Las elecciones primarias demócratas celebradas recientemente en la ciudad de Nueva York constituyen uno de los acontecimientos políticos más reveladores de los últimos años para comprender las transformaciones que atraviesan a la diáspora dominicana y, por extensión, a las culturas políticas contemporáneas en espacios transnacionales. La victoria de Darializa Ávila Chevalier frente a una de las figuras históricas de la representación dominicana en los Estados Unidos no puede ser interpretada únicamente como un cambio de liderazgo dentro de una determinada estructura partidaria. Lo sucedido expresa transformaciones mucho más profundas relacionadas con las nuevas formas de ciudadanía, los cambios generacionales, la emergencia de liderazgos femeninos, la consolidación de nuevas sensibilidades democráticas y el agotamiento progresivo de determinadas prácticas políticas heredadas de modelos tradicionales de representación.
Como antropólogo, investigador social y estudioso de los procesos culturales caribeños, he tenido la oportunidad de vivir, estudiar y desarrollar vínculos académicos, comunitarios y familiares con la ciudad de Nueva York durante diferentes momentos de mi trayectoria. Esa experiencia me ha permitido observar de cerca la evolución de las comunidades dominicanas en los Estados Unidos, sus tensiones internas, sus procesos de adaptación cultural y las transformaciones políticas experimentadas por las generaciones nacidas y formadas fuera del territorio nacional.
Por esa razón, el fenómeno representado por Darializa Ávila Chevalier merece ser analizado más allá de las pasiones partidarias o de las lecturas coyunturales que dominaron buena parte del debate mediático. Lo que se encuentra en juego no es simplemente una candidatura. Lo que se encuentra en discusión son dos maneras distintas de comprender la democracia, la representación política, la ciudadanía y el futuro de las comunidades dominicanas o las dominicanidades como yo le he llamado dentro de los Estados Unidos.
Darializa Ávila Chevalier y la emergencia de una nueva generación política
Darializa Ávila Chevalier simboliza la aparición de una nueva generación de liderazgos dominico-estadounidenses que ya no se construyen exclusivamente desde las lógicas tradicionales del poder político. Socióloga y docente de formación, activista comunitaria y defensora de causas vinculadas a la justicia social, la vivienda, los derechos de los inmigrantes y la participación ciudadana, representa un perfil político que conecta con las preocupaciones de una generación distinta a aquella que protagonizó las primeras etapas de la migración dominicana hacia Nueva York.
Durante décadas, la representación política dominicana en los Estados Unidos estuvo vinculada a líderes que emergieron de las primeras grandes olas migratorias. Esa generación desempeñó un papel fundamental en la consolidación de espacios de participación y representación para una comunidad históricamente marginada. Sin embargo, los procesos sociales evolucionan y las comunidades cambian, pero siempre las mentalidades de los políticos se quedan igual.
Como señalaba Stuart Hall, las identidades diaspóricas no son entidades estáticas; son procesos históricos que se reconstruyen constantemente. Los hijos y nietos de los migrantes dominicanos han desarrollado nuevas formas de comprender la ciudadanía, la participación política y la pertenencia cultural. Son dominicanos por herencia, pero también son estadounidenses por nacimiento, formación y experiencia cotidiana. Habitan múltiples identidades simultáneamente y construyen agendas políticas atravesadas por preocupaciones relacionadas con la justicia racial, la vivienda, la educación, los derechos civiles, la diversidad y la inclusión.
Muchos observadores no lograron comprender esta transformación. Continuaron interpretando la realidad política neoyorquina desde categorías propias de la política dominicana tradicional. Sin embargo, los resultados electorales demostraron que una parte importante del electorado ya no responde exclusivamente a esas lógicas. La campaña de Darializa logró conectar con sectores que históricamente habían permanecido alejados de las estructuras tradicionales del liderazgo dominicano. Jóvenes profesionales, estudiantes universitarios, activistas comunitarios, organizaciones barriales, movimientos por la vivienda y colectivos de derechos civiles encontraron en su candidatura una representación que respondía mejor a sus preocupaciones cotidianas. Lo verdaderamente relevante es que una nueva generación comenzó a expresar políticamente su presencia dentro de la diáspora dominicana.
Poder, violencia política y la misoginia como mecanismo de exclusión
Uno de los elementos más significativos de esta campaña fue la intensidad de los ataques dirigidos contra una mujer joven que desafió estructuras políticas consolidadas durante décadas. Este fenómeno no constituye una excepción histórica. Diversas investigaciones sobre género y participación política han demostrado que las mujeres que irrumpen en espacios tradicionalmente masculinizados, pero sobre todo desde la perspectiva de la masculinidad del macho dominicano, suelen enfrentar formas particulares de violencia simbólica y política.
