1. Verosímil en “La poética”

El concepto de verosimilitud ha generado acepciones encontradas en la historia, lo cual se debe a la ideología particular que lo sustenta, es decir, debido a que todo concepto toma la particularidad de la ideología que lo maneja en el discurso. Como sabemos, los sofistas lo concibieron, en el área jurídico-retórica como lo que se dice que parece verdad, en lo cual notamos que se emplea la manipulación para articular un discurso convincente y que no está exenta de ideología, ni ajena a la manipulación de esta y a esta como máscara de la subjetividad del sujeto o desenmascaramiento. Para los sofistas la lengua era objeto que se podía manipular para lograr, mediante argumentos verosímiles, convencer; y Aristóteles, sin decirlo, lleva a cabo ingeniosamente tal acción. Esta idea sobre la manipulación de la lengua halló oposición en Sócrates y su discípulo Platón. Sócrates sostenía que la lengua servía para ayudar a dilucidar el camino hacia la verdad, y Platón consideró, siguiendo a su maestro, a los poetas, escritores como mentirosos. Aristóteles no desdeñó, como Platón y Sócrates, a la poesía porque sabía el arma poderosa que constituye el ejercicio de la literatura, la capacidad de manipulación de quien escribe, en cuyo sentido coincidía con los sofistas. Él sabía muy bien a quién y cómo defendía o representaba en el sistema social que vivía. Y sabía que lo verosímil como propuesta estética podía manipularse ideológicamente y servir como política de la ideologización a la vez.

Aristóteles también asumió el sentido de verosimilitud trasladado al campo de la literatura como imitación de los hechos. El verosímil literario, estético de Aristóteles se nutre del pasado, es decir, sobre la base de la experiencia en el sentido de por cuanto nadie ha hecho, entonces no debe hacerse…:

“Lo que se confirma por la experiencia” (P.32).

“Por la experiencia….” (P. 70).

Tal es el pensamiento estético de Aristóteles, su teoría preceptiva y su praxis escritural: conservador de la tradición y reproductor de ella, desde la escritura como política de ideologización para eternizar esa tradición. Este pensamiento deviene de su propia ideología, que a la vez es híbrido de heredadas ideologías. Roland Barthes establece, en Crítica y verdad, las reglas de lo verosímil crítico (interdictos del lenguaje): objetividad, gusto y claridad, a las cuales sigue, como corolario, la asimbolia (pp. 17-44). Aristóteles, como padre de lo verosímil crítico, funda en la escritura tales reglas, que serán continuadas en la historia por los reproductores de su teoría poética:

Objetividad:

“Pues el poeta debe hablar lo menos que pueda en persona propia, no siendo en eso imitador. Al revés los demás se empeñan continuamente en decir sus razones, imitando pocas cosas y raras veces” (Arte Poética, p. 70).

Con esto Aristóteles despoja al sujeto escritor de su subjetividad, la anula y reclama independencia del sujeto escritor respecto a la ficción, imitándola y haciéndola verosímil.

Dice Barthes que tal objetividad consiste en “evidencias” que son posibles deducir apoyándose en “las certidumbres del lenguaje, las implicaciones de la coherencia psicológica, los imperativos de la estructura del género” (p. 17). Tal objetividad anula la imaginación y la propia capacidad del sujeto para incidir en la transformación de sus “reales” condiciones de vida.

Gusto:

Y como sea que la representación es de acción, y ésa se hace por ciertos actores, los cuales han de tener por fuerza algunas calidades según fueren sus costumbres y manera de pensar, que por éstas calificamos también las acciones; dos son naturalmente las causas de las acciones: los dictámenes y las costumbres, y por éstas son todos venturosos y desventurados (Aristóteles pág.25).

El gusto estético de Aristóteles, que es lo mismo que lo agradable (para él), está determinado por su ideología, por la construcción de ese gusto que como sujeto él interiorizó, subjetivó. Lo agradable a la ideología de Aristóteles es verosímil.

Barthes.

Al respecto Barthes dice que el gusto de lo verosímil es “un sistema de prohibiciones” que prohíbe hablar de los objetos, mezclar los géneros, determinado por lo habitual, en donde “la crítica no debe ser hecha ni de objetos (son demasiados prosaicos), ni de ideas (son demasiados abstractas), sino únicamente de valores…. Servidor de la moral y de la estética…  El gusto es, de hecho, un interdicto de palabra” (p.p. 23-25).

