La imagen llegó como llegan todas las cosas que pretenden ser definitivas: sin contexto y con demasiada seguridad. Nicolás Maduro, escoltado por supuestos agentes de la DEA, descendiendo de un avión. El encuadre era limpio, el gesto contenido, el momento exacto. Todo parecía encajar con el anuncio que ya circulaba: la detención. En las redacciones y en los chats de trabajo, la foto no pedía permiso, se imponía. Era el tipo de imagen que promete una primicia.

Durante unos segundos, la presión no vino de la imagen, sino del oficio mismo. El "periodismo", atravesado por la inmediatez, empuja a publicar antes de que otro lo haga, a marcar tendencia, a no quedarse fuera de la conversación. Pero algo incomodaba. No era un detalle técnico, ni una prueba concreta. Era esa sensación que aparece cuando una imagen explica demasiado bien lo que todos necesitan confirmar. Ninguna fuente clara. Ningún rastro previo. Solo una escena perfecta, diseñada para cerrar el relato antes de que alguien hiciera preguntas.

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La imagen difundida en la que supuestamente aparece Nicolás Maduro detenido fue fotografiada desde una pantalla, pero muestra en HD letras que corresponden a una cámara de seguridad, con una calidad de teléfono, esta serie de incongruencias visuales y lógicas, son características de una imagen generada por inteligencia artificial.

Ahí empezó el trabajo. No el de confirmar, sino el de frenar. Mientras la imagen seguía ganando terreno como posible titular, decidimos buscar su origen, no su alcance. Silencio oficial, ruido informativo. Y en esa distancia, entre la urgencia por publicar y la obligación de verificar, la foto empezó a perder peso. El periodismo, una vez más, no comenzaba con la primicia, sino con la duda.

La siguiente pregunta no fue solo si la imagen era real, sino de dónde había salido. Ninguna agencia, ningún canal oficial la había publicado, pero se encontraba en los medios, chats de WhatsApp y posts de X. No circulaba sola, empujada por la urgencia de ser compartida. En otros contextos eso bastaría para descartarla, pero en un escenario de crisis, la ausencia de fuente empieza a competir con la ansiedad por llegar primero.

La imagen empezó a recorrerse al revés. Búsquedas simples, rastreos básicos, intentos de encontrar una versión anterior. Lo que apareció no fue un origen institucional, sino perfiles acostumbrados a producir escenas que nunca ocurrieron. Contenidos demasiado pulidos, demasiado oportunos. La tecnología no gritaba “falso”; susurraba. Y en el periodismo, a veces, ese susurro es más importante que cualquier confirmación.

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La imagen que han difundido varias publicaciones con Maduro detenido en un avión con un pijama de color blanco no coincide con la publicada por Donald Trump, en la que tiene un abrigo gris.

Mientras tanto, el relato oficial avanzaba con pasos más lentos. Tras horas teníamos una sola imagen reconocible, difundida por Donald Trump en su red Social Truth Social, y más tarde por la Casa Blanca en X. El contraste era evidente: de un lado, una avalancha visual que prometía exclusivas; del otro, una narrativa incompleta, pero identificable. Las fotos que mostraban aviones, agentes y traslados espectaculares empezaron a chocar con esa versión mínima. No porque se demostraran falsas de inmediato, sino porque no encajaban.

Hubo imágenes que reaparecieron fuera de contexto, recicladas de otros conflictos, de otros años, de otras crisis. Bastaba con retroceder un poco para verlas desarmarse. No era una operación sofisticada de desinformación; era algo más simple y más peligroso: material viejo, contenido generado por inteligencia artificial, escenas diseñadas para llenar el vacío informativo antes de que alguien pudiera hacerlo con hechos.

Las imágenes de Maduro parecían reales, pero algo no cuadraba

Esta imagen de la detención de Nicolás Maduro tiene signos de haberse creado con inteligencia artificial, como las letras ilegibles en el uniforme de uno de los soldados.

Ahí se hizo evidente el dilema. Publicar rápido y corregir después, o esperar y llegar tarde, pero seguro. En tiempos de competencia permanente, la segunda opción suele verse como un fracaso. Pero este día quedó claro que el verdadero error no era perder una primicia, sino prestarle credibilidad a una imagen solo porque resolvía el relato.

Al final, la historia no fue la detención ni las fotos. Fue el proceso. La decisión de no empujar una imagen que pedía ser creída sin pruebas. En medio de la presión por liderar la conversación, el periodismo, sin comillas, volvió a ese lugar incómodo donde nadie aplaude: el de frenar. Porque cuando todo corre, dudar no es debilidad. Es el último gesto profesional que queda.

Julio Solano

Periodista y poeta

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