La aclimatación de este cargamento, sin embargo, dictó una formidable lección ecológica que alteró de raíz las ilusiones de la Corona. El trigo, sembrado con premura ritual en las vegas recién desbrozadas, creció con una lozanía engañosa, espigando en tallos desmedidos que el calor húmedo y la pluviosidad del trópico impedían prosperar; las ramas de uvas se ahogaron en la exuberancia vegetal sin llegar a producir la uva seca de vendimia; y el olivo se negó a cuajar su fruto en las hondonadas del Cibao. La tríada mediterránea tradicional —el pan de trigo, el vino y el aceite— fracasó de golpe como base autárquica de la colonia, forzando a la hueste conquistadora a una obligada capitulación gastronómica: aceptar el cazabe aborigen como sustituto del pan ácimo, resignarse a la harina de maíz en las expediciones de frontera y freír con manteca de cerdo en lugar del aceite de oliva.
En contraste con la derrota de los cereales nobles de Europa, la botánica forastera halló en el humus antillano dos especies que habrían de rehacer la geografía humana y económica de la isla: la caña de azúcar y los frutales. Aquellas pocas estacas de caña que Cristóbal Colón encomendó a la tierra en 1494 prendieron con tal vigor que, dos décadas más tarde, bajo el estímulo de los Padres Jerónimos y el ingenio de Gonzalo de Vellosa, inauguraban la era de los grandes trapiches e ingenios de agua sobre las márgenes del Haina, del Nigua y del Nizao. De igual modo, las cepas de plátanos introducidas en 1516 desde la Gran Canaria por fray Tomás de Berlanga experimentaron una proliferación asombrosa, colonizando las vegas húmedas y proveyendo el alimento barato, constante e indestructible que sostuvo a la mano de obra esclava y a la naciente ruralía criolla. Los naranjos amargos, los limones y las limas traídos en pepita se asilvestraron con rapidez fulminante por las faldas de la cordillera, al punto de que los cronistas tempranos, como Gonzalo Fernández de Oviedo, no acertaban a distinguir si eran dones traídos por las carabelas o primicias espontáneas de la creación americana.
La víspera de la catástrofe
El trasplante biológico inaugurado en las bodegas del segundo viaje colombino desencadenó en La Española una catástrofe territorial cuya hondura desbordó por entero los cálculos de la administración virreinal. Al desembarcar en un ecosistema insular que jamás había conocido carnívoros mayores ni bestias de pezuña hendida, la fauna doméstica europea encontró en las sabanas regadas y en los boscajes perennes una suerte de vacío biológico. Libre de depredadores continentales, el núcleo zoológico de Castilla no se aclimató con la mansedumbre del establo: estalló en una proliferación cerril que fracturó, en menos de medio siglo, el precario equilibrio ecológico forjado durante milenios.
La avanzada de esta devastación la protagonizó el cerdo salvaje (Sus scrofa). Liberado en los contornos de La Isabela y multiplicado con celeridad pasmosa en las vegas fluviales, el marrano se transformó en una plaga montaraz de implacable voracidad. Con su hozar incesante desmanteló las sementeras aborígenes de yuca y batata, arruinando las provisiones de las comunidades taínas y triturando los refugios subterráneos de los pacíficos mamíferos autóctonos: la hutía, el cori o curio, el quemí, el mohuy y el corpulento guaminiquinaje. Desprovistos de reflejos de fuga ante un cuadrúpedo invasor que no reconocía limites, estos animales endémicos fueron acorralados y empujados hacia la extinción biológica, despojando al poblador originario de su reserva proteica y acelerando su descalabro social.
A esta perturbación del suelo se sumó la mutación más siniestra del régimen colonial: el asilvestramiento de los perros de presa. Perros buldog de mandíbula acerada, lebreles y corpulentos mastines —concebidos originalmente para la guerra y el cruento acoso de los naturales en las campañas de sometimiento de Higüey y la Vega Real— ganaron las serranías tras la dispersión de las primeras huestes y el abandono de las villas mineras. En la espesura de la cordillera, estos perros cruzaron sus sangres y degeneraron hacia un estado salvaje absoluto. Mudaron el ladrido doméstico en un aullido selvatico; se apandillaban para llevar a cabo batidas nocturnas y se instituyeron en los depredadores maximos de la isla. El inofensivo aón o perro mudo taíno, privado por naturaleza de voz defensiva, sucumbió devorado o absorbido por aquellas jaurías salvajes. Agotada la fauna menor, las cuadrillas jíbaras arremetieron contra el propio cimiento pecuario de la colonia: caían de noche sobre las sabanas abiertas para desjarretar terneros, desgarrar los corvejones de las vacadas y destripar a las crías de ovejas y cabras. La calamidad forzó a la Real Audiencia y a los cabildos a instaurar una verdadera economía de guerra, librando recompensas por cabezas de perros salvajes, levantando cepos en las trochas y despachando partidas de monteros armados de lanzas y carnes emponzoñadas para defender los términos comunales.
