Todo conflicto deja heridas visibles e invisibles, que van formando una costra que se va endureciendo, como la marca que va haciendo parte del nuevo cuerpo que se modifica ante la experiencia traumática y que un día, lejano o próximo, va a desprenderse definitivamente. Hoy, después de soltar varias costras, me recuerdo a mí misma: "ellas funcionan como la corteza que conecta y separa el pasado del presente", necesario entenderlas para entenderse a uno mismo.
La primera vez que visité Abiyán, Costa de Marfil, fue en julio de 2015 y la primera obra que vi fue la obra del marfileño Nestor Da, como parte de la exposición colectiva "Présences" en la galería Cecile Fakhoury, fotografías de ruinas, reconociendo espacios de la Abiyán de posguerra. Imágenes de caos, destrucción, ruinas y más ruinas, coloridas, supervivencia, belleza de las escenografías dilapidadas que fueron abandonadas, como legado de la guerra en la ciudad. Muros, estructuras y restos arquitectónicos funcionan como superficies de memoria, portadoras de las marcas de una historia reciente atravesada por la inestabilidad política y el conflicto. Algo muy familiar llegó a mí con estas imágenes, quizás, proveniente de una casi olvidada costumbre diaria con la violencia como carga inevitable de quien ya habitó un entorno en guerra.
La última vez que estuve en Abiyán, una de las últimas imágenes antes de correr al aeropuerto vacío para volver a Dakar, en pleno cierre del espacio aéreo, durante el inicio de la pandemia en 2020, eran los murciélagos cantando y gimiendo, colgados de mañana, en el Iroko (Ceiba), árbol sagrado en el Plateau (barrio central) de Abiyán. El Iroko, una deidad para muchos, que según la leyenda local nació del cuerpo de un gigante benévolo que se ofreció a sí mismo, hundiendo sus grandes pies en la tierra, buscando agua para los humanos. Según la misma leyenda, el Iroko guarda un espíritu muy poderoso llamado (Iroko-man) que escucha los deseos. Quienes talan estos árboles están condenados a sufrir de locura y los murciélagos que duermen en ellos son sus mensajeros espirituales nocturnos.
Frédéric Bruly Bouabré, artista, poeta y pensador, representa el murciélago como un signo lingüístico, dentro de su gran proyecto de sistema de escritura. El alfabeto Beté, nombre del proyecto, está compuesto de 448 a 449 pictogramas monosilábicos, es el fruto del artista haber vivido una visión profética transformadora, que le hizo cambiar de nombre a "Cheik Nadro" (aquel que no olvida), tornándose un guardián de la memoria del pueblo Beté.
Cinco años pasaron entre mi primera y mi última visita a Abiyán. Tiempo en el que dediqué gran parte de mi tiempo a recorrer, conocer y entender los artistas marfileños y su contexto.
A principios del año 2011, Costa de Marfil vivió una guerra civil, cuyo punto crítico se manifestó en Abiyán con el inicio de la batalla de Abiyán, segunda guerra civil de la Costa de Marfil, donde el centro urbano se convirtió en un campo de guerra, con combates sangrientos en el barrio Cocody y Plateau. Guerra desencadenada por la negativa de Laurent Gbagbo a ceder el poder, tras perder las elecciones presidenciales de noviembre de 2010 contra Alassane Ouattara, quien contaba con el respaldo internacional. La crisis política provocó una brutal ofensiva militar de las fuerzas pro-Ouattara, que sitió la capital económica del país, convirtiéndola en un escenario de violentos combates urbanos y grandes violaciones de derechos humanos. La batalla finalizó el 11 de abril de 2011, con la captura de Gbagbo, debido a la intervención de tropas francesas y de la ONU, dejando como consecuencia más de 3,000 personas muertas, un millón de desplazados y una profunda fractura social y económica en el país.
Uno de los cronistas de este conflicto y de su trauma posterior es el artista Abdoulaye Diarrasouba, conocido por su nom de guerre: Aboudia, pues durante la batalla de Abiyán, él se negó a huir de la ciudad, durante la violenta crisis poselectoral. Por lo contrario, Aboudia decidió quedarse, refugiarse en un sótano y seguir pintando. En sus obras él retrataba muchedumbres agitadas, asustadas, hostiles, ciudadanos aterrorizados, muertos y heridos.
Su estilo, inspirado en grafiti, o Nouchi, como es conocido en Abiyán, siempre tuvo en los niños su fuente de inspiración, aquellos que vivían en la calle y que él observaba dibujando en tiza, sobre muros, cartones, usando piedritas, retratando la realidad cotidiana de los niños de la calle, sus emociones, deseos, los universos de que se componían sus carencias…
Durante mi visita al taller de Aboudia, en su enorme casa-taller de Abiyán, y entre miembros de su familia, que iban llegando a medida que él me contaba su historia, pavos reales de mascota y mucha comida, él me reiteró su compromiso con la reconstrucción de su historia, con su pasado como niño de la calle y el reconocimiento a ellos, su fuente de inspiración. Aboudia fundó una escuela de arte para niños y jóvenes, en la cual está muy involucrado, mientras comparte su tiempo entre la casa de Nueva York y Abiyán. Algo que es muy claro en artistas como él, es su afán por construir país. Construir instituciones, centros culturales, generar oportunidades para los otros.
Quizás sea allí donde la costra revela su verdadera potencia: no solo como marca de la herida, sino como indicador y motor de una capacidad de transmutación que, a través del arte, permite transformar el trauma en memoria, y la memoria en nuevas posibilidades de vida.
En 2011, inmediatamente después de la guerra, el arte es elevado oficialmente como herramienta de reconstrucción y reposicionamiento cultural. El SIAPA, Salon International des Arts Plastiques d’Abidjan (Salón Internacional de Artes Plásticas de Abiyán), hablaba explícitamente de una Costa de Marfil que buscaba “renacer” a través de las artes plásticas. Para el artista, y también para quien mira, hacer arte desde la herida puede ser una forma de desprender la costra sin negar lo que hubo debajo: abrir un espacio donde aquello que alguna vez fue destrucción pueda comenzar, lentamente, a imaginar otras formas de vida. Ahí es donde pienso que está la fisura, en el potencial de las ciudades, de los artistas, de las instituciones y de las personas que están a cargo. Desde 2011 hasta 2024 muchas cosas han cambiado en el panorama artístico en Abiyán, el ecosistema del arte es mucho más robusto y dinámico: galerías, espacios independientes, ferias, museos, festivales y nuevas formas de ocupar la ciudad. La costra de la guerra comenzó a convertirse, poco a poco, en tejido para nuevas formas de creación…

Refrerencias:
Aboudia (Abdoulaye Diarrassouba). (2019, septiembre). Entrevista personal con la autora. Abiyán, Costa de Marfil.
Ouattara, M. (2015, 30 de octubre). “Interview / Aboudia artiste-peintre nouchi : L’art ce n’est pas comme si on vendait des aubergines au marché.” L’Intelligent d’Abidjan.
Human Rights Watch. (2011). “They Killed Them Like It Was Nothing”: The Need for Justice for Côte d’Ivoire’s Post-Election Crimes. New York: Human Rights Watch.
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