La antropóloga Rita Segato sostiene que la violencia contra las mujeres en el espacio público funciona como un mecanismo de disciplinamiento destinado a preservar jerarquías históricas de poder. Cuando una mujer y sobre todo joven y negra se interesa en ocupar posiciones que determinados sectores consideran reservadas para los hombres, emergen estrategias de deslegitimación orientadas a cuestionar su capacidad, su autoridad o incluso su derecho a participar.
Lo ocurrido durante esta campaña refleja precisamente algunas de esas dinámicas. En numerosos momentos, la discusión dejó de centrarse en propuestas, programas o proyectos para desplazarse hacia ataques personales, caricaturizaciones ideológicas y narrativas destinadas a desacreditar a una candidata por representar ideas asociadas al cambio generacional, a la diversidad o a la ampliación de derechos. Esta situación no es exclusiva de Nueva York. En gran parte de América Latina y el Caribe, las mujeres continúan enfrentando obstáculos estructurales para acceder a espacios de liderazgo político. Las resistencias que encuentran suelen estar vinculadas a patrones culturales profundamente arraigados que asocian el poder con modelos masculinos tradicionales. La política dominicana ha sido históricamente un escenario donde las mujeres han debido demostrar constantemente capacidades que rara vez se exigen a los hombres.
Desde una perspectiva feminista y decolonial, la victoria de Darializa representa un mensaje poderoso para miles de mujeres jóvenes dominicanas dentro y fuera del país. Constituye la demostración de que los espacios históricamente monopolizados por élites masculinas pueden ser disputados, transformados y democratizados. La historia de las democracias contemporáneas demuestra que el avance de las mujeres nunca ha sido una concesión otorgada por las estructuras de poder; ha sido el resultado de luchas prolongadas y resistencias colectivas de quienes entienden la participación como un derecho y no como un privilegio.
La exportación de la vieja cultura política dominicana a Nueva York
Uno de los aspectos más interesantes de este proceso electoral fue observar cómo una contienda política desarrollada en el contexto institucional de los Estados Unidos terminó siendo interpretada e intervenida desde categorías propias de la cultura política dominicana. Durante semanas, sectores mediáticos trasladaron el debate electoral neoyorquino hacia escenarios ajenos a la realidad cotidiana de los votantes del Distrito 13. Lo que debía ser una discusión sobre vivienda, salud, empleo y representación efectiva terminó siendo contaminado por discursos identitarios simplistas y campañas de descrédito basadas en el miedo.
Desde la antropología política, este fenómeno puede interpretarse como un intento de exportación cultural de prácticas políticas aprendidas en otros contextos históricos. Pierre Bourdieu advertía que los actores políticos suelen intentar reproducir en nuevos escenarios los capitales simbólicos que les han otorgado poder anteriormente. Sin embargo, cuando cambian las condiciones sociales, institucionales y culturales, esos mecanismos pierden toda su efectividad.
Durante décadas, en barrios históricamente dominicanos como Washington Heights, se consolidó una cultura política clientelar heredada del patio: la intermediación basada en el favor, el asistencialismo puntual, la movilización mediante pequeñas compensaciones económicas para distribuir panfletos, y mítines ruidosos diseñados para visibilizar liderazgos personalizados. Si bien estas prácticas cumplieron una función de amortiguación social para las primeras olas de migrantes que enfrentaban serios desafíos de integración, el presente escrutinio demuestra su colapso estructural. La nueva ciudadanía de la diáspora, más educada, crítica y consciente de sus derechos, exige agendas institucionales sobre derechos civiles y equidad urbana, relegando la política de la "fundita" y el favor personal al pasado.
Nueva York opera bajo un entramado social extraordinariamente diverso donde confluyen afroamericanos, puertorriqueños, mexicanos, centroamericanos asiáticos y ciudadanos de múltiples procedencias. Los votantes evalúan los proyectos desde sus realidades materiales inmediatas. Quienes intentaron intervenir desde la República Dominicana, desconociendo la densidad institucional y la complejidad del sistema estadounidense, comprobaron que las campañas basadas en el insulto y la caricaturización ideológica naufragan ante una población informada y habituada al debate programático elemental. Es una gran pena que un político tan maduro como el senador Espaillat se envolviera en esa estrategia política sucia que le hicieron creer que le daría resultado, que tuvo tiempo dejarla de hacerlo, pero no lo hizo y ya eso es historia, ya que se trata de una mujer, joven, dominicana y de su mismo partido.
