Partiendo de que es un acto individual y solitario, ¿se podría llegar a considerar el suicidio como una de las bellas artes? El destacado escritor inglés Thomas de Quincey, célebre por su fama de comedor de opio, escribió un polémico libro titulado Del asesinato considerado como una de las bellas artes, en cuyas páginas percibimos que el asesino deja grabado el símbolo de lo grotesco ante la muerte de su víctima, mientras ve el hecho como una obra de arte. Es posible que, de acuerdo con esta analogía, el suicida melancólico también deje en la memoria de los lectores una marca simbólica, apegada a una cuestión estética. O sea, en el mejor de los casos, el suicida imagina su muerte acompañada de un sentimiento puro de belleza y de nostalgia. Aquí, el dolor y la angustia se transmutan y se sublevan más allá del plano terrenal, justo en el momento en que la muerte pasa a formar parte de lo intangible y de lo sideral. Nunca de lo grotesco como en el caso del asesinato, sino de lo bello y de lo sublime. En otras palabras, es posible que nos encontremos frente al suicidio convertido en mito.
¿Acaso el suicidio trasciende la obra literaria cuando el poeta decide ponerle fin a su vida? En el mejor de los casos, el acto suicida define un signo personalísimo del poeta, su versión del mundo y su filosofía de vida. De paso, pensemos en suicidas famosos como Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Cesare Pavese, Yukio Mishima, Stefan Zweig y Primo Levi. Todos, grandemente obsesionados con el fantasma de la muerte, para quienes la vida en algún momento dejó de tener significado valioso. Es posible que a los suicidas los acose la angustia o la depresión, la desesperación de vivir, el constante sufrimiento, la nostalgia, la pérdida de un amor, el acoso político o la desazón que provocan el cansancio, la fama y los problemas existenciales. Pues son diversos los motivos y las circunstancias que rodean este tipo de muerte en los escritores, la mayoría de las veces convertidas en disputas teóricas y condenas morales.
El escritor francés, Gérard de Nerval, sostiene que la desesperación y la tendencia al suicidio son el resultado de determinadas situaciones fatídicas para quien no tiene fe en la inmortalidad, en sus aflicciones y sus alegrías. Así pues, para quien se suicida hay un inequívoco embotamiento de la vida, cuyo fin último es la muerte.
Parafraseando a Thomas de Quincey, el suicidio también puede ser visto como una tramposa filosofía de lo trágico o de lo grotesco. En otra instancia, puede ser visto como una de las bellas artes, ya que en todo caso lo acompaña el silencio como tarea estética. Pues, desde un principio, está cargado de enigmas y circunstancias diversas.
Lo penoso y lamentable del dolor que causan los suicidios en escritores y poetas valiosos es que suceden quizás en momentos estelares y durante las etapas más fructíferas de sus vidas; en algunos casos cuando ya han escrito parte de sus obras fundamentales, quizás en otros sucede en menor escala. Por ejemplo, Primo Levi se suicidó a los 68 años, Stefan Zweig a los 61, Horacio Quiroga y Virginia Woolf a los 59, el japonés Yukio Mishima a los 45 y Alejandra Pizarnik a los 31; estos últimos pudieron haber dejado a la posteridad una obra mayor; sin embargo, el tiempo le jugó una mala pasada a su contradictoria existencia.
En su gran mayoría, los poetas y escritores suicidas asumen esta tarea con la plena conciencia de una moral muy personal y responsabilidad ética. A propósito de ello, Stefan Zweig dejó escrita la siguiente nota: “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la tierra”. Antes de partir, Pizarnik escribió: “No quiero ir más que hasta el fondo” y, dicho esto, se tomó 50 comprimidos y en estado agónico falleció antes de llegar al hospital. En el párrafo final de su famosa carta de despedida, Reinaldo Arenas dijo lo siguiente: “Al pueblo cubano tanto en la isla como en el exilio los exhorto a que sigan luchando por la libertad. Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza. Cuba será libre, yo ya lo soy”. Esto demuestra que no asumieron el suicidio fundamentado en problemas divinos o en creencias religiosas, sino en cuestiones existenciales altamente de carácter filosófico, pues enfrentaron la muerte con rebeldía y como un acto de liberación absoluto ante los sufrimientos padecidos.
