‘’Tirando de su cuerda, el papalote cuelga en tensa libertad’’- Kathy Fusho Nolan

La literatura infantil y juvenil posee la capacidad de transmitir profundas enseñanzas sobre la vida mediante relatos sencillos, personajes entrañables y símbolos que despiertan la imaginación del lector. Una de estas obras es ‘’Chichiguas que me llevan a las nubes’’, escrita por Avelino Stanley, con dibujos de interior y portada realizados por Juan Pablo Feliz. La obra fue publicada en su primera edición en septiembre de 2010 por la Editora Búho, constituyéndose en una invitación a redescubrir el valor de los sueños, la esperanza y la memoria desde la mirada inocente de la infancia.

Hay libros que cuentan una historia y otros que despiertan una forma distinta de mirar la existencia. ‘’Chichiguas que me llevan a las nubes’’ pertenece a este último grupo. Bajo la aparente sencillez de un niño que desea volar una chichigua, la obra revela una profunda reflexión sobre la condición humana. En ella, la infancia deja de ser una etapa pasajera para convertirse en el territorio donde nacen las preguntas más importantes de la vida: ¿qué significa soñar?, ¿por qué algunos deseos tardan tanto en cumplirse?, ¿qué hace verdaderamente feliz al ser humano?

El protagonista no persigue únicamente un juguete. Persigue la posibilidad de elevarse por encima de los límites cotidianos. La chichigua representa mucho más que papel, hilo y viento; simboliza la libertad de imaginar un mundo distinto y la esperanza de que aquello que parece imposible pueda algún día convertirse en realidad. Como todo niño, descubre que el cielo siempre parece más cercano cuando el corazón aún no ha aprendido a desconfiar.

La novela recuerda que la imaginación constituye una de las mayores riquezas del ser humano. Antes de conocer el peso de las responsabilidades, el niño contempla el universo con una pureza extraordinaria. Las montañas no son solamente montañas; son caminos hacia el cielo. Las nubes no son simples acumulaciones de vapor; son lugares donde habitan los sueños. El viento deja de ser un fenómeno natural para convertirse en un compañero silencioso que impulsa los deseos más profundos.

Esa mirada infantil posee una sabiduría que muchas veces los adultos olvidan. Conforme pasan los años, la lógica intenta sustituir al asombro. Se aprende a calcular, a medir, a explicar, pero se deja de contemplar. Poco a poco el mundo pierde su misterio porque creemos conocerlo todo. Sin embargo, la verdadera grandeza del ser humano consiste precisamente en conservar la capacidad de maravillarse.

La filosofía ha enseñado desde la antigüedad que el asombro es el origen del conocimiento. Aristóteles afirmaba que los hombres comenzaron a filosofar porque se maravillaban ante aquello que no comprendían. El niño de esta historia vive permanentemente en ese estado de admiración. Cada nube despierta una pregunta. Una estrella fugaz alimenta una esperanza. La chichigua que se eleva parece recordarle que el cielo nunca pertenece únicamente a los pájaros.

La obra también nos invita a pensar que los deseos no siempre aparecen para ser satisfechos inmediatamente. Algunos existen para acompañarnos durante toda la vida. Se convierten en una brújula silenciosa que orienta nuestras decisiones y nos mantiene caminando incluso cuando el camino parece demasiado largo. El protagonista conserva su anhelo desde la niñez hasta la vejez, demostrando que hay sueños cuya verdadera misión no consiste en cumplirse pronto, sino en dar sentido al tiempo que vivimos.

En ese sentido, la novela propone una hermosa paradoja: no somos nosotros quienes perseguimos nuestros sueños; muchas veces son ellos quienes nos acompañan pacientemente hasta que estamos preparados para comprenderlos. El deseo madura junto con la persona. Cambia de forma, adquiere nuevos significados y termina revelando que la felicidad no siempre consiste en alcanzar una meta, sino en todo aquello que aprendemos mientras caminamos hacia ella.

