4. Verosímil e ideología en La poética de Aristóteles
Lo verosímil como lo inverosímil es parte de la ideología del sujeto escritor que, respectivamente, los defiende y/o los rechaza. La ideología del sujeto escritor establece el verosímil y el inverosímil de su propia ficción, de su propio discurso. Y eso es lo que hace Aristóteles en La Poética: llevar a cabo una política de ideologización en nombre de una estética que nunca es ajena a su ideología como sujeto-escritor. En El Arte Poética aristotélica lo verosímil es vector medular que maniobra la política de ideologización del autor en la escritura literaria. La ideología de Aristóteles como sujeto construye lo verosímil de su discurso sobre la oposición verosímil/inverosímil. Así Aristóteles presenta, a través de sus juicios literarios, aspectos esenciales de su ideología. Igualmente, Aristóteles limita el valor estético a la propia verosimilitud, porque da a esta preeminencia jerárquica.
Lo verosímil en El Arte Poética de Aristóteles cumple con el fin de toda ideología: validar su propio discurso con fin confeso o no, enmascarado o no. Sin embargo, en la poética de Aristóteles el concepto de lo verosímil se disgrega ambiguamente y da curso a acepciones encontradas en el discurrir de la historia. Después de Aristóteles, el concepto de verosimilitud hallará más de un sentido en más de un autor, escritor, teórico y académico, pero al mismo tiempo se advierte que sus sucesores tratarán siempre de acogerse a “La Poética” como texto fundacional de lo verosímil literario, en especie de rumia preceptiva como forma de reafirmar la validez del concepto, de resguardarse (mediante la búsqueda de la unidad) de lo múltiple, lo heterogéneo, la dispersión del ejercicio escritural en las infinitas subjetividades de la otredad. Esa dispersión de la acepción a la vez es sometida por la política de homogeneización de la ideología mismizante y afianzada en la autoridad intelectual de aquel filósofo. Así vemos una paradoja en la teoría aristotélica de lo verosímil: que la ambigüedad de su concepción se opone a su búsqueda de la unidad, en función de la construcción del canon literario eurocentrista.
En “La Poética”, Aristóteles lleva a cabo un ejercicio del criterio estético basado en la elección y en la separación que deviene de su propia ideología como sujeto perteneciente a la casta de la aristocracia. Elegir y separar es lo propio de la ideología de la exclusión de la clase a la que pertenecía Aristóteles. Dice María Lugones que existe una separación como “ejercicio de pureza” y “que las personas que separan lo hacen para demostrar su lealtad” (p. 1, 2015); tal lealtad es siempre una orientación ideológica determinada, cuyo ejercicio se lleva a cabo mediante lo que Spivak llama violencia epistémica, la cual no sólo se ha aplicado en el ámbito colonial, sino desde tiempos inmemoriales; 25 siglos antes Aristóteles aplicó violencia epistémica contra otros sujetos escritores, por ejemplo, Arquíloco, al que quiso silenciar omitiendo su obra en el canon que él establecía en “La Poética”.
Hay que reconocer que, a pesar de su ideología de la exclusión, de llevar a cabo una separación-elección, Aristóteles al mismo tiempo dejó abierta una claraboya de ambigüedad del concepto de lo verosímil, lo cual se orientaba contra esa misma elección-separación ejercida en su canon. Lo ambiguo permea la separación como pureza. Así, en “La Poética” lo ambiguo obliga a Aristóteles a no ejercer la radicalidad de la pureza (lo que sería un suicidio de su propia teoría) en función de su propia política de unidad del criterio estético de la literatura. Plantear lo verosímil como ese punto clave, central, diana de la ficción, “eternizó” la validez de su teoría, ya que toda ideología establece el verosímil de sus propias convicciones, en toda época y contexto, y por medio del mecanismo de la manipulación, lo verosímil se transforma a partir de la misma ideología.
No obstante, esa ambigüedad conceptual de lo verosímil, Aristóteles establece en su discurso en defensa de lo verosímil una política cuya real teleología es incidir ideológicamente en la subjetividad del sujeto-lector y el sujeto-escritor, modelando al llamado gusto estético a partir de su propio criterio, por lo que avala preferencias y recusa posiciones con veladuras estéticas que, en el fondo, son ideológicas.
