Al gran maestro, Vicente Herrero Heca

Cataluña,1944. Un día moroso en Barcelona toca puertas de un sol avejentado. Gente, deambulando en costados de calles empinadas, desperezan minutos, segundos y horas, sumergidas en la bipolaridad del existir. Un existir que corrobora náuseas a punto de convertirse en vómito, expandido en pisos altos, medianos y bajos.  Y como si se revertiera el tiempo en blanco y negro, la muchacha distraída, de abundantes cabellos, sale de un espacio cerrado a tomar aire y así aligerar vapores húmedos, hediondos que vienen desde el otro lado de la orilla, donde casi nunca duerme la mar. Recién concluye Pequeño teatro, novela cargada de símbolos. Y Sin siquiera verlo, estaba entre claro y nuboso ese día inefable en Barcelona, a punto de llover desde el portal de otra dimensión, en Oiquixa.

Para aquellas fechas, Oiquixa, pueblo subordinado en la pescadería, era conjunto de calles y callejas puestas sobre una pendiente de cara al mar en la localidad Kale Nagusia, formando parte de la realidad irreal trazada en el pulso estructural de un talento en potencia llamado Ana María Matute (1925-2014), que a los 17 años escribe Pequeño teatro, buscando, quizás entre máscaras con las que ocultamos nuestra  identidad, el real sentido de estar vivos a través de su conexión con la estética, que supone mímesis del lenguaje en un binomio de acertijos coyunturales, advenedizos de las palabras.(Vladyslaw Tatarkiewicz, historia de seis idas)

Érase una vez, para que me entiendan, introducimos en estas páginas una historia que no es la nuestra, haciendo énfasis en que conozcan su tesitura encubierta por un lenguaje inacabado en la frescura,  escrito sin grandes pretensiones que no sea la elección  de  adecuadas palabras, sobre todo, el énfasis de cada palabra, mismas que despliegan, a modo subyacente, fuente vibracional de energía, uniéndonos a la prerrogativa de muchos entendidos del género novela en señalar, décadas después, la grandeza de Ana María Matute como narradora con obras como: Olvidado rey Gudú, Los hijos muertos, Primera memoria, y Pequeño teatro.

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Portada de la novela Pequeño teatro. En el 1954 fue galardonada con el premio Planeta.

A través de columnas que erigen viajes inanimados, propios de la lectura, sucede en Pequeño teatro lo siguiente:  nos apropiamos de un cuadrante semántico cuya superficie se delimita a un área de espesa neblina, que para el plano metodológico material es inexistente si nos referimos al lugar desde donde inicia la acción que se narra como producto ficticio, pero también como fruto que formó parte de la realidad vivida por la autora. Aunque inmersa en un juicio sensorial, para unos cuantos sí existió y aún existe Oiquixa, latente en la asperidad del hacer y recibir en tantos afanados lectores, que por escrutinio conocen la obra, y desde esas esferas encomiables de la angustia y desesperación, parcializada en aquello que se aprehende, arrojamos nuestra verdad en regocijo por transitar páginas de un texto que induce a formular preguntas que creíamos superadas ante meollos desvelados en estadios de la conciencia humana. Es por ello que vemos de tantas formas a Oiquixa. A primera ojeada, suponíamos que se trataba de la descripción de una localidad rural, perteneciente al continente asiático. Pero, sin lugar a la duda, la Oiquixa Occidental que anduvo, mental y físicamente la autora, se halla y disuelve al noreste, España, comunidad lugareña  frente al mar, al mar picado y de irreverentes peces que a su vez remueven aspas de un barco con velas grandes, anclado entre fardo de rocas, lejos de la orilla, donde el viento y su repicar quejumbroso se introduce en el ondear de  olas que en los ojos de Ilé Euroriak, representan ejércitos de inquisidores o jinetes apocalípticos que, de alguna manera se alistan para sacrificar a  insurrectos, y tragarlos, tragarlos y luego vomitarlos sobre un agujero en que la viscosidad o negrura de la existencia parecería negarse a tomar ángulos donde  la especie humana sea menos tóxica, y en su lugar más sensible, tolerante, transparente e invulnerable:

"Por aquel mismo camino que le llevara tierra adentro, Ilé Eroriak volvió a Oiquixa. Esto suedió al día siguiente, cuando los vapores que adormecían su cerebro se disiparon, dejándole un fuerte dolor de cabeza y un gran vacío en el corazón. Marco, su hermano, le había abandonado….