Había un niño pequeño,

con los bolsillos llenos de viento

y los ojos sembrados de horizonte.

No buscaba riquezas,

ni castillos,

ni coronas.

Buscaba una cuerda

capaz de unir la tierra

con las nubes.

Cada tarde levantaba la mirada

como quien espera una respuesta

escrita entre las estrellas.

Mientras los adultos

contaban los días,

él contaba los sueños.

Y comprendió,

sin haber leído ningún libro,

que quien aprende a mirar el cielo

jamás deja de crecer,

porque la verdadera altura

no se mide desde el suelo,

sino desde la esperanza.

Avelino Stanley.

Quizá esa sea la enseñanza más profunda de la obra: todos llevamos una chichigua invisible entre las manos. Algunos la llaman vocación; otros, ilusión, fe o propósito. El nombre cambia, pero la esencia permanece. Todos deseamos elevar algo de nosotros por encima de nuestras limitaciones. Todos queremos sentir que existe un lugar donde el alma puede respirar sin miedo.

Por eso el relato conmueve tanto. No habla únicamente de un niño dominicano ni de una chichigua elevándose entre las montañas. Habla de cada ser humano que alguna vez creyó en un sueño aparentemente imposible. Habla de quienes aún conservan la valentía de mirar hacia arriba cuando el mundo insiste en obligarlos a mirar únicamente hacia abajo.

Tal vez crecer no signifique abandonar la infancia. Quizás crecer consista en aprender a protegerla para que nunca desaparezca del todo. Mientras exista un deseo capaz de hacernos levantar la vista hacia el cielo, seguirá viviendo en nosotros ese niño que alguna vez creyó que las nubes podían tocarse con las manos.

Toda aspiración necesita una fuerza que la impulse. En ‘’Chichiguas que me llevan a las nubes’’, esa fuerza es el viento. Invisible, impredecible y libre, aparece como un símbolo del tiempo y de la vida misma. Nadie puede verlo, pero todos sienten su presencia. Así ocurre también con la esperanza: no tiene forma, no pesa entre las manos y, sin embargo, es capaz de sostener la existencia cuando todo parece derrumbarse.

‘’Yo veía a los más grandes volar chichiguas y me entraban unas ganas inmensas de hacer lo mismo. ‘’Eres muy chico todavía’’, decía mi madre cuando yo le reclamaba por mi deseo’’ (página 35)

Pepe comprende muy pronto que una chichigua no vuela únicamente por el deseo de quien la sostiene. Necesita el viento. Esa enseñanza encierra una profunda verdad filosófica: los seres humanos no caminamos solos. Nuestros sueños necesitan del afecto, de las oportunidades, de quienes creen en nosotros cuando todavía no somos capaces de creer plenamente en nosotros mismos. La madre, Pedro, Cocco y más tarde la nieta y Frank representan ese viento humano que acompaña silenciosamente cada etapa de la vida. Ninguno de ellos obliga al niño a dejar de soñar; por el contrario, alimentan la posibilidad de que sus sueños se eleven cada vez más alto.

Pero el viento también cambia de dirección. Hay tardes en las que impulsa la chichigua con fuerza y otras en las que apenas sopla. Así ocurre con la existencia. Ninguna vida permanece siempre en calma ni siempre en tormenta. La felicidad y la dificultad se alternan como las estaciones del año. Comprender esta realidad es uno de los primeros pasos hacia la madurez.

‘’Pedro sonriente, me acarició la cabeza con una mano y me dio ‘’dame el bollo de hilo. Toma la chichigua y camina hacia donde va la brisa para que la tires’’’ (página 42)

Junto al viento aparece otro símbolo igualmente poderoso: el hilo. A simple vista parece un objeto frágil, casi insignificante. Sin embargo, es el vínculo que mantiene unida la libertad con el origen. Sin hilo, la chichigua deja de pertenecer al niño; sin raíces, la libertad corre el riesgo de perderse. El hilo representa los lazos invisibles que nos unen con quienes amamos, con nuestra historia y con aquello que da sentido a nuestra identidad.

