«El tiempo real es el que se vive, no el que se mide.»
Octavio Paz.

El presente artículo se fundamenta en el ensayo de Basilio Belliard “El tiempo en Octavio Paz: la poesía, el tiempo y el doble”. Desde esta perspectiva, el texto puede interpretarse como una meditación de carácter ontológico sobre el tiempo, en la que la poesía no funciona como un mero ornamento del pensamiento, sino como una forma específica de conocimiento. En la obra de Octavio Paz, el tiempo deja de concebirse como una magnitud externa —cronológica, histórica o progresiva— para configurarse como una experiencia del ser, articulada y vivida a través del lenguaje.

Filosóficamente, Paz se sitúa contra tres grandes tradiciones: el tiempo lineal de la modernidad (progreso, futuro, acumulación), el tiempo teológico cristiano (origen-fin-salvación) y la historia como sentido último del hombre. Frente a ellas, propone una ontología del instante. El “instante”, en Paz, no es un fragmento del tiempo, sino su plenitud. Aquí el texto dialoga, aunque no siempre lo diga de forma explícita, con Heidegger, Nietzsche y las filosofías orientales. El instante no conduce a otra cosa, no promete redención futura ni se justifica por el pasado. Es presencia absoluta. Por eso el verso “el presente es perpetuo” no es poético en sentido ornamental, sino metafísico: afirma que el ser solo acontece ahora y que toda idea de eternidad es una ficción que huye del cuerpo.

El tiempo no pasa:
arde.

Un relámpago inmóvil
me nombra
y se borra.

No hay antes ni después:
hay esta respiración
que se reconoce
mientras ocurre.

El mundo cabe
en el filo de un segundo
que no dura,
pero insiste.

Aquí el instante
no es breve:
es total.

Octavio Paz.

La gran dialéctica filosófica del texto es esta: nada permanece, pero todo busca fijarse. “La fijeza es siempre momentánea” no es una paradoja retórica, sino una ley ontológica. El ser humano desea detener el flujo, pero solo puede hacerlo fugazmente, a través del poema. Aquí la poesía cumple una función similar a la del pensamiento trágico griego: no salva, no redime, pero revela. El poema intenta fijar el movimiento sin matarlo. Por eso la poesía de Paz no niega el tiempo: lucha con el.

Desde una lectura filosófica, el “doble” no es un recurso psicológico, sino una crítica al yo moderno. El yo no es una unidad; es escisión. No hay identidad cerrada, sino un diálogo constante entre yo/otro, presencia/ausencia, máscara/rostro. Esto conecta a Paz con el sujeto fragmentado de la modernidad, el psicoanálisis y la noción existencial de que el yo es siempre inacabado. Cuando Paz dice “mi yo eres tú”, niega la metafísica del individuo autosuficiente: el ser solo se reconoce en relación, nunca en soledad.

El texto sostiene una tesis radical: la poesía no progresa; la historia tampoco salva. Aquí Paz rompe con el mito ilustrado del progreso y con la utopía política. La historia es sucesión, pero no plenitud. La poesía, en cambio, suspende el tiempo histórico para abrir una experiencia del sentido. No se trata de huir del mundo, sino de desconfiar de toda promesa futura. El futuro, para Paz, es una forma de postergación del vivir.

¿Erotismo y cuerpo como metafísica encarnada? Este es un punto clave del sentido filosófico del texto. En Paz, el cuerpo piensa. El erotismo no es tema: es principio ontológico. Frente a la tradición que separa alma y cuerpo, Paz afirma que el sentido solo se manifiesta en la experiencia sensible. Por eso el amor no conduce al cielo ni promete eternidad, sino intensidad. Amar es una forma de estar en el tiempo sin negarlo.

Basilio Belliard.

El artículo sostiene, en el fondo, esta idea: la poesía es una filosofía del presente viviente. No explica el mundo: lo revela. No construye sistemas: abre instantes. No promete salvación: consagra la presencia. En Octavio Paz, el tiempo deja de ser un problema abstracto y se convierte en una experiencia radical del ser, donde vivir, escribir y pensar coinciden en un mismo acto: estar plenamente en el ahora, sabiendo que se pierde.

La poesía como vía de revelación y presencia, en el sentido espiritual de este ensayo, se sostiene sobre una idea central: la poesía es una experiencia de revelación, no de fe ni de dogma. En Paz, lo espiritual no apunta a un “más allá”, sino a un “más acá” intensificado. La espiritualidad que emerge es inmanente: ocurre en el cuerpo, en el lenguaje, en el instante.

