Toda gran conversación llega a un momento en que deja de hablar del oficio para comenzar a hablar del ser humano.
Con César Sánchez Beras ese instante apareció cuando la conversación abandonó el territorio de la creación literaria para internarse en otro mucho más profundo: la responsabilidad ética del escritor frente a la infancia, la memoria y la sociedad.
Hasta ese momento habíamos recorrido San Pedro de Macorís, el Movimiento Cultural Universitario y el nacimiento de una vocación.
Ahora aparecía el hombre.
Y con él, una convicción que atraviesa toda su obra: escribir no consiste únicamente en crear belleza; también significa impedir que desaparezca aquello que hace más humana la existencia.
La infancia como el territorio donde comienza el futuro
La literatura infantil ocupa hoy un lugar esencial dentro de la obra de César Sánchez Beras. Sin embargo, quise saber cómo había nacido ese encuentro con un género que muchos consideran menor, pero que él ha dignificado con algunos de los libros más importantes de la literatura infantil dominicana.
Su respuesta tiene la sencillez de las cosas verdaderamente profundas.
"La literatura infantil llegó a mí de la manera más natural: por la paternidad. Comencé inventando historias para mis hijos, intentando responder a sus preguntas, alimentar su imaginación y compartir con ellos el asombro. Lo que empezó como un acto íntimo terminó revelándome un territorio literario inmenso, lleno de exigencias estéticas, de compromiso con un país, con su lengua, con su identidad y, sobre todo, con enormes posibilidades humanas."
Comprendí entonces que, para César, escribir para niños nunca fue un género secundario.
Fue un regreso al lugar donde nace toda cultura: la capacidad de asombro.
Aquella experiencia familiar terminó convirtiéndose en un compromiso con toda una generación.
Él mismo lo explica.
"Comprendí que aquella experiencia trascendía el ámbito familiar cuando empecé a encontrarme con niños lectores en escuelas, bibliotecas y comunidades. Descubrí que muchos buscaban respuestas, compañía, identidad, solidaridad, empatía y esperanza. Entonces entendí que escribir para la infancia significaba contribuir a formar ciudadanos más sensibles."
Y, casi como quien resume una filosofía educativa, añadió una frase que debería acompañar toda política cultural destinada a la niñez.
"La infancia dominicana merece que se le mire horizontalmente y no hacia abajo."
Hay frases que no necesitan explicación.
Esta es una de ellas.
Porque habla del respeto.
De la confianza en la inteligencia del niño.
Y de la convicción de que educar comienza por reconocer la dignidad del otro.
La emoción antes que el sermón
Le pregunté cómo consigue abordar temas históricos, éticos y sociales sin convertir la literatura en una lección moral.
Su respuesta explica no solo su obra infantil, sino toda su concepción del arte.
"La literatura no educa porque explique, juzgue u ordene, sino porque conmueve. Cuando una historia emociona, también transforma al lector y este comienza a hacerse preguntas, a cuestionar su realidad y a construir sus propias respuestas. Prefiero sugerir antes que imponer."
Mientras hablaba pensé que esa afirmación define también al gran escritor.
No dicta respuestas.
Provoca preguntas.
Confía más en la sensibilidad del lector que en cualquier discurso doctrinario.
Quizá por eso sus libros permanecen.
Porque acompañan.
Nunca adoctrinan.
Recordar también es defender la democracia
Hay una palabra que atraviesa toda la obra de César Sánchez Beras.
Memoria.
No entendida como nostalgia.
Tampoco como culto inmóvil al pasado.
Sino como una responsabilidad moral.
Quise saber por qué considera que recordar constituye también una forma de defender la democracia.
Respondió con la serenidad de quien ha meditado esa idea durante toda una vida.
"La memoria es una forma de responsabilidad colectiva. Los pueblos que olvidan terminan repitiendo sus tragedias."
Y añadió:
"Recordar desde la literatura a Los Palmeros, a los héroes del 14 de Junio, a los patriotas de La Barranquita o a los ajusticiadores del tirano no significa vivir anclados en el pasado. Significa reconocernos desde las raíces para impedir que nuevos tiempos reediten las mismas heridas."
Comprendí entonces que su literatura nunca ha intentado levantar monumentos.
Ha querido preservar la conciencia.
Porque solamente los pueblos que recuerdan pueden aspirar a construir un futuro más justo.
La página que todavía lo espera
Después de tantos libros publicados y de una trayectoria reconocida dentro y fuera del país, quise saber qué continúa buscando cuando se sienta frente a una página en blanco.
