Si hemos llegado hasta aquí es porque reconocer el problema no es suficiente.

Tampoco basta con señalar responsabilidades.

Una crítica que no propone caminos de transformación corre el riesgo de convertirse en una queja.

Por eso quiero detenerme ahora en una pregunta esencial:

¿Cómo debería ser una Feria Internacional del Libro que, además de celebrar la literatura, contribuya realmente a formar lectores?

Mi respuesta parte de una idea sencilla:

La Feria debe dejar de ser únicamente un lugar al que se va a comprar libros y convertirse en un espacio del que se salga con el deseo de leer.

Parece un cambio pequeño.

No lo es.

Implica transformar la manera de concebir, organizar y medir el acontecimiento.

El primer libro

Niños y adultos lectores.

Comenzaría por los niños.

Todo estudiante que visite la Feria como parte de un programa escolar debería tener la posibilidad de salir de ella con un libro.

Pero no con cualquier libro.

Debería recibir una obra de literatura infantil dominicana, seleccionada por su calidad y, preferiblemente, perteneciente a un autor reconocido o premiado.

El Ministerio de Cultura, a través de su estructura editorial, podría establecer un programa permanente con ese propósito.

Podríamos llamarlo: “Mi primer libro dominicano”.

Cada año se seleccionarían varias obras adecuadas para diferentes edades, que serían impresas en cantidades suficientes para llegar a los estudiantes participantes.

La intención no sería cumplir una estadística de distribución.

Sería crear una relación personal entre el niño y el libro.

Que algún día pueda recordar:

“Este fue el primer libro que me regalaron en la Feria”.

Ese recuerdo puede acompañarlo durante años.

Pero entregar el libro sería apenas el comienzo.

Cada ejemplar podría incorporar una guía sencilla para padres y maestros, con preguntas, juegos y actividades destinadas a conversar sobre la lectura.

Porque un niño que lee y luego conversa sobre lo leído tiene mayores posibilidades de convertir aquella experiencia en hábito.

También nuestros adolescentes y jóvenes

Lectores y libros.

El mismo principio debería aplicarse a los jóvenes.

Cada edición de la Feria podría seleccionar una colección de obras dominicanas especialmente pensadas para adolescentes y jóvenes.

Novela.

Poesía.

Cuento.

Ensayo.

Teatro.

Crónica.

Literatura fantástica y de imaginación.

Pero debemos tener cuidado con algo.

No podemos ofrecerles solamente aquello que los adultos pensamos que deben leer.

También tenemos que preguntarnos:

¿Qué quieren leer nuestros jóvenes?

Y, sobre todo:

¿Qué autores dominicanos pueden hablarles desde sus propias preocupaciones?

La literatura nacional no puede presentarse únicamente como una obligación patriótica.

Debe ser una experiencia estética, humana y contemporánea.

Un joven debe descubrir que un escritor dominicano también puede contar una historia que le interese, expresar un conflicto que reconozca o formular una pregunta que lo inquiete.

La identidad literaria no se impone.

Se descubre.

La Feria antes de la Feria

Ministerio de Cultura.

Para que esta propuesta tenga verdadero impacto, la Feria tendría que comenzar meses antes de abrir sus puertas.

Las escuelas participantes podrían recibir previamente una selección de libros.

Los estudiantes leerían.

Los maestros acompañarían el proceso.

Se formarían pequeños grupos de conversación.

Se prepararían preguntas.

Se investigarían los autores.

Entonces el encuentro con un escritor dejaría de ser una actividad protocolar.

El estudiante llegaría con algo que decir.

Tendría preguntas.

Tendría opiniones.

Podría incluso discrepar del autor.

Y ahí comenzaría una verdadera experiencia cultural.

La Feria no sería entonces el lugar donde el estudiante conoce por primera vez el libro.

Sería el momento culminante de un proceso que comenzó en el aula.

La Feria después de la Feria

Pero existe una condición todavía más importante:

la Feria debe continuar cuando termina.

Cada escuela participante podría salir con un compromiso concreto de continuidad.

Si recibe cien libros, debería establecer cómo serán utilizados.

Si participa en un encuentro con un escritor, podría continuar trabajando su obra.

Si crea un club de lectura, debería procurar mantenerlo durante el año escolar.

Podría crearse una:

Red Nacional de Escuelas Lectoras de la Feria Internacional del Libro.

No para otorgar diplomas.

Para construir una comunidad.

Las escuelas podrían intercambiar experiencias, recomendar libros, compartir proyectos y organizar encuentros entre estudiantes de distintas provincias.

Así, la Feria dejaría de concentrar todo su impacto en Santo Domingo.

Su verdadera dimensión nacional comenzaría después de clausurada.

El mapa nacional de la lectura

¿Por qué no crear, además, un verdadero Mapa Nacional de la Lectura?

Necesitamos saber dónde están nuestras bibliotecas.

Cuáles funcionan realmente.

Cuántos usuarios reciben.

Qué cantidad de libros circula.

Qué municipios carecen de espacios adecuados.

Dónde existen clubes de lectura.

Qué escuelas desarrollan experiencias exitosas.

Dónde hacen falta bibliotecas móviles.

Qué comunidades tienen mayores dificultades de acceso al libro.

La política cultural no puede depender únicamente de percepciones.

Necesitamos conocer el territorio.

Una Feria verdaderamente nacional debería estar conectada con ese mapa y utilizarlo para orientar parte de sus esfuerzos.

Una Feria para toda la familia

También debemos recuperar al adulto.

El niño difícilmente se convertirá en lector habitual si el libro permanece ausente de su entorno familiar.

Por eso la Feria debería desarrollar programas dirigidos a padres y madres.

No conferencias interminables sobre la importancia de leer.

Experiencias sencillas:

¿Cómo leer con un niño?

