En el año 508 antes de Cristo, el estadista ateniense Clístenes reorganizó la ciudad-estado de Atenas en unidades llamadas demos: pequeñas comunidades territoriales donde los ciudadanos se reunían, deliberaban y tomaban decisiones colectivas. No era un experimento filosófico. Era una respuesta urgente a la tiranía y a la concentración del poder en manos de unos pocos. La democracia no nació en un palacio ni en un decreto; nació en la plaza pública, entre vecinos que decidieron que sus vidas importaban.
Cinco siglos después, en los barrios pobres del Imperio Romano, otra forma de organización comunitaria emergía desde los márgenes. Las primeras comunidades cristianas —descritas en el libro de los Hechos de los Apóstoles— practicaban lo que el griego llamaba koinonía: comunión, participación, vida en común. "Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común", dice el texto. Vendían sus propiedades, distribuían los recursos según la necesidad de cada quien y se reunían en casas particulares para comer, orar y sostenerse mutuamente. No era caridad. Era política.
Ambos modelos —el ágora griega y la koinonía cristiana— comparten una convicción fundacional: cuando el Estado falla o excluye, la comunidad organizada es la única respuesta legítima.
Cuando el silencio mata: Nueva York, 1990
A finales de los años 80, el VIH/SIDA devastaba los barrios latinos de Nueva York con una crueldad particular. No solo por la enfermedad en sí, sino por la acumulación de barreras que convertían cada diagnóstico en una sentencia: barreras lingüísticas, miedo al estatus migratorio, ausencia de servicios de salud culturalmente accesibles y, sobre todo, un estigma social y religioso que empujaba a los enfermos hacia el silencio y el aislamiento.
El Estado miraba hacia otro lado. Las instituciones de salud pública hablaban un idioma que no era el de esas familias. Las iglesias, en muchos casos, condenaban en lugar de acompañar. De hecho, uno de los musicales más emblemáticos, Rent, escrito por Jonathan Larson, quien creó la música, las letras y el libreto, para el año 1996.
Fue en ese vacío donde, en 1990, una coalición de líderes latinos fundó la Latino Commission on AIDS. Su premisa era sencilla y radical al mismo tiempo: la lucha contra el VIH no podía librarse solo en hospitales y clínicas. Había que llegar a las familias, a los barrios y, especialmente, a las iglesias.
Entre sus principales impulsores destacó Dennis de León, activista que comprendió que el estigma era tan letal como el virus. Tras su fallecimiento en 2009, el liderazgo fue asumido por Guillermo Chacón, quien continúa dirigiendo la organización y ampliando su alcance a escala nacional.
El templo como espacio democrático
En 1996, la Comisión lanzó el Programa de Liderazgo Religioso Latino (Latino Religious Leadership Program), una iniciativa que transformó la relación entre salud pública y fe en las comunidades hispanas de Nueva York. La visión era, para su época, casi subversiva: convertir los templos en centros de información, acompañamiento y justicia sanitaria.
Más de un centenar de congregaciones han participado en estos esfuerzos a lo largo de los años. Las iglesias comenzaron a educar a sus feligreses sobre VIH, hepatitis y otras enfermedades transmisibles; a promover pruebas de detección; a desarrollar ministerios de salud; y a combatir activamente la discriminación hacia las personas que viven con el virus.
La lógica no era nueva. Era, en esencia, la misma que animó a los primeros demócratas atenienses y a las comunidades de fe del siglo I: el espacio comunitario como infraestructura de cuidado colectivo, como antídoto a la exclusión institucional.
Las mujeres: el eslabón invisible
Gran parte de la narrativa pública sobre el activismo contra el VIH ha sido protagonizada por hombres. Pero en el trabajo cotidiano de la Latino Commission on AIDS, las mujeres latinas han sido el tejido conectivo que sostiene todo lo demás.
Madres, líderes de ministerios, promotoras de salud, trabajadoras comunitarias y voluntarias han organizado ferias de salud, talleres educativos, programas de apoyo familiar y grupos de oración y acompañamiento. Muchas de ellas se convirtieron en verdaderas embajadoras de salud pública dentro de sus congregaciones, sin título oficial, sin salario y, con frecuencia, sin reconocimiento.
La Comisión ha desarrollado capacitaciones específicas para abordar el impacto diferenciado del VIH en las mujeres latinas y para reducir el estigma que enfrentan dentro de sus propias comunidades de fe, donde la doble moral suele cargar sobre ellas el peso de la vergüenza ajena.
Cuarenta años después: la lucha continúa —y se complica
A comienzos de junio de este año, la Latino Commission on AIDS celebró su Gala Cielo anual en el Cipriani Wall Street de Nueva York, bajo el lema "Designing a World Without AIDS: Then. Now. Next." El evento reunió a más de 400 personas y marcó el 40° aniversario del primer reporte del CDC que documentó el impacto desproporcionado del VIH en comunidades negras y latinas. Cuatro décadas después, la desigualdad persiste, según informó una de las voceras, la maestra dominicana María Ivelisse Peña Mateo.
Pero el contexto político en 2026 es más hostil que en años recientes. La administración Trump publicó en marzo nuevas directrices para el Programa Ryan White —el principal mecanismo federal de financiamiento para personas con VIH— que prohíben a las organizaciones receptoras reconocer la identidad transgénero y brindar atención afirmativa de género a sus pacientes. Lambda Legal y varias organizaciones nacionales de salud han demandado al gobierno federal, calificando las medidas de ilegales, según reportó Sentidog.
La amenaza no es solo doméstica. La agencia ONUSIDA alertó esta semana que los recortes masivos en la ayuda internacional están poniendo en peligro décadas de avances en la lucha contra el VIH a escala global, en lo que la directora ejecutiva Winnie Byanyima describió como el golpe más duro a esta causa desde que el mundo comenzó a movilizarse.
Una lección que viene de lejos
La historia de la Latino Commission on AIDS no es solo la historia de una organización sin fines de lucro en Nueva York. Es la historia de una forma de hacer política que tiene más de dos milenios de antigüedad: la convicción de que los excluidos del sistema tienen tanto derecho como obligación de construir sus propias instituciones de cuidado.
Los atenienses lo llamaron demos. Los primeros cristianos lo llamaron koinonía. Los latinos de Nueva York en 1990 lo llamaron comunidad.
El nombre cambia. La lógica es la misma: cuando el Estado abandona, la comunidad organizada no espera permiso para actuar.
En un momento en que los recortes federales amenazan con desmantelar décadas de avances en salud pública para las comunidades más vulnerables, esa lección resulta más urgente que nunca.
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