Como decía Umberto Eco: «Un país pertenece a quienes controlan las comunicaciones».
Las situaciones polarizadas siempre cargan una gran riqueza de posibilidades, tanto para bien como para mal, para pena y para gloria y más allá. El arte se coloca en un mundo dentro de este y, a la vez, paralelo.
Dentro de procesos asimétricos de poder político, la insurgencia y la contra-insurgencia son un ejemplo perfecto de dinámicas y modos de ver y de vivir o morir, dentro y fuera del arte. La insurgencia, entendida como un movimiento organizado y prolongado, conceptualizado políticamente para desafiar y derrocar un orden establecido, buscando ganar el apoyo de la población civil. Dentro de su estrategia para lograr su objetivo existe el uso de tácticas psicológicas de guerrilla, asimetría militar, sabotaje y desgaste, que surgen a partir de un conocimiento del terreno de juego, actuando desde la clandestinidad para contrarrestar un poder mayor y con más recursos.
La contra-insurgencia es, entonces, entendida como el conjunto de medidas militares, políticas, económicas, psicológicas y de inteligencia, diseñadas y ejercidas por un Estado para derrotar un movimiento insurgente. Todo esto a través de un vehículo de acción: el ejército.Esa rama terrestre de las Fuerzas Armadas, caracterizada por una organización jerárquica de personal entrenado para defender la soberanía de un país, preservar el orden y la integridad territorial frente a amenazas internas o externas.
Ahora bien, en el mundo de las artes y sus intersticios, también tenemos la idea de ejército, usada como referencia y/o pretexto que señala la arbitrariedad de un sistema totalitario, tornándose la silueta de un horizonte revolucionario, como Cildo Meireles en su obra clásica, Inserciones en circuitos ideológicos, en la cual él compraba botellas de vidrio de Coca-Cola y grababa en ellas, en letras blancas, mensajes críticos a la dictadura brasileña o instrucciones para hacer una bomba Molotov, además de la consigna Yankees Go Home, y las devolvía a la planta de reciclaje. Estas botellas se rellenaban y volvían a circular. El mensaje solo se hacía visible cuando la botella estaba llena de su sustancia oscura. La acción colectiva y la circulación entre la gente son el farol de la obra.
El Grupo de Arte de Vanguardia de Rosario y Buenos Aires (con artistas fundamentales como León Ferrari, Roberto Jacoby, Graciela Carnevale y María Teresa Gramuglio), durante la dictadura militar, intervino la comunicación, creando exhibiciones y usando la radio para propagar hallazgos (tras investigaciones realizadas por un equipo de sociólogos) de violencias y situaciones precarias, escondidas del público por la propaganda dictatorial. Su obra Tucumán Arde, de 1968, tenía como intención destruir la narrativa del ejército de la dictadura a través de la infiltración, la guerrilla de la información y la contrapropaganda.

En un intersticio, dentro del ejército de los Estados Unidos surgió otro ejército: el Ghost Army/Ejército Fantasma. Fue una unidad secreta del ejército de los Estados Unidos que utilizó arte, ilusión e ingeniería de sonido para engañar a las fuerzas nazis en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Este ejército reclutó a 1.100 hombres, entre artistas, diseñadores e ingenieros de sonido. Su misión era hacer creer a los alemanes que eran un ejército masivo de 40.000 soldados. El ejército utilizaba el engaño visual, con réplicas inflables de tanques de guerra, aviones, camiones y piezas de artillería, que en la distancia parecían reales. Otra de sus tácticas era el engaño sónico, por medio de altavoces instalados en camiones, emitiendo a más de 20 kilómetros de distancia las grabaciones del sonido producido por tanques de guerra en avance. Adicionalmente, otra táctica se realizaba a través del engaño de radio, a partir de redes de comunicación falsas, que imitaban las reales, ideadas para que los espías que las interceptaban pensaran que estaban recibiendo informaciones de la organización de ataques inminentes. Y, por último, la táctica del teatro, donde los «soldados» en sus uniformes frecuentaban lugares públicos, cafés y tabernas, en Francia y Bélgica, para distribuir falsos rumores, para que los espías enemigos capturaran esas informaciones como verdaderas. Este ejército fue muy exitoso durante la Segunda Guerra Mundial. Se estima que su trabajo contribuyó a salvar aproximadamente 30.000 vidas. Al ser un componente fundamental de la guerra psicológica, fue oficialmente conocido solo después de la desclasificación de documentos del FBI, cincuenta años después de su acción.