Claridad:

La perfección del estilo es que sea claro y no bajo. El que se compone de palabras comunes es sin duda clarísimo, pero bajo.

Será noble y superior al vulgar el que usa de palabras extrañas. Por extrañas entiendo el dialecto, la metáfora, la prolongación y cualquiera que no sea ordinaria. Pero si uno pone juntas todas estas cosas, saldrá un enigma o un barbarismo. Si todas son metáforas, será enigma; si todas dialectos, parará en barbarismo… De la confusión de los dialectos procede el barbarismo. Por lo cual se han de usar con discreción en el discurso. Así que la variedad del dialecto, la metáfora y el adorno y las demás figuras referidas harán que el estilo no sea plebeyo ni bajo, y lo castizo de las palabras servirá para la claridad (p. 42).

La claridad en Aristóteles corresponde al parentesco con lo verosímil, con la lógica de su visión metafísica de la historia y la existencia. Mientras más verosímil sea una historia, más clara. Esto es reducir al arte. A veces las confusiones iluminan más que el sol, y otras veces la claridad del sol ciega más que la oscuridad.

Barthes afirma que “la claridad del verosímil crítico es la imposición de un lenguaje único, prohibiéndose el lenguaje de las jergas” (p. 28).  El interdicto de la claridad busca anular la capacidad re (creadora de las subjetividades de la otredad, o al menos regularla para así la ideología dominante mantener la hegemonía sobre la propia lengua, y a través de ella el dominio sobre la conciencia de los sujetos. Estas reglas de lo verosímil crítico favorecen al señorío ideológico sobre el sujeto lector y convierte al sujeto escritor en reproductor de la ideología a la cual sirve ese verosímil. Así, la objetividad reduce a la imaginación del sujeto, su potencial subjetivo, su otredad, y la ideología que la sustenta mantiene el control del imaginario individual y colectivo. Así el gusto establece una estética para someter al juicio público y controlarlo. Así la claridad conduce a un lenguaje único, a estandarizar la lengua para homogeneizar el uso de esta, y con el mínimo de contradicciones, oscuraciones y antilógicas.

En verdad, la capacidad manipuladora de la lengua que postulaban los sofistas Aristóteles la lleva a cabo con la máscara de lo verosímil crítico, operada por su ideología particular, orientada siempre por sus intereses, confesos o no. Pero esa manipulación Aristóteles trata de disimularla, encubrirla con elegancia, autoridad intelectual, y termina ejerciendo violencia epistémica (porque sin ejercer cierto grado de violencia epistémica la ideología dominante no puede reproducirse a través del discurso). Así creó un insoslayable verosímil de la crítica literaria en la historia.

Barthes también luchó arduamente contra lo verosímil crítico de la historia que tan reciamente encarnó y legó Aristóteles, y antes que él otros lucharon contra Aristóteles durante milenios. Barthes también afirma que dichas reglas de lo verosímil crítico “desembocan en asimbolia” (ya para 1965). Ahora, creemos que si en Aristóteles lo verosímil (crítico) no llegó a la asimbolia (como otros críticos hicieron más tarde) se debe, como dijimos anteriormente, al carácter ambiguo, plural de sentidos del propio concepto de verosímil que él teorizó: lo verosímil contaminado, reforzado y reactualizado estéticamente por lo inverosímil y por la propia contingencia del contexto, la realidad y la imaginación. Así la oposición verosímil/inverosímil no se convertía en un simple binarismo estático, sino en una oposición binaria interactiva de posibilidades dialécticas del propio arte de la literatura. Sin embargo, al propio tiempo, tales posibilidades quedaban sometidas por la pulsión de dominio y sometimiento de la propia ideología del sujeto escritor Aristóteles. Aristóteles sabía que lo verosímil siempre estaría amenazado por lo inverosímil, en todo momento, época, contexto, subjetividad y por ello trató (manipuló), dio receta de cómo lo inverosímil podía servir a la causa misma de lo verosímil como mascarada de las ideologías de dominio y autoridad. Así, la negociación con lo inverosímil, la dosificación de inverosímil a su verosímil servía, más que como vacuna, como aceptación de lo inverosímil, de la presencia, al parecer eterna, de lo inverosímil en el arte escritural, pero en relación jerárquica con relación a lo verosímil, en donde lo verosímil sería siempre una especie de rey y lo inverosímil una especie de vasallo. En relación jerárquica.