Del mismo modo, si para encontrar las causas partimos de búsquedas y preocupaciones existenciales, las diversas estructuras que componen el yo, de acuerdo con sus variados motivos, estas pueden llegar a construir una amplia teoría acerca del suicidio. Por tanto, he de comprender que el suicidio produce en sí mismo y sobre sí mismo sus propios efectos maleables, cuya onda expansiva explica la existencia de los suicidios en masa o en parejas, como fenómeno social y como fenómeno cultural. Explicamos, ante estas posibilidades, el hallazgo de una lógica de lo intangible. Pues, de acuerdo con los signos que lo definen, el suicidio puede estar fundamentado en analogías y enigmas cerebrales que se conforman en el universo mental de los escritores. Hemos de concluir que los signos del suicidio se explican únicamente por sí mismos, en el campo interior de la psique humana, provocado por la pesadez, el tedio y la soledad.
Todos los sistemas filosóficos y religiosos en el mundo critican o hablan mal del suicidio. Muchos lo condenan; pocos lo favorecen. Lo cierto, lo verdadero, según psicólogos y sociólogos, es que el suicidio está rodeado de misterios inexplicables. El cristianismo lo castiga moralmente, porque defiende la vida y lo ve como una afrenta ante Dios. Esta condena también constituye un freno puesto en la mente de los cristianos, específicamente los occidentales, que no están dispuestos a desafiar las leyes divinas en tanto entienden el suicidio como una forma original y pecaminosa, influida por Satanás. Para el cristianismo, quien se suicida está en franca comunión con Satanás, nunca con Dios; de ahí que los suicidios más escandalosos provoquen tantas opiniones y conjeturas en los humanos.
Sin embargo, las formas sublimes del suicidio dependen de la visión que el poeta tiene del mundo. Por ejemplo, Alfonsina Storni se vistió de blanco el día que ella eligió para su muerte. Cuenta la leyenda que salió caminando hacia las aguas de la playa de Mar del Plata, en Argentina, y allí se perdió en el inmenso azul del mar. Antes había dejado un poema encima de la mesa: Dientes de flores, cofia del rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme prestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados, voy a dormir, nodriza mía, acuéstame, ponme una lámpara en la cabecera. Si en estos versos la poeta evoca el ritual de la muerte al nombrarla “nodriza mía”, o “cuando un pájaro te traza unos compases”, es una muestra de que el artista nunca está del lado que ocupa la multitud respecto del tema del suicidio, pues su lugar es menos convencional, por lo tanto, más estético y universal. En este caso, el suicidio puede convertirse, de paso, en objeto de fascinación estética, cuando el poeta deja ante el mundo una imagen imperecedera de su muerte, un tanto romántica, en franca conexión con un orden más espiritual y galáctico.
Aunque sepa a ironía, o a pura vaguedad del espíritu, muchos suicidas proponen una marca simbólica de lo grotesco que funciona como burla social, cuyos códigos pueden estar relacionados con la belleza. Humberto Eco demostró que en lo grotesco habita la belleza, así que las formas de la muerte también son formas sublimes y se definen partiendo de quien ejecute su propia muerte y el propósito que persiga con ella.
En otra instancia, el suicida piensa que con su acto podría liberarse de los demonios que lo acosan, pero al mismo tiempo, el suicidio le aporta un indiscutible valor estético a su literatura. En muchos casos trasciende a la escritura, gracias a la expectante carga simbólica que constituye el acto suicida en sí mismo. En un sentido más amplio, diríamos que forma parte del valor emocional y sentimental. Camus ve el suicidio como un absurdo y afirma “que un gesto como este se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”. En Cesare Pavese, este concepto acuña mejor que en ningún otro escritor, pues desde muy joven estuvo pendiente del suicidio, un sentimiento que lo acompañó a lo largo de su obra literaria. En una entrada de su diario llegó a escribir: “Sólo así se explica mi vida actual de suicida. Y sé que estoy condenado para siempre al suicidio ante todo obstáculo y dolor. Es esto lo que me aterra: mi principio es el suicidio” (20 de abril de 1936). Al escribir estas palabras, Pavese supo que no tendría escapatoria y se consagró definitivamente a la idea de la muerte como si asumiera una poética del suicidio.
Castigar el suicidio a mí me parece un prejuicio mal fundamentado en la moral religiosa, el cual atenta contra la memoria del suicida, pues cada individuo tiene pleno derecho a decidir por su vida, aunque esta decisión afecte malamente a miembros de su entorno familiar. Así que el suicida está sometido a condenas injustas de la falsa moral de los hombres que opinan sobre quién decide o no por su destino final. En última instancia, el suicidio puede llegar a ser comprendido en el orden de la sabiduría, por el silencio sistemático que acusa el suicida y no porque sea caldo de cultivo de la depresión y la melancolía; sin embargo, sabemos que, en definitiva, este constituye una rebelión contra sí mismo
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