Para analizar Digger con rigor conviene distinguir entre la información promocional, lo que efectivamente desarrolla el relato y la interpretación crítica que puede extraerse de sus decisiones narrativas y formales.
El relato inicial presenta a Digger Rockwell (Tom Cruise), un magnate petrolero estadounidense cuya actividad de perforación desencadena una emergencia ambiental cuando la ruptura de una enorme masa de hielo en el Ártico amenaza con provocar una catástrofe de alcance internacional.
La película parte de una contradicción dramática fértil cuando coloca a este magnate petrolero que pretende convertirse en salvador de una humanidad amenazada por una catástrofe que su propia actividad ha contribuido, una situación que es utilizada por la película para examinar la relación entre poder económico, responsabilidad política y representación artística.
Aquí el responsable privado de una parte de la crisis pretende resolverla cuando su magnitud ya impide mantenerla dentro de los límites de la empresa.
Su intervención, inclusive ante el presidente Compson (John Goodman) puede parecer necesaria desde una perspectiva inmediata, pero no elimina el conflicto de intereses.
La película introduce aquí una cuestión política precisa porque el poder económico puede presentarse como solución a los problemas que ha contribuido a generar.
Digger no necesita demostrar que sus decisiones anteriores fueron correctas; necesita convencer a los demás de que sigue siendo la persona más capacitada para decidir.
La secuencia del discurso ante una asamblea internacional lleva esa lógica al terreno de la retórica cuando Rockwell denuncia la hipocresía de sociedades que condenan la extracción petrolera mientras le recuerda al público que también consume los productos y servicios derivados del petróleo, una manera de desplazar la discusión desde su responsabilidad específica hacia una culpa colectiva.
Pero lo importante de esta narrativa es que Tom Cruise no interpreta simplemente a Digger Rockwell, sino a Curtis Markson, un actor que representa a Rockwell en una obra teatral ambientada décadas después de una catástrofe climática.
Esta aparición de ese segundo plano narrativo mueve la apreciación del público a interrogarse así mismo de que todo lo que vio anteriormente no corresponde a un hecho o situación actual, más bien a un mero eco de un desastre ya acontecido en que la representación teatral no es más que la agonía de un tiempo encapsulado en que todo se vuelve a repetir incesantemente como obra dramática.
De esta manera, Alejandro González Iñárritu (Amores Perros, Birdman, Revenant) junto a Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman en el guion, representan los creadores de una farsa que utiliza una obra que es una mera teatralidad de los recovecos humanos y su inclinación a la infamia y la destrucción.
Un recurso que introduce una distancia entre el acontecimiento histórico ficticio y su representación artística cuando el público no contempla directamente la catástrofe, contempla una versión teatral de ella, construida para transmitir una determinada interpretación moral.
El papel de Cruise tiene interés porque altera la relación entre estrella y personaje pues el envejecimiento artificial del personaje modifica el uso habitual del cuerpo al transformarse en un hombre envejecido y grotesco, un detalle que permite concentrarse más en su actuación a pesar de los cambios de su aspecto físico.
La fotografía de Emmanuel Lubezki y el diseño de producción de Dennis Gassner contribuyen a acentuar el carácter irónico del relato el cual tiende a lo grotesco, lo onírico y la distorsión, donde su mirada apunta directamente a la deformación moral de los personajes y la percepción alterada de un mundo en crisis.
No obstante, el exceso estilístico puede convertirse en un factor que distrae la característica del argumento.
Digger puede resultar más convincente como propuesta crítica que como construcción dramática plenamente resuelta, pues sus dificultades están cuando debe convertir esa idea en una experiencia narrativa coherente.
El resultado es una obra que merece atención por las preguntas que plantea, pero cuya ambición no elimina sus problemas de ejecución.
Quizás no se puede asumir como una obra incomprendida del todo ni se puede descartarla como un fracaso absoluto.
Depende de reconocer que su propuesta contiene una intuición importante y que el valor de esa intuición debe juzgarse también por la eficacia con que el cine la desarrolla.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota
