Lo que enciende todo
Esa noche llegué a la casa después de un viaje de dos días. Corría el año 2006 y hacía un verano caluroso como los que se dan en Azua de Compostela, República Dominicana. El sopor no me dejaba dormir y me daba mil vueltas en la cama. El perro del vecino, un biralata de esos que, en vez de ladrar, aúllan como si presagiara que alguien se iba a morir, me hizo abrir la ventana de aluminio y hacer sonar las duelas para espantarlo. Logré callarlo solo por un par de minutos y luego, como si fuera una pesadilla, el perro volvía a aullar.
Pasadas las dos de la madrugada, el perro no aulló más, pero ya el desvelo me había atrapado, y cuando lo hacía, mejor era levantarme, como en otras ocasiones, y ponerme a leer o a escribir para atrapar el sueño. Sin dudarlo, pasé hasta donde estaba mi pequeña biblioteca y la mesa de trabajo con una computadora que ocupaba casi todo el espacio. Encendí la lámpara de noche, que tenía una especie de canasto y proyectaba la luz hacia abajo. Oprimí los botones de la computadora. Ya iluminada la pantalla, abrí algunos archivos en formato Word y leí algunos poemas seleccionados al azar. Tenía pendiente que el perro volviera a romper a la madrugada, pero no lo hizo.
A pesar de la hora, del desvelo y del cansancio del viaje, un llamado interior me pidió que escribiera un par de poemas para el libro que preparaba en esos días. En la etapa juvenil, tomé clases de mecanografía en una academia local llamada Academia Comercial Las Mercedes. Allí, los maestros nos formaron para escribir muchas palabras por minuto y medir la velocidad. Esos talleres desarrollaron mis habilidades y me permitieron transcribir con facilidad muchas páginas sin ver el teclado, por lo que con frecuencia convertía los manuscritos al formato digital.
Ansiedades
Poseedor de cierta trayectoria literaria y lectora, y decidido a escribir poemas, abrí la página digital en blanco. Coloqué mis manos sobre el teclado, pero no salía nada… No tenía ni idea de lo que haría. Volví a poner la mano en el teclado, y nada… Pasó más de media hora sin escribir una letra, como si las palabras estuvieran represadas en grandes diques del subconsciente. Llegué hasta el hartazgo y las ideas no encendían. La mente estaba cubierta por una sábana blanca, en la que se ocultaban los versos. Empecé a sudar razones, afiné mi atención y solo encontré un montón de angustias bajo los escombros de mis experiencias sensoriales.
Traté de calmarme y respiré profundamente. Luego vi la página en blanco en la pantalla. Nada me salía, ni una palabra ni un verso. Las angustias fueron cambiando de identidad y ahora parecían gusanos sinuosos que se escapaban por los intersticios de la madrugada. Comencé a sentirme sereno, con una calma indescriptible. Desde mi interior, los versos gritaban por salir, pero no tenía nada que decir. Si no tenía nada que decir y la única palabra que me llegaba a la mente era “nada”, entonces “la nada” era la puerta por donde debía entrar. Pero, ¿qué decir de la nada? Solo tenía esa palabra; mi mente empezó a escanearse en busca de poetas y filósofos que habían escrito sobre el tema.
El primer autor que saltó fue Jean-Paul Sartre con El ser y la nada, libro que había leído y del que solo me quedaban sus ideas básicas. También sobrevoló mi mente Martin Heidegger, para mí más difícil de entender que Sartre. Solo eran referentes sobre las ideas de la nada, nada más.
Como no tenía qué decir de forma razonada ni un juicio articulado previamente, dije para mí: déjame realizar un experimento solo para entretenerme mientras llega el deseo de dormir. Para una persona como yo, con cierto ejercicio académico, en la que todo se piensa y se articula siguiendo los rigores metodológicos, lo que intentaba hacer estaba fuera de mi patrón, de mi ejercicio profesional. Pero como el único propósito era “matar el tiempo” y divertirme, tal vez…, me decidí. En una milésima de segundo entendí que lo que trataba de hacer era una actividad automática. Lo que saliera en el texto podría ser algo sin sentido o un tipo de literatura, como la producida por los parnasianos y algunos surrealistas de André Breton, algo ya superado en ese tiempo. O sea, que no tenía la intención de realizar un aporte literario significativo y se esperaba un resultado deficiente.
El primer momento
Para no abundar más, les confieso que tomé la palabra “nada” como punto de partida y comencé a vaciar todo lo que mi mente podía decir sobre su significado. Como no pensaba en versos medidos, me deshice de todas las reglas y comencé a escribir en prosa. Fue ahí cuando recordé los versos de Gabriel Celaya: “No es una poesía gota a gota pensada. / No es un bello producto. / No es un fruto perfecto.” También, los de León Felipe: “Deshaced este verso. / Quitadle los caireles de la rima/ el metro, la cadencia/ y hasta la idea misma/. / Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía/ será la poesía”. Estos últimos versos casi me electrocutan: “Aventad las palabras, / y si después queda algo todavía/ será la poesía”
Sin pensarlo más, puse en práctica mi velocidad sobre el teclado y la ligereza de mi pensamiento y de lo pensado. Antes, decidí que no quería ver lo que escribiera. Para lograr ese objetivo, amplié la página en la pantalla, fuera de su marco, y aumenté el tamaño de las letras. Apenas lograba ver dos o tres palabras juntas porque el texto se salía del marco.
