A propósito del aniversario 65 del ajusticiamiento del tirano Rafael Trujillo, hecho ocurrido el 30 de mayo de 1961 

La fotografía de archivo muestra al ex-presidente y dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo (c) entregar las llaves de la iglesia de la casa de gobierno al sacerdote (1 i) junto a su hermano Negro Trujillo (d), y poco mas a la izquierda el ex-presidente Joaquín Balaguer, asistente del dictador.

ESCENA 3

[La escena comienza a oscuras. A un lado del escenario se proyecta un video o vistas fijas de la era de Trujillo. Luego la escena se va iluminando poco a poco. En un primer plano hay una oficina destartalada. Un escritorio con dos hombres sentados en silencio en ambos extremos del escritorio. Detrás hay otra oficina dividida de la primera solo por un cristal. Detrás del cristal o una mampara. Dos sombras sostienen un diálogo exasperado.]

SOMBRA 1. [Con un gran bicornio y un sable enorme.] Yo sé que este país está hecho una mierda. Que en cualquier momento se desmorona todo lo que he levantado con mi sangre y mi sudor.  [Hace una pausa.] Pero todavía sigue siendo mi reino. Quizás fuera de aquí existe otro paraíso, pero dentro de estas cuatro paredes, dentro de este conuco de 48 mil kilómetros, yo soy el que manda ¡Carajo! Sí, fuera de aquí debe existir otro paraíso, pero aquí yo no soy Adán, sino el dios mismo y la serpiente. Aquí yo soy quien dice lo que es bueno y lo que es malo, quien peca con sus acciones y quien se condena cuando omite.   [Con rabia da en la mesa.] ¡Te queda claro esa vaina!

SOMBRA 2.  [Viste elegantemente y lleva maletín.]¡Sí jefe! [Dobla ligeramente la cabeza hacia abajo como saludando.] Usted tiene toda la razón, pero hay curas que dicen lo contrario y esa gente tiene mucha influencia. Recuerde que el Papa también es un jefe y la gente le oye más al Papa que al mismo Jesucristo.

SOMBRA TOTAL. [No habla, solo gesticula.]

SOMBRA 1. ¡Coño! ¡Al diablo con los curitas esos! Si joden los deporto para Roma o se los mando personalmente a San Pedro. Yo no soy su feligrés. Ellos son los que tienen que confesar sus culpas en mi despacho. A Franco le tiembla el pulso con ellos y cualquier «mariconcito» poeta le agua la fiesta, pero a mí no. O se arrodillan o los arrodillo. Así que busca la manera de que ellos lo entiendan. No quiero ni una sola misa en mi contra, ni una penitencia por la suerte de esos conspiradores, ni una oración por las malditas almas de esos comunistas, ni una ofrenda donde no esté claro para qué sirve ese dinero, ¿Me oíste? O quemo la iglesia con ellos adentro y me limpio el culo con la sotana.

SOMBRA TOTAL. [Imita los mismos movimientos de la Sombra 1.]

Los dictadores Trujillo y Franco.

SOMBRA 2. Jefe, usted tiene toda la razón, pero mi olfato me dice que hay que tener cuidado. Galíndez nos ensució demasiado el sancocho. Ahí hay gentes de peso que tienen dolientes, gentes de embajadas que no viven dentro de su reino, gente que desayuna en Washington y se sienta a la mesa con la O.E.A., gentes que tienen un buzón en Wall Street y un padrino en el Pentágono.

SOMBRA 1. Sí, no me recuerde esa metía de pata ¡Cojoyo!   [Piensa.] Sí Ramfis fuera un hombre de verdad, si ese mequetrefe fuera un Trujillo, si llevara mi maldita sangre. Si por un momento Ramfis fuera un soldado parido por la guerra o por la academia; yo pudiera enfrentarme al mundo sabiendo que él está cubriéndome la espalda, con la certeza de que venceré todos los obstáculos. Pero estoy solo en esta pocilga. ¡Solo! como cuando era un muchachito en los cañaverales de San Cristóbal, y tenía que enfrentar a los guardias campestres que me perseguían por haberme robado una caña, por apropiarme de unas gallinas para no morir de hambre.