Progresismo, derechos humanos y nuevas ciudadanías
La virulencia con la que determinados sectores reaccionaron ante las posturas de derechos humanos, inclusión y diversidad de la candidatura de Ávila Chevalier obliga a un análisis profundo. Frantz Fanon explicaba que los sistemas de dominación necesitan producir constantemente figuras amenazantes y enemigos simbólicos para justificar la reproducción de sus estructuras hegemónicas; de este modo, el miedo es instrumentalizado como una tecnología política de enorme eficacia.
Por su parte, Antonio Gramsci conceptualizó las disputas políticas como batallas por la hegemonía y la construcción del sentido común. Quien logra normalizar qué es legítimo y qué debe ser temido, domina el campo social. En esta campaña se intentó inocular la idea de que las agendas progresistas constituían una amenaza directa a la "identidad dominicana". No obstante, este enfoque subestima a las nuevas generaciones, que asumen la inclusión cultural y los derechos fundamentales no como peligros, sino como premisas intrínsecas de cualquier sistema democrático moderno.
Desde las epistemologías decoloniales desarrolladas por Aníbal Quijano, Walter Mignolo y Boaventura de Sousa Santos, la profundización de la democracia requiere el reconocimiento de una pluralidad de saberes y experiencias (una ecología de saberes) que desafíe el monocultivo identitario. El progresismo, por tanto, no es una doctrina importada o ajena, sino la continuidad histórica de las luchas por la ampliación de la ciudadanía. Resulta profundamente paradójico que se pretenda criminalizar la defensa de la dignidad humana en nombre de una identidad transnacional que se cimentó, precisamente, sobre la búsqueda de derechos y protección en la emigración.
La derrota de la política del odio y el nacimiento de nuevas ciudadanías dominicanas
Más allá del número electoral o las coyunturas partidarias, este hito consagra la transformación irreversible de la cultura política diaspórica. Los descendientes de los migrantes originales poseen horizontes epistemológicos y políticos enteramente distintos: formados en la academia norteamericana, partícipes de movimientos colectivos multirraciales y usuarios de plataformas globales de comunicación, edifican su noción de comunidad desde la convivencia y el respeto a la diferencia.
La victoria de Darializa Ávila Chevalier simboliza la transición hacia una representación que no instrumentaliza las raíces culturales como herramientas de exclusión o chovinismo. Asimismo, este proceso deja una lección imperativa para la opinión pública en la República Dominicana: en la era de la infocracia y la viralidad digital, como apunta De Sousa Santos, la opinión ligera no sustituye al conocimiento riguroso. La salud democrática de nuestras comunidades transnacionales exige urgentemente menos estridencia mediática y mayor densidad reflexiva.
La unidad en la diversidad de las dominicanidades en New York
Las campañas concluyen, pero las dinámicas históricas continúan su curso. Es de rigor destacar la madurez política mostrada por el congresista Adriano Espaillat al reconocer de inmediato los resultados y convocar a la unidad dominicana, que su estrategia y narrativa de campaña quiso dividir. Este comportamiento refrenda que la legitimidad democrática reside en el acatamiento de la voluntad popular y en la preservación de los lazos colectivos sobre las discrepancias partidarias.
El desafío inmediato radica en la articulación de consensos y la edificación de puentes, ya que la comunidad dominicana en Nueva York comparte una memoria histórica de arraigo y resistencia que trasciende las banderas ideológicas. Como bien ha señalado Rita Segato, la historia de los sectores subalternizados y de las mujeres es la historia de una persistencia inquebrantable. Esa persistencia, traducida ahora en madurez ciudadana y renovación generacional, es la fuerza motriz que está transformando las estructuras políticas transnacionales, demostrando de manera categórica que la democracia real siempre será más fuerte que las narrativas del miedo. que como en cualquier familia existe la unidad en la diversidad.
Todo el éxito para Darializa y ojalá esta sea la última campaña sucia y vil entre los hermanos dominicanos de la diáspora. Nueva York no puede seguir siendo el patio donde se replican los peores vicios de la política isleña; es hora de entender la altura de la candidata a senadora por el Distrito 13 de Nueva York en las elecciones que están por venir. En algún momento este odio y este racismo tendrán que parar. Hasta la próxima semana.
Referencias
Bourdieu, P. (1991). Language and Symbolic Power. Harvard University Press.
Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.
Gramsci, A. (1971). Selections from the Prison Notebooks. International Publishers.
Hall, S. (1990). Cultural identity and diaspora. En J. Rutherford (Ed.), Identity: Community, Culture, Difference.
Mignolo, W. (2010). Desobediencia epistémica. Ediciones del Signo.
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En La colonialidad del saber. CLACSO.
Santos, B. de S. (2018). The End of the Cognitive Empire. Duke University Press.
Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
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