Entrada de mi diario, aquel martes, 25 de noviembre de 2020.
A Marcos Iparraguirre, quien aún extraña a Maradona.
««Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha.»
—Diego Armando Maradona»
El mundo del fútbol amaneció de luto. Ha fallecido Diego Armando Maradona, una figura legendaria de este deporte. Su muerte conmocionó al planeta. Sólo admite comparación con Pelé, otro coloso del balompié. Sin embargo, fuera de la cancha, la vida de Diego fue mucho más turbulenta y elocuente que la del brasileño.
En una entrevista, Pelé sostuvo que el futbolista estaba siendo eclipsado por su propia vida. Pero quizá convenga preguntarse si no es la vida, en sí misma, caótica, y si la realidad no suele desbordar con frecuencia las buenas maneras. El poeta, el escritor, el actor y también el deportista excepcional cargan con el peso de sus dones y de sus contradicciones. Con esas herramientas deben afrontar la existencia.
Dentro y fuera del estadio, Diego libró innumerables batallas. Su irreverencia desafió tanto al deporte como a la sociedad en la que le tocó vivir. Su infancia explica buena parte de su carácter. Nació en Villa Fiorito, uno de los barrios más humildes de Buenos Aires, donde el único grifo de agua estaba en la calle. Allí comenzó su lucha por encontrar un lugar en el mundo.
Algunos de sus biógrafos cuentan que dormía abrazado a un balón. Su padre lo apodó «Chitoro» y, con el tiempo, llegaron «Pelusa», «el Pibe de Oro» y, finalmente, «D10S». Muy joven fue fichado por Boca Juniors, el club de los inmigrantes y de los trabajadores, uno de los más populares de Argentina. Allí comenzaron a aflorar sus talentos y también sus desafíos.
Diego maduró con rapidez. Se impregnó de fama, de sueños y de los rituales del fútbol, donde absorbió pasiones, conflictos, astucias, idolatrías e ideas. A lo largo de su carrera profesional jugó en seis clubes. Con el Barcelona conquistó la Copa del Rey, pero fue en el Napoli donde alcanzó la gloria definitiva. Su llegada transformó la ciudad de Nápoles: la situó en el mapa mundial del fútbol y la elevó a un lugar de prestigio deportivo.
En Napoli se convirtió en un héroe carismático. Lo amaban tanto como lo detestaban. Nunca dio la impresión de jugar únicamente por dinero; siempre pareció correr detrás de la pelota por amor al juego. Ese amor convirtió al fútbol en un fenómeno social. Jugaba para sus aficionados, aunque él mismo confesó que sentía que jugaba contra todos.
Creo que Maradona fue para el fútbol lo que Muhammad Ali representó para el boxeo en Estados Unidos. Las coincidencias no son pocas. Ambos protagonizaron combates memorables contra sus rivales y también contra un sistema que consideraban injusto y opresivo. Hoy, los aficionados de todo el mundo están de luto.
Nunca vi un partido completo de Maradona, pero jamás le perdí la pista fuera de la cancha. Marcó un gol con la mano y lo bautizó como «la mano de Dios». Aquel gesto quedó inscrito para siempre en la historia del fútbol.
La presidencia de Argentina decretó tres días de duelo nacional por su héroe. Muchos argentinos sienten que el país quedó en deuda con él.
Mientras el mundo despedía a Maradona, en mi país, Puerto Rico, apenas se habló de su muerte. Los noticieros guardaron silencio. No dedicaron unos minutos al gran latinoamericano. De tanto mirar el fútbol americano y el baloncesto de Estados Unidos, hinchándose de hot dogs y guacamole, los boricuas terminan alejándose de la genialidad de un Pelé o de la picardía irreverente de Diego Maradona. Resulta difícil identificarse con un atleta que simbolizó la rebeldía, la dignidad y la desobediencia. Maradona jamás fue un sumiso. Fue astuto como una lechuza y bravo como un toro.
El balón perdió a uno de sus héroes. Para muchos, fue el mejor futbolista de todos los tiempos. Los medios de comunicación nos regalaron su silencio. Ni una nota para quien fue el héroe del balón de los pobres, generoso con los jugadores humildes y siempre orgulloso de sus orígenes populares.
África, Europa, Asia, México, España y Palermo lloraban al héroe de los miserables. Hoy despedimos a la figura indómita del Maradona mujeriego, izquierdista, locuaz, contradictorio y revoltoso. Si que le dio muchos dolores de cabeza a la historia contemporánea de la tierra del tango y milongas. Borges comentaba que los argentinos eran:“seres paradójicos, marcados por el desarraigo europeo, la imitación y una singular noción de la amistad. Afirmaba con ironía que «el argentino es un italiano que habla español, piensa en francés y querría ser inglés», y destacaba su tendencia a privilegiar lo lucrativo sobre lo justo”. No creo que Maradona encajaba en esa descripción genuinamente borgiana. La vida de Maradona fue un largo tango de bambalinas, de barriadas desdeñosas y cuchilladas dramáticas.
Sin embargo, para muchos puertorriqueños, la leyenda de Maradona suena exagerada. Ninguna crónica deportiva destacó la magnitud de su muerte. Como dirían los argentinos, fue «un palo duro de creer». Murió un héroe mundial del balompié y un entrañable amigo del indomable Fidel Castro, una amistad que muchos comparaban con la del maestro y el discípulo.
Además del fútbol, Maradona disputó otro partido mucho más errático: el de su propia vida. Está la jugó con pasión, con excesos, con errores y también con convicciones. La sabiduría aprendida en los callejones de Buenos Aires le dio dignidad, le concedió victorias y lo salvó de innumerables episodios dolorosos. Maradona fue, quizá, el mayor sofista del arte de vivir a todo dar el fútbol.
La colonia suele desbordarse de ingratitudes. Eso mismo ha ocurrido con deportistas puertorriqueños del calibre de Sixto Escobar, Roberto Clemente, Beverly Ramos y Mónica Puig.
Yo, que también soy producto de las barriadas, nunca fui un hincha de Diego Maradona. No seguí con devoción su carrera ni participé de la vorágine peliculera que hizo felices a millones de descalzos en toda América Latina. Fue un argentino y futbolista amado. Sus hazañas en la cancha despertaron furias y, al mismo tiempo, ofrecieron profundas alegrías a quienes soportaban el amargo peso de la pobreza y el abandono.
Maradona ya emprendió su último camino. Se ganó el lugar reservado para quienes vivieron una existencia intensa, rica en triunfos y también en derrotas. Ahora le corresponde descansar en paz.
Durante mucho tiempo seguiremos buscando aquellos goles imposibles que aún viven en la memoria de millones de aficionados. Las piernas del Pelusa se han detenido para siempre, pero su recuerdo seguirá avanzando con soberbia en la larga historia del fútbol. Sin duda, su muerte será el gol más llorado por los argentinos.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano definió a Maradona como «el más humano de los dioses». También escribió que fue «un dios sucio, pecador y manchado con el barro humano». Y añadió en una entrevista: «Ningún futbolista consagrado había denunciado a los amos del gran negocio del fútbol hasta que Diego Armando Maradona lo hizo».
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Hoy,cuando la Copa Mundial de Fútbol de 2026 vuelve a concentrar la atención del planeta, conviene recordar no sólo al genio de la pelota, sino también al hombre que denunció la corrupción comercial y política del gran negocio de la FIFA.
Hasta siempre, Diego. Fuiste uno de los mayores regalos que el fútbol latinoamericano le hizo al mundo.
Juan Casillas Álvarez
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