SOMBRA TOTAL. [Imita a la Sombra 2.]

SOMBRA 2. [Con sumisión.] Bueno jefe, usted no está tan solo. Me tiene a mí que daría la vida por usted si fuera necesario, tiene al Capitán Peña.  Ahí está Navajita que le es fiel; tiene también a Johnny que bajaría al mismo infierno por complacerlo.

SOMBRA 1. Sí, tienes razón, pero ustedes son para otra cosa. La familia es familia y con ella gloria o maldición. Sin vuelta floja. Los tengo a ustedes, pero uno espera que sea la familia la que meta la mano en la sangre o en la mierda por uno. No los que llegan oliendo la miel del beneficio. Los que, como los buitres, vendrán a comerse la carne podrida en el último día.

SOMBRA 2. Jefe, perdón que se lo recuerde, pero aún falta arreglar lo de las muchachas del campo. Las hijas de Don Enrique. La situación no es tan simple como parece. Ese asunto puede complicar más las cosas fuera de la república.  [Se acerca para tratar de persuadir.]

Aquí todos tenemos un precio que usted puede pagar varias veces, pero allá fuera, donde los gringos, hay gente a las que no se les puede ofrecer pan y techo por su silencio. Gentes que no se callan por un puesto en la embajada, ni por una silla en el congreso, ni por una jefatura en la secretaría. Si el asunto fuera importante sólo para nosotros, yo mismo lo resuelvo, querido Jefe, pero no es una muchacha violada por un guardia, ni un estudiante preso por poner un afiche, ni un hacendado al que le quitaron la tierra… esto es delicado, jefe.

SOMBRA TOTAL. [Imita a la Sombra 1.]

SOMBRA 1. [Golpea en la mesa y gruñe.]

Rafael L. Trujillo.

SOMBRA 2. No quisiera molestar su elevado y ocupadísimo tiempo, pero mi deber con la patria es decirle a usted lo que pasa y lo que puede pasar. Esas muchachas no son iguales que las otras, jefe, parecen hechas de otra materia. Hay mujeres que tienen los cojones que les faltan a muchos hombres y las hijas de Chea y don Enrique, son de ese tipo de mujeres.

SOMBRA 1. [Interrumpiendo con enojo.] ¡Sí! Del material que me hubiese gustado que estuviera hecho el maricón de Ranfis.

SOMBRA 2. Por donde ellas pasan nada queda igual. Levantan las miradas con su belleza. Se hacen acreedoras de admiración por su temple y, ahora, su valentía le está ganando seguidores. [Acercándose.] Jefe, a veces el hombre no escala la montaña por el largo trecho que le espera, sino por la piedrecita que tiene metida en el zapato. Esas tres piedrecitas quizás no dejan que usted llegue a tiempo a la cima de su camino a la gloria.

SOMBRA 1. [Con ira.] ¡A mí nada me detiene en el camino que elijo, carajo! Mucho menos tres faldas campesinas. Eso lo tengo resuelto. Ellas se reunirán pronto con Enrique…

[Ríe.] Y con Mainardi y con Mauricio, y con Octavito, y con todos los que creyeron que tenían los cojones para decirme cómo es que se ensilla la mula del gobierno.

SOMBRA TOTAL. [Imita a la Sombra 2.]

SOMBRA 2. Y Entonces jefe ¿Por dónde empezamos?

SOMBRA 1. Tú ocúpate de que la gente lea lo que yo quiero que lea. Que la gente cante lo que yo quiero que cante. Que la gente oiga lo que yo quiero que oiga. Que la gente ame lo que yo quiero que ame. Que sueñen el sueño que yo les ordeno que duerman. Tú ocúpate de que el mundo vea solo el jardín de este paraíso.  Haz tu parte, o te jodes.  [Pensativo.] Que yo me encargo de que la serpiente haga su trabajo. Déjame a mí, encargarme de avivar este infierno.

SOMBRA 2. [Con sumisión.] Sí, jefe, pido su permiso para retirarme.

SOMBRA 1. [Con displicencia.] Puedes irte.

