¿Extrañas tu antigua vida laboral, aquella anterior a la irrupción de la inteligencia artificial (IA)?

Muchos sí. Quienes buscan empleo se quejan de la falta de trato humano, ya que los algoritmos filtran sus solicitudes y las entrevistas las realizan reclutadores automatizados. Algunos lamentan que la IA generativa ha intensificado el trabajo en lugar de darles un respiro. En un estudio, se observó que «los empleados trabajaban a un ritmo más acelerado y asumían una gama más amplia de tareas» debido a la IA. Otros la rechazan totalmente y prescinden de los atajos automatizados porque consideran que adormecen la mente y contaminan su forma de pensar.

Casi dos tercios (65 por ciento) de los trabajadores de oficina añoran con frecuencia su antigua vida laboral, según la consultora Adaptavist. Alrededor de un tercio abandonaría la IA generativa ya que consideran que inhibe la creatividad, y una proporción similar teme el uso indebido de la misma. Casi la mitad afirma que la necesidad de verificar los contenidos mediocres generados por la IA aumenta la carga de trabajo tedioso, lo que contradice la gran promesa de que el futuro laboral reduciría las tareas más pesadas y monótonas.

Aunque se trata solo de una encuesta, el sentimiento resuena entre los empleados. Elaborar un informe coherente con solo pulsar un botón parece sencillo, pero verificarlo y descartar la información irrelevante o errónea consume mucho tiempo. Basta con observar la proliferación de publicaciones en LinkedIn generadas por IA; no solo se han vuelto esquemáticas, sino también interminables. No verificar la información conlleva el riesgo de hacer el ridículo e incluso de sufrir sanciones, como les ocurrió a abogados y consultores reprendidos por incluir casos inexistentes —fruto de las «alucinaciones» de la IA— en sus argumentos e informes jurídicos.

El impacto de esta tecnología en la creatividad resulta preocupante. Investigaciones sobre escritura creativa en la población general —más allá de los novelistas profesionales— revelan que, si bien la IA generativa puede inspirar más giros argumentales, en conjunto conduce a la duplicación de ideas y a una homogeneidad en las historias. Otro estudio sobre innovación realizado por la Wharton School de la Universidad de Pensilvania produjo resultados similares: aunque las ideas mejoraban, la diversidad disminuía, lo que llevó a un autor a advertir que «si dependes de ChatGPT como único asesor creativo, pronto te quedarás sin ideas, ya que son demasiado parecidas entre sí».

Los constantes cambios de criterio de las empresas respecto a sus políticas sobre IA también han desconcertado a la plantilla. Tras haber sido alentados inicialmente a utilizar la tecnología para automatizar tareas y experimentar libremente, ahora se pide que los empleados moderen su uso para controlar los costos, a medida que las empresas tecnológicas adoptan sistemas de facturación basados en el consumo de las herramientas de IA, o «tokens».

Esto ocurre incluso antes de abordar los temores sobre la pérdida de empleos y las cuestiones éticas y medioambientales. ¿Cabe extrañarse de que algunos anhelen un entorno laboral previo a la IA?

En mayo, el exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt, fue abucheado por los estudiantes durante su discurso de graduación en la Universidad de Arizona, tras advertirles que no debían dar la espalda a la revolución de la IA. «Cuando alguien te ofrece un asiento en un cohete, no preguntas cuál; simplemente subes. Graduados, el cohete ya está aquí», afirmó.

Brian Merchant, autor de Sangre en las máquinas, ha trazado paralelismos entre las protestas de los luditas del siglo XVIII y la resistencia actual a la IA. En ambos casos, se suele etiquetar erróneamente a los protagonistas como tecnófobos. Sin embargo, la reacción de los estudiantes ante el exdirectivo de Google y el anhelo de un mundo anterior a la IA no implican necesariamente un rechazo absoluto, sino más bien una objeción a la forma en que se utiliza esta tecnología. ¿Por qué debería un recién graduado subirse a un cohete sin hacer preguntas?

Jason Dressel, director ejecutivo de History Factory —empresa que colabora con marcas en la gestión de su patrimonio histórico y archivos—, señala que la nostalgia refleja un deseo de «estabilidad, capacidad de acción y seguridad económica» en medio de «cambios vertiginosos». La IA intensifica esa sensación, ya que está transformando no solo la forma en que la gente trabaja, sino también cómo se valora su contribución.

Como ocurre con toda nostalgia, existe el riesgo de idealizar el pasado. Es cierto que la incursión de la IA en el arte y la escritura fomenta la homogeneidad cultural y la falta de originalidad, al basarse en la apropiación del trabajo de los creadores para entrenar grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés). Pero a muchos consumidores esto no les importa; además, los ejecutivos del cine, la televisión y el sector editorial ya eran perfectamente capaces de producir contenidos banales y repetitivos antes de la llegada de la IA. No todas las creaciones son obras geniales y experimentales.

Si bien existen preocupaciones muy serias sobre cómo aprenderán los jóvenes a desempeñar sus funciones cuando las tareas básicas pueden ser realizadas por la IA, cabe preguntarse si el modelo —común en bancos y bufetes de abogados que obligaba a los recién graduados a repetir una tarea monótona mil veces— es la mejor forma de aprender. ¿O será que el apego de los ejecutivos veteranos a su lejana juventud está nublando su perspectiva?

Examinar el pasado es una forma útil de aclarar qué partes de nuestro trabajo queremos conservar y cuáles desechar, pero solo si somos sinceros con nosotros mismos.

Emma Jacobs. Copyright The Financial Times Limited 2026 © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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