En 1819, en algún punto geográfico de isla La Española (como fue bautizada por el conquistador Cristóbal Colon) , un español, una china y un haitiano intentan levantar una fábrica de seda en plena selva.
Esta es la premisa de Bajo el mismo sol, una de las propuestas más interesantes del cine dominicano en lo que va del año, y la que representará al país en la categoría iberoamericana de los Goya 2027, después de que Melodrama, de Andrés Farías, se llevará el cupo de los Óscar.
Bajo el mismo sol es la primera película que Porra dirige sin su habitual compañera de oficio, la cineasta argentina Silvina Schnicer, con quien había filmado Tigre (2017) y Carajita (2021).
En esta nueva película la historia se centra en Lázaro (David Castillo) quien hereda de su padre la misión de levantar una fábrica de seda en territorio dominicano, tarea que le queda enorme y que carga más como condena que como oportunidad.
A su alrededor se organizan Mei (Valentina Shen Wu), tejedora china de una familia dedicada al oficio, y Baptiste (Jean Johnny) un desertor del ejército haitiano que había peleado contra los franceses.
También se encuentra Toni Regueiro quien completa este cuadro de personajes en el papel de un vicario colonial, y cuya presencia enmarca un particular simbolismo del poder de la corona en las entrañas del vasto mundo conquistado.
Lo que sostiene la película no es tanto la aventura empresarial pues el guion, escrito por Porra junto a Ulla Prida, no se detiene demasiado en los detalles técnicos de montar una fábrica de seda en plena jungla, más bien en el proceso por el cual tres personas de origen y estatus social completamente distintos terminan dependiendo unas de otras.
Tres personajes dentro de una envoltura de aventura colonial donde esa jerarquía que ocupan cada uno se desdibuja por momentos en pantalla y en otros instantes se hacen funcionales cuando se dan esos silencios entre Lázaro y Mei que edifican una relación atípica dentro de un contexto de lucha y esfuerzo o la miopía literal de Baptiste, quien encuentra unas gafas en mitad de la selva y las trata como si fuera un milagro.
La ubicación contextual de la historia también implica una lección que cabe en la decisión de lectura histórica que va más allá de la anécdota individual. 1819 es apenas a tres años antes de que Haití ocupara todo el territorio de La Española en 1822, en pleno pulso entre las potencias europeas y el estado haitiano recién nacido por el control de la isla, con la Iglesia operando todavía como brazo administrativo del poder colonial español.
Esto implica que los personajes se perciban con tomas de decisiones propias de la época, pero expresando las mismas angustias frente a las expectativas que genera levantar esa idílica empresa u otra de cualquier naturaleza.
En cuanto a las actuaciones, David Castillo, conocido en España sobre todo por su papel cómico en la serie “Aída”, propone a un Lázaro como un hombre superado por un legado que no pidió, con más ansiedad por el éxito que de la épica de conquista.
Valentina Shen Wu debuta en el cine con un personaje cuyas habilidades artesanales le confieren cierto poder dentro del contexto social de la época, pero que su encomienda la obliga a renunciar a su verdadera capacidad de mujer competente.
Jean Johnny, por su parte, construye a Baptiste desde la fragilidad física antes que, desde el heroísmo militar, un retrato muy particular dentro de los personajes haitianos recreados en el imaginario colonial caribeño.
Un gran logro de la cinta es el uso del entorno donde la selva dominicana funciona como un mecanismo que despoja a los personajes de sus jerarquías previas.
Lejos de cualquier centro urbano, sin las estructuras sociales que sostienen sus identidades de origen, Lázaro, Mei y Baptiste quedan reducidos a lo que realmente son cuando nadie los mide por su apellido, su oficio o su pasado militar.
El aislamiento geográfico hace, narrativamente, lo que el guion no necesita explicar con diálogos.
En el aspecto visual existe una confianza formal, casi física, en cómo Sebastian Cabrera Chelin mueve la cámara por la selva, que probablemente tiene menos que ver con un plan estético y más con las condiciones reales del rodaje.
Al igual el uso del sonido, con el trabajo de Andrew Galletly y Bernat Fortiana, refuerza esa sensación de inmersión física antes que de reconstrucción de época.
Bajo el mismo sol robustece el eje temático del cine dominicano que mira hacia la recreación histórica, un género que también tiene que superar los escollos que este tipo de producción implica.
No obstante, este filme al acercarse a la historia colonial, contribuye a crear nexos entre los relatos humanos y los conflictos epocales adosando la historia a las nuevas generaciones de una manera más visual, accesible y emotiva.
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