En la actualidad muchas personas creen que ser libre significa romper todos los vínculos. La novela propone exactamente lo contrario. La verdadera libertad no consiste en cortar el hilo, sino en saber hasta dónde podemos extenderlo sin perder aquello que somos. El niño desea que su chichigua llegue a las nubes, pero también anhela que regrese a sus manos. Ese deseo refleja una sabiduría sencilla: crecer no implica abandonar el lugar del que venimos, sino aprender a regresar a él con una mirada más amplia.

La voz del viento

No tiene rostro.

No conoce fronteras.

Nadie logra encerrarlo.

Sin embargo,

cuando acaricia una chichigua,

parece escribir

una carta invisible

dirigida al cielo.

El viento no promete victorias.

Solo ofrece movimiento.

Les recuerda a los árboles

que nacieron para balancearse,

a las nubes

que ningún horizonte es definitivo,

y al corazón humano

que quedarse inmóvil

es la única manera

de renunciar a los sueños.

Por eso,

cada vez que el viento despierta,

también despierta

la esperanza.

La historia alcanza uno de sus momentos más conmovedores cuando la chichigua queda atrapada entre las ramas de una palmera y, más tarde, cuando otra es cortada por la maldad de algunos niños. El protagonista descubre entonces una verdad que todos terminamos aprendiendo: no todo lo que amamos permanece para siempre. Existen pérdidas que llegan sin previo aviso y dejan un silencio difícil de explicar.

Sin embargo, la novela no convierte la pérdida en un motivo para abandonar los sueños. Al contrario, enseña que el dolor también educa. Cada chichigua perdida deja una enseñanza distinta. La primera le muestra que no siempre es posible conservar aquello que amamos. La segunda le revela que en el mundo existe la mentira y la maldad. Pero ninguna de esas experiencias logra destruir su capacidad de volver a levantar la mirada.

Aquí reside una de las enseñanzas filosóficas más profundas del relato: la esperanza no es la ausencia del sufrimiento. La esperanza consiste en decidir continuar incluso después de haber sufrido. Solo quien ha perdido algo valioso comprende el verdadero significado de volver a empezar.

Las nubes recuerdan

Dicen que las nubes

solo guardan lluvia.

Yo creo otra cosa.

Guardan las risas

de quienes soñaron sin miedo.

Guardan los nombres

que el tiempo quiso borrar.

Guardan las lágrimas

que un día aprendieron

a transformarse en luz.

Tal vez por eso

cuando un niño

levanta una chichigua,

las nubes sonríen.

Reconocen en ella

el antiguo idioma

de la esperanza.

Porque ninguna ilusión verdadera

desaparece.

Solo cambia de cielo.

Cuando el protagonista decide seguir intentando que su chichigua alcance las nubes, demuestra que la grandeza humana no nace de no caer, sino de la decisión de levantarse una vez más. La vida recompensa a quienes son capaces de transformar cada pérdida en un nuevo impulso. Así como el viento vuelve después de la calma, también la esperanza encuentra siempre un camino para regresar al corazón de quien se niega a dejar de creer.

Quizá por eso el hilo nunca simboliza únicamente una cuerda. También representa la perseverancia. Cada vuelta alrededor del carrete recuerda que la vida se construye lentamente, con paciencia y con fe. Los sueños verdaderos rara vez se cumplen de inmediato; necesitan tiempo para fortalecerse, del mismo modo que una chichigua necesita viento suficiente para elevarse hasta tocar el horizonte.

Si el viento representa la esperanza y el hilo simboliza los vínculos que sostienen nuestros sueños, el amor es la fuerza silenciosa que les da sentido. Ninguna chichigua podría elevarse si alguien no creyera primero que vale la pena construirla. Del mismo modo, ningún ser humano alcanza plenamente sus ideales sin haber recibido, en algún momento de su vida, el afecto que le enseñó a confiar en sí mismo.