Louis Althusser.

En la teoría literaria aristotélica hallamos dos sentidos encontrados: la dispersión de la otredad (que Aristóteles trata de embozar) y la búsqueda de la unidad (que trata de imponer). Pero la búsqueda de la unidad, como orientación ideológica del discurso es lo que Aristóteles persigue como fin mayor para controlar la dispersión de las otredades, atopías, subjetividades otras, lo múltiple. Mas ese carácter ambiguo de su teoría literaria se potencia en el tiempo debido a la intervención interminable de las subjetividades, lo cual se convierte en el contrapeso mayor de la ideología dominante de esa propia historia.

Aunque parezca contradictorio, la ideología que opera su máscara de lo verosímil necesita acceder al mayor poder posible (legitimar su discurso) a través de la unidad, de la homogeneidad, de la generalidad del público para luego ejercer su discriminación, su exclusión contra todo lo múltiple y heterogéneo (otredades, subjetividades) que quiere o pretende silenciar, desaparecer, transparentar. Esa es la historia del proceder de la ideología que pretende asumir el control, dominio y predominio de la imaginación de las subjetividades. La máscara de lo verosímil sirve, en el teatro de las ideologías, a la actuación o manipulación del sujeto (escritor, político, filósofo) que pretende alzarse con el poder que le otorga el triunfo de su discurso, el cual va a depender de la aceptación o no del verosímil que articula. Todorov dice que “Sólo la destrucción del discurso puede destruir su verosimilitud” (p. 177, 1970). Yo creo que también otra acción fáctica desde el poder o el contrapoder mismo, para lo cual se articula otro discurso verosímil de manipulación ideológica que pretende justificar esa acción. Otro verosímil. De esta manera, otro discurso (de ficción o no), por inverosímil que parezca, establece su propia verosimilitud y con ella destruye la verosimilitud del anterior y la puede convertir en inverosímil. La ideología, como manipulación ideológica del sujeto, invierte, intercambia los papeles de lo verosímil y lo inverosímil y hace que tanto el uno como el otro en un momento desautomaticen y/o automaticen, lo cual va a depender de la manipulación o deconstrucción, desarticulación que del discurso haga la propia ideología.

Lo verosímil, en su intento de semejar a la realidad al máximo, es desintegrado por esta que resulta más rica en contingencia y que supera a la ficción en inverosímil. Así, notamos cómo un autor retrata la realidad para que la conciencia del lector cuestione esa misma realidad. La oposición verosímil/inverosímil, como fórmula para validar cualquier discurso de ficción, la emplea Aristóteles, pero a la vez la trastoca para justificar su concepción estética (tan subjetivamente hegemónica), de donde se deduce el empleo de la manipulación:

“En todo caso, más vale elegir cosas naturalmente imposibles, con tal que parezcan verosímiles, que no las posibles, si parecen increíbles” (p.71).

El problema es que parezcan creíbles, que no “choquen a la razón”. Barajar inverosímiles con verosímiles (en franca y consciente manipulación teórica ejercida por su ideología) favorecía la política de ideologización estética de Aristóteles llevada a cabo en “El Arte Poética”.

El fenómeno de lo verosímil, ya debate de carácter filosófico, ya jurídico, ya literario, siempre está definido por la ideología del sujeto (lector o escritor). La propia ideología nos enseña que cuando pretendemos justificar algo, hallaremos siempre argumento para ello. Y al parecer, nada mejor para ello que lo verosímil para concitar asentimiento, pero claro, lo verosímil opuesto a lo inverosímil. No obstante, la mayor debilidad de lo verosímil no es su identidad polarmente opuesta a lo inverosímil ni la paradoja que se establece en la articulación binaria (verosímil/inverosímil) que se ha construido históricamente. Esta última es su mayor fortaleza, debido a que el arte literario se nutre de paradojas; una fortaleza metafísica, que se nutre de dualidades, oposiciones fijas, estáticas. La mayor debilidad de lo verosímil está en que depende de lo creíble que llegue a ser dentro de la ficción, lo cual depende de un lector a otro o de una cultura a otra, que es lo mismo que decir de un sistema de creencias a otro. Así lo verosímil se tambalea, no mantiene su consistencia en todos los lectores, culturas y tiempos. Lo mismo con lo inverosímil. Por eso, bajo el prisma de lo verosímil se le pide al lector de hoy que lea a El Quijote con la percepción de verosimilitud que existía en el contexto histórico en que fue escrito, es decir, un imposible, o un posible, pero bajo el prisma de una subjetividad y contexto diferentes, lo que acarrearía una recomposición del propio verosímil (metamorfosis ideológica); aquí lo verosímil engendra un inverosímil. Todo verosímil o inverosímil tiene un contexto único, particular; es un momento de la ideología del sujeto en relación con su contexto (que el propio sujeto-escritor pretende eternizar), transferible sólo en la medida que puede intersubjetivar, es decir, hacerlo valer en otra subjetividad. Entre lo verosímil y lo inverosímil media la imaginación del sujeto junto a sus condiciones materiales (subjetivación) para configurar la ideología, la cual se mantiene en constante transformación. La representación de tales relaciones es lo verosímil o lo inverosímil, ya máscara, ya desenmascaramiento.