Paralelamente, al extinguirse las arenas auríferas y marcharse la soldadesca tras las riquezas de México y el Perú, el ganado vacuno y caballar no desapareció con la deserción humana: se adueñó de las llanuras desiertas. Centenares de miles de reses cimarronas crecieron en libertad mostrenca a lo largo de las sabanas del Este, el valle del Cibao y las costas del Norte y del Oeste, ajenas a establos y a hierros de señorío; se volvieron igualmente salvajes. De aquel desamparo imperial emergió la civilización del hato y la montería a campo abierto. Sobre los despojos del mundo aborigen y de la factoría minera, el hombre insular aprendió a subsistir a lomo de caballo, alanceando reses orejanas y canjeando cueros al pelo por manufacturas de contrabando en las playas desiertas. Como advirtió don Pedro Henríquez Ureña, la lengua castellana levantó acta notarial de esta metamorfosis: despojada de los refinamientos cortesanos, se calzó las espuelas del montero y forjó en el cuero crudo de la res mostrenca el léxico indómito y montaraz que definió el ser histórico del pueblo dominicano.
Léxico de montería
Al quedar la isla desierta tras la fuga de los colonos hacia las riquezas de México y el Perú, el territorio no se replegó en el vacío, sino en una condición civilizatoria inédita: el estado de montería. La intemperie montaraz, la proliferación bíblica del ganado cimarrón y la brega cotidiana del desuello obligaron al habitante insular a fundar un sistema léxico de recia tracción campesina, donde las categorías cortesanas fueron barridas por la urgencia de la supervivencia.
En este orden de cosas, el vocabulario emanado de la montería opera como un acta notarial de la desolación y de la intromisión de la fiera forastera en la virginidad del bosque antillano:
- Cimarrón / Cimarronera: En su origen aplicado al siervo prófugo que ganaba la manigua para sustraerse al yugo señorial, el término experimentó un inmediato trasvase biológico. Pasó a calificar a la masa ingente de vacas, puercos y potros que rompieron el cerco del establo para restituirse en el estado silvestre primordial, adueñándose de las sabanas en una vasta cimarronera , resultado de una reproducción como plaga biblica.
- Jíbaro: Voz de raigambre vernácula que se fijó con crudeza en los testimonios coloniales para designar a las jaurías de perros de presa y lebreles huidos que degeneraron en alimañas feroces y antropófagas. Con el transcurso de las centurias, la palabra abandonó la exclusividad zoológica para retratar en el Caribe la hosquedad del hombre de monte adentro: el individuo arisco, esquivo y montaraz que rehúye el trato de la ciudad letrada.
- Orejano: Semantema jurídico-pecuario que designa a la res mostrenca que pasta libre por cañadas y lomas sin la muesca de corte en la oreja ni la marca del hierro candente en el lomo, manifestando la ausencia absoluta de señorío humano sobre el animal, rotundamente asilvestrado; salvaje.
- Varraco (o barraco): El cerdo reproductor curtido en los rigores de la manigua, alimentado con el palmiche de las alturas y dotado de una agresividad fiera, antitético al pacífico y exterminado aón taíno; convive en el habla de la intemperie con el caballo lobo (el potro cerril insumiso a jáquima y freno) y el perro chino pelón.
- Montería y montero: La primera define la institución cinegética por excelencia: la expedición armada a través de las selvas y sierras para abatir el ganado montaraz. De allí despunta la figura matriz del montero, el jinete montaraz de chuzo, cuja y lanza de media luna que aprende a rastrear la espesura y sustituye al señor de ingenio como el tipo humano rector del interior insular, auxiliado por el sabanero que gobierna el rodeo en las sabanas comuneras.
- Desjarretar: Verbo operativo central de la montería que describe el tajo certero con la desjarretadera a los corvejones o tendones posteriores del animal en plena carrera, inmovilizándolo para su posterior degüello al pie del monte.