Caía una fina lluvia que poco a poco iba empapando sus cabellos y su ropa. No podía ordenar sus ideas, tenía la mente extrañamente agarrotada" (Pequeño teatro, Colección Autores Españoles Contemporáneos, 1ra edición, página 142)

Ana María Matute.

En Oiquixa, que es la misma Barcelona en era franquista, aparecen seres que hace tiempo dejaron de existir en el raciocinio medular de lo lineal para pernoctar en la brillantez de espacios cuánticos o alternos a esta actualidad demográfica universal y que, ahora, estando yo varada, embelesada, colgada en párrafos neurálgicos del libro, tan solo observo el deambular de fantasmas o espectros en calles mallugadas, empedradas, abrumadas por tarantines, venduteros, mercaderes y jovencitas contemplativas de sus almas naufragadas por tropiezos, y de personas que creció y se desarrolló en Oiquixa (Peca Devar)  despojadas de emociones verdaderas y  que al agonizar el sol en la penumbra de un horizonte impreciso,  somnoliento, amorfo y a veces vacío, duermen  en casas desvencijadas por el sopor de un mar muerto, enajenado a causa  del hollín y  mal augurio, trenzado en pisadas sin rastros, despilfarradas por el presente y el pasado. Y he aquí donde convergen en el paredón de los acabados, marionetas que acarician la felicidad de acuerdo en la andanza promovida por fantasías, donde inocentemente se creen libres dentro de una prisión engullida e imbuida por el sistema y, en consecuencia, altos sistemas, donde, a fin de cuentas, nadie que ande ´´dormido´´ parece escapar. Mientras tanto, la autora, la Ana María Matute de azulejos, nos muestra en Pequeño teatro aquella geometría, en cierto modo, surrealista, con visos altruistas hacia la novela naturalista de mediados del siglo XIX en autores como Charles Dickens (David Copperfield, Grandes Esperanzas y Oliver Twuist), y Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro)

Pasea dubitativa, Ana María Matute, con carga glacial, la podemos observar dentro de su propia realidad consciente y amurallada, simulando estar en las alturas  de  un acantilado, en el que construye movimientos un faro que gira alrededor del algoritmo que ella creó en soplo de luz sobre faldas simbólicas  y espeluznantes de una era que se abstiene de mostrar sufrimiento ante estragos de dictaduras políticas, pero también  dictaduras filosóficas, religiosas, espirituales, doctrinales y que   en su experiencia de vida más singular exhibe, Ana María matute, sin necesidad de despojarse de la máscara, lo que fue en su universo interior la calamidad  que contempla hasta nuestros días y en otros espacios, jerarquías de poder, el poder con sus tentáculos, apoderándose de  almas errantes por los siglos de los siglos en el derramar de sangre inocente, en el derramar de  lágrimas que la lluvia  no deja ver.

Ana María Matute.

Es ventrílocua cíclica, y también conductora de epifanías, que manipula colores del sol y la luna e hilvana con un serial de voces a sus decrépitos muñecos, humanos y no humanos, según el contexto piramidal de un tiempo de mareas espumosas, que se elevan a alturas insólitas, y sin temor a exagerar, parecería el cúmulo humano que proyecta en la citada pieza tan descortés, agresivo, indiferente, e insolidario, como el actual nuestro en la silueta holística del aquí y el ahora.

Así pues,  Ana María Matute da forma y voz, debajo del barro, a muñecos espantados con  sabor a frustración, que se disgregan en cada situación por donde interactúan: Anderea, Colombina, Arlequín, Pierrot, Ilé  Eroriak, Kepa Devar, Zazu, Marco, entre otros, penden de un cordón umbilical a punto de deshacerse dentro de un baile experimental y asfixiado por derrotas  existenciales, con un destellante y dilatado fluir: el fluir de la vida en el uno dimensional, el fluir de la vida  colectiva en los otros, también, el fluir de quien  en unos años de mocedad arbitraria desconocía  límites o barreras de aquello  que un buen día comienza y termina: El Génesis apañado por la muerte, fundiendo en Pequeño teatro la emancipación de lo  sublimemente bello con lo desgarradoramente triste.

Ana Almonte

Escritora y periodista

Ana Almonte es escritora y periodista. Obtuvo u na licenciada en Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Realizó una maestría en Ciencias humanas en la Universidad de Sevilla, España. Ha trabajado en varios medios de comunicación, entre ellos prensa escrita, televisión y revistas culturales de medios digitales como el periódico Quisqueya News, que se divulga desde Segovia, España. En la actualidad es la editora redaccional e informativa de Ocadys Entarprise, una agencia promocional de artistas internacionales de habla hispana en Estados Unidos.

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