El instante, en clave espiritual, es epifánico: un momento en el que la realidad se revela sin velos. No es duración; es iluminación. Cuando Paz afirma que “el presente es perpetuo”, no habla del tiempo, sino de una experiencia de despertar: un estado en el que el sujeto deja de dividir la realidad en pasado y futuro y habita plenamente lo que es. El instante cumple aquí una función similar al satori del budismo zen: la iluminación súbita, la revelación mística sin Dios. No hay ascenso: hay presencia.

Octavio Paz.

En el silencio y la palabra se manifiesta una mística del lenguaje. Espiritualmente, el ensayo plantea una tensión fundamental: la palabra nace del silencio y vuelve a él. La poesía, como acto espiritual, no busca decirlo todo, sino bordear lo indecible. Cuando Paz afirma que la poesía revela “una realidad insoportable”, señala una experiencia límite: la cercanía con lo absoluto. Pero ese absoluto no es una entidad divina, sino la realidad desnuda, la presencia sin mediaciones, aquello que el lenguaje apenas roza antes de disolverse.

La poesía es, entonces, un ritual: invoca, revela y se retira. El “doble”, como experiencia interior, no es conflicto psicológico, sino desdoblamiento de la conciencia. El yo que habla no es el yo cotidiano: es un yo que se observa, se disuelve, se vacía. Esto remite a prácticas contemplativas donde el sujeto deja de identificarse consigo mismo. El yo se vuelve transparente; por eso el poeta no se afirma: se atraviesa.

En Paz, el erotismo no es una forma de trascendencia horizontal. No eleva el alma: ensancha la presencia. El cuerpo, en el amor, deja de ser frontera y se convierte en puente. El instante erótico suspende el tiempo histórico y permite una experiencia de comunión con el otro, con el mundo, con el ritmo de lo viviente. Espiritualmente, amar es una forma de atención absoluta.

Cuando Paz afirma que la poesía moderna es “otra religión”, postula una espiritualidad sin templo ni doctrina. No hay salvación futura, ni pecado original, ni juicio final. Hay experiencia, contemplación y revelación momentánea. La poesía ocupa el lugar que antes ocupaba lo sagrado: reconcilia al ser humano con su finitud. Paz sustituye la idea de eternidad por la plenitud del instante: la eternidad no está después de la vida, sino dentro del ahora. No se promete: se vive.

Por eso su espiritualidad no consuela, pero despierta; no promete permanencia, pero ofrece intensidad. La poesía es una práctica de presencia, un ejercicio de atención radical donde el tiempo se suspende, el yo se diluye y el mundo se revela. En Octavio Paz, lo espiritual no consiste en escapar del mundo, sino en habitarlo plenamente, aunque duela, aunque pase.

Octavio Paz.

El tiempo no es una línea ni un reloj: es un río que se mira a sí mismo, un movimiento que solo existe cuando alguien lo contempla. Octavio Paz aparece como un caminante que avanza sin avanzar, porque cada paso cae siempre en el mismo lugar: el instante. El tiempo, aquí, es una llama: ilumina mientras se consume. No deja huella, pero deja calor. La poesía no intenta apagarla ni eternizarla; apenas la protege del viento por un segundo.

El poema como espejo en movimiento. La poesía es un espejo que no refleja un rostro fijo, sino un rostro que se disuelve al mirarse. Por eso aparece el doble: no como sombra, sino como eco. El yo se escucha a sí mismo desde otra orilla y, en ese eco, descubre que no es uno, sino resonancia. El poeta se mira a mirarse, como quien se asoma a un pozo y ve su imagen temblar: no por falta de verdad, sino porque el agua está viva.

Me miro
desde el lugar donde ya no estoy.

El que habla
escucha
al que calla.

Somos dos sombras
luchando por un mismo cuerpo:
una quiere durar,
la otra arder.

Yo no digo “tú”:
me nombro
desde afuera.

El espejo no devuelve un rostro,
devuelve una pregunta
que camina conmigo.

Octavio Paz.

Cada instante es una puerta entreabierta. No conduce a otra habitación: conduce al mismo lugar, pero iluminado de otro modo. Cruzarla no significa ir lejos, sino detenerse sin quedarse. El presente es perpetuo, como el latido: siempre ocurre ahora, pero nunca es idéntico. Las palabras no nombran: rozan. No explican: respiran. La poesía es un cuerpo que avanza sobre la página y deja huellas que se borran al ser leídas. Leer es pisar arena húmeda: la forma aparece, pero el mar ya viene.