- Tasajera, tasajo y cecina: La tríada del procesamiento cárnico. La tasajera levantó en la estancia el andamio de varas expuesto al sol y al salitre; el tasajo proveyó la carne salada y seca indispensable para las armadas atlánticas; y la cecina fijó la pulpa firme de la res, trasvasada luego por metáfora campesina al propio fruto vegetal («coco con agua y cecina»).
- Cueros al pelo y sebo: El nervio mercantil de la economía de rescate o del contrabando; la piel cruda y la grasa cuajada que suplantaron al oro y al azúcar para alimentar el contrabando con las naos herejes en las playas desiertas, acompañados en la dieta del montero por la rústica boruga ( voz criollo que se refiere a la leche cuajada).
- Hato, potrero y corral: La gradación espacial del nuevo régimen agrario. Frente a la estancia de los víveres del conuco, el hato señorea como inmensa dehesa circular indivisa —el terreno comunero tasado en abstractos «pesos de título»—, fraccionado internamente por el potrero para las bestias de fuste, el corral contiguo a la vivienda, la talanquera de trancas rústicas y la guardarraya desbrozada en la maleza.
- Asolamiento y despoblación: Vocablos de estirpe lascasiana y burocrática que sancionan la quiebra territorial: la tala de conucos, la ruina de los poblados nativos y el vacío humano que transformó los valles feraces en yermos y montes bravos.
- Aperrear / Aperreado: Tropos morales nacidos del cruento suplicio de los perros de presa en las batidas del monte; decantó en la lengua popular para significar el acoso implacable, la fatiga extrema y el agobio material del hombre sometido a una faena sin descanso.
- Desgarite y desmandingue: Fórmulas expresivas que trasladaron la desbandada y estampida nocturna de las reses espantadas en la sabana abierta a la conducta social de la dispersión caótica o la fuga atropellada.
Despojado de las composturas urbanas, el castellano de Santo Domingo se calzó en estas voces las espuelas de la montería, perpetuando en el léxico rudo de las sabanas el testimonio secular de la primera mutación material de nuestra historia.
Dos puntos de vistas ante el cataclismo : Las Casas y Gonzalo Fernández de Oviedo
El registro de la catástrofe zoológica en La Española revela dos visiones antagónicas del orden del mundo: la mirada teológica del fraile dominico frente al pragmatismo empírico del funcionario renacentista.
Para Fray Bartolomé de las Casas, el asilvestramiento masivo de los perros de presa en La Española trasciende cualquier explicación zootécnica o desajuste fortuito de la ecología tropical: constituye un acto inexorable de justicia retributiva, una némesis teológica dictada contra los artífices de la conquista. En la mirada del fraile dominico, la historia colonial está regida por una causalidad moral donde los pecados de la hueste engendran los instrumentos materiales de su propia expiación.
La formulación canónica de este juicio providencial quedó fijada por Las Casas en su Historia de las Indias (Libro III, capítulo 129), donde increpa la ceguera de los colonos que contemplaban el estrago como si fuese un simple azar del clima, recordándoles la deuda de sangre contraída con los antiguos pobladores:
«Pasan por ésto los hombres como si acaso acaeciese, y deberíamos de pasar por la memoria que esta isla hallamos llenísima de gentes que matamos y estirparmos de la haz de la tierra, y henchimósla de perros y bestias, y por juicio divino, por fuerza forzada, nos han de ser nocivos y molestos.»
En este pasaje medular, Las Casas condensa la paradoja ética de la colonización antillana: al vaciar la tierra virgen de seres humanos inocentes para colmarla de bestias feroces, España no fundó un señorío perdurable, sino un territorio condenado por decreto divino a sufrir en carne y bienes la rebelión de sus propias alimañas.
- Gonzalo Fernández de Oviedo (El desajuste técnico de la abundancia): Observa fenómeno con los ojos del naturalista y del administrador colonial. La isla no fue madrastra, sino madre pródiga cuya fecundidad desbordó cualquier cálculo señorial; sin embargo, ese exceso biológico parió el desorden de perros jíbaros «peores que lobos» que destrozaban vacadas y forzaban a fortificar los maizales. Lejos de la imprecación moral, Oviedo consigna la respuesta adaptativa del poblador: la amputación de las orejas a los cachorros para que el relente les impidiera la fuga a las selvas y el aprovechamiento del cerdo alzado como provisión cárnica de las monterías. Para su pluma, el cimarronaje animal no fue una condena teológica, sino un descalabro agronómico que exigía nuevas técnicas de policía y control sobre la naturaleza tropical.
