A la Comunidad Literaria Taocuántica                                   

La memoria no es un archivo pasivo del pasado: es el pulso de lo que busca permanecer. No es un depósito de hechos, sino una respiración del Ser que se expande hacia atrás mientras camina hacia adelante. Vivimos encimados en el trípode en que se sostiene la ilación del relato que construye la identidad de lo que creemos ser, la permanente narración que mantiene erguida la arquitectura de lo humano. Sin memoria, la conciencia sería apenas un destello sin continuidad; con ella, en cambio, cada instante se enlaza con otro y teje la vasta urdimbre de lo que llamamos “yo”.

La persistencia de la memoria, Salvador Dalí, 1931.

Recordar es narrarse. Y narrarse es elegir una versión nuestra que se distancie del dolor y nos orille a una suerte de vida soportable. Cómo la memoria es un proceso mental que se origina en el cerebro, busca producir placer, por eso es selectiva. Y esto, como diría el poeta Noé Zayas, nos hace responsable de hacer feliz aun al niño que fuimos, para reconciliarnos con el presente  y determinar en bienaventuranzas el futuro. Significa que el cerebro no recuerda para ser fiel, sino para anticipar y protegernos emocionalmente… La memoria es un recurso evolutivo que aumenta las probabilidades de supervivencia. Y mientras mayor sea su capacidad de falsearse a sí misma, mayor es su capacidad para autoprotegerse: la memoria es un espejo que nos devuelve la deseada y necesaria imagen. Entonces, la memoria es un ritmo vital de la existencia misma.

En su poema, “Edipo y el enigma, dice Borges:

Nos aniquilaría ver la ingente forma de nuestro ser; piadosamente Dios nos repara sucesión y olvido”.

 Vemos aquí, que no sólo, modificamos los recuerdos, sino que cuando no basta modificar los registros y episodios del pasado por sus efectos lacerante en nuestra conciencia, también podemos ocultarlos en los más profundos recovecos de la memoria. Y es a eso que llamamos olvido. Aunque sabemos que este como tal no existe, cosa que el mismo Borges postula en su memorable poema “Everness”:

Sólo una cosa no hay. Es el olvido. Dios, que salva el metal, salva la escoria y cifra en su profética memoria las lunas que serán y las que han sido

 Y bien… No somos únicamente lo que nos ocurrió, sino lo que hemos aprendido a contar de lo que nos ocurrió. La memoria no conserva: interpreta. No guarda: recrea. Cada evocación es una nueva edición del pasado, un ajuste sutil del guion con el que sostenemos nuestra identidad frente al vértigo de existir. En ese acto íntimo de reescritura permanente, el ser humano se vuelve guionista, director,  personaje y espectador al mismo tiempo; hilo, tejedor y tejido, voz, eco y el que escucha.

Desde la mirada neurocientífica, como ha señalado Facundo Manes: “La memoria no funciona como una grabadora fiel, sino como un proceso dinámico, reconstructivo y plástico. Y esta parte, decimos, implica que recordar no es simplemente reproducir, sino armar. Cada vez que evocamos, modificamos. Cada vez que revivimos, reconfiguramos. Así, la identidad no es un bloque de hielo: es un río narrativo, un cosmos de probabilidades. De manera, que somos una versión en movimiento de nosotros mismos, una autobiografía que se escribe mientras se lee. Y así, la memoria no sólo sostiene lo que fuimos; también protege lo que tememos dejar de ser.

La memoria: autonarrarse

Hay en el impulso de recordar una raíz ontológica: el miedo a desaparecer. El ser humano intuye su fragilidad temporal y, frente a la certeza de lo inevitable como destino, inventa estrategias de permanencia. Modificamos y fijamos recuerdos falsos, para no diluirnos. Buscamos dejar huellas en la memoria de otros como quien graba su nombre en la corteza del árbol que es página de tiempo. Amar, crear, escribir, procrear, fundar obras, contar historias: todo es, en el fondo, una súplica silenciosa contra el olvido… Para no ser olvidado fue Aquiles a Troya, aunque, como le dijo su madre Tetis, no volvería; prefirió que su nombre fuera cantado en la posteridad gracias a sus hazañas, a ser anónimo o huella que el viento borra en la arena de un desierto, lo que para él  era el tiempo. Los griegos, no pudiendo ser inmortales como sus dioses, procuraban perpetuarse en la memoria de los que vendrían después. Y ese ansioso propósito opera también en el artista. El poeta, por caso, se va fabulando, buscando, conscientemente o no, hacerse una mejor versión suya, como cada quien, en función de sus temores y anhelos de legitimar su existencia a través de su creación o testimonio de su visión de la realidad, lo que en suma es su obra.