El amor no es destino, es morada transitoria. Dos cuerpos se encuentran como chispas que, al tocarse, iluminan una habitación entera por un segundo. Ese segundo basta. Amar es aprender a permanecer inmóvil mientras todo se mueve, como un árbol que no huye del viento porque es viento detenido.

La historia es polvo; el presente, respiración. La historia se acumula como sedimento; el presente es aire en los pulmones. Nadie vive del polvo. La poesía sopla, y el polvo se eleva, gira, brilla un instante y cae. El poema no rescata el pasado ni promete el porvenir: abre una ventana. Octavio no escribe sobre el tiempo: lo deja pasar por la página. La poesía es ese instante en que el río se detiene sin dejar de fluir, cuando el espejo se quiebra y, al romperse, refleja mejor; cuando el silencio abre los ojos y el instante, por fin, se queda y se va al mismo tiempo.

El tiempo como vivencia psíquica y la poesía como autoconciencia constituyen una exploración de la conciencia y de sus fracturas. En Octavio Paz, el tiempo no opera como una realidad objetiva, sino como experiencia subjetiva, determinada por la percepción, la memoria y el lenguaje. El poema no mide el tiempo: lo siente.

Desde la psicología, el “instante” puede entenderse como un estado de atención plena. Corresponde a momentos en los que la conciencia se concentra por completo en la experiencia presente y se suspende la rumiación mental (pasado/futuro). En esos estados, el yo narrativo se aquieta, disminuye la ansiedad temporal y la percepción se intensifica. La poesía funciona como un dispositivo psicológico de focalización: obliga a la mente a habitar el ahora.

Octavio Paz.

El motivo del doble representa un fenómeno psíquico conocido: la autoobservación. El sujeto poético se mira a sí mismo, piensa sus pensamientos, escucha su propia voz y se convierte simultáneamente en actor y testigo. Esto no es patológico; es una forma elevada de metaconciencia. El yo se desdobla en dos instancias: un yo que vive y otro que observa. De esa tensión nacen la angustia y la lucidez. El poema es el espacio donde ambas dialogan.

El simultaneísmo y la ruptura sintáctica reflejan el funcionamiento real de la mente: pensamientos no lineales, asociaciones libres, imágenes superpuestas. Psicológicamente, el texto reproduce el fluir de la conciencia.

Camino una calle
y otra calle me camina.

Mis pasos llegan
antes que yo
y regresan
después.

Todo sucede a la vez:
la piedra cae,
la piedra flota,
la piedra recuerda.

El tiempo no avanza:
se pliega
como una página
que se lee sola.

Solo es real
este cruce
de presencias.

No hay relato ordenado porque la conciencia no piensa en línea recta. El poema imita la mente cuando se observa a sí misma sin censura total, aunque con control estético. El pasado aparece como memoria activa, no como archivo inerte. Recordar es revivir parcialmente; por eso el pasado irrumpe en el presente. El yo poético no es estable, porque la identidad se construye en el tiempo: cada recuerdo modifica la percepción actual. El poema revela esta verdad psicológica: somos procesos, no entidades fijas.

Desde la psicología, el erotismo cumple una función integradora: reconcilia cuerpo y mente, suspende la escisión sujeto-objeto y atenúa la sensación de aislamiento. En el instante amoroso, el yo deja de vigilarse obsesivamente y simplemente vive. Es una forma de descanso psíquico frente a la vigilancia constante de la conciencia.

La palabra toca
antes de decir.

Cada sílaba
es piel
buscando otra piel.

Escribir
es desnudar el silencio
sin quebrarlo.

El poema no explica:
se ofrece.

Entre tu mirada
y la mía
el lenguaje aprende
a respirar.

Amar
es quedarse
en el temblor
del ahora.

El lenguaje poético actúa como herramienta de autoconocimiento. Al escribir, el sujeto se escucha; al leerse, se reconoce y se extraña. Esto explica la autorreferencialidad: la poesía habla de sí misma porque la conciencia también se piensa a sí misma. El sentido psicológico del texto puede resumirse así: la poesía es un espacio de autoobservación consciente.

En Octavio Paz, escribir no es expresar emociones, sino explorar la mente en tiempo real. El poema es una experiencia psíquica donde el yo se fragmenta, se contempla, se pierde y, por instantes, se integra.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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