El doctor Luis Ortiz Hadad, cirujano coloproctólogo, psicólogo clínico y columnista habitual de Acento, vuelve a incomodar con comodidad. En su más reciente reflexión, el médico no receta fármacos ni procedimientos quirúrgicos: receta esperanza. Y lo hace con el respaldo de la ciencia, la filosofía y una anécdota de béisbol de barrio que, en sus manos, se convierte en una lección sobre el poder de la mente humana.
Ortiz Hadad no era buen deportista de niño. Pero en un partido de béisbol decisivo, un entrenador creyó en él cuando él mismo no lo hacía. El resultado fue un jonrón que ganó el juego. Lo que podría ser una anécdota simpática, el médico la convierte en el punto de partida de una tesis clínica: cuando alguien cree en nosotros, activamos capacidades que de otro modo permanecen dormidas.
"Normalmente no habría creído que podía lograrlo, pero ver a un adulto tan convencido de mi capacidad, me permitió una hazaña que hasta a mí me sorprendió", escribe el doctor. Y añade: "Ahora intento hacerle saber a muchas personas que ellos también podrían dar ese jonrón, si logran creer en sí mismos."
El planteamiento no es nuevo en la literatura científica. El psicólogo Albert Bandura lo sistematizó en su teoría de la autoeficacia —la creencia de un individuo en su propia capacidad para ejecutar conductas que producen resultados específicos—, publicada en 1997 y citada por el propio Ortiz Hadad como referencia.
El experimento que nadie quiere recordar, pero que todos deberían conocer
Uno de los momentos más potentes del texto es la referencia al experimento del biólogo Curt Richter, realizado en 1950 en la Universidad Johns Hopkins. Richter colocó ratas en recipientes con agua: sin intervención, morían ahogadas en un promedio de 10 a 15 minutos. Pero cuando las rescataba justo antes de rendirse y las volvía a colocar en el agua tras recuperarse, las ratas sobrevivían nadando por más de dos días.
La única variable que cambió fue la esperanza de ser rescatadas.
Ortiz Hadad reconoce las implicaciones éticas del experimento —"debo pedir excusas por citarlo, porque hubo faltas éticas en contra de animales"— pero defiende su valor científico: los hallazgos sugieren que la esperanza podría incrementar la resiliencia y la resistencia al estrés en los seres vivos, incluidos los humanos.
Mente y cuerpo: una unidad que la medicina dominicana aún debate
El médico se adentra en terreno más polémico cuando afirma que "mente y cuerpo no están separados" y que los pensamientos y decisiones regulan las emociones, las cuales a su vez modifican los procesos fisiológicos. En otras palabras: lo que pensamos puede alterar cómo funciona nuestro organismo.
Esta postura le ha valido críticas. Algunos colegas y lectores le han señalado que vincular la forma de pensar con el desarrollo de enfermedades puede generar culpa en los pacientes. Ortiz Hadad no esquiva el debate: lo enfrenta con una analogía directa. "Llevar una dieta deficiente, hábitos tóxicos, descuidar recomendaciones médicas y mantener estilos de vida no saludables también afecta la salud —y también puede hacer sentir culpable a los enfermos si se les dice—, pero ocultarlo tal vez impida que puedan ayudarse a sí mismos."
El argumento es incómodo, pero coherente. Y llega en un momento en que la República Dominicana atraviesa un debate institucional sobre salud mental: en febrero de 2026, el presidente Luis Abinader presentó el Plan Estratégico de Salud Mental 2026-2030, que incluye la habilitación de la línea gratuita 8-1-1 y el aumento de camas de atención de 137 a 500 a nivel nacional.
Fe, pasividad y el peligro de los discursos fatalistas
Ortiz Hadad también apunta hacia la religiosidad popular dominicana con una crítica matizada. Reconoce el poder de la fe, pero distingue entre una fe auténtica —que moviliza, que activa, que impulsa— y una fe pasiva que espera que "Dios vendrá a rescatarnos para que seamos felices para siempre."
"Nunca se nos dio permiso para ser mediocres o pasivos", escribe. "En todo momento se espera que hagamos el mejor uso posible de nuestros talentos."
El llamado más directo del texto es contra los discursos fatalistas y pesimistas: los que promocionan el supuesto poder de espíritus malignos, los que anuncian destinos catastróficos, los que cultivan la queja como identidad. "El mundo no necesita más expertos en problemas, sino más gestores de soluciones", sentencia.
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