[La luz que ilumina la oficina separada por cristales se va apagando lentamente hasta quedar totalmente a oscuras mientras la luz de la oficina frontal se ilumina poco a poco a medida que se apaga la otra. En el centro del escenario hay un escritorio con un teléfono antiguo, al fondo la foto del hombre del bicornio. Dos hombres están conversando, uno a cada extremo del escritorio. La sombra total está en completo silencio en una esquina del escenario, pero visible.]

Trujillo acostumbraba a llevar a su madre, esposa, hermanos, hijos y nietos a los desfiles y demás actividades públicas.

JOHNNY CARADENIÑO. [Limpiando unos instrumentos desplegados sobre la mesa.]  Si el jefe me deja, le arreglo ese asunto a mi manera. Hay gentes a las que no se les pueda dar oportunidad de discutir. Gentes a los que solamente se le llega al corazón con el filo de un cuchillo. Con esa gente no se negocia, no hay pactos posibles, a esa gente se le ama o se la mata, porque siempre viven en los extremos de la vida.

CAPITÁN PEÑA. No todo se puede resolver de la manera que tú lo planteas. Sí por mi fuera lo resolviera militarmente. Los acuso de traición a la patria, les hago un juicio sumario de espalda a los jueces para que no sepan ni siquiera quién lo juzga y los fusilo a todos. Los coloco frente al muro del parque Ranfis y llevo el pelotón del batallón de Hatillo. Los fusilo a las diez de la mañana, no a las seis como dice el jefe. A las diez de la mañana, para que todos estén despiertos y los vean cayendo uno por uno como un racimo de espantapájaros, para que el que este dudoso del camino a seguir, se vea en la cara de esos pendejos fusilados por una maldita causa perdida, por un país de mierda que es de Trujillo o es de los Gringos.

JOHNNY CARADENIÑO. [Dudando.] Así sería fácil y rápido, pero al jefe no le cuadra esa idea. Él quiere que las vainas se hagan al estilo del doctorcito amanerado. El niño dulce que escribe versitos y que fue criado por sus hermanas solteronas. El cundango ese que se cree poeta. Ese manfloro quiere que le maquillen los actores para que la farsa sea creíble, para que nadie, ni siquiera los familiares, repudien las flores que mandaremos para despedir a los nuevos difuntos.

CAPITAN PEÑA. Johnny, a estas alturas ya no importa como tú escribas la obra, la gente se sabe el final. Yo no sé cómo tú puedes dormir con lo que has visto.  [Con ademanes de locura.]  A veces me despierto sudado, con la misma pesadilla de todas las noches. Me toco la piel y huelo el sudor porque no estoy seguro si es sangre de muchacho o si es lágrimas de viudas. A veces me espanto y saco la 45… [Saca la pistola.] Y le tiro a unos ojos que me espían en las tinieblas de la noche. Pero son solo gatos que buscan aparearse, y mi terror interno supone que son ojos de hombre, de hombres torturados, de hombres implorando que no los maten, gritando que no le den con esa tabla, que no lo quemen con esa plancha, que no lo asfixien con esa funda… [Toma un trago de whisky y reflexiona.] Otras veces son hombres pidiéndome que los mate, rogando que le dé el último de todos los tiros de gracia, para escapar hacia la muerte liberadora. La muerte que los despojará de la agonía.

JOHNNY CARADENIÑO. [Se oyen gritos de torturados.] No sé tú, pero yo si duermo tranquilo.  [Con burla.] Yo no tengo esos ataques de arrepentimiento que te dan a ti. Yo hasta he bautizado nietos con el nombre de los que le partí las entrañas. El que se cruza en el camino del Jefe, se atraviesa en la senda de la muerte. No hay otra forma, no tengo otra ley. Con el jefe o contra el jefe. Aunque sea mi padre. Aunque sea mi hijo. [Suena el teléfono.]

CAPITAN PEÑA. [Espera que suene tres veces.]. ¡Capitán Peña a la orden! [Nervioso, en actitud militar con el teléfono en una mano izquierda y la mano derecha sobre la sien en saludo militar.] ¡Si jefe!  [Hace seña a Johnny Caradeniño para que se levante.]