Todo lector-escritor conforma una escritura, una pro-posición de verosímil o inverosímil de acuerdo con la ideología que opera en él y a la estrategia o política de ideologización del sujeto. Lo verosímil literario no es más que una política de ideologización del discurso que lo perfila, con sentido estético, teleológico, con propósito de convencimiento o desenmascaramiento, de procurar aceptación o adhesión a la propia ideología que ese discurso postula, abierta o soterradamente. Es manipulación, confesa o no. O es desarticulación de otro discurso manipulado, de otro verosímil. En el caso de Aristóteles, lo verosímil como política de ideologización para dominar o hegemonizar la práctica literaria ha resultado exitosa. 25 siglos de hegemonía. Pero esa hegemonía no se debe sólo a la imposición a través de los aparatos estatales de ideologización, sobre todo la academia, sino también al carácter de ambigüedad de la propia concepción aristotélica de lo verosímil. Esto lo deja entrever Aristóteles a cada rato, cuando baraja fórmulas de verosímiles e inverosímiles acorde a contextos, situaciones, etc.

Lo inverosímil no deja de ser otra política de ideologización también en que se busca que se acepte lo increíble como parte de la realidad misma (más que de la literatura) que, siempre, por mucho que se pretenda lo contrario, agrieta la ficción automatizada de lo verosímil. En todo discurso, la ideología opera lo verosímil o inverosímil a partir de su interés. De ahí que sea necio sostener la calidad de una obra a partir de la polaridad binaria verosímil/inverosímil, a lo cual enseñó Aristóteles en su “Arte Poética”.

Si lo verosímil parte de la verdad como construcción de un saber hegemónico y no de lo posible y de todas las posibilidades de transformación de la realidad, se le truncan las alas a la imaginación; pero si parte de lo posible más allá de todo lo creíble trasciende horizontes, mundos, dimensiones. Es la imaginación misma desbordando todas las posibilidades de la existencia humana. Es el franqueo del binarismo histórico verosímil/inverosímil. Es lo pansímil. Hay un punto donde lo verosímil y lo inverosímil pierden sus fronteras: es allí donde está el pansímil. Ese punto es infinidad de sentidos. Es la mezcla de todos los sentidos posibles en que imaginación y realidad, mediadas por la subjetividad, construyen nuevos sentidos, (re) creaciones.

Lo verosímil, como tendencia a lograr el máximo de semejanza con la realidad, anula la capacidad de la escritura para transformar las propias condiciones de la realidad. Lo inverosímil, como negación de esa realidad, cuestiona y propone la transformación de las condiciones de esa realidad. Pero si lo inverosímil sólo asume el papel de oposición a lo verosímil para justificar la existencia y validez de este, se convierte en cómplice de la política de ideologización de quien sostiene el discurso automatizador de lo verosímil.

Si bien es cierto que en lo verosímil opera intrínsecamente la ideología, esta asume en aquel la metamorfosis camaleónica del contexto de la realidad con carácter teleológico: justificar el relato, la historia literaria, la ficción en su propio decir. Así lo verosímil literario, como texto, se independiza de toda historia real, verdadera, histórica. Debido a ello lo verosímil no logra constituir una identificación fiel con la realidad (el contexto) que es mucho más compleja y rica que la ficción misma, sino una caricatura de esa realidad, de ese contexto.

Eladio Đlos Santos García

Eladio De los Santos García

Escritor

Eladio De los Santos García. Escritor. Reencarnación contemporánea de Francisco Quevedo y Villegas. Correo: delosantoseladio@gmail.com.

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