Cuando Ainara y Roger decidieron abandonar la gran ciudad para asentarse en Corterrangel, en la provincia española de Huelva, aumentaron la población del municipio en casi un 20%.
El contraste entre esta diminuta aldea de 15 habitantes y la Sevilla en la que vivieron durante tres lustros no puede ser más acusado. El pueblo, situado en el parque natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, está rodeado de bosques de castaños y dehesas de encinas y alcornoques, donde anidan aves rapaces y tienen su hogar ginetas y tejones.
"Valoramos mucho el silencio y el contacto con la naturaleza", cuenta Ainara. En Corterrangel están criando a su hija Irati, en una casa donde tienen una perra, Eska, gallinas, un huerto, no hay tráfico, ni ruidos, y que cuenta, además, con una ventaja muy atractiva: "Aquí pudimos comprar nuestra casa de un tirón con lo que teníamos ahorrado".
En Sevilla el alquiler estaba cada vez más caro, y comprar les resultaba muy difícil porque, sin contrato fijo, los bancos no están dispuestos a conceder hipotecas.
Los dos son científicos: Ainara estudia los alimoches (el más pequeño de los buitres europeos) y Roger los ácaros que habitan en las alas de las aves. Ambos trabajan para el prestigioso Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la principal institución pública española dedicada a la investigación, un sector donde, a menudo, los contratos dependen de una financiación fluctuante y se van renovando cada pocos años.
Desde hace ocho años, cuando se mudaron a Corterrangel, tienen que desplazarse a la oficina a Sevilla, que se encuentra a algo más de una hora por carretera. Pero es un inconveniente que les compensa: "Vivir aquí nos da mucha paz", reconoce la investigadora.
¿Se consideran neorrurales? "Por supuesto", sentencia Roger. Mudarse al campo no ha sido solo una necesidad, también un acto consciente y deseado.
El caso de Ainara y Roger no es el único. Desde hace unos años, cada vez más jóvenes en España aspiran a abandonar los grandes centros urbanos en busca de una mayor calidad de vida y huyendo de los altos precios de la vivienda, mercado que se encuentra en máximos históricos en el país.
Varios estudios académicos recogen esta tendencia que se inició durante la pandemia.
Aunque algunos de los que huyeron entonces hacia los pueblos han regresado a las ciudades a medida que el teletrabajo retrocedía, otros han hecho ya allí sus vidas o aspiran con instalarse en una zona rural.
Precios en máximos históricos
Uno de los detonantes son los precios de las viviendas. En España han sobrepasado los de la burbuja inmobiliaria que acabó estallando en 2008, mientras que el alquiler ha subido en muchas comunidades autónomas a razón de cifras de doble dígito, explica a BBC Mundo María Matos, directora de Estudios y portavoz del portal inmobiliario Fotocasa.
Una encuesta realizada por este portal en verano desvelaba que el 63% de las personas que estaban buscando vivienda, bien para alquilar o para comprar, desearían mudarse a una zona rural.
El deseo era especialmente acuciante entre personas con ingresos bajos y colectivos más vulnerables, "entre los que se encuentran los jóvenes, que ven en las áreas rurales una esperanza para poder emanciparse", señala Matos.
De hecho, entre las personas de entre 18 y 24 años, la encuesta encontró que el porcentaje de los que soñaban con el campo ascendía al 70%, aunque la mayoría era consciente de que no llegarían a cumplir esa aspiración, principalmente porque sus trabajos no se lo permitían.
El desajuste entre salarios y el aumento desproporcionado de los precios del alquiler y de la venta de vivienda ayudan a explicar esta aspiración. El salario medio bruto en España en 2024 fue de 2.385 euros al mes, según el Instituto Nacional de Estadística, y de 1.372,8 al mes el de los menores de 25 años.
En Madrid, el precio promedio por metro cuadrado de alquiler se sitúa en los 22,37 euros. Es decir, que una vivienda familiar estándar de 80m2 cuesta de media 1.789,6 euros.
Cambio de vida
Para Anaí Meléndez, originaria de Valladolid, el precio del alquiler fue la gota que colmó el vaso de su paciencia con Madrid.
Pasó años trabajando en la capital española en varias de las grandes agencias de publicidad. Los sueldos, sin embargo, eran "irrisorios", y los alquileres apretaban cada vez más el bolsillo.
Tuvo que abandonar uno de los apartamentos en los que vivió porque el propietario le comunicó que lo necesitaba para un hijo suyo, una de las razones que permiten en España poner fin a un contrato de alquiler. Sin embargo, poco después se dio cuenta de que la que había sido su casa se encontraba anunciada en AirBNB, el portal de alquileres vacacionales.
