Hay un punto de fuga en el vacío donde todo respira. No es ausencia, sino sutil frecuencia creadora. Desde esa intuición, se explora la paradoja del vacío, no como nada, sino como el Todo en reposo: la matriz de la cual brotan las formas y a la cual están sin cesar regresando.
En la visión taocuántica, el vacío no es hueco en carencia de algo, en él, la mirada es un despliegue de la totalidad, que al reposar sobre sí misma, se fecunda. Y comprenderlo no requiere la razón, sino silencio iluminador, el amor redondo de lo no separado… El pez nada en el agua sin saber que es agua; así también, el profano respira en el vacío sin reconocer su plenitud. Lo que llamamos “yo” es solo bucle de tiempo del wu wei (flujo en la vasta marea del Tao o Realidad Pura), lo que no es posible fijar con palabras.
El vacío suele ser malentendido porque lo miramos con los ojos del miedo y no desde la contemplación. Decimos “no hay nada” y creemos haber dicho algo, cuando en realidad apenas hemos rozado la superficie de un misterio que no cabe en las palabras. El vacío no es la negación de lo real, sino su respiración más profunda; no es un agujero en la trama del Ser, sino el telar silencioso donde toda forma se teje y se desteje sin agotamiento… Pensamos la totalidad como una suma: todas las cosas, todos los seres, todos los instantes acumulados como si el universo fuera un inventario infinito. Pero esa visión es aún ruidosa, aún agitada. La totalidad es la maravillosa multitud de lo que está por suceder, es una unidad viva, y toda unidad verdadera necesita un centro que no sea cosa, un corazón que no sea objeto. Ese centro sin forma, ese fondo sin figura, es lo que llamamos vacío. No porque esté desprovisto de algo, sino porque no está limitado. El vacío es el pulso de lo inmanifiesto en su naturaleza ontológica.
El vacío es el reposo de la totalidad porque en él nada lucha por ser. Toda forma, por el hecho de ser forma, implica un borde, y todo borde implica una tensión: aquí termina esto, allí comienza aquello. La montaña se alza contra el cielo, la ola se curva contra el mar, el pensamiento se distingue del silencio que lo rodea. En el mundo de las formas todo es diálogo, contraste, relación. La totalidad, cuando se despliega, se convierte en danza. Pero cuando reposa en sí misma, cuando no necesita mostrarse, es vacío… Ese reposo no es cansancio. No es el descanso del que se rinde, sino la quietud del que está completo, la partitura callada que contiene todas las melodías posibles; como una semilla que, antes de abrirse, guarda el bosque entero en su mínima geometría. El vacío es esa semilla absoluta donde la totalidad no se ha fragmentado todavía en nombres, colores y destinos.
Por eso el vacío no se opone al Ser; es su dimensión más íntima. Las cosas aparecen y desaparecen, nacen y mueren, se transforman sin cesar. Pero aquello que permite que aparezcan, aquello que no se agota cuando una forma se disuelve, permanece intacto. Ese permanecer sin forma, esa capacidad infinita de acoger todas las formas sin quedar atrapado en ninguna, es el vacío como reposo de la totalidad.
La mente teme al vacío porque la mente vive de diferencias. Necesita algo que pensar, algo que comparar, algo que afirmar o negar. Cuando se acerca al vacío, siente que pierde el suelo, porque allí no hay conceptos donde apoyarse. Sin embargo, lo que se pierde no es el Ser, sino la ilusión de separación. El vacío desarma la ficción de un “yo” aislado frente a un mundo extraño. En su reposo, la totalidad no está dividida en observador y observado; todo es una misma presencia sin distancia.
En la experiencia interior, este vacío puede intuirse en esos instantes en que dejamos de narrarnos. No cuando estamos distraídos, sino cuando estamos profundamente presentes. De pronto, el peso de ser “alguien” se afloja. No desaparecemos, pero dejamos de estar tensamente definidos. Hay conciencia, pero sin el estrecho marco de la identidad habitual. Ese espacio abierto, sin centro fijo, no se vive como carencia, sino como alivio. Es un descanso de la forma personal en el fondo impersonal que la sostiene.
Allí, la totalidad reposa como el océano cuando no hay olas. Las olas no son otra cosa que el océano en movimiento; no tienen existencia separada. Del mismo modo, los seres y las cosas son movimientos de la totalidad, manifestaciones temporales de la Fuente Inmanifiesta o Realidad Pura de la que emergen todos los latidos, palpitaciones de las apariencias, aquello que se nos aparece como la realidad. Cuando cesa el movimiento, el océano no pierde nada. Cuando cesan las formas, la totalidad no se empobrece. Permanece en su vacío pleno, en su silencio de música inaudible que contiene de puro amor la danza de las probabilidades infinitas del Ser Absoluto, del Real Ser.
Este vacío no puede poseerse ni describirse, porque cualquier descripción ya es una forma, una ola que se levanta, una cordillera que asciende hacia la abierta mirada del horizonte; sin embargo puede reconocerse indirectamente, como se reconoce el espacio por las cosas que contiene o el silencio por los sonidos que de él emergen. Cada vez que algo termina, un día, un vuelo, una respiración, se abre una liviana expresión frecuencial donde el vacío asoma. Si no lo llenamos de inmediato con ruido, podemos sentir que no es un abismo hostil, sino un regazo, una luminosa presencia que no pesa nada.
Llamarlo reposo de la totalidad es una manera de honrar su dignidad, su modo de no interferir en la sucesiva respiración de lo causal. No es un vacío muerto, sino vivo; no es una pausa entre realidades, sino la realidad misma cuando no está fragmentada en escenas. Todo surge de él y todo vuelve a él, no como quien cae en la nada, sino como quien regresa a casa después de un largo viaje por los caminos de la forma.
Así, el vacío no es lo contrario de la plenitud, sino su profundidad secreta. Es la totalidad cuando no necesita decir “yo soy esto” ni “yo soy aquello”. Es el Ser descansando en sí mismo, de convertirse en árbol, en muchedumbre, en cristal mirando. Y quizás, en el abismo de nuestro propio silencio, cuando dejamos de resistirnos a no ser algo definido por un instante, tocamos esa misma quietud original donde todo está contenido, sin espesor , sin borde, en el fecundado reposo de la totalidad.
Y en el fondo, no hay nada que alcanzar, todo está aquí… en la quietud y danza de la respiración del Todo que se contempla a sí mismo, como un pez, que al fin, se sabe agua.
Compartir esta nota
