Friedrich Hegel, reconocido pensador de la filosofía clásica alemana, escribiría alguna vez que sin fuerte pasión no habría posible alguna de hacer nada digno de recordación en la vida.

Ciertamente, habría de ser así y no de otro modo ya que la pasión, sobre todo cuando es intensa, estimula esfuerzos, revitaliza energía y potencializa al espíritu para desempeñar bien nuestro quehacer.

Ahora bien, esa pasión de la que habla dicho filósofo es muy distinta de la pasión amorosa, la cual es súbita, desenfrenada y efímera.

La obra póstuma de Gabriel García “En agosto nos vemos”, contrario a lo que algunos pensarían, es muy buena.

En verdad, no se trata de su mejor novela, pero tampoco es la peor.

Porque sea trunca o inconclusa no por eso dejaría de ser interesante, además de seductora.

No pocas obras carecen de final absoluto y convencional y, sin embargo, son excelentes y admirable calidad literaria. Entre ellas, cabría mencionar:

-“El primer hombre”, de Albert Camus.

-“Suite francesa”, de Iréne Némirovsky.

-“La verdadera vida de Sebastian Knight”, de Vladimir Nabokov.

-“La marcha de Rudetzky”,  de Joseph Roth.

-“El proceso”, de Franz Kafka.

-“El hombre sin atributo”, de Robert Musil.

Esas novelas gozan de gran nivel estético y prestigio literario.

Por tanto, sería insensato decir que “En agosto nos vemos” es de escasa o ninguna calidad.

Creerlo, no pasaría de ser un gran absurdo.

Dicha obra, como bien se puede apreciar, es una transposición poética de la realidad. De hay que, entre otras cosas, sea de belleza deslumbrante.

Su contenido, impregnado de ficción, es una síntesis de escenas, tramas y argumentos bien articulados entre sí, que dan cuenta, esencialmente, de la pasión desenfrena y fugas que Ana Magdalena Bach (mujer casada) tiene que saciar cada mes de agosto cuando viaja, sin falta, a una isla para visitar la tumba de su madre fallecida.

Embriagada con los quejidos sórdidos de la razón y el desahogo placentero del cuerpo, desarrolló el hábito temporal de practicar la infidelidad, no sin pasión, con todo aquel que fuese capaz de sacarle, gota a gota, el placer del cuerpo.

En uno de sus encuentros fortuitos (plagados de fantasías eróticas), sentiría ráfagas punzantes y deseos delirantes de rozar el pie ajeno.

Respecto a las habilidades y astucia pasional de uno de los amantes ocasionales de Magdalena Bach, García Márquez argumenta:

La asombrosa maestría de mago de salón con que la desnudo pieza por pieza, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. En la primera en vestida se sintió morir por el dolor y una conmoción atroz de ternera descuartizada. Quedo sin aire y empapada en un sudor helado”.

En ese instante de arrebatos emocionales, parecía olvidarse de sí y del buen marido, incapaz de satisfacer sus intensos apetitos carnales.

En definitiva, Ana Magdalena Bach, personaje principal de la novela, viviría, al parecer, la lujuria banal (con libertad psicológica y corporal) a través del contacto sexual, y sin compromiso, con distintos amantes casuales.

Lo hacía por satisfacción, en vez maldad.

Probablemente, practicando la infidelidad se encontraría así misma, con plena libertad, para disfrutar a plenitud los quejidos de la razón y el desahogo del cuerpo.

Tomando eso en cuenta, cabría preguntar, ¿Ana Magdalena Bach era de sí, del esposo o, en todo caso, de los demás?

Joseph Mendoza

Joseph Mendoza. Comunicador social y filósofo con postgrado en Educación Superior, obtenidos en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Magister en filosofía en un Mundo Global en la Universidad del País Vasco (UPU) y la UASD. Además, es profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Tiene varios libros, artículos y ensayos publicados y dictados conferencias en la Academia de Ciencias de la República Dominicana.

Ver más