La poesía, es decir, algunos libros de poesía, por lo general tienen un compañero (secreto) que lo acompañan, lo protegen, lo salvaguardan -de sí mismos-. Me refiero a un diccionario. Y hay el caso de los poemarios que, cristalinos como manantial, escanciarlos es un verdadero desahogo para que la entelequia no nos golpee tan duro en la cien, que nos dejen ciegos de confrontación, vaya, que no lo comprendamos ni un ápice. En ese sentido hay dos libros que ha puesto en mis manos Rafael J. Rodríguez Pérez, para que «dialogue con ellos» y, gracias a Dios, pudo uno disfrutarlos sin sufrir un síncope cognitivo. «Milagros de la noche» y «Ecos y constelaciones», ambos de la autoría de Rosse Mesa.
Así las cosas, dispuse la lectura y el disfrute de ambos ejemplares, en el orden antes mencionado. Como muchos sabrán, algunos libros se leen y ya. No pasa nada. Otros, en cambio, nos transportan, nos despiertan la sed de ternura que padecemos. «Milagros de la noche», pertenece -sin titubeo alguno- a esta segunda estirpe de libros de poemas, porque en él cohabitan textos que no solo parten de una manera de escribir desde la generosidad que la sencillez justiprecia, sino que despliegan también nuestra sensibilidad y la disponen para que dediquemos un segundo de nuestra existencia a tomar(nos) de la mano un libro de poesía y sentir ese cálido “rose” de humanidad que nos distingue todavía.
El libro revela un cuidado editorial y un diseño interior que no son meros accesorios atrapa incautos. En él se observa una coherente propuesta estética, paralela al aire y al aliento del cuerpo expresivo. Publicado por Editorial Bien-etre, el poemario se presenta con una diagramación nítida, donde los textos gozan de una respiración cómoda, notarán incluso que el blanco de la página funciona como extensión del silencio que algunos poemas invocan. Por su parte, las ilustraciones interiores de Heather González —de pinceladas íntimas y delicadeza casi onírica— no ilustran los poemas per sé, más bien cortejan, susurran, incitan visualmente todo el estado de ánimo que transpira en el conjunto de poemas de las casi cien páginas de lirismo y afectos que caracterizan el libro; un catálogo disfrutable, como esa «sinfonía cósmica» que se desplaza entre su atmósfera de íntima nocturnidad y esa otra inmensidad luminiscente donde lo simbólico prevalece sobre lo descriptivo.
Detenidos en su arquitectura interior, «Milagros de la noche» es un itinerario espiritual que podemos realizar en cuatro estaciones líricas, entiéndase así, las cuatro partes en que nuestra autora ha concebido su hijo literario, «El abrazo de la noche», «Encontrando la luz», «Milagros del corazón» y «Luz duradera». Quiero aventurarme a pensar que no fue una simple división temática, más bien lo percibo como un desplazamiento progresivo del yo poético a través de la introspección reflexiva y dolorosa hasta la (re)afirmación luminosa que al final se aprecia en estas páginas; un diálogo entre la voz lírica y el lector que tiene como escenario la noche —léase la sombra, lo desconocido, lo incierto— el amanecer, léase entonces lo refulgente, el halo de esperanza, el vestigio de paz—. La «noche», y la «luz» en este sentido, no son pues un telón de fondo, Rosse los sublima a categoría existencial, al dotarlos de espacio vital, revelación identitaria y tránsito inevitable hacia las grietas de nuestra alma.
Al leer este libro uno se puede percatar de que Rosse Mesa escribe desde una sensibilidad que privilegia la emoción directa, sin subterfugios de ninguna clase, y lo hace apoyada en un sistema simbólico recurrente, la luna, las estrellas, el silencio, el viento, el agua, la vía láctea. Estos elementos universales, lejos de agotarse o disolverse entre el enunciado lírico y el ornamento estético, configuran, anuncian, explayan una poética que me gustaría llamarle de lo cósmico íntimo, donde el universo se humaniza y el sujeto se expande hacia lo infinito de la naturaleza. Sus versos lucen una insistencia en la luz como conquista, no como dádiva, en esta poesía la claridad es siempre posterior a la herida y eso funciona muy bien como un adagio de la vida misma. Algo que convierte este libro en una voz serena que nos resulta familiar a todas luces.
