El bosque salvaje (Wildwood), dirigida por Travis Knight y producida por el estudio Laika, el mismo que produjo la fantástica “Coraline” (2009), recupera la tradición de los relatos fantásticos para construir una historia sobre el miedo a la pérdida, el tránsito hacia la madurez y la necesidad de encontrar fortaleza frente a las adversidades.

Basada en la novela de Colin Meloy, ilustrada originalmente por Carson Ellis, la película utiliza el rapto del pequeño Mac como detonante de una aventura que trasciende la búsqueda de un familiar. El bosque al que llega Prue McKeel, su hermana, representa un territorio de transformación, un espacio donde las reglas del mundo conocido dejan de funcionar y donde los personajes deben enfrentarse a sus propias contradicciones.

Aquí la historia no plantea únicamente la confrontación entre el bien y el mal, sino que introduce una reflexión sobre las consecuencias del dolor, la ambición y la incapacidad de aceptar la pérdida. Por ejemplo, la figura de Alexandra, la que vigila el orden del bosque con su ejército, cuya conducta está marcada por el duelo, permite observar cómo el sufrimiento puede convertirse en una fuerza destructiva cuando se transforma en deseo de control.

Si observamos su estructura narrativa esta responde inicialmente al esquema del viaje de iniciación, presente en muchas historias de aventuras, la que plantea el relato de una joven que abandona su entorno cotidiano, atraviesa una frontera hacia un universo desconocido y debe superar una serie de pruebas que modifican su percepción de sí misma.

Además, la película amplía ese recorrido individual mediante una trama de conflictos políticos y territoriales que involucra a las distintas comunidades que habitan este bosque encantado. De esta manera el contexto deja de ser un simple escenario de aventuras para convertirse en un espacio organizado por relaciones de poder, lealtades enfrentadas y disputas por el equilibrio de su propio mundo.

La incorporación de Curtis como compañero de Prue introduce un contrapunto humorístico y emocional, pero también permite que la aventura se construya desde dos experiencias diferentes como la inseguridad y el crecimiento, combinando así elementos del cuento de hadas, fantasía épica y narración de aventuras, a través de una duración de 2 horas y 12 minutos.

Esta amplitud narrativa que se aparta de la estructura más breve y convencional de buena parte del cine animado comercial, ofrece posibilidades para desarrollar el universo fantástico, aunque también exige mantener el equilibrio entre la evolución emocional de los protagonistas y la multiplicación de personajes, escenarios y conflictos.

El mayor atractivo formal de la película se encuentra en su animación mediante la técnica stop-motion, una modalidad que exige construir físicamente los personajes, los objetos y los escenarios para animarlos mediante pequeños desplazamientos fotografiados cuadro a cuadro. Knight aprovecha las posibilidades expresivas de este procedimiento para otorgar al bosque una materialidad particular.

Destaca especialmente esa integración de animación tradicional junto a efectos prácticos, miniaturas y recursos digitales, que amplían las posibilidades del procedimiento sin sustituir su esencia. El resultado demuestra que el stop-motion puede abordar secuencias de gran complejidad visual y movimientos de cámara propios de producciones de animación contemporáneas.

El bosque salvaje es, por tanto, una obra cuyo interés no reside solamente en recuperar una técnica de animación que ha sobrevivido a distintas transformaciones industriales, sino en demostrar que todavía puede producir imágenes con personalidad propia, contar historias complejas con vitalidad y dejar constancia de una determinación para crear una obra de gran capacidad creativa.

Félix Manuel Lora

Profesor de cine

Periodista, crítico de cine, catedrático e investigador. https://cinemadominicano.com/author/fmlora/

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