, de la naturaleza y del Creador, o de Dios. Es la revelación del ser, develando misterios, desentrañando mitos, explorando y descubriendo la esencia de las cosas, de la realidad y de la verdad.
Más que un movimiento de trascendencia poética, el interiorismo es una respuesta a inquietudes estéticas del ser. Es más, me atrevo a inferir que, esencialmente, podría ser un camino de autorrealización mística a través del arte. O quizá, de otra forma, la expresión del arte mediante una reflexión mística, pero abierta a otros tipos de expresión. Siendo así, la fuente de sustentación se basaría en estudios míticos, metafísicos, filosóficos y religiosos, en las categorías estéticas del arte y en el despertar de la conciencia (la conciencia estética). Toda la creación poética de los interioristas, que navega por los procelosos mares del ser, experimenta la divinidad a través de la belleza y la intuición, y penetra en la profundidad de la conciencia. Si bien el interiorismo no tiene carácter dogmático, reconoce que Dios no está apartado del mundo. Él está presente en la esencia de la naturaleza, del alma humana y de las cosas, manifestando su grandeza. Si una piedra tiene esencia y es reconocida por el poeta, entonces, indefectiblemente, el poeta reconoce a Dios. En el interiorismo, la fe cristiana es un pilar filosófico para explorar la dimensión mística y la realidad trascendente. O sea, un tema del interiorismo es la filosofía de la fe cristiana desde la disciplina estética.
El interiorismo reflexiona sobre los efluvios como emanaciones del ser, desde su concepción mística de la conciencia y de lo Supremo. El efluvismo no descarta esa idea, sino que la integra según el creador poético y el practicante, pero otorga importancia a las ciencias, al flujo y a la composición de los efluvios, la emanación, la energía y la esencia… Primero, no tiene que aceptar la existencia de los efluvios como tales ni considerarlos de origen divino. Esta actitud no disminuye el sentido de reflexión ni la búsqueda espiritual. La espiritualidad abarca la búsqueda de significados, la conexión con uno mismo, con el universo o con la paz interior, lo cual, para muchos, no depende de una deidad específica. Es la integración del todo, en su esencia, diversidad e individuación. Por lo tanto, los sistemas de creencias se estudian desde su carácter no solo científico, sino también ontológico y filosófico.
En sus inicios, el ideal de la Poética Interior busca:
«…asumir la compenetración del hombre y la naturaleza en una relación armónica, como lo pautaba el espíritu helénico, vinculándola a la Modernidad, que entraña la inmersión en la subjetividad, para lograr la integración del ideal clásico y el espíritu moderno, en esa conexión del yo con el mundo mediante la creación mitopoética, metafísica y mística» (pág. 22).
Es importante destacar la evolución de la metafísica para reflexionar sobre ella. En la modernidad, lo metafísico se apoyaba en los grandes relatos, en busca de certezas y fundamentos absolutos. Mientras que en la posmodernidad existe un rechazo a esa totalidad y se cuestiona la verdad única o trascendente. Lo hace mediante la fragmentación del lenguaje, la subjetividad y la inmanencia. Todo visto desde La condición posmoderna de Jean-François Lyotard, que no es lo contrario de lo moderno: es la modernidad misma que, en su autocumplimiento, invierte sus modalidades y efectos culturales.
Ante esta nueva arquitectura de la realidad, explicada desde el posmodernismo, que nos permite cuestionar, meditar o reflexionar sobre tecnología, economía, filosofía, epistemología, literatura, religión, arte… Ante el cuestionamiento de los metarrelatos (cristianismo, ilustración, marxismo y capitalismo), unido a la modernidad líquida (Zygmunt Bauman), se abren nuevos canales para cuestionar la identidad y el ser. Se busca articular una respuesta que propicie los estados poéticos ante las nuevas estructuras de pensamiento, creencias y subjetividades que conforman patrones de carácter mental y emocional en individuos y colectivos.
El efluvismo reflexiona sobre la naturaleza de los efluvios o emanaciones, desde la ciencia y el espíritu: su origen, estructura, composición y destino. Indaga sus vínculos y su flujo en el cuerpo humano y en el cosmos. Eso no implica que se excluyan otras formas de auscultación, incluso mediante actos de fe. Así se expresa el sentido de «multivocidad» y de libre albedrío en el ejercicio de la interpretación cósmica del ser humano desde el prisma estético.
Sin olvidar ni descartar las herencias ontológicas, sin omitir la naturaleza estudiada de la conciencia estética, pero con la idea de la expansión de esa misma conciencia, el efluvismo reflexiona, integra, prioriza, medita y practica la creación poética como un acto luminoso entre la armonía y la incertidumbre, entre el ser humano y la conciencia cósmica (Continuará).
Domingo 19 de julio de 2026
Publicación para Acento No. 184
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