Su respuesta revela la humildad de quien nunca considera concluido el camino.
"Sigo buscando una verdad humana. Escribir desde la empatía y desde la bondad. Sigo tratando de contar mi tiempo desde el punto de vista de quienes no aparecen en las historias oficiales."
Le pregunté entonces si existe un libro que todavía no ha escrito.
Sonrió.
Y respondió:
"Sí. Todo escritor lleva consigo un libro todavía no escrito. No sé cuál será su forma definitiva, pero sé que ese texto siempre estará esperándome."
Pocas respuestas describen con tanta belleza el destino del creador.
Siempre existe una obra que permanece delante de él.
Esperándolo.
La gratitud como destino
Cuando le pedí que resumiera toda su trayectoria en una sola palabra, imaginé que respondería "poesía", "memoria" o "imaginación".
Sin embargo, eligió otra.
"Gratitud."
Después explicó por qué.
"Gratitud hacia la vida, hacia los lectores, hacia mi familia, hacia mis maestros, hacia mis compañeros de generación y hacia mi país. He sido un privilegiado por no abandonar nunca mis sueños, pero también he visto caer a hermanos que me superaban en talento y que no tuvieron las mismas oportunidades."
Confieso que pocas respuestas me conmovieron tanto.
Porque detrás del escritor premiado continúa viviendo aquel joven que nunca ha olvidado a quienes quedaron en el camino.
La gratitud, en César Sánchez Beras, no nace del éxito.
Nace de la memoria.
El puente de las palabras
Antes de despedirnos le hice una última pregunta.
Le pedí imaginar un lector dentro de cien años encontrando uno de sus libros en una biblioteca olvidada.
¿Qué le gustaría que descubriera al cerrar la última página?
Guardó unos segundos de silencio.
Y respondió.
"Me gustaría que descubriera que detrás de cada página hubo un hombre que creyó profundamente en el poder de la imaginación y de las palabras para hacer más humana la existencia. Que escribí no para dejar un monumento personal, sino para tender un puente entre las personas, la memoria y la esperanza. Si al cerrar ese libro sintiera un poco más de compasión, un poco más de curiosidad y de confianza en la dignidad humana, entonces pensaría que mi trabajo no fue en vano."
Después de escucharlo comprendí que esa frase resume toda su obra.
César Sánchez Beras no ha dedicado su vida únicamente a escribir poemas, cuentos, novelas, ensayos o libros para niños.
Ha dedicado su vida a construir puentes.
Entre generaciones.
Entre la memoria y el porvenir.
Entre la belleza y la justicia.
Entre la literatura y la condición humana.
Al concluir esta conversación confirmé que la admiración que durante años había sentido por la obra de César Sánchez Beras encontró una dimensión todavía más profunda al descubrir al ser humano que la sostiene.
Con frecuencia admiramos a los escritores por la belleza de sus libros; pocas veces tenemos la fortuna de comprobar que esa misma belleza habita también en la coherencia de su vida. En el amigo, encontré ambas cosas: el rigor intelectual del filósofo, la sensibilidad del poeta y la humildad de quien continúa creyendo que la literatura solo adquiere sentido cuando contribuye a hacer más digno al ser humano.
No quiero cerrar esta entrevista sin expresar un agradecimiento especial a Yanela Hernández. Fue ella quien, con la generosidad que la distingue, consideró que César y yo debíamos conocernos. Intuyó que compartíamos una misma pasión por la literatura, la cultura y el país. Su intuición fue acertada. Gracias a ese gesto nació este diálogo, que hoy tengo la satisfacción de compartir con los lectores de Acento.
Como hombre de Teatro y gestor cultural, me honra haber conversado con un creador cuya obra ha enriquecido la literatura dominicana y cuya calidad humana confirma la grandeza de su pensamiento. Estoy convencido de que los libros de César Sánchez Beras continuarán acompañando a las generaciones futuras, porque han sido escritos desde la honestidad, la memoria, la compasión y una profunda fe en la dignidad humana.
Epílogo
Hay escritores que dejan libros memorables. Otros dejan, además, una manera distinta de comprender el mundo y de reconciliarnos con nuestra propia condición humana. César Sánchez Beras pertenece, sin duda, a esa estirpe.
Gracias, querido César, por abrirnos las puertas de tu pensamiento, de tu memoria y de tu palabra.
Ha sido un privilegio escucharte y comprobar que detrás del escritor admirable existe un ser humano todavía más admirable.
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