El desarrollo de los distintos sentidos o acepciones del concepto de lo verosímil literario se debe a que estos sentidos diversos han sido determinados por los cambios que se dan en la propia ideología de los sujetos, escritores y lectores, en el tiempo y los diferentes contextos culturales de las subjetividades humanas, a lo cual ayudó la propia ambigüedad conceptual establecida en “El Arte Poética”, la cual tiende a enriquecer la subjetividad, la apropiación de la polisemia interpretativa y reproductiva de sentidos que es transformada por la propia realidad. Creemos que consciente de esto fue que Aristóteles dejó espacio a la ambigüedad en la conceptualización de lo verosímil. ¿Salvó esta ambigüedad al valor teórico de “El Arte Poética”?
Jakobson considera en su artículo “Sobre el realismo artístico” que la verosimilitud “no es un concepto objetivo, sino que varía según la perspectiva del autor o del receptor” (Todorov, 2015). Igualmente consideramos que la verosimilitud como concepto subjetivo variante (producto de la subjetividad del sujeto) incide en la transformación objetiva de las condiciones sociales de los lectores o espectadores. Así, los cuatro tipos de verosímil de Jakobson (autor-reformador, autor-conservador, lector-reformador y lector-conservador) se conjugan de tal manera que en cada caso particular se da un verosímil diferente a otro. Esto nos ha hecho pensar, incluso, que hay tantos verosímiles (e inverosímiles) como ideologías particulares y tantas ideologías individuales como sujetos (subjetividades). Toda ideología tiene el carácter personal del sujeto. El hecho de que un grupo de subjetividades se agrupen en un pensamiento o práctica social, política, económica, etc., no hacen desaparecer la diferencia ideológica de los propios individuos que conforman tal agrupamiento. En tales grupos coexisten lo que María Lugones llama transparencia (representación grupal excluyendo la subjetividad de los individuos, homogeneizándolas) y la opacidad (sujeto del grupo que mantiene latentes sus aspiraciones subjetivas) (2015). Las relaciones de poder hacen valer ciertas ideologías sobre otras que son desplazadas y que pueden o no recomponerse desde el poder o el contrapoder.
Aristóteles modeló la escritura literaria por veinticinco siglos. Su poética se continuó en otras poéticas, en otros autores. Formalistas, estructuralistas y post han enfrentado esa práctica teórico-literaria mismizante de la historia que aún permanece gravitando como cielo de remedo que no se disipa. Esa mismidad se ha vestido, enmascarado de alteridad (de una alteridad que no delega del todo el poder ni lo comparte con otros, los subalternos; una alteridad más teórica que práctica) y todavía cierra el paso a la otredad que históricamente se ha atrincherado en las oquedades de la imaginación y la resistencia. Porque alteridad y otredad no son lo mismo; sí dos caras de una misma moneda, pero conceptos diferentes.
Los rasgos de la ideología de Aristóteles en su Arte Poética podrían considerarse fundamentalmente como conservadores (y audazmente manipulados), a lo cual sirve lo verosímil como máscara mismizante de la historia y política de ideologización de la homogeneidad, de la unidad de la literatura frente a lo múltiple, lo heterogéneo de la propia historia literaria. La teoría y crítica literarias de Aristóteles forman parte de todo el entramado ideológico de su subjetividad, y que están determinadas por su función y su posición social (aristócrata, intelectual, agente promotor de las ideologías dominantes de entonces), cuyas relaciones arrojan un saldo en su praxis y, por consiguiente, en su escritura como acción ideológica (y política). Así, en El Arte Poética de Aristóteles se evidencia un binarismo dualista con perfil jerárquico: verosímil/inverosímil. Uno como lo válido estéticamente y lo otro como inválido, aunque separe a lo inverosímil y luego lo rehabilite a conveniencia de su propia manipulación estético-ideológica. (Pero en verdad tanto lo verosímil como lo inverosímil son igualmente válidos en literatura). Así vemos su relación jerárquica de tragedia/comedia. Una como de “alto gusto”, de “estética alta” y la otra como estética baja o vulgar”.
