En estas expresiones apuntalaba Pedro Henríquez Ureña(1936) los fundamentos de la moral social de Eugenio María de Hostos, la verdad y el bien :
“Deme la verdad y yo le daré el mundo. Ustedes, sin la verdad, destruirán el mundo, y yo, con la verdad, yo reconstruiré el mundo tantas veces como ustedes lo destruirán.” Tal era en Hostos la fe delirante en la verdad, llama de incendio engendrado, como dice Nietzsche “en la creencia milenaria, en la fe cristiana que, antes fue la de Platón, y por la cual Dios es la verdad, y por la cual la verdad es divina.” Pero, en Hostos, no arde solamente la fe en la verdad: con una llama más alta, arde también la pasión del bien, la pasión del apóstol.”
Como señala Henríquez Ureña, en el discurso de Hostos en la obra Moral social: apreciación de Hostos (1888), se descubre un eje central basado en dos valores inseparables que vinculan y armonizan experiencias humanas diversas: la verdad y el bien común.
A esos valores deben obedecer las acciones y los comportamiento de los individuos y las sociedades. Desde esas bases, la construcción de un proyecto de moral social ocupó lo mejor del talento y la creatividad del prócer puertorriqueño.
A tal fin, se empleó magistralmente en el manejo de un arte discursivo tramando un modelo expositivo abstracto, aderezado con potentes recursos argumentativos, a la vez comprensivos y persuasivos . Entre esos recursos se cuentan: razones, ejemplos, imágenes y situaciones dialogadas.
Se vale del derecho positivo en sus diversas manifestaciones: las leyes y sus aplicaciones. Con base a este y, apelando al sentido común de lo útil y conveniente, Hostos elabora un teoría del deber como mancuerna de la verdad y el bien común.
Estos principios, en particular el bien común, rigen la moralización general de la sociedad. Asimismo, deben contribuir a la creación de hábitos de moralidad en los individuos.
Esa trabazón del bien común y la moral con el derecho es aún más evidente cuando se trata de las actividades profesionales particulares. El arte expositivo lleva a Hostos a imaginar un diálogo de una madre en el que ella trata de esclarecerse acerca de la mejor profesión para sus hijos.
“Una vez, una madre de las que en la América latina pueden, por la ternura, servir de modelo á cualesquiera madres, decía, refiriéndose a uno de sus pequeñuelos:
“—Y éste será sacerdote.
—Si tiene esa vocación, enhorabuena—dijo su marido.
—Y aunque no la tenga: el sacerdote no tiene que luchar tanto con la vida como otros.
—Es un error: en la vida, todos son sacerdocios, y todos imponen deberes costosos.
—Pero el sacerdote tiene siempre el pan a la mano.
—Pero no siempre lo tiene a la conciencia.
—¿Qué quieres decir?
—Que no siempre es tan fácil para la conciencia el acercarse al pan que se toma fácilmente con la mano.
—¿Por qué?
—Porque el pan se digiere solamente en el estómago.
—¿Pues acaso hay algún otro aparato digestivo?
—Varios: la razón, que juzga de nuestro modo de ganar el pan, es uno; la voluntad, que a veces se resiste a determinados modos de ganar el pan, es otro; la conciencia, que aprueba o condena los modos de subsistencia que se adoptan, otro.
—Y el sacerdocio eclesiástico, ¿es uno de esos modos de ganar la vida que la razón juzga mal, que la voluntad resiste y que la conciencia condena?
—Si lo adopta la vocación, no; cuando lo adopta el egoísmo cauteloso e inmoral, sí.
—Y ¿por qué?
—Por lo mismo que es inmoral hacerse abogado o médico, o maestro, o periodista, o comerciante, o peluquero, sin más mira que la de ganar el pan.
—Pero, aun así, cuando el objeto es evitar los vicios de la ociosidad y la deshonra del vicio…
—Menos malo, en efecto; pero es malo.
—Pero si así se hace un bien a la familia…
—A la verdadera familia no se le puede hacer un bien que sea un mal para la sociedad.
—Y ¿por qué es un mal para la sociedad el seguir sin vocación una carrera?
—Porque todo oficio, carrera, profesión o función social requiere un número determinado de deberes, que se cumplen tanto menos cuanto mayor es la repugnancia con que los reconocemos, y toda vocación extraviada impone deberes repugnados.
—Pero eso, en último caso, será un mal para el extraviado de su vocación.
—Para él, para la familia, para sus convecinos, para sus comarcanos, para su patria y para la Humanidad entera.
—¿Cómo así?
—Porque lo que la sociedad humana quiere y requiere de sus miembros es que coadyuven al orden social, y para eso hay que cumplir con su deber; y para que el cumplimiento del deber sea general, hay que hacer del deber una causa y origen de felicidad.”
La idea central de ese dialogo es que “todo oficio, carrera, profesión o función social requiere un número determinado de deberes.” Asimismo, si todas las profesiones conllevan deberes, son falsas las vocaciones que no reconozcan esos deberes.
Aunque para Hostos siempre es posible encontrar equilibrio y armonía entre el progreso material del individuo y el desarrollo moral de la sociedad, la fuente del bienestar del profesional no reside en la satisfacción individual sino en el cumplimiento del deber general.
En la moral social así concebida, se destacan, como pilares de la felicidad del ser humano, estas ideas clave del pensamiento hostosiano: todos tenemos deberes y no basta con tener pan. El pan debe acompañarse de la conciencia del bien común, la verdad y la razón.
He ahí el gran aprendizaje que hoy debemos tener presente y que debe servirnos de orientación en nuestra vida pública y privada
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