JOHNNY CARADENIÑO. [Pregunta con una seña quién es que habla.]

CAPITAN PEÑA. [Sin desatender la llamada hace una seña como si se estuviese poniendo la banda presidencial.] Sí jefe, lo haremos de la mejor manera. ¡Sí señor! Descuide eso no volverá a ocurrir. ¡Sí jefe! nadie pensará lo contrario… No jefe… nadie verá nada, ni oirá nada, ni pensará nada, ni soñará nada… Como usted diga jefe. [Cierra despacio el teléfono.]

Tal parece que al jefe no le gustan los insectos, y tampoco las mariposas.

JOHNNY CARADENIÑO. Y ¿Para cuándo quiere que tengamos listo los regalos? [Ríe con ironía y maldad.] ¿Para cuándo se le antojó al jefe que se haga el viaje?

CAPITAN PEÑA. Él quiere el camino limpio para antes de diciembre. Dijo que no quiere escándalo que le dañe la cena de navidad.

JOHNNY CARADENIÑO. Entonces, hay que apurar el paso. Estamos a mitad de noviembre y si quiere un trabajo perfecto, se necesita tiempo. Como tú bien dices, para fusilar unos presos solo hace falta un camión de guardia y un parque, pero para matar mariposas se necesita maquillar muy bien las manos de la muerte.

[El Capitán Peña desenfunda su pistola. Revisa el cañón e inspecciona el cargador. Johnny Caradeniño pone en orden de mayor a menor todas las navajas que tiene en la mesa. La luz se apaga lentamente. La luz del perseguidor cae sobre un radio. Un locutor presenta la emisión del día del programa de Paco escribano.] 

ESCENA 4

[Es de noche, a la orilla de la carretera frente al Mar Caribe, el carro Impala 1957 color negro, está estacionado con el motor encendido, pero con las luces apagadas.  Dentro del carro, Salvador, Imbert, Antonio, Luís y Amadito, repasan el plan de la noche.]

SALVADOR. No estoy convencido aun de este plan.   ¿Por qué tres grupos y no un sólo pelotón para matar más rápido al chivo?

IMBERT. Salvador, ya Amadito lo explicó antes.  Él es el único de nosotros que es militar, conoce mejor la forma de hacer esto.  Además, piénsalo, tiene mucha lógica; si el primer grupo lo logra, salimos del problema temprano, y los demás ayudan con el temporal que vendrá sobre nosotros, pero si no terminan con la bestia en el primer intento, tenemos que lograrlo nosotros o el grupo siguiente.  No se le puede herir y dejar que se reponga.   Hay que jugárselo todo en esta noche.  No hay mañana ni para nosotros ni para el país.

ANTONIO. Y por qué no lo dejamos para cuando tengamos más ayuda.   [Mediando.] Digamos, cuando se sumen más militares al plan, a ver si se animan los de más alto rango.

LUIS. Compadre, nosotros no necesitamos a más nadie, aquí estamos los que hacen falta ¿Verdad Amadito?   Él vendrá solo; nada más lo acompañará el chofer.  Es hoy, tenemos que acabar a ese maldito hoy mismo.   Mientras más pasa el tiempo, más corremos el riesgo de que se filtre algo, o que sospechen, y entonces sí que nos jodemos.

IMBERT. [Preocupado.] ¿Y en qué quedamos con lo que pasará con nuestra familia?  Si esta vaina no triunfa y nos agarran a todos. Si nos jodemos en esta aventura, ¿qué pasará con mis hijos, con mi mujer, con mis hermanos?

AMADITO. Dejando de revisar su pistola.   Ya no hay vuelta atrás. Sabíamos en lo que nos metíamos.  Aquí nadie es muchacho; todos vinimos voluntariamente. Ustedes mismo han dicho, que esto no es vida, ni siquiera para nosotros, que hemos vivido del régimen.  [ Con dolor.]   Además, esto no es vida, para los hijos, ni para las mujeres, ni para el país; ni tampoco para los que se han marchado al exilio.   [Hace una pausa larga.]  Esto no es vida ni siquiera para el amor ¡¿Entienden por qué hay que matarlo?! ¿Por qué hay que hacerlo hoy? ¡¿Entienden porque hay salir de este infierno?!  No importa que nos manden al otro, el que dicen que es perpetuo, porque en aquel, por lo menos, te harán un juicio, pero en este, no le importa a nadie si eres inocente; te condenan sin investigar siquiera ¡Coño!  [Con rabia.]