Mientras Las Casas lee en las jaurías salvajes la sentencia inapelable de una expiación moral, Oviedo contempla en ellas el desafío técnico de un imperio forzado a disciplinar el vigor montaraz de una tierra sin límites.
El cataclismo biológico que asoló los campos de La Española dejó en la lengua castellana el acta notarial de una geografía desquiciada, donde el léxico del desastre delató la quiebra irreparable del orden colonial primitivo: la plaga lascasiana —concebida como castigo de un cielo irritado que volvía las bestias contra sus propios amos— se articuló a través de la voz taína cimarrón y del verbo alzarse, que mudaron de inmediato del esclavo prófugo a la salvajina montaraz de vacas, gatos y puercos barracos que tomaron las serranías. En esa orfandad de la ley, donde los perros de presa transmutaron el terror del aperreamiento bélico en jaurías jíbaras «peores que lobos» que quebraron las monterías y diezmaron los hatos, la sociedad insular quedó reducida a la fatiga perpetua de levantar cercas y guardar el campo. En cada uno de estos giros —desde el animal orejano hasta el asedio a los maizales—, el español de Santo Domingo fijó para siempre el testimonio verbal de su bautismo de fuego: el instante trágico en que el bosque virgen devoró los artificios del conquistador y la palabra tuvo que calzarse la aspereza de la manigua para nombrar la ruina de su propio señorío.
Cristóbal de Llerena, Entremés de la Cordelera 1588
Aquel desmoronamiento material e institucional de la colonia, que las crónicas de Indias habían registrado con estupor empírico o indignación teológica, encontró su más alta y desgarradora catarsis dramática en las tablas virreinales con el Entremés de la cordelera de Cristóbal de Llerena. Representada en las naves de la propia Catedral de Santo Domingo en 1588 —apenas dos años después de que las teas y el saqueo despiadado de Francis Drake redujeran a cenizas el orgullo de la urbe primada, y en momentos en que los ingenios azucareros languidecían ante el éxodo hacia las minas continentales—, la pieza escenificó el desengaño absoluto de una sociedad que despertaba de la embriaguez aurífera a la más sórdida intemperie. La metáfora de la mujer que pare un monstruo disforme —engendro alegórico de cuyas entrañas brotan la codicia estéril, la vanagloria cortesana y el fardo asfixiante de las deudas— funcionó como un espejo implacable donde la oligarquía letrada y la burocracia de la Real Audiencia vieron desnudadas sus miserias, su rapiña especulativa y la ruina irreversible de una isla que se desangraba entre el contrabando y la despoblación. La lucidez testimonial de Llerena, celebrada por Pedro Henríquez Ureña por fundir la elegancia del humanismo clásico con el vigor incisivo del habla popular antillana, resultó intolerable para los magistrados y prelados de la colonia; la farsa se saldó con la mordaza del poder y la condena al destierro del canónigo hacia las costas desoladas de Río de el hacha (Colombia). En ese castigo ejemplarizante se consumó la amarga parábola de nuestra primera modernidad: la voz del catedrático expulsada de su tierra por haber osado proclamar sobre el tablado, ante el altar mayor, que la promesa imperial de las Indias no había parido el prometido reino de la abundancia, sino la monstruosidad deforme de la soledad, el desamparo y la bancarrota moral de Santo Domingo. Al cabo de unos años, Llerena regreso a Santo Domingo, y murió en la capital de la colonia en 1610.
Referencias bibliográficas
- Casas, B. de las. (1552/1999). Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Editorial Castalia
- Casas, B. de las. (1875-1876). Historia de las Indias (Libros I, II y III; 5 vols.). Imprenta de Miguel Ginesta
- Coll y Toste, C. (1907). Prehistoria de Puerto Rico. Tipografía Boletín Mercantil
- Fernández de Oviedo y Valdés, G. (1535/1851). Historia general y natural de las Indias (Parte I). Real Academia de la Historia. [Archivo PDF].
- Guerrero, M. (s. f.). El segundo viaje colombino. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- Henríquez Ureña, P. (1940/1975). El español en Santo Domingo. Editora Taller.
- Rosenblat, Á. (1967). La población en América en 1492: Nuevos y viejos cálculos.
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