Era 1894 cuando Annie Londonderry salió de Boston con una bicicleta, quince dólares en el bolsillo y una apuesta que la mayoría consideraba una locura: dar la vuelta al mundo pedaleando. Lo logró en quince meses. Tenía 23 años. Era madre de tres hijos. Y con cada kilómetro recorrido, desafiaba todo lo que su época esperaba de una mujer.

La historia de Londonderry no fue una excepción. Fue el símbolo más visible de una revolución silenciosa que rodó sobre dos ruedas a finales del siglo XIX.

Una máquina escandalosa

Cuando la bicicleta de seguridad, la de pedales y ruedas iguales, antecesora directa de la actual, se popularizó en la década de 1880, nadie anticipó su impacto político.

Por primera vez, las mujeres tenían acceso a un medio de transporte que podían manejar solas, sin depender de un hombre, un carruaje o un permiso. Podían ir a donde quisieran, cuando quisieran. Esa sola posibilidad fue suficiente para encender las alarmas del orden establecido.

Los médicos de la época advirtieron que pedalear era peligroso para el útero. Los sacerdotes lo condenaron desde el púlpito. Los periódicos publicaron caricaturas de mujeres en bicicleta abandonando a sus hijos y maridos. El miedo no era al vehículo, sino la autonomía que representaba.

El problema del vestido

Montar en bicicleta con los vestidos de la época, faldas largas hasta el suelo, enaguas, corsés que comprimían las costillas, era, sencillamente, imposible. La bicicleta obligó a repensar la ropa.

Amelia Bloomer, activista y editora del periódico feminista The Lily, llevaba años promoviendo una prenda que escandalizaba a la sociedad: unos pantalones bombachos recogidos en el tobillo, usados bajo una falda corta. Los llamaron bloomers en su honor, y fueron objeto de burla y condena.

Pero la bicicleta los convirtió en necesidad práctica. De pronto, lo que era un escándalo moral se volvió sentido común. Las mujeres necesitaban moverse, y para moverse necesitaban ropa que lo permitiera. La bicicleta ganó esa batalla cultural antes que cualquier discurso.

Pedalear representaba un acto político

La conexión entre la bicicleta y el sufragismo no fue coincidencia. Las mismas mujeres que exigían el derecho al voto eran las que ocupaban las calles sobre dos ruedas. Pedaleaban solas, a plena luz del día, ante una sociedad que las miraba con desaprobación. Eso, en el siglo XIX, era un acto político en sí mismo.

Abigaíl Mejía, pionera del feminismo dominicano, fue de las pioneras en llegar a las reuniones en bicicleta.

Susan B. Anthony lo dijo en 1896, en una entrevista con la periodista Nellie Bly, pionera del periodismo de profundidad: "La bicicleta ha hecho más por la emancipación de las mujeres que cualquier otra cosa en el mundo". 

No era retórica. La bicicleta daba movilidad, y la movilidad daba poder. Las sufragistas llegaban solas a sus reuniones, distribuían panfletos de barrio en barrio, organizaban marchas sin esperar que nadie las llevara.

209 años después

Han pasado dos siglos desde que Karl von Drais presentó su draisiana en 1817. La bicicleta sobrevivió a todos los que intentaron mantenerla fuera del alcance de las mujeres.

Hoy, en ciudades de todo el mundo, pedalear sigue siendo, para muchas mujeres, un acto de afirmación. No porque el peligro haya desaparecido (el acoso en la calle, la falta de infraestructura segura, la mirada que juzga) sino porque la decisión de ocupar el espacio público sobre dos ruedas sigue cargando, aunque sea inconscientemente, el peso de esa historia.

Annie Londonderry llegó a la meta. Susan B. Anthony tenía razón. Y la bicicleta, a 209 años de su invención, sigue siendo un vehículo político.

Halley Antigua

Periodista apasionada por temas tecnológicos, salud y sociales; me gusta ponerle rostro a los datos. Disfrutar de la cultura y el turismo ecológico.

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