Recordar es una forma de resistir a la nada. Sin embargo, esta resistencia no es rígida; es fluida, taocuántica. La memoria no es una línea recta, sino una red de resonancias. Un recuerdo no vive aislado, sino entrelazado con miles de otros, como partículas que se afectan sin tocarse, como vibraciones que se responden a través del espacio interior. El pasado no está detrás: está latiendo en el presente. No lo cargamos como peso, sino como frecuencia. Podríamos decir, a propósito de la anterior entrega (Percepción no local), en un lenguaje que une poesía y física, como el que postula el ideal taocuántico, que la memoria opera a la velocidad del yoctosegundo cuando la ciencia la mide, pero a la profundidad del sotosegundo cuando la conciencia la intuye. Es decir: existe un nivel medible de actividad neuronal, bioeléctrica… y otro nivel inasible donde la experiencia se convierte en significado. La memoria es puente entre ambos planos: materia que recuerda y sentido que emerge.

La memoria: autonarrarse

En la dimensión que opera la mirada taocuántica del Ser, el tiempo deja de ser causa para volverse consecuencia. No recordamos porque el pasado empuja, sino porque la conciencia necesita continuidad para reconocerse, como una pulsación o respiración entrañada. Y vemos con esto que el tiempo psicológico nace de la memoria. Sin ella, sólo habría presente puro, una eternidad sin relato. Así, la memoria inventa el ayer para que el yo pueda pronunciarse… Ahora bien, este milagro tiene su sombra, porque si la memoria nos construye, también nos limita. Nos aferramos a versiones antiguas de nosotros mismos, repetimos traumas que creíamos ya extinguidos, revivimos heridas que sólo existen como huellas narrativas. La identidad se vuelve entonces una jaula de recuerdos mal cerrados. Olvidar, en este sentido, no es perder: es podar. Es permitir que el relato evolucione. La sabiduría no consiste en acumular memoria, sino en armonizarla. Y esto, décimos, es también un propósito de la  taocuántica, prevalida de su naturaleza de ideal de vida: la memoria sana no es la que conserva todo, sino la que integra.

En el fondo, recordar es un acto de amor hacia nuestra propia continuidad. Y amar, como toda fuerza creadora, organiza el caos de la experiencia para volverlo historia que no duela. Allí donde el odio fragmenta, la memoria amorosa une. Allí donde el miedo fija, la memoria consciente transforma. Somos el relato que el amor logra sostener dentro del torbellino de lo vivido.

La memoria: autonarrarse

Así, la memoria no es sólo función cerebral: es pulso existencial. Es el telar donde los instantes se entrelazan hasta formar una figura reconocible. Es la música subterránea que da coherencia a los días dispersos. Es el eco que nos responde cuando preguntamos quiénes somos.

Y tal vez, en su núcleo más profundo, la memoria sea el intento del universo por no olvidarse de sí mismo a través de nosotros. Cada conciencia sería entonces un punto donde el cosmos se recuerda, un nodo creado por la intersección de dos hilos que se entretejen para configurar el telar de nuestra existencia, donde la materia se vuelve relato, donde el tiempo se curva y sueña cóncavos bucles de espejos para mirarse… Vivimos participando de esa gran autobiografía cósmica: recordar para existir, narrarse para ser… Y todo, porque al final, no somos lo que tenemos, ni siquiera lo que hacemos: somos lo que recordamos… y la forma poética y temblorosa en que elegimos recordarlo.

La memoria: autonarrarse

Ramón Antonio Jiménez

Poeta

Ramón Antonio Jiménez, natural de Valparaíso, San Francisco de (RD). Creador del ideario estético taocuántico cofundador y director de La Comunidad Literaria Taocuántica.

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