Estas diferentes provocaciones, con sus diferentes finalidades y diferentes contextos, comparten en su base el juego de imágenes y su respectiva comunicación como centro estratégico de acción. Ahora bien, aquí en Brasil existe un ejército: el Ejército de Lula, un grupo de WhatsApp que se formó recientemente (tras la primera ronda de las elecciones presidenciales). Surgió en consenso, en el que se tenía que sobrevivir. Era vida o muerte. El fascismo amenazaba con una posible retoma del poder por parte del bolsonarismo y su marco categórico de violencia, coerción y destrucción de la vida. Auxilio!
El Ejército de Lula surgió por iniciativa del diputado del estado de Minas Gerais, André Janones, quien, tras la derrota del actual presidente Lula en la primera ronda de votaciones, dinamizó la manera de ejercer la política. El pueblo dormido despertó y asumió radicalmente la expresión digital y física de la política, y entró en acción a través de las redes sociales. Yo también entré, claro. En ese momento éramos solo 1.000 personas; ahora somos 10 millones y quinientos mil «soldados». La voz militante y fuerte, con el llamado a todo pulmón «Pessoal, Urgente!», fue el hilo cohesivo bajo el cual todos los miembros, en acuerdo tácito, nos sacudíamos para actuar desde la convicción de que estábamos entre la vida y la muerte. No actuar no era una opción, pues implicaría caer en el abismo del mundo percibido y creado desde la visión de la extrema derecha brasileña.
Una lucha llena de incertidumbre y furiosa contra una suma de poderes económicos y tecnológicos mundiales, entre ellos las Big Techs, que apoyan el dominio de la extrema derecha en América Latina y en el mundo.
Desde el Ejército de Lula ocupamos la plaza pública, invadida por las Big Techs. Es difícil decir dónde acababa el individuo para dar paso al colectivo, pues parecía que todos éramos uno. La vida continuaba pasando, con todos sus movimientos, demandas y grandes etcéteras, pero el foco estaba en la acción dentro del Ejército de Lula en nuestra lucha contra los grandes tecno-Goliats. No fui la única, fuimos lejos, todos juntos, como en lengua glissantiana, siguiendo al unísono el flujo de comandos que traía Janones, en ritmo de tambor a la par del corazón, en código web-red, como una suerte de nueva lengua y pacto secreto que exigía, tremenda e inevitablemente, un ruido, un desorden de lo establecido afuera y una organización siguiendo cada tarea encarnizadamente, como si fuera la última de la vida.
Jóvenes, viejos, personas de izquierda, de derecha, ateos, agnósticos, creyentes de todas las religiones y de todas las identidades posibles luchando en contra de perder la libertad. Por el pasado, por el presente y por el futuro. Poderoso.
El Ejército de Lula es una suerte de manual de acción, en elaboración, para la defensa territorial, del espacio virtual, la soberanía digital y la organización masiva a partir de acciones enfocadas, específicas, directas y en contacto permanente, a través de la movilización política, sin pausa. Una historia de un entusiasmo que yo no había visto antes. En estos tiempos, ante estas luchas de poder cada vez más asimétricas, posicionarse y actuar en consecuencia, ocupando un lugar en la plaza pública, es un deber y un rendir cuentas con la tierra, por el pasado, por el presente y por el futuro. Por aquí seguiremos en esta fisura en acción colectiva… ¿Y usted?
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