Santo Domingo alberga una realidad que muchas veces pasa inadvertida entre el ruido del tránsito, la prisa diaria y el movimiento constante de la ciudad: la presencia de personas sin hogar que buscan refugio en puentes, elevados, aceras y estructuras públicas.
Cada noche, esos espacios se convierten en techos improvisados para hombres y mujeres que no tienen una vivienda a la cual regresar. Para algunos, una columna de concreto representa protección contra la lluvia; para otros, una sombra durante el día o un lugar donde descansar después de caminar sin rumbo por la ciudad.
Uno de los puntos donde esta situación se hace más evidente es la intersección de las avenidas Máximo Gómez y Nicolás de Ovando, una de las zonas más transitadas de la capital. Bajo el elevado, entre el ruido constante de los vehículos y el paso acelerado de peatones, decenas de personas han encontrado un espacio donde pasar las noches y enfrentar los días.
Allí conviven historias marcadas por la pobreza, el abandono familiar, las adicciones, los trastornos de salud mental y la falta de redes de apoyo.
Una ciudad que pasa por encima
Desde la superficie, la escena suele pasar desapercibida. Miles de conductores cruzan diariamente por la zona sin detenerse a mirar lo que ocurre debajo del puente.
Mientras los semáforos cambian, el tráfico avanza y la rutina urbana sigue su curso, bajo la estructura permanece una población que vive al margen de esa misma ciudad.
Lo que para muchos es simplemente una vía de tránsito, para otros representa refugio. Las columnas sirven de protección, el concreto ofrece sombra y el espacio termina convertido en una especie de hogar improvisado para quienes han quedado excluidos de otros entornos.
Más que ocupación del espacio público
Aunque existen instituciones y programas destinados a atender situaciones de vulnerabilidad, salud mental, discapacidad, abandono o pobreza extrema, la realidad visible en distintos espacios urbanos de Santo Domingo evidencia que muchas personas continúan fuera de esos mecanismos de protección.
El problema no se limita a la ocupación de espacios públicos. Se trata de una situación social más profunda, que expone las limitaciones de los sistemas de atención para una población vulnerable que necesita acompañamiento, intervención integral y respuestas sostenidas.
Bajo el elevado de la Máximo Gómez con Nicolás de Ovando, las horas transcurren de forma distinta. Allí, donde la ciudad parece mirar hacia otro lado, permanecen hombres y mujeres cuya existencia suele quedar oculta entre el ruido del tránsito y la prisa cotidiana.
Son personas que no solo han perdido un techo. En muchos casos, también han quedado fuera de la mirada de una sociedad que pocas veces se detiene a preguntarse qué ocurrió para que terminaran viviendo bajo el concreto.
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