La infancia de Pepe está rodeada de personas que, de maneras distintas, alimentan su crecimiento. Su madre no solo lo protege; también le enseña a agradecer, a esperar y a aceptar que existen deseos que requieren paciencia. Pedro aparece como la figura generosa que comprende el universo del niño sin burlarse de él. En lugar de apagar su ilusión, le regala aquello que representa la posibilidad de cumplir su mayor anhelo: una chichigua. Incluso Cocco, con su lealtad incondicional, deja de ser únicamente una mascota para convertirse en compañera de aventuras, de alegrías y de tristezas.

Cada uno de ellos representa una forma diferente del amor. No un amor grandioso ni heroico, sino ese amor cotidiano que muchas veces pasa desapercibido: el abrazo que consuela, la palabra que anima, la paciencia para enseñar y la presencia que permanece aun cuando no hace falta hablar. Son esos pequeños gestos los que terminan moldeando la personalidad de una persona mucho más que cualquier discurso.

Vivimos en una sociedad que suele valorar únicamente los grandes logros. Se celebran los éxitos visibles, las victorias extraordinarias y los reconocimientos públicos. Sin embargo, la novela recuerda que la verdadera transformación ocurre casi siempre en silencio. Un regalo sencillo, una tarde compartida, una conversación al caer el sol o una mano tendida en el momento adecuado pueden cambiar para siempre la historia de alguien.

La filosofía humanista sostiene que toda persona necesita sentirse amada para desarrollarse plenamente. La obra parece confirmar esta idea al mostrar que Pepe nunca deja de creer en sus sueños porque siempre encuentra alguien dispuesto a sostenerlo cuando la desilusión amenaza con vencerlo. Su fortaleza no nace únicamente de su voluntad, sino también del cariño recibido durante toda su vida.

El paso del tiempo tampoco aparece como un enemigo. Muchas veces pensamos que envejecer significa alejarse de quienes fuimos de niños. Sin embargo, el relato propone una idea profundamente esperanzadora: cada año vivido nos acerca nuevamente a nuestra esencia. Con el tiempo desaparecen muchas ambiciones superficiales, pero permanecen intactos aquellos sueños que nacieron cuando todavía mirábamos el mundo con inocencia.

El anciano que contempla la cabaña cubierta por la neblina no es distinto del pequeño que esperaba una estrella fugaz. Cambió su cuerpo, cambió su voz y cambiaron sus experiencias, pero el deseo sigue habitando en el mismo lugar: el corazón. Esa continuidad demuestra que la identidad humana no depende únicamente de la edad, sino de aquello que somos capaces de conservar a pesar del paso del tiempo.

El hilo invisible

No era el hilo

lo que sostenía la chichigua.

Era el abrazo

de quienes nunca dejaron

de creer.

Cada vuelta del carrete

guardaba una sonrisa.

Cada nudo

escondía un recuerdo.

Y cuando el viento

parecía romperlo todo,

había unas manos pacientes

que volvían

a desenredar la esperanza.

Los años pasan.

Las voces cambian.

Los cabellos se vuelven blancos.

Pero existe un hilo

que jamás envejece.

Es el que une

al niño que fuimos

con el anciano

que un día seremos.

Mientras ese hilo permanezca intacto,

ningún sueño

caerá definitivamente al suelo.

‘’Yo miraba hacia arriba y era como ver varios cielos con muchas nubes. Todo lo veía doble. Hasta que él me bajaba. ‘’Ya, para que no te duela’’, me decía. Tal vez eso era ver a Dios comiendo arroz con leche’’. (página 74)

Existe un momento especialmente hermoso en la historia cuando el protagonista comprende que estar rodeado por sus seres queridos es, de alguna manera, habitar las nubes con las que soñó desde niño. La montaña cubierta por la neblina deja de ser solamente un paisaje. Se convierte en la respuesta que la vida preparó durante décadas para un deseo aparentemente imposible. No fue la estrella fugaz quien cambió el mundo; fue el tiempo quien enseñó al protagonista a reconocer que aquello que tanto buscaba siempre había estado acercándose lentamente a él.