La ideologización en “El Arte Poética” pretende conservar los valores del sistema predominante, a partir de la construcción del verosímil como imitación de los hechos, en que apunta una teoría de la escritura como producto de la historia construida por la hegemonía (y nunca como negación de esta) y de los hechos de la realidad (y nunca para transformarla), lo cual favorece a la estructura social monárquica. Aristóteles manipula la oposición verosímil/inverosímil, mediante violencia epistémica, con fin de dominio y predominio de su criterio literario en la historia, para lo cual se vale de la historia misma. Asimismo, su teoría poética favorece al patriarcado autoritario, a partir de lo cual da una perspectiva de género sexista de preeminencia al macho por serlo frente a la mujer. Esto lo hereda de la cultura patriarcal y lo reproduce en su ideología personal.
La ambigüedad en el uso del concepto de lo verosímil, de donde se desprende que el propio deseo de Aristóteles de establecer un sentido estricto, unitario, homogéneo y “estable” del concepto se le escapa ante la naturaleza heterogénea del discurso literario. La existencia de lo paradójico, o de aparente contradicción, en las propias “leyes” de lo verosímil que pretende instaurar. Para establecer su concepción de verosimilitud literaria y darle cierta “inmunidad de valor epistémico”, Aristóteles acude a lo inverosímil como fortalecedor, como inyección, como vacuna, para la propia existencia de su verosímil. La oposición binaria verosímil/inverosímil en Aristóteles favorece la salud de su teoría poética, alienta el sentido, la estabilidad del orden de su discurso, lo cual no es más que política de ideologización en que permitiendo, de hito en hito, ciertas dosis de inverosímil, se sostenga el proyecto de lo verosímil según la ideología hegemónica monárquica para no verse en peligro ante posibles desbordes de la contingencia. Él expone:
Agatón, es verosímil que sucedan muchas cosas contra lo que parece verosímil. (p. 38).
Dice Roland Barthes que la finalidad de la crítica es producir sentidos (Crítica y verdad, p.66). En esa producción de sentidos hay un continuum estético a través del cual la (re) creación literaria se infinita en el tiempo. Ningún sentido está exento de ideología, la ideología que le confiere el crítico. La ideología produce el sentido y lo orienta. Nadie carece de ideología, por mucho que finja neutralidades. Es más, la propia neutralidad es ideología. La ideología se expresa en el más mínimo gesto de nosotros. En cada acto ideologizamos. Eso es lo que hace Aristóteles en “El Arte Poética”: le otorga a su crítica preceptiva la ideología aristocrática de la intelectualidad de su tiempo, pero sobre todo la complejidad ideológica de su subjetividad en el momento de escribir aquel texto. La crítica sobre la creación literaria encarnada en la tradición aristotélica ha ganado la guerra del criterio estético sobre el arte de la escritura durante más de veinte siglos. Para ello la política de ideologización empleada por Aristóteles fue apoyada por las clases dominantes porque favorecía a la ideología de estas para sustentar la hegemonía. Sabían, como bien planteaban los sofistas, que la manipulación de la lengua granjea poder y favorece intereses, que la lengua es instrumento por excelencia para justificar ideologías y que “El Arte Poética” de Aristóteles ejercía esta justificación con destreza, autoridad y “violencia epistémica”.
El verosímil aristotélico, fundado en la tradición, en la experiencia, en la semejanza con lo creíble y sobre todo en los hechos como debieran o pudieran haber acontecido (sobre todo si la historia o la literatura la escriben los vencedores), sirve como mascarada del poder que favorece a la ideología de los núcleos conservadores que han prevalecido en la historia. Lo triste es que el subalterno ha asumido, históricamente, la máscara verosímil de su opresor. El oprimido usa la máscara del opresor en la historia de su propia opresión (Frantz Fanon, 1952). Porque actúa en tal historia a imagen y semejanza de lo que ha sido, de la lógica de relación jerárquica.