Entre los bajos sueldos, el alto precio de los alquileres y una ruptura personal, Anaí se lio la manta a la cabeza y decidió dejar el trabajo y dar un giro radical a su vida.
"Desde hacía tiempo tenía un hobby; hacía una cata de chuletas en mi piso de Lavapiés. Invitaba a amigos y poco a poco se fue de las manos. Primero eran amigos, luego amigos de amigos… Al final decidí que podía sacar una rentabilidad a esas jornadas", cuenta a BBC Mundo.
Gracias al dinero de la prestación por desempleo, Anaí pudo pasar dos años recorriendo la región en la que se encuentra su pueblo, Nava del Rey, en busca de proveedores, tejiendo redes, conociendo el territorio y "buscando gente que tuviera mi misma filosofía", explica.
Finalmente encontró un local para reformar en su pueblo y allí montó su restaurante, "Caín", especializado en carnes a la brasa y que utiliza productos locales y de temporada.
La restauradora asegura que no es la única que ha hecho ese camino inverso, del pueblo a la gran ciudad y de vuelta al origen.
Cuenta de jóvenes que han regresado a Nava del Rey, que no llega a los 2.000 habitantes, para montar, por ejemplo, una clínica de fisioterapia. O los que han decidido tomar las viñas viejas de sus abuelos y están haciendo vino con nuevas técnicas, mejorando el producto que hacían sus antepasados.
"En los pueblos hay mucho trabajo, pero hay que crearlo, buscarlo", opina Anaí Meléndez.
La "España vaciada"
Este es uno de los problemas con los que se encuentra la conocida como "España vaciada", las zonas rurales que han sufrido una despoblación masiva, principalmente por el éxodo hacia las ciudades de los años 50 y 60, y que se enfrentan a una pérdida de servicios públicos, así como a un desequilibrio en cuanto a desarrollo social, económico y cultural.
Diego Curto, gerente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Valle de Ambroz (DIVA), una organización sin ánimo de lucro que busca dinamizar esta región extremeña, confirma este punto.
La pérdida de población obliga al cierre de servicios, comercios, bares o restaurantes, y esto se convierte en un círculo vicioso que hace que la región pierda atractivo y anime a otros a marcharse.
Desde DIVA y otros organismos similares buscan dinamizar la región, generar empleo y atraer a gente. Para ello han creado un banco de vivienda y tierras que hubiera en el territorio y que estén dispuestas a alquilarse. También ofrecen información sobre los servicios que hay en la zona: hospitales, ambulatorios, colegios, guarderías…
Varias familias ya se han asentado en el valle. "La gente busca calidad de vida y tranquilidad, y muchas personas con familia quieren criar a sus hijos en el medio rural, donde se evitan los problemas que hay en la ciudad", señala a BBC Mundo Curto.
También han sido contactados por familias latinoamericanas que buscan principalmente trabajo en la zona: "Hay muchos que nos dicen que llevan años en Madrid o en Valencia y que les gustaría cambiar, y son perfiles que aquí nos hacen mucha falta también".
Las barreras
Muchos se encuentran, sin embargo, de nuevo con el problema de la vivienda: si bien es más barata que en las grandes ciudades, en muchos pueblos escasea.
"La barrera de la vivienda es una de las causas de que más gente no venga a vivir a los pueblos", dice Curto, quien lamenta que cuando se hacen promociones de vivienda pública "casi siempre son en ciudades o núcleos urbanos grandes".
Este déficit es el que ha impulsado al alza los precios en toda España, según María Matos.
"España ha recibido más de 500.000 personas en el último año y tenemos un déficit de casi 150.000 viviendas anuales que vamos arrastrando y haciendo cada vez esa bolsa de viviendas necesarias más grande", señala la directora de Estudios de Fotocasa.
Otra barrera, la de los estereotipos, frena también a algunas personas que quizás podrían encontrar en el medio rural un entorno óptimo para vivir.
"Muchos creían que era un atraso irnos a vivir así, pero nosotros pensábamos que encontraríamos gente con vidas muy diferentes e interesantes, y así fue", relata Ainara, la investigadora.
Algunos sacrificios sí han tenido que hacer.
"No puedes ir a las dos de la mañana al Carrefour Express, no tienes Glovo (una aplicación de reparto de comida a domicilio)… Estamos acostumbrados a un estilo de vida que es difícil de romper", confiesa Analía Meléndez.
Por este motivo, cuenta, muchos de sus amigos a los que les gustaría seguir sus pasos, les resulta difícil romper con su rutina.
"Yo soy impulsiva, pero sé que no es sencillo decir: 'Oye, déjalo todo y haz lo mismo que yo, vete a vivir a un pueblo’".
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