Esta revelación invita a reflexionar sobre una verdad profundamente humana: muchas veces pedimos respuestas inmediatas, sin comprender que algunas solo pueden entenderse cuando hemos recorrido un largo camino. La impaciencia pertenece a la infancia; la comprensión suele ser un regalo de la madurez. Lo que ayer parecía una espera interminable, mañana puede convertirse en el recuerdo más valioso de nuestra existencia.

Quizá por eso los sueños auténticos nunca desaparecen. Se transforman. Maduran junto con nosotros. Aquello que en la niñez parecía un simple deseo de tocar las nubes termina convirtiéndose, en la vejez, en el descubrimiento de que las nubes también pueden encontrarse en el amor compartido, en la memoria, en la familia y en la gratitud.

Así, el tiempo deja de ser un enemigo que nos arrebata la juventud y se convierte en un artesano paciente que pule nuestra alma. Cada alegría, cada pérdida y cada encuentro añaden una nueva fibra al hilo invisible que sostiene nuestra vida. Cuando finalmente miramos hacia atrás, comprendemos que nunca caminamos solos y que los verdaderos tesoros no eran las metas alcanzadas, sino las personas que caminaron a nuestro lado mientras aprendíamos a perseguirlas.

Toda gran historia deja una pregunta suspendida en el corazón de quien la lee. ‘’Chichiguas que me llevan a las nubes’’ nos invita a preguntarnos qué significa realmente alcanzar un sueño. Durante toda su vida, Pepe creyó que su mayor anhelo consistía en llevar una chichigua hasta las nubes y, algún día, llegar él mismo a ese lugar donde imaginaba que habitaban la libertad y la felicidad. Sin embargo, la existencia, con su infinita sabiduría, le mostró que algunos deseos no se cumplen de la manera en que los imaginamos, sino de una forma mucho más profunda.

Cuando la neblina cubre la montaña y la cabaña parece flotar entre las nubes, el anciano comprende que el niño nunca estuvo equivocado. Las nubes existían. Solo que no eran un sitio lejano reservado para la fantasía. Eran un estado del alma, un instante de plenitud, un abrazo compartido con quienes ama. Aquello que buscó durante décadas estaba frente a él, esperando el momento en que pudiera reconocerlo.

Esta revelación transforma completamente el sentido de la novela. La felicidad deja de ser una meta distante para convertirse en una experiencia que nace cuando aprendemos a contemplar la vida con gratitud. El protagonista no conquista el cielo porque haya volado más alto que todos los demás, sino porque nunca permitió que el paso del tiempo destruyera la capacidad de asombrarse.

Vivimos en un mundo donde las personas suelen medir el éxito por aquello que poseen. Se cuentan los bienes, los títulos y los reconocimientos. Sin embargo, la historia de Pepe nos recuerda que las verdaderas riquezas no pueden guardarse en las manos. Se conservan en la memoria, en los afectos y en las experiencias que moldean nuestra identidad. Nadie puede arrebatarnos una infancia vivida con amor, un gesto de generosidad, una palabra de aliento o la emoción de haber perseguido un sueño con sinceridad.

La chichigua termina convirtiéndose en una metáfora de la vida misma. Su estructura es frágil, como también lo son nuestras ilusiones. El viento puede elevarla o hacerla caer. El hilo puede romperse. Incluso puede perderse en el horizonte. Pero mientras exista alguien dispuesto a construir otra, la esperanza seguirá viva. Esa es quizá la enseñanza más luminosa del libro: el ser humano posee una extraordinaria capacidad para comenzar de nuevo.

