Marina entró al Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (Conani) a los 13 años, después de huir de su casa y permanecer por cuatro días ausente. Corrió para alejarse de un hogar en el que el padre era violento y le “daba muchos golpes” y una madre con graves problemas de salud mental.
Huyó un domingo y el viernes ya estaba en la casa de acogida en Los Girasoles, en la que, bajo la tutela del Estado, le ofrecían un entorno más estable y seguro que el familiar.
Marina (nombre cambiado para proteger su identidad), como cualquier adolescente, no se adaptaba al centro. Las reglas le parecían excesivas y el encierro le resultaba difícil.
Dormían en un salón donde, según relató, convivían más de 30 niñas. Muchas de ellas habían llegado allí por razones parecidas: violencia en sus hogares, abandono, conflictos familiares o situaciones que las obligaron a salir de los entornos donde crecieron.
Nanita, de 14 años, era una de ellas. Antes de convertirse en el centro de una investigación criminal, era simplemente "Marianita", como le llamaban sus compañeras. Una adolescente que jugaba, bailaba y hacía reír a las demás.
Nanita Pimentel Paul también llegó a Conani empujada por la desgracia. Según el expediente de la investigación del Ministerio Público, Nanita compartió algunos de los episodios dolorosos que marcaron su vida. Eran historias que, en distintos matices, se repetían entre muchas de las jóvenes que convivían en el centro: infancias atravesadas por violencia, carencias y experiencias traumáticas que llegaron mucho antes que ellas a esas instalaciones.
"No quería que me desapareciera también"
Cuando recuerda lo ocurrido, Marina habla con pausas largas. En la evaluación psicológica realizada tras los hechos quedó registrado que se mostraba triste, preocupada y con la voz entrecortada. A medida que avanzaba en su relato, la carga emocional parecía hacerse más pesada.
Lo que más la afecta no es solo haber presenciado una muerte, sino la sensación de haber perdido a una compañera con la que apenas comenzaba a construir una amistad.
Según el testimonio recogido por las autoridades, Nanita fue llamada por tres de sus compañeras para "darle un regalo".
Una de ellas, a quien Marina identifica como "la que tiene el moño para arriba, la morenita", le vendó los ojos a Nanita, mientras que las otras dos la sostuvieron por las manos y los pies. Lo que sigue es un relato duro y encarnizado.
"Yo me levanté a hacer pipí y ya ellas estaban despiertas; vi una de ellas, la blanquita que no sé cómo se llama, se metió debajo de la cama cuando regresé, por eso me hice la dormida, no sabía que iban a hacer, no quería que me desapareciera también, pensando yo después de ver lo que hicieron", recoge el documento del Ministerio Público.
Afirma que Nanita intentó gritar durante la agresión, pero las compañeras lo impidieron. Según su testimonio, fueron las propias adolescentes señaladas en el caso quienes terminaron admitiendo lo ocurrido ante el personal del centro.
Sanción de carácter excepcional
El artículo 339 de la Ley 136-03, del Código para el Sistema de Protección y los Derechos Fundamentales de Niños Niñas y Adolescentes establece privación de libertad como una "sanción de carácter excepcional" que sólo podrá ser aplicada cuando la persona adolescente fuere declarada responsable por sentencia irrevocable, de la comisión de por lo menos uno de los siguientes actos infraccionales:
a) Homicidio;
b) Lesiones físicas permanentes;
c) Violación y agresión sexual;
d) Robo agravado;
e) Secuestro;
f) Venta y distribución de drogas narcóticas; y,
g) Las infracciones a la ley penal vigente que sean sancionadas con penas de reclusión mayores de cinco años.
De igual forma, el artículo 340 contempla privación de libertad de un período máximo de uno a tres años para la persona adolescente entre trece y quince años de edad, cumplidos, al momento de la comisión del acto infraccional y de uno a cinco años para las personas adolescentes, entre dieciséis a dieciocho años.
La sanción deberá ser cumplida en un centro especializado.
Más allá de la pérdida
Marina carga con el miedo: Miedo por lo que vio aquella noche y miedo por las consecuencias de contarlo. Aun así, decidió narrar lo sucedido a las autoridades y colaborar con la investigación.
Sin embargo, la tragedia dejó heridas que van más allá de la pérdida de una vida. También impactó a las jóvenes que compartían el espacio con Nanita, a las cuidadoras que intentaban protegerlas y a adolescentes como Marina, que llegaron a Conani buscando seguridad y terminaron enfrentándose a una experiencia que probablemente las acompañará durante mucho tiempo.
La muerte de Nanita volvió a colocar el foco sobre una realidad incómoda: la de adolescentes que llegan al sistema de protección después de haber sobrevivido a situaciones extremadamente difíciles y que siguen necesitando acompañamiento, atención especializada y espacios verdaderamente seguros para reconstruir sus vidas.
Detrás del expediente judicial hay historias de niñas que ya arrastraban profundas vulnerabilidades antes de que ocurrieran los hechos. Historias distintas entre sí, pero unidas por un denominador común: la búsqueda de protección.
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