Comencé así:
“La nada es el hombre con la duda en la mirada, que se aleja en la palabra y en los espacios transgredidos. La nada es el corazón tendido al sol de la mente y el camino. Después del olvido y la distancia, después del tiempo y la retama, nosotros iremos a los helechos, al sonido del vacío. Los jardines y los sueños, las esperanzas y sus rubores estarán en el arco del cielo haciendo casa, por si algo nos faltara."
Lo dicho anteriormente fue lo primero que salió. Ese trance duró más de 45 minutos sin dejar de teclear. Sin leerlo, cerré el archivo de Word, lo dejé con el mismo formato grande y lo guardé en un archivo llamado La nada, porque el sueño ya empezaba a abrir sus puertas. Me olvidé del asunto. Días después, mientras buscaba otros documentos, me encontré con el bendito archivo. Lo abrí y decidí no leer lo anterior, solo las dos últimas líneas para conectar con el tema. Inicié la segunda parte del texto; ese ejercicio duró más de media hora (todo sin ver lo que se escribía).
El segundo momento
Ese segundo momento lo inicié de esta forma:
“La nada tiene la duda como espina clavada; la duda quiere ser alguien; la nada no desampara. En su vientre profundo crecen soles, piedras y algarrobos, y los duendes, y los fantasmas, y el olor a cebada llena las casas. En su vientre se queman el soplo y la desgana. En la N-A-D-A anda A-D-A-N invertido, reptando por Eva, arropado de olvidos. La nada es lo primero, es el Adán convexo del Paraíso”
Así lo hice en seis o siete momentos, que, sumando las horas de trabajo y dada mi velocidad con el teclado, no llegaron a 6 horas.
Estaba ante una escritura de tipo automático o repentista que no tendría importancia ni trascendencia poética para lo que actualmente buscaba: en el primer momento, matar el desvelo y, después, experimentar y entretenerme.
No visualicé esos versos; salieron sin que se hubiera arreglado nada. No importó la versificación, la ortografía ni la sintaxis; no importó nada de eso. Como no tenía ningún propósito, no me interesó nada.
Cuando entendí mentalmente que había dicho todo sobre el tema de la nada con la intención de “diversión poética”, decidí terminarlo y guardé el archivo durante unos meses. Un día lo abrí y ajusté el tamaño de la página a 8½ y el tamaño de la fuente Times New Roman a 12. El resultado fue que había escrito en prosa más de 80 páginas. Empecé a leerlo y a muchas cosas dichas no les daba crédito; todavía no lo hago.
Este acto literario no fue algo subliminal, ni un dictado divino, ni un trance, ni superhabilidades y talentos fuera de serie. Fue, diría yo, un ejercicio mental y de pasión poética.
Para terminar esta primera parte, esperen varias. Decidí enviar ese texto a la Sociedad Renovación de Puerto Plata, que organizaba un concurso auspiciado por la Fundación Brugal. Obtuvo el primer lugar en poesía y les confieso que me sorprendió. Inmediatamente investigué quiénes eran los jurados y descubrí que eran José Mármol, Plinio Chaín y Basilio Belliard. Para esa fecha de 2007, no tenía cercanía con ninguno de ellos. En silencio dije: ¡Cómo! Si Mármol, Plinio y Basilio, quienes eran los “gurús literarios del país”, fueron los jurados que premiaron esa obra y siempre he respetado sus talentos, entonces tendrá algún valor en sí misma. Eso es lo que enciende todo: la llama para emprender una investigación más minuciosa sobre esa forma de escribir que hoy llamamos efluvismo, donde se reflexiona sobre cómo canalizar el acto poético, cuáles son las técnicas y los niveles para esa canalización, cómo se avientan las palabras y cómo se reflexiona sobre el lenguaje, el ser y todo lo que nos conecta con el universo.
Ese libro lo publicó la Sociedad Renovación de Puerto Plata con una tirada muy reducida y me enviaron unos ejemplares como autor. Se llama “Paraísos de la nada” y no se ha vuelto a editar, por eso es un texto desconocido.
(Continuará)
Nota: Estos textos tratarán sobre la historia del efluvismo, los pioneros, las técnicas efluvistas, los niveles de desarrollo del pensamiento poético efluvista, el lenguaje y sus límites, y algunas manifestaciones de poetas que forman parte del movimiento.
Domingo 12 de julio de 2026
Publicación para Acento No.183
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