‘’Ya vuelto un ancianito, como estoy ahora, fue que se cumplió mi deseo de niño. Y lo conseguí junto a mi nieta, a Cocco y a Frank. Al principio no me di cuenta. A pesar de mi edad no sabía que era así. Frank me encontró extraño. Entonces con una sonrisa blanca me preguntó ‘’¿qué pasa abuelo?’’. Yo miré para todos los lados y no comenté nada. Él me entendió. Por que los gestos también hablan. Mis gestos en blanco le respondieron lo que él quería saber. (página 79)

La obra también propone una hermosa reconciliación entre la infancia y la vejez. Muchas veces creemos que son etapas opuestas. Sin embargo, el relato demuestra que ambas se parecen más de lo que imaginamos. El niño descubre el mundo con curiosidad; el anciano aprende a contemplarlo con serenidad. Uno sueña con llegar a las nubes; el otro comprende que las nubes siempre estuvieron caminando junto a él. Entre ambos extremos transcurre la vida, uniendo los primeros deseos con las últimas certezas.

Desde una perspectiva filosófica, la novela nos recuerda que la existencia humana no puede reducirse únicamente al cumplimiento de objetivos. Vivir significa aprender a esperar, aceptar las pérdidas, agradecer los encuentros y seguir avanzando incluso cuando el camino parece incierto. La felicidad no consiste en evitar el dolor, sino en descubrir que cada experiencia, incluso las más difíciles, contribuye a formar el carácter y la sensibilidad de quien las atraviesa.

Por ello, ‘’Chichiguas que me llevan a las nubes’’ no es solamente una historia para niños. Es una invitación para que los adultos recuerden que todavía conservan dentro de sí aquel niño que alguna vez levantó la mirada hacia el cielo. Quizá seguimos necesitando una estrella fugaz, un poco de viento y una chichigua invisible para recordar que nunca es tarde para volver a soñar.

Los sueños

también cumplen años.

Aprenden a caminar despacio,

a esperar sin desesperarse,

a mirar el horizonte

sin exigir respuestas inmediatas.

Algunos

nacen pequeños

como una chichigua

hecha de papel.

Después,

el tiempo les presta alas.

El viento les enseña

a resistir las tormentas.

Las pérdidas

les enseñan humildad.

Y el amor

les recuerda

el camino de regreso.

Cuando envejecen,

los sueños ya no desean

conquistar el cielo.

Descubren

que el cielo

también puede descender

hasta la tierra,

esconderse

en una sonrisa,

en un abrazo,

en la voz de quienes nos llaman

por nuestro nombre.

Entonces comprendemos

que nunca dejamos

de ser aquellos niños

que corrían detrás del viento,

porque mientras exista

una nube capaz de despertar

nuestra imaginación,

seguiremos elevando

la chichigua del alma.

La grandeza de ‘’Chichiguas que me llevan a las nubes’’ reside en su capacidad para transformar un objeto cotidiano en una poderosa metáfora de la existencia humana. La chichigua representa nuestros ideales; el viento simboliza las oportunidades y la esperanza; el hilo refleja los vínculos que nos sostienen; las nubes encarnan aquello que anhelamos alcanzar, y la estrella fugaz nos recuerda que los sueños necesitan fe, paciencia y perseverancia.

A lo largo de la vida, todos enfrentamos momentos en los que el viento parece desaparecer, el hilo amenaza con romperse o la chichigua queda atrapada entre las dificultades. Sin embargo, mientras conservemos la capacidad de imaginar un horizonte mejor, siempre existirá la posibilidad de volver a elevar nuestros sueños.

Quizá ese sea el mensaje más profundo de Avelino Stanley: crecer no significa dejar atrás la infancia, sino aprender a conservarla en el corazón. Porque quien nunca deja de mirar hacia las nubes jamás deja de creer en la belleza, en el amor y en la esperanza. Y mientras haya una chichigua danzando entre el viento, existirá un ser humano dispuesto a recordar que los sueños más valiosos no son los que se cumplen con rapidez, sino aquellos que nos acompañan durante toda la vida hasta enseñarnos quiénes somos realmente.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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