Conversaban dos aves en la rama de un árbol. Una era fanfarrona y se creía superior a todos los animales del bosque. Siempre se la pasaba hablando de sus habilidades de vuelo, de su bello plumaje y de su hermoso canto.
—Debería ser yo —dijo el orgulloso Ruiseñor— el rey de todas las aves, el rey del bosque. Nadie puede competir conmigo, soy de la realeza.
—¡Alábate!, catre viejo —dijo su compañera—. Tu boca será tu castigo, siempre te lo he dicho.
—No tiene nada de malo que diga mis cualidades. —replicó el pedante.
—Sería mucho mejor si los demás las dijeran por ti, si son otros quienes te reconocen.
En ese momento vieron a un viejo murciélago con los ojos cerrados y colgando con la cabeza hacia abajo. El fanfarrón no perdió tiempo y se acercó al quiróptero.
—¡Hola! Señor anciano —dijo Ronaldo el ruiseñor— ¿qué hace durmiendo a esta hora?
—En primer lugar, soy Morvi el murciélago, en segundo lugar, no soy un anciano y, en tercer lugar, no estoy durmiendo.
—¡Qué raro eres! No tienes plumas. ¿Puedes volar con esas feas alas? —Morvi guardaba silencio.
—¡Deja al señor tranquilo! —Exclamó Rosy apelando a la sensatez—. Volvamos a nuestro nido que nos conviene más.
—A cada cerdo le llega su San Martín. Quiero retar a este murciélago a un duelo. Quien vuele mejor gana. —En ese momento se acercó un halcón hambriento diciendo:
—Con lo hambriento que estoy, les tengo una propuesta para solucionar sus discrepancias. Haremos una competencia de vuelo y quien resulte ganador salva su vida; quien resulte perdedor será mi cena.
Ronaldo el ruiseñor henchido de ego y confiado en sus cualidades, dijo que competiría contra el murciélago en las condiciones que él quisiera, pues lo derrotaría en cualquier terreno.
—Señor Halcón —dijo Rosy— mi amigo no sabe lo que dice, habla mucha pluma de burro, por favor perdone y permita que nos retiremos.
—¡Jamás! —Exclamó Ronaldo el ruiseñor—. Árbol que no da frutos, pide sustituto. Este murciélago no hace nada vivo. Lo voy a derrotar y será la cena del Halcón.
—Ya que estás tan seguro —dijo el murciélago— vamos a volar con los ojos vendados, eres un experto volador y podrás vencerme fácilmente. ¿Qué opinas?
—Estoy de acuerdo. En pocos minutos serás comida de Halcón.
—No olvides pequeño orgulloso —dijo el murciélago— que hasta a la mejor cocinera se le ahúma la olla.
—Prepárate para ser derrotado —exclamó el sabiondo.
Procedieron a vendarle los ojos al murciélago y al ruiseñor. El reto consistía en bajar volando al río, mojar una rama y regresar volando al árbol. Cuando dieron la señal de partida, el ruiseñor que no estaba acostumbrado a volar con los ojos vendados, rápidamente cayó al suelo, mientras que el murciélago fue al río y completó la tarea.
—Ha ganado el murciélago —dijo el Halcón— el ruiseñor se acaba de convertir en mi cena.
—Perdóname la vida por favor, perdóname. —Dijo el ruiseñor en medio del llanto y la desesperación.
—¡A bicho que no reconozcas, no le pises la cola! —dijo el Halcón— apostaste para matar y ahora debes morir.
—¿Hace rato estabas cantando como gallo y ahora estás cacareando como gallina? Al que está tranquilo se deja tranquilo —dijo el murciélago— proceda señor Halcón.
Moraleja
El exceso de confianza y la arrogancia nos pueden hacer subestimar a los demás, lo que puede llevarnos a fracasar en situaciones donde no esperamos. La humildad y el reconocimiento de las habilidades de los demás nos permiten aprender y crecer, mientras que el orgullo desmedido nos puede llevar a la perdición.
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