Por todo lo anterior uno de los núcleos más logrados del libro se encuentra en la dimensión afectiva que nos propone. Hacia la tercera parte del volumen, «Milagros del corazón», nuestra autora desplaza el eje temático hacia lo familiar, donde el padre, los hijos, la madre, sus —nuestros— ancestros son el crisol que aportan al poemario temperatura emocional. Aquí la voz lírica se vuelve más cálida, más concreta, más cercana, alcanzando momentos de legítima intensidad emocional. El horizonte afable del hablante es fuente inmediata de inspiración; esa declaración encuentra su desarrollo pleno en poemas donde la maternidad se eleva a categoría casi sagrada, divina, celestial, y ella lo describe así:
«Te ama mi alma por siempre,
hijo mío,
desde el celeste espacio infinito,
hasta el fondo de mis latidos.»
El libro, mirado desde una perspectiva, digamos, más ecuménica, se va consolidando sobre una base espiritual explícita. La presencia de Dios, la fe, la noción de milagro que manifiesta la autora, no aparecen solo como recursos retóricos que la poeta emplea como acto de consagración literaria, les propongo entenderlos como ejes para dotar de sentido la vida, «de luz y esperanza supremas», —para decirlo con uno de sus versos— y esta mirada alcanza para situar esta obra en una tradición de poesía de corte devocional contemporáneo, donde la experiencia personal se entrelaza con una búsqueda sutil de trascendencia divina.
Ya hacia las páginas finales, la «luz duradera» no se descubre solo como una metáfora, la siento más bien como si fuera una toma de posición estética y transcendental de la autora. El poemario cierra en clave de positiva (re)afirmación, pero no desde la ingenuidad del rapto escritural, sino desde la conciencia de haber atravesado un itinerario, un soliloquio que tuvo como partida la noche, —literal y simbólicamente hablando—. Y es ahí donde —estoy seguro— el libro encuentra su mayor ganancia, en el hecho de haber convertido la experiencia del dolor sentimental en un lenguaje de esperanzas donde crecen «raíces de amor fecundo».
Acompaña el volumen una breve biografía de la autora que confirma lo que los poemas ya insinuaban, Rosse Mesa escribe desde su vivencia, desde una subjetividad atravesada por la maternidad, la fe, los afectos familiares, la memoria que se resiste a ser levadura del olvido y la reflexión del mundo que la moldea —¿o es a la inversa? —. Algo sí puedo asegurar como cierto, no hay impostación en su voz, el lector notará una sinceridad acreditada con su propio registro de emociones. Y no la conozco a la autora, salvo por esos «milagros de la noche» en que he podido leer(la).
«Milagros de la noche» no es un libro para solazar el vértigo de la lectura moderna, ni las estridencias vacías de textos insípidos. Es una oportunidad para que el lector se permita la quietud de una poesía sin máscaras ni lentejuelas, pueda reconocerse en sus propias sombras y, acaso, descubrir —como sugiere la autora— que incluso en la noche más oscura persiste la posibilidad del milagro, «el vitral de la estrella» que nos alumbra, aunque aún no lo sepamos.
Pero les había comentado que eran dos libros, misma autora, mismo gestor o representante editorial. Ante mi ordenador, un texto publicado originalmente en lengua de Shakespeare, o más bien en la de Whitman, «Echoes and Constellations», «Ecos y constelaciones» para su traducción literal. Ya de por sí despierta ilusión, reto y compromiso la labor de traducir, captar la voz interior de la autora y aquellos rasgos que nos permitan también absorber la esencia de esta estela de un poco más de sesenta poemas, todos hilvanados por ese gesto íntimo, tan venido en desuso al día de hoy que es la contemplación. El simple y humano ejercicio de la contemplación. La retrospectiva rutinaria que nos permite disfrutar de los pequeños detalles de la vida perdidos por los intríngulis vertiginosos de la soledad conectada que padecemos.
