Melodrama empieza justo donde el guion tradicional se detiene, en la aparentemente vida de una mujer de nombre Sonia interpretado por una debutante Mercedes Morales, quien después de enviudar tiene que mudarse a un apartamento pequeño frente al mar, un cambio de espacio que ya anticipa que nada volverá a ser de la misma manera.
Aunque el título juegue con la idea de exceso emocional la historia retoza con la aparente resignación de la protagonista de reiniciar su vida en un contexto reducido bajo la mirada de su hija, nieta y de sus amigas.
Lo que simula ser una historia de una mujer de la tercera edad como centro de una narrativa, se convierte en una declaración de libertad, si se quiere, de escoger lo mejor para su vida sin depender de la validación emocional ni social de los demás.
Frente a esta situación de viudez y soledad viene la llegada de un personaje que le trae una nueva inquietud. Aimé (Jimmy Jean-Louis), un obrero haitiano que trabaja en la construcción del edificio vecino y que viene a romper esa inercia del duelo.
Andrés Farías ha contado que la idea nació de algo personal, al descubrir que su propia madre, ya con 80 años, se había enamorado de nuevo. De ahí su decisión de llevar esa experiencia doméstica hacia un territorio más amplio como la tensa relación racial entre República Dominicana y Haití. Un interés por el drama social que ya Farías había demostrado con Candela (2021).
El detalle laboral de Aimé importa pues la película toma esta relación para hablar de las condiciones concretas que enmarcan su vida. Aquí se encuentra el motor del conflicto pues esta pareja enfrenta la desaprobación familiar, la política migratoria dominicana y los prejuicios sociales.
Mercedes Morales asume su papel bajo una directriz donde cada gesto de su personaje es una declaración de una mujer que ha decidido correr todo el riesgo para tomar las riendas de su vida sin importar las críticas de los demás.
Principalmente la de su hija Miriam, interpretada por Sarah Jorge León, quien funciona como la voz que reclama ese control moral sobre la madre, un roce generacional que va más allá de la discriminación explícita.
Farías coloca esta figura femenina sin tratarla como una anécdota, incluso, la reviste de un momento simbólico junto a su “affair”, donde la actriz construye a una mujer que no necesita explicar su duelo para que se sienta, lo edifica desde una perspectiva que corrobora con los aspectos sociales que adornan el relato.
No obstante, su idilio con Aimé es una especie de espejismo, pues la misma construcción del personaje responde a otra especificidad y no la de un obrero, pues este personaje es culto, recita poemas y se mueve con cierto sigilo alejándose de la realidad sociológica que dice representar.
Aquí puede resultar en una especie de construcción imaginaria y no real de lo que Sonia ve en él ya que el contexto de donde proviene lo retiene irremediablemente a una mirada marginal.
Posiblemente esta sea la mirada que Farias junto al escritor Ray Andújar y la guionista Julia Scrive-Loyer, quiere construir realizando una desconstrucción de una idea, quizás adrede, otorgándole de esta manera ciertos mecanismos de protección donde la palabra y la mirada son parte de los presupuestos de seducción.
Asumiéndolo de esta manera esto le permite al personaje ciertas licencias para manejarse dentro de entorno con innegable refinamiento cultural como una manera de ser visto como un sujeto de deseo, en vez de asumirse simplemente como un sujeto dominado.
Sobre los aspectos técnicos el trabajo de fotografía de Saurabh Monga y la dirección de arte convierten el espacio del apartamento en un contexto donde dialogan la negación a la soledad y la bienvenida a la relación sentimental consensuada.
La música introduce un registro caribeño que separa al filme de algunas estructuras propias del drama.
La música diegética construye el espacio sonoro simbólico de todas esas piezas de baladas ofrecen un buen “melo” para este “drama”, principalmente, con la canción “Contigo” interpretado por Paloma San Basilio, canción que Sonia la asume para irremediablemente acercar a Aimé a su vida otorgando una textura musical especial para un romance de época tardía.
En Melodrama, como otros han expresado, no hay reconciliación fácil ni condena moral. La película se resiste a resolver su propio conflicto con un final nada complaciente donde ni el amor ni el prejuicio ganan dentro de este contexto.
Es probable que este sea su mayor riesgo, y en especial del director, decir las cosas de manera incomoda y sin pedir perdón por el relato ni por el género.
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