El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
I
Para su asombro, Radu imagina que una mujer desnuda, rubia, esbelta, se levanta medio turbada de la cama donde dormía desde tempranas horas de la noche. Abstraída, mira a su derredor, estira los brazos, sacude la cabeza y sale al bosque, cuya función es cuidar de las frecuentes contaminaciones provenientes de una ciudad industrial localizada a unas treinta millas al noroeste de este entorno.
Todavía era de madrugada cuando la mujer, ya fuera de su hábitat, le echó una mirada compasiva al cielo y a los árboles. Iba a cerrar los ojos porque la humedad le afectaba los huesos, pero sacudió la cabeza, dobló el cuello hacia el pecho y fijó la vista en una bicicleta abandonada a pocos metros de la puerta de entrada a la casa. Sintió escalofrío. Impulsada por un caprichoso sentimiento de aventura inhabitual, decidió tomar la bicicleta y emprender un recorrido por los caminos oscuros, abiertos como esferas rotas por todas partes.
Eran tres los caminos principales, y los tres, sinuosos: uno, adornado con piedras redondas pulidas por la lluvia, conectaba con el frente de la casa. Algunas de las piedras eran puntiagudas; las había que presentaban diseños rectangulares, como si hubiesen sido talladas por expertos tallistas y pulidores de reconocidas estancias palaciegas. Los otros dos caminos estaban detrás de la vivienda. Hoy son casi intransitables porque han sido cubiertos por la maleza. El camino empedrado nos lleva a la ciudad; los demás, en cambio, colindan con terrenos de muy escasa presencia humana.
De niña, esta mujer quiso recorrer los tres caminos, pero su padre, un hacendado retirado y viudo, quien por entonces rondaba la fabulosa edad de ciento cinco años y era capaz de alzar por el tronco un árbol caído, se lo prohibía cuantas veces ella se proponía hacerlo. El desafío era recorrer esos caminos a pie, aun cuando la gente había oído hablar de crímenes sin resolver, cometidos por enfermos mentales. Por este y otros motivos, no menos relevantes, ella decidió ir por el camino empedrado, idea más acorde con el contexto de esta historia, la cual, para ser franco, me ha encargado escribir un editor amigo mío después de que él leyera una nota periodística aparecida en diarios extranjeros y locales, que da cuenta de cómo la policía francesa se había abocado a resolver un asesinato carente de evidencias, esto es, un crimen invisible.
Entre otras indicaciones, la nota en cuestión refiere que la policía francesa está convencida de que ha habido un asesinato. “El problema es que no hay ningún cadáver; tampoco hay reporte de una persona como desaparecida”, dice la nota. En fin, más bien se trata, pienso yo, de una crónica sacada de un cuento o de la sinopsis de una novela policíaca. Gracias a esa nota periodística, nos adentraremos en el mundo del hombre que ha imaginado a esta mujer esbelta desnuda, cuyas piernas pedalean a toda prisa por el camino que se ve desde el frontispicio de la casa, donde se levantan raíces adheridas a puertas y ventanas ante la indiferencia de quienes deberían podarlas. Iba a decir de su poda, pero la poda, recuerdo, es para determinar cómo y cuándo dará frutos el árbol, no solo para cortarlo.
Ahí va la mujer desnuda pedaleando por el camino empedrado, he anunciado. Sin duda, es un camino empedrado, con árboles de lado a lado, muchos de los cuales nacieron torcidos. No se tienen noticias de por qué estos árboles conservan la misma forma curvada, ni por qué los troncos y ramas son nudosos y están cubiertos de musgo verde todo el tiempo.
Aquí debemos hacer un corte como en el cine, porque no tendría sentido seguir hablando de esta mujer a espaldas de su creador, al que deberíamos estudiar, pienso yo, para identificar a la persona. Intentémoslo, al menos, pues no es tarea fácil conocer detalles de la semblanza de un hombre que ha vivido oculto por más de veinte años.
Acaso consideren un desliz mi decisión de echar a un lado a la mujer desnuda, de quien quisiéramos conocer detalles de su cuerpo para incentivar nuestro morbo, pero debemos obviar esa posibilidad y volver al eventual protagonista de nuestra historia, ya que él nos ayudará a destejer, aun ignorándolo, los escollos de las conexiones neuronales proclives a incrementar el desprecio por el bien, los engaños persistentes para explotar y manipular a otros y, sobre todo, el carácter impulsivo de una imaginación decidida a vencer los obstáculos derivados de una edad avanzada.
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