En este poemario los versos aparecen escritos con mesura, observación detenida y reflexión apacible. Al penetrar en su universo interior, pareciera que no hay esa urgencia desesperada del mundo de hoy, y sí, por el contrario, una zona —y una forma— contemplativa en que nuestro espíritu se detiene a dialogar con nuestro fuero interior. Cada poema funciona como una pequeña estación de recogimiento donde Rosse convierte la noche, la luna, las estrellas, el viento y el silencio —otra vez el silencio— en símbolos de una búsqueda interior incesante… quimérica.
No se trata únicamente de una poesía de contemplación cósmica como hemos advertido, dados los elementos del universo que nuestra autora le arrebata a la nostalgia lírica, sino a la razón misma para una poética de la esperanza; la suya es una escritura que insiste, una y otra vez, en la posibilidad de la luz aun en medio de la sombra, del consuelo frente al dolor y del amor como fuerza trascendente capaz de reconciliar al ser humano consigo mismo, con la naturaleza y —por sobre todas las cosas— con Dios.
A lo largo de las páginas de «Ecos y constelaciones», Rosse Mesa construye un universo lírico donde el cosmos adquiere una dimensión religiosa, revelada en disímiles planos temáticos. La noche no es oscuridad amenazante, y sí espacio de revelación; las estrellas son presentadas cual signos de fe; la luna, una presencia maternal y purificadora cuya luz más que alumbrarnos, nos guía; el viento se desplaza en la página como portador de sueños, un mensajero espiritual «de amaneceres y universos». Poemas como «The Night and Its Work», (La noche y su obra) «Serenity of the Stars», (Serenidad de las estrellas), «Cosmic Symphony» (Sinfonía Cósmica) o «The Quiet Keeps» (El Silencio Permanece) revelan una sensibilidad que escucha el lenguaje secreto de la creación sagrada y descubre en él una armonía divina. La autora convierte el paisaje celeste en una extensión del alma donde la geografía estelar es también un cúmulo de emociones, de estados de ánimo; cada amanecer un ofrecimiento de oportunidades sempiternas; cada silencio un surtidor, una forma de oración para expandir el discernimiento, hasta «sus raíces de amor fructífero».
El silencio, por cierto, ocupa un lugar esencial dentro del maderamen simbólico de su poesía. A diferencia de otros poetas, aquí no emerge como vacío ni ausencia existencial; ella lo trata como un acompañante que le confiesa «sus verdades susurradas», como ese estado de comunión interior del ser que lo valora como intervalo de paz. Desde el silencio, la voz poética contempla, escucha, comprende y se aproxima a lo sagrado. Ello lo deja saber en disímiles versos porque ha experimentado que «El silencio se llenará de alientos de gracia.» En esta obra, callar es una forma de revelación. El silencio permite oír «la música de la luna», «los susurros del viento», «la voz de Dios» y los movimientos más recónditos de la conciencia. En todo caso el hablante lírico sabe algo que nosotros, a veces, ignoramos o dejamos a la vera del olvido y es el hecho de que en algún momento de nuestra existencia «Todas las voces perforarán la cima del silencio.».
Esta introspección sosegada de que hemos sido testigos, cómplices apacibles, convierte el poemario en una experiencia de lectura meditativa, donde la contemplación de la naturaleza por una parte y del universo en general confluye continuamente en una certeza espiritual que baña siempre toda (in)quietud humana: la presencia amorosa de Dios como centro luminoso de toda existencia.
Mención especial merecen también en este otro libro las ilustraciones de interior, cuya delicadeza visual dialoga orgánicamente con la atmósfera de los poemas. Las imágenes, usted lo podrá constatar, no funcionan como simples decorados editoriales, (ya lo hemos externado) más bien se desplazan con soltura y plasticidad y actúan como prolongaciones simbólicas del texto poético. Sus tonos, formas, degradaciones, la mística del pincel (a)tempera la espiritualidad de la poesía complementándose armoniosamente texto e imágenes, sin demeritar desde luego el sentido de las composiciones, que también refuerzan la sensación de serenidad, inmensidad y recogimiento espiritual que atraviesa todo el poemario. Hay en ellas una estética de la contemplación, cielos abiertos, fulgores nocturnos, paisajes suspendidos en una calma casi sagrada, capaces de traducir visualmente esa comunión entre el alma humana, la naturaleza y el misterio divino que la autora persigue en cada página. Nueva vez nuestra felicitación para Heather González. Pincel de ternuras.
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