¡Hay que matarlo hoy! La vida de muchos, la vida en su expresión más simple, en su manifestación más pura, espera por nosotros.

IMBERT. [Nervioso.] ¡Viene alguien a pie!

LUIS. No disparen es una mujer.

IMBERT. [Sorprendido.] ¡Es Luisa!

AMADITO. [Saliendo a su encuentro.] ¿Te volviste loca?   ¿A qué viniste?

[La escena se oscurece y la luz del perseguidor cae solamente sobre Amadito y Luisa.]

LUISA. [Desaliñada y sudada.]   He caminado durante dos horas para no dejarte solo en esta decisión.

AMADITO. [Molesto.] Pero, ya hablamos esto antes, no puedo distraerme en este momento, no puedo descuidar este asunto para protegerte, tú ni siquiera sabes usar una pistola.

LUISA. Tú tampoco sabías usarla cuando empezaste. He oído que solo hay que apuntar cinco pulgadas más abajo del lugar a donde quieres disparar y apretar duro las manos.

AMADITO.  No es tan fácil, amor. Lo que tú tienes que apretar duro es el corazón [Pensando lejos.]   Es fácil prepararse y tirarle a un blanco fijo, a un espantapájaros, a una botella, a una paloma en pleno vuelo, pero es terriblemente grande disparar contra a un hombre.   Aunque el odio los separe; aunque no lo conozca, es terrible saber que una vida dejará de ser; que cuando hales el gatillo, acabará con esa parte de ti mismo que vive en los otros; que algo de ti se irá hacia otra parte, mucho antes de que se disipe el humo del fogonazo. Aun no lo sabes, Luisa; pero matar a un hombre es anticipar tu propia muerte.

LUISA. ¿Y tú lo sabes?

AMADITO. [Evitando contestar.] Vamos cerca del carro, es peligroso estar lejos.

[Se oyen disparos lejanos. Casi imperceptibles.]

IMBERT. ¡Shssssssss!  ¡Cállense!

[Se escuchan más disparos, ahora con mayor claridad.]

LUIS. Se acerca un carro, prepárense.

[Todos revisan su arma, menos Amadito que sigue pendiente de Luisa.]

LUISA. Percibo otra vez ese olor raro, Amadito.  El mismo olor que dicen los viejos que perciben las familias cuando está presente el matador de su pariente.   Ellos también dicen que sangra de nuevo el cadáver cuando el asesino asiste al velorio: pero no pude ver la sangre.  Quizás son cuentos de camino, o a lo mejor el que mató a René, no estaba en el velorio.  Pero ahora no se me quita de la nariz ese olor…el olor que seguro me mostrará la cara del asesino.

AMADITO. [Muy nervioso.] Debe ser porque se acerca la Bestia.  [Revisa el cargador de la pistola.]

LUISA. [Se aparta muy nerviosa.]  Amadito, creo que voy a vomitar.   No soporto este olor que dicen los viejos, que solo sale del cuerpo del matador de tu sangre.  Dime una cosa: ¿tú confías en todos ellos?   ¿Y si uno de ellos participó en la muerte de René?   ¿Si estuviera aquí el asesino de mi hermano?   Dime, Amadito, si uno de tus amigos fuera el culpable, cómo confiar; ¿de qué lado te pondrías tú, o de qué lado debería estar yo?