En el mismo libro antes mencionado de Barthes, él sostiene: “Los interdictos del lenguaje forman parte de una pequeña guerra de las castas intelectuales” (p.30). Aristóteles ganó esa guerra que, a mi parecer, no fue pequeña, sino muy grande. Sócrates la perdió contra los enemigos ideológicos y personales que orientaron las garras del poder político contra él, empujadas por la envidia que es parte de la ideología (porque la ideología está fundada en la base bio-sico-social del ser). Esa guerra la continuó Platón, no contra los sofistas específicamente, con una variación ideológica más cercana a la aristocracia (recordemos que Platón era aristócrata) y contraria a los poetas. La ideología de Platón se hibridó con el pensamiento aristocrático y las enseñanzas de Sócrates, cuya ideología era contraria a la hegemónica de entonces. Así, Aristóteles heredó la mescolanza ideológica sofista-socrático-platónica que adquirió en él un sello de ideología propia en “El Arte Poética” al servicio de la ideología dominante de su tiempo. En otras palabras, la guerra de las ideologías encontradas en aquel contexto: la plutocracia venció a la filosofía socrática del saber, pero esta sobrevivió en Platón, quien a su vez trató de conciliar intelectualidad y plutocracia, sin lograrlo del todo; luego Aristóteles logra hibridar con mayor éxito, en particular articulación ideológica, la plutocracia aristocrática con la intelectualidad, para lo cual logra configurar un discurso favorable al status quo donde la política de la ideologización cumple propósitos de dominación de mayores alcances. Para esto, la clase dominante y los intelectuales afines se valen de los mismos procedimientos sofistas de manipular la lengua a favor de sus intereses, a lo cual sirve la verosimilitud como estrategia de simulación, de máscara, para emplear el término de Todorov. De igual modo, también el sujeto-escritor del contrapoder o contrahegemonía manipula la lengua a favor de sus intereses, ya sea para reproducir al sistema jerárquico y de dominación o abolirlo. Lo primero es lo más dable y para ello se debe articular otro verosímil (otro discurso) que justifique la nueva ideología en el poder.
En esa “guerra de los interdictos” de lo verosímil, Aristóteles logró coronarse con la síntesis del proceso histórico de lo verosímil al asumir la mezcla del criterio sofista y del criterio socrático-platónico de lo verosímil, al tiempo que ejercía, mediante la autoridad y la violencia epistémica una elección-separación que definió al canon literario de occidente, canon que ha sido estéticamente hablando la rumia de los preceptos de la Grecia clásica representada en el filósofo estagirita. Y vaya paradoja de la vida: con esa misma herencia de hibridez, él asume una política de la elección-separación que excluye a importantes escritores, y aun más, que en su propia elección-separación jerarquiza estéticamente a autores y obras a partir “del gusto, la objetividad y la claridad” conformando un canon que, sin duda, de cabo a rabo tiene el sello de su propia ideología como sujeto, y hasta de sus propias contradicciones ideológicas. El canon aristotélico es producto de la propia subjetividad de Aristóteles como sujeto en sintonía con la ideología de la casta aristocrática que a la vez reemplazó, sustituyó las subjetividades artísticas de otros. Más que autoridad, hay en ello autoritarismo y violencia epistémica. La autoridad intelectual degenera en autoritarismo y violencia epistémica cuando excluye a las subjetividades, no solamente en la representación de ellas, si no en la exclusión que hace la academia como institución que rechaza los saberes populares y hasta la propia “ignorancia” de las analfabetas. Por eso “saber es ser superior y ser analfabeto es ser inferior y los sabios son quienes deben dirigir y los ignorantes dejarse dirigir”. Tales ideas sostenían estos filósofos. El reemplazo de las subjetividades es crimen de lesa humanidad. La historia del mundo ha sido la historia de ese reemplazo oficiado desde los núcleos de poder y curiosamente reproducidos por los subalternos, quienes automatizan su existencia en el mismo verosímil que los silencia, la máscara que los silencia como sujetos-actores-labradores de su propio destino. Para tal reemplazo se articula una política de ideologización que opera en todo discurso, de la cual “El Arte Poética” de Aristóteles es el texto madre. Así, podemos establecer los ejes de esa política de la ideologización de lo verosímil en “El Arte Poética” de Aristóteles:
1) Toda forma debe obedecer al sentido de la semejanza; de ahí la imitación.
2) Esta semejanza, verosimilitud, debe estar fundada en hechos, en casos ocurridos o, en su defecto, que puedan ocurrir, y en su virtud, como debieron haber ocurrido.
