Una mujer, cubierta con velo islámico y la cara difuminada para ocultar su identidad, junto a una ventana.
BBC
Alia viajó a la capital afgana para escapar del matrimonio como única opción en la vida.

Alia —cuyo nombre hemos cambiado por su seguridad— viajó cientos de kilómetros desde su pueblo hasta Kabul para escapar del matrimonio.

Hizo el viaje en taxi hasta la capital de Afganistán el año pasado junto a su prima, ambas cubiertas de pies a cabeza, con solo los ojos visibles, como dictan las normas. Fue algo excepcional y arriesgado en su país, ya que en cualquier momento podían ser detenidas por los inspectores talibanes que hacen cumplir las reglas que prohíben a las mujeres viajar largas distancias sin la compañía de un familiar varón.

Pero Alia, que tiene 19 años, y su prima no fueron detenidas en ninguno de los controles talibanes y lograron llegar a la capital.

"Le puse una excusa a mi familia, les dije que venía a ver a mis amigas y excompañeras de clase. Pero no es verdad. No están aquí. El motivo real es que, si me quedaba en Daykundi, me obligarían a casarme".

En cambio, llegó a Kabul con un plan: se matriculó en un curso de inglés.

Estos cursos privados, de corta duración y que solo una minoría en Afganistán puede pagar, constituyen, junto con las madrasas centradas en la educación religiosa, las únicas opciones para que las chicas sigan aprendiendo más allá de la escuela primaria en Afganistán. Pero ninguna de estas opciones equivale a la educación formal.

Han pasado ya casi cinco años desde que los talibanes prohibieron a las niñas mayores de 12 años asistir a la escuela, dando una razón tras otra para justificar la continuidad de la prohibición.

Cinco años en los que niñas como Alia han crecido sin la educación que querían y necesitaban, cinco años en los que el camino hacia una carrera profesional prácticamente ha desaparecido, lo que ha reducido sus opciones hasta dejar a millones de niñas en Afganistán con una sola: el matrimonio.

Niños afganos, con gorros blancos, se sientan sobre una alfombra en el suelo y estudian el Corán en una madrasa, una escuela islámica en el distrito de Argo, en la provincia de Badakhshan, el 12 de mayo de 2026.
AFP via Getty Images
Estos chicos asisten a una madrasa, o escuela religiosa. Cierta educación religiosa también está disponible para las niñas.

La historia de Alia es poco común, no solo por su valentía. También proviene de una familia que cuenta con recursos para aprovechar las pocas oportunidades disponibles para las jóvenes, algo poco habitual en un país donde, según Naciones Unidas, tres de cada cuatro personas no pueden cubrir sus necesidades básicas.

No es que la familia de Alia no quiera que estudie: aceptaron que quisiera quedarse en Kabul y siguen pagándole su curso de inglés. Pero incluso ellos se ven limitados por la realidad de la vida en Afganistán.

"Antes de la prohibición, mis padres me animaban con entusiasmo a ir a la escuela. Me decían que podía cumplir mi sueño de convertirme en piloto.

"Pero ahora dicen que la mejor opción para mí es casarme, porque no puedo ir a la escuela ni a la universidad, y ni siquiera puedo trabajar."

Alia ha recibido propuestas de matrimonio. Tiene miedo de tener que aceptar alguna y teme que la familia en la que se case no le dé la misma libertad que sus padres. "Algunas familias pueden ser muy restrictivas. Es posible que me digan que olvide mis sueños. No me siento nada optimista al respecto."

Pero su determinación es firme. "Si mi familia no me obliga a casarme, esperaré. Resistiré hasta mi último aliento."

Pero resistir es difícil.

En una vivienda pequeña y austera en el oeste de Kabul, conocemos a Shama.

"Si los talibanes no hubieran tomado el poder, ya casi habría terminado la escuela. Estaría cerca de cumplir mi sueño de ser doctora. Eso era lo que quería", dice Shama.

En cambio, hace cuatro años, cuando tenía 18, su madre la presionó para que se casara. Ahora es madre de una bebé y de una niña pequeña.

Hemos cambiado también su nombre y los de su familia por su seguridad.

Dos mujeres se sientan en la oscuridad con hiyab y mascarillas para proteger su identidad.
BBC/Imogen Anderson
La BBC protege la identidad de todas las mujeres que han contribuido a este reportaje.

Su madre, Kamila, que trabajó como limpiadora para sacar adelante la educación de sus hijas tras la muerte de su marido hace seis años, sintió que no tenía otra opción. Temía que su hija, una joven en edad de casarse, atrajera atención negativa y afrontara dificultades si permanecía soltera.

"Tenía miedo de que ellos (los miembros del gobierno talibán) preguntaran por qué no la casaba", nos dice Kamila.

"Quería que estudiara, que trabajara y que contribuyera a la sociedad. Soy analfabeta, así que soy como una persona ciega. Pero quería que mis hijas aprendieran. Ella tenía muchos sueños, pero no pudo cumplirlos."

La prohibición del gobierno talibán sobre la educación ya ha tenido un impacto irreversible en la vida de una multitud de mujeres y niñas. Según Naciones Unidas, si la prohibición continúa hasta 2030, "más de dos millones de niñas se habrán visto privadas de educación más allá de la escuela primaria en un país que ya presenta una de las tasas de alfabetización femenina más bajas del mundo".

"Tener un marido no es el único sueño de una mujer. Primero necesita valerse por sí misma, ser independiente y luego casarse y formar una familia. Pero yo entré en esta nueva vida sin nada de eso. Mis sueños siguen sin cumplirse", lamenta Shama.