¿Cómo escoger un libro según su edad?

¿Cómo conversar sobre una historia?

¿Cómo crear una pequeña biblioteca familiar?

¿Cómo utilizar un audiolibro?

¿Cómo combinar lectura y tecnología?

Podríamos establecer, incluso, un espacio denominado:

“Una hora para leer en familia”.

Padres e hijos compartirían una experiencia alrededor de un mismo libro.

Porque el hábito lector no se decreta.

También se contagia.

Y pocas cosas tienen mayor fuerza educativa que un niño que ve a un adulto cercano disfrutar de la lectura.

La tecnología como aliada

No debemos cometer el error de enfrentar el libro contra la pantalla.

La batalla está mal planteada.

La pantalla forma parte de la vida cotidiana de nuestros niños y jóvenes.

Lo que debemos decidir es qué hacemos con ella.

Una Feria moderna podría contar con una plataforma digital permanente donde los visitantes encuentren entrevistas con autores, podcasts, audiolibros, lecturas dramatizadas, recomendaciones, materiales pedagógicos y actividades educativas.

Un niño podría conocer a un escritor en la Feria y continuar escuchándolo desde su casa.

Un adolescente podría descubrir un poema mediante un video y sentir curiosidad por buscar el libro completo.

Un estudiante podría acceder desde su teléfono a una conversación sobre la obra que está leyendo.

La tecnología puede ser la puerta.

**Pero la lectura debe ser el camino.

Y la comprensión, el destino.**

Leer y comprender

Aquí llegamos nuevamente al centro de todo.

No podemos confundir promoción de la lectura con promoción de la comprensión lectora.

Son dos objetivos relacionados, pero no idénticos.

Podemos conseguir que un niño abra un libro.

El verdadero desafío es conseguir que comprenda lo que está leyendo, pueda explicarlo, relacionarlo con otras ideas, cuestionarlo y formular nuevas preguntas.

Por eso la Feria debería incorporar espacios de lectura comprensiva y pensamiento crítico.

No como exámenes.

Como juegos.

Como conversaciones.

Como desafíos.

Como experiencias.

Cuando el lector comienza a preguntar, el libro deja de ser un objeto.

Se convierte en interlocutor.

El autor dominicano como protagonista

También debemos devolver al escritor dominicano un papel central.

La internacionalización de la Feria fue una conquista cultural importante porque permitió que el país recibiera grandes figuras de la literatura mundial.

Pero una Feria internacional no debe convertirse en una vitrina donde nuestros autores ocupen un lugar secundario.

Debe producir un verdadero diálogo.

Nuestros escritores deberían conversar con los invitados internacionales.

Participar en mesas de discusión.

Presentar sus obras.

Ser incluidos en catálogos internacionales.

Contar con espacios para la traducción y circulación de sus textos.

Y los jóvenes deberían tener la oportunidad de conocerlos personalmente.

Porque formar lectores dominicanos también significa permitirles descubrir que la literatura que habla desde este territorio puede tener valor universal.

Nuestra Feria debe ser una ventana por la que entre el mundo.

Pero también una puerta por la que la literatura dominicana pueda salir.

Una Feria que llegue más lejos

La Feria no debería terminar en Santo Domingo.

Durante los meses posteriores, algunas de sus experiencias podrían viajar por el país.

Bibliotecas móviles.

Encuentros con autores.

Talleres de lectura.

Lecturas dramatizadas.

Clubes de lectura.

Intercambios entre escuelas.

Programas comunitarios.

La Feria podría convertirse así en una red cultural que se desplaza y encuentra comunidades que difícilmente pueden trasladarse hasta su sede principal.

Porque si queremos hablar de una política nacional de lectura, debemos recordar algo fundamental:

el acceso a la cultura no puede depender del lugar donde una persona nació o vive.

Una política que sobreviva a la Feria

Todo esto exige algo que quizás sea más difícil que organizar una gran Feria:

continuidad.

No podemos construir una política nacional de lectura a partir de proyectos aislados que comienzan y terminan con una administración.

Necesitamos objetivos de mediano y largo plazo.

Necesitamos coordinación entre Cultura y Educación.

Necesitamos participación de las universidades, bibliotecas, editoriales, escritores, organizaciones culturales, familias y comunidades.

Y necesitamos evaluar periódicamente los resultados.

La Feria puede ser el gran punto de encuentro de todos esos esfuerzos.

Pero no puede ser el único.

La gran transformación

Quizás haya llegado el momento de imaginar una nueva etapa.

Una etapa en la que la Feria Internacional del Libro conserve su dimensión internacional, su capacidad de convocatoria y su celebración de la literatura, pero incorpore una misión todavía más ambiciosa:

formar lectores.

No reemplazar a la escuela.

No sustituir a las bibliotecas.

No asumir funciones que corresponden a otras instituciones.

Sino articularlas.

Conectar esfuerzos.

Crear oportunidades.

Inspirar.

Acompañar.

Y dejar una huella que pueda medirse.

Porque el verdadero éxito de una Feria no debería ser únicamente que miles de personas entren a ella.

Debería ser que miles de personas salgan llevando consigo algo que no tenían cuando llegaron:

un libro,

una pregunta,

una conversación,

o el deseo de seguir leyendo.

Y cuando ese deseo comienza, comienza también una transformación.

Pero todavía queda una pregunta decisiva.

Hemos hablado de la Feria, de los lectores, de las escuelas, de las familias, de los libros y de las instituciones.

Ahora debemos preguntarnos algo más profundo:

¿Qué país queremos construir a partir de una sociedad que lee?

Esa será la reflexión final.

Continuará mañana.

Porque formar lectores no es el punto final de una política cultural; puede ser el comienzo de un país capaz de comprender mejor su propia historia, su presente y su futuro.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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