3) Que el desenlace de los hechos debe remitir a la llamada catarsis, que es la forma de redimir las emociones, lo cual constituye una terapia aleccionadora de los instintos que constituye una moraleja, un sentido moralizante de origen teológico que ayuda al dominio y sometimiento de las propias subjetividades.
Porque esa ideología patriarcal jerárquica fue la que heredó Aristóteles y reprodujo a través de su Arte Poética otorgando el mismo carácter jerarquizante a la lengua: niveles de lengua alto (científico, literario, técnico) y bajo (coloquial, etc.), texto bueno/texto malo, drama superior (tragedia)/drama inferior (comedia), poema superior/poema inferior. Lo que se reproduciría en la historia sucesiva: Mester de clerecía/Mester de juglaría, literatura universal/local, etc.
Como vemos, todo esto conduce a un propósito: mantener adocenado, alienado al sujeto, a la subjetividad receptora y reproductora de la escritura, del discurso, para que no se revele contra el sistema de pautas y orden establecido por la ideología dominante. Para ello lo verosímil es máscara que oculta las verdaderas razones y motivaciones del manejo del poder. Por esa razón, como refiere Gerald Raunig en “Cuerpos, cosas y máquinas sociales” (2010), Aristóteles censuraba el hecho de que en el teatro los espectadores vieran las máquinas que bajaban a los dioses del cielo hasta el proscenio, el Deus ex machina; este hecho podía desarrollar el cuestionamiento de la existencia real de los mismos (de que estos eran creación humana y no al revés), lo cual no era saludable a la ideología de la fe religiosa que conviene al sometimiento de los pueblos. Así, lo verosímil literario servirá para anestesiar los instintos de rebeldía, de cuestionamientos, servirá para “educar” las posibilidades de rebelión de las subjetividades. Por eso lo verosímil es espejo del pasado, del pasado se nutre, es el antro donde se regodea, no puede sino vivir allí. Lo verosímil le dice al sujeto: todo será como ha sido, todo seguirá siendo como se ha contado: “Lo que fue, eso será, y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9), o “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” (Borges, en respuesta irónica a tal interdicto clásico de El Quijote). Por eso los ideólogos de lo verosímil literario como máscara, de lo cual Aristóteles es el padre mayor, tratan de evitar a toda costa que lo inverosímil como sinónimo de novedad, invada al texto; temen que nuevas ideas, hijas de la imaginación sublevada, trastoquen al orden establecido. Para ello mantienen lubricados los aparatos ideológicos del Estado con una filosofía estética rigurosamente domesticadora, que sólo sirva para rumiar y/o recrear al pasado, al precepto sin ahondar en la transformación de la realidad, con una política de la ideologización que es “puro teatro”, pura simulación, mascarada que trata de ocultar los resortes de su dominación. (Y pensar que tal preceptiva, reproducida por el sistema de ideologías de sometimiento, alucina a tantos escritores y lectores que se sienten cómodos en esa burbuja del vacío; en esa alienante estética del vacío). Así, la mujer del César no debe ser seria, sino aparentarlo. Pero sucede que la realidad se revela sin miedo y nos llena de sorpresas. Sucede que la realidad supera a la ficción en inverosímiles. Y así es como lo verosímil no se sostiene como máscara de la historia. Porque la realidad es infinitamente más rica que cualquier maquillaje de verosimilitud que se le ponga, y más cuando el movimiento le dicta su propia revolución. Porque, aunque se haya constatado que “El movimiento hace olvidar lo inverosímil” (Todorov, 12, 1970), cada época, cultura, establece su verosímil acorde a su ideología, a partir de lo cual establecerá, al propio tiempo, su propio inverosímil. Esta frase de Todorov parece revelarnos la fuerza de la hegemonía de la teoría literaria de Aristóteles en la historia, quien de seguro sabía que lo verosímil y lo inverosímil viven cambiando de lugar a diario. Pero, cuidado, lo inverosímil no debe ayudar a lo verosímil a configurar la mascarada de lo verosímil según la ideología de dominación; más bien debe ayudar a desenmascarar su teatro (un teatro que simula su dominación). La relación verosímil-inverosímil puede convertirse en arma de doble filo.
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