El hombre más rico del mundo está haciendo algunas de las promesas más descabelladas de la historia. Antes de la venidera salida a bolsa de su compañía SpaceX, dedicada a satélites, cohetes e inteligencia artificial (IA) —con una valoración estimada de US$1,75 billones, una cifra que batiría todos los récords—, Elon Musk ha estado prometiendo un futuro impulsado por la IA, caracterizado por la abundancia sostenible, centros de datos orbitales y una colonia de un millón de personas en Marte. Quizá tengamos que inventar un nuevo adjetivo para describir los superlativos que brotan de la boca de Musk. ¿Muskpérbole, tal vez?
El miércoles, SpaceX presentó su prospecto, uno de los documentos más extraordinarios de la historia corporativa. La compañía planea acelerar el "surgimiento de nuevos mercados de billones de dólares en la Luna, Marte y más allá" y asegurar el futuro próspero de la humanidad. "No queremos que los humanos corran la misma suerte que los dinosaurios", afirma el prospecto, en una frase que probablemente no haya aparecido antes en ningún documento de la Comisión de Bolsa y Valores de EE. UU. (SEC, por sus siglas en inglés).
En septiembre, Tesla (el negocio paralelo de Musk valorado en US$1,3 billones) reveló el Plan Maestro IV, prometiendo ayudar a construir el futuro "con el que siempre hemos soñado" al "redefinir los pilares fundamentales del trabajo, la movilidad y la energía".
Un lector del Financial Times (FT) señaló que la retórica de Musk se hace eco, de manera extraña, de las promesas hechas por un hombre muy diferente en un contexto muy diferente: el 22.° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1961. A principios de ese año, el cosmonauta ruso Yuri Gagarin había completado el primer vuelo espacial tripulado. El dominio tecnológico soviético parecía inigualable. El grandilocuente secretario general del Partido Comunista, Nikita Jrushchov, declaró que la Unión Soviética iba por buen camino para construir una "vida de abundancia". "Nos guiamos estrictamente por cálculos científicos", dijo Jrushchov, "que muestran que en 20 años construiremos una sociedad principalmente comunista".
En casi todos los aspectos, Musk y Jrushchov son polos opuestos. Musk es un genio emprendedor único en su clase, mientras que Jrushchov era un rufián soviético astuto, imprudente y asesino. El comunista acérrimo amenazó en una ocasión con enterrar el capitalismo, mientras que Musk arremete contra el "Estado administrativo" (aunque se beneficia enormemente de los contratos gubernamentales).
Sin embargo, una inspiración común fue el científico Konstantín Tsiolkovski, un pionero del programa espacial soviético y una figura destacada del movimiento cosmista ruso. Tsiolkovski —quien notablemente utilizaba una trompetilla acústica— es más conocido por ilustrar la "tiranía de la ecuación del cohete", que explica los fundamentos de los vuelos espaciales. "La Tierra es la cuna de la humanidad, pero la humanidad no puede permanecer en la cuna para siempre", escribió en 1911. Musk ha citado esta frase de Tsiolkovski como fuente de inspiración.
Como describe Michel Eltchaninoff en su libro Lenin pisó la Luna, nuestros titanes tecnológicos contemporáneos son, en muchos sentidos, "los hijos del cosmismo ruso". Y los herederos intelectuales de Tsiolkovski han acogido a Musk como uno de los suyos. El año pasado, organizaron la lectura de una obra de teatro en honor a ambos hombres en su ciudad natal de Tsiolkovski.
Las grandiosas visiones de Musk sin duda han inspirado a una generación de inversionistas —influenciados por las tendencias populares y el supuesto potencial— que han respaldado constantemente sus proyectos desafiando los parámetros de valoración convencionales. En los últimos 24 años, SpaceX ha acumulado pérdidas por un total de US$37 000 millones, según The Information, una cifra enormemente superior a la de cualquier otra compañía que haya salido a bolsa anteriormente. "Tenemos un historial de pérdidas netas y es posible que no alcancemos la rentabilidad en el futuro", admite con franqueza el prospecto de SpaceX en medio de 37 páginas de factores de riesgo.
SpaceX es, sin duda, una compañía asombrosa. Ha realizado 650 lanzamientos espaciales orbitales y ha transformado la economía espacial. Pero la venidera salida al mercado con una valoración tan elevada como la anunciada parecería desafiar la gravedad financiera de la misma manera que los planes de Jrushchov alguna vez desafiaron la lógica económica.
Para Musk, la cotización de SpaceX es solo un hito en el camino hacia extender "la luz de la conciencia a las estrellas", una misión que Tsiolkovski seguramente habría aplaudido. Pero la historia demuestra que las visiones grandiosas pueden terminar en fracasos aplastantes. Tres años después de pronunciar su jactancioso discurso de 1961, Jrushchov fue derrocado en medio de denuncias por sus "planes descabellados". Al menos, al controlar el 94 por ciento de las acciones clase B con derecho a voto de SpaceX, es poco probable que Musk sufra un destino similar.
(John Thornhill. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
Compartir esta nota