AMADITO. [Se le acerca y al oído.]   Perdóname, Luisa; perdóname, mi amor; una trampa del destino asesina nuestra felicidad. No te merezco. No merezco vivir.  Luché contra la bestia y ahora también tengo su olor, ese olor a podredumbre es mío; esa mano que se quema mientras mata es mi mano: la misma que tiembla cuando te acaricia, esos ojos insondables que delatan a los torturadores son también mis ojos, que no pueden mirarte a la cara, que no pueden verse en tu mirada limpia. Por eso estoy aquí, amor mío, él chivo y yo, somos bestias iguales. Un destino maldito me devuelve a la sangre, a la sangre de René, a la sangre de todos. Por eso estoy aquí, para matar a la bestia o que ella acabe conmigo. Tú todavía puedes celebrar la vida. Como yo te he amado no amaré a nadie más, pero no hay camino de regreso. ¡Cásate y ten tus hijos; pero te juro que a ese hijo de puta lo mato yo!

LUISA. [Llorando.]. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué la fatalidad tiene que pronunciar mi nombre, por qué la muerte debe decir el tuyo?

[Luisa huye de la escena llorando y Amadito la sigue.]

LUIS. [Mirando hacia atrás preparándose para disparar.] ¡Amadito, coño! ¡Ven y deja esa mujer!  ¡Vamos a terminar esto!

[ Amadito la deja ir y se une al grupo.)

IMBERT. [Al grupo, pero ambiguamente.] Si por si acaso me matan, y uno de ustedes sobrevive, quiero, muchachos, que le digan a mi mujer que le agradezco a la vida haberla conocido.   Que me metí en esta vaina, para que ella no pasara lo que hemos tenido que pasar nosotros… Díganle que la amé…

SALVADOR. ¡Maldición! No se aflojen ahora, ¡Coño!  De esta salimos todos vivos o todos muertos.

ANTONIO. Estén listos, que el carro está cerca.

LUIS. ¿Y si no son ellos, si es un Cepillo del SIM, que viene por nosotros?

AMADITO. No hay otra noche, solo existe esta, todas las noches del infortunio, son ésta sola noche.  Son ellos, nadie más en el mundo vendrá por esta calle, no hay otro camino, ningún camino sale de aquí, ni llega a este lugar ¿Me entienden? Sólo hay una salida.  Nosotros no elegimos este momento; la tragedia que encarnó ese monstruo, la desdicha que parió esa mala madre en San Cristóbal fue quien nos escogió a nosotros.

[Las luces del carro de los conjurados se encienden. El carro que viene en vía contraria tiene muchas perforaciones de balas. Se divisa un militar al volante y detrás solo se alcanza a ver un mulato tocado con un bicornio y empuñando un revólver.]

LUIS. ¡Disparen! ¡Coño! ¡Es el Chivo, Disparen!

SALVADOR. Disparando en varias direcciones.  Llegó tu turno ¡Maldito!

ANTONIO. No dejen de tirar, ¡Coño! que se escapa; disparen, tírenle.

IMBERT. Ahora es, llegó la hora. ¡Tiren! ¡Tiren! ¡Tiren!

AMADITO. [Cambiando el cargador de la pistola] ¡Disparen, que lo cogimos! ¡Tírenle! llegó la hora, ¡Disparen! [Cambiando el cargador de la pistola.]   ¡Maten a la bestia! ¡Coño, tiren a matar!  ¡Disparen!

[Una lluvia de balas cae sobre el carro y luego un largo silencio.]

LUIS. Mira por unos minutos el cuerpo uniformado del mulato con bicornio, luego se dirige a Amado.  ¿Y ahora qué hacemos?

AMADITO. Vamos a meterlo en el baúl del carro.   En la mañana hablaremos con el Doctor y con Román.

LUIS. ¿Y tú a dónde vas a ir?

AMADITO. Primero a casa a cambiarme de ropa y a conversar con Luisa; a ella no le gusta como huele este uniforme.

[La escena se oscurece lentamente.]

César Sánchez Beras

Poeta y narrador.

César Sánchez Beras. Poeta y contador de historias. Doctor en derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y licenciatura en pedagogía por Framingham State College. Ha publicado poesía, cuentos, teatro y novela; gran parte de su obra ha sido traducida al inglés y al italiano. Sus reconocimientos incluyen dos premios por dramaturgia, tres por literatura infantil y ocho por poesía. Es colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española [ANLE], miembro de la Sociedad de Honor de Merrimack College, Poeta Laureado de Cambridge College, Lawrence, MA. y miembro de la Unión de Escritores Dominicano [UED].

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