Antes de la llegada de los talibanes al poder, Shama rechazó muchas propuestas de matrimonio.

"Las rechacé porque mi educación era más importante para mí que cualquier otra cosa. Lo que yo quería para mí no era lo que ellos (los posibles maridos) querían para mí", dice.

Ahora explica que vive en constante estrés y que incluso se altera cuando ve películas en las que los personajes femeninos trabajan o estudian.

Su marido la trata bien, pero la tristeza por no haber tenido la oportunidad de alcanzar su potencial nunca la abandona. "Es muy difícil para mí. Siento que estoy atrapada en mi casa. Solo vivo para mis hijos", dice.

Su hermana Nora, de 18 años, teme ahora correr la misma suerte.

"Soy demasiado joven para casarme. Quiero continuar con mi educación. Es como estar en una cárcel. Tengo miedo de salir por el gobierno, y en casa mi madre me dice que debo casarme", dice Nora, que a menudo sueña con volver a la escuela.

Pero no cree que vaya a regresar a clase bajo un gobierno talibán.

"El gobierno talibán dijo que las escuelas están cerradas para las niñas hasta nuevo aviso. Pero ya han pasado cuatro años y medio. Hemos esperado ese mensaje cada día".

Sin respuesta de los talibanes

Desde 2021, la respuesta del gobierno talibán a la pregunta de cuándo se reabrirán las escuelas para las niñas ha cambiado de una justificación a otra, hasta llegar ahora a la evasión y al silencio.

En septiembre de 2021, en nuestra primera entrevista con un portavoz talibán tras su llegada al poder, este dijo que las escuelas para niñas abrirían y añadió que estaban "trabajando para mejorar la situación de seguridad".

Un año después, la respuesta fue que "los líderes religiosos tienen preocupaciones sobre la seguridad de las niñas en sus desplazamientos hacia y desde la escuela", pero aseguraban que estaban trabajando en ese problema.

En 2024, el portavoz adjunto del gobierno talibán, Hamdullah Fitrat, me dijo: "Estamos a la espera de una decisión del liderazgo".

Este mes, volví a reunirme con Fitrat, quien no quiso ser fotografiado con una mujer ni sentarse frente a mí. Le pregunté cómo pueden seguir justificando la prohibición de la educación secundaria y universitaria para las mujeres.

Respondió señalando que "alrededor de siete millones de niños y cinco millones de niñas estudian actualmente".

"La restricción de la educación más allá del sexto grado es un asunto distinto", afirmó, y nos remitió al Ministerio de Educación, que "con suerte… dará una respuesta satisfactoria".

Cuando insistí y le dije que mujeres y niñas en Afganistán nos han contado que no creen que la educación vuelva a abrir bajo el gobierno talibán, su respuesta volvió a ser remitirnos al Ministerio de Educación.

Planteamos la misma pregunta al Ministerio de Educación. No respondieron.

En nuestra cobertura del país hemos observado que dentro del gobierno talibán existen divisiones sobre la educación de las mujeres, pero el líder supremo ha endurecido su postura con el paso de los años.

Las mujeres y las niñas recuerdan el día en que las escuelas cerraron para ellas con total claridad.

"Lo único que hice fue llorar todo el día y toda la noche", recuerda Alia. "No pude dormir durante una semana. Me sentía como si caminara como un cuerpo sin vida."

"Cuando veo a hombres de mi edad que ya se han graduado y van a la universidad, me siento muy mal, siento como si estuviera ardiendo en el infierno", añade.

Las mujeres afrontan también otras restricciones impuestas por el líder supremo talibán.

Estudiantes afganas salen tras las clases del instituto Zarghoona, en Kabul, Afganistán en una imagen de 2021.
Paula Bronstein / Getty
El regreso de los talibanes al poder en 2021 supuso el fin del acceso a la educación para miles de afganas.

Aunque no en todas partes se aplican con máximo rigor, las órdenes generan temor entre la población. El impacto conjunto de la aplicación de las normas del gobierno, y en algunos casos de restricciones que las propias personas se imponen, hace que las mujeres estén casi ausentes de la vida pública.

En defensa de su gobierno, Fitrat dice: "Hemos emitido miles de permisos para que las mujeres dirijan negocios, lo que es un paso positivo".

También afirmó que el Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, la policía moral del gobierno talibán, resolvió más de "2.000 casos en los que se había negado a mujeres su parte legítima de herencias" y que "2.500 mujeres que estaban siendo obligadas a casarse o eran menores de edad recibieron ayuda".

Pero en la última semana, el gobierno talibán estableció por ley normas que implican que el silencio de una menor puede interpretarse como consentimiento para casarse.

Y la evidencia en el terreno dibuja un panorama muy diferente del que plantean las autoridades: la prevalencia de matrimonios forzados y de menores aumenta porque las niñas no pueden estudiar.

Entre las mujeres y las niñas con las que hemos hablado existe la sensación de que una de las formas más graves de discriminación institucionalizada ya no genera tanto impacto o indignación. Sienten que el mundo las ha abandonado.

"Si no nos hubieran olvidado, seguro que ya se habría hecho algo", dice Alia.

"A menudo pienso: ¿por qué nacimos en Afganistán?", dice Nora.

Su madre, Kamila, lanza un mensaje a las madres de todo el mundo.

"En un mundo donde sus hijas pueden estudiar y trabajar, déjenlas hacerlo. Permítanles ser independientes".

"Aquí en Afganistán, para nosotras, eso se acabó."

Con información adicional de Imogen Anderson, Mahfouz Zubaide y Sanjay Ganguly.

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