Durante muchos años, he analizado la lista de multimillonarios de Forbes para identificar países donde los crecientes desequilibrios de riqueza amenazan con provocar una convulsión social. Una premisa fundamental era que esta amenaza era menor cuando la riqueza se concentraba en «multimillonarios buenos» —aquellos que operan en sectores innovadores y que impulsan la productividad, como el ámbito tecnológico—, y mayor cuando surgían «multimillonarios malos» en industrias como la inmobiliaria o la minera, sectores más estrechamente vinculados a la captura de los organismos reguladores.
Hollywood está reescribiendo ese guion. Ahora ha surgido una oleada de películas que condenan a los multimillonarios de Silicon Valley por su ambición desmedida y su monstruosa indiferencia. Entre los retratados figuran Sam Altman, en Artificial; Mark Zuckerberg, en The Social Reckoning, y Elon Musk, en Musk.
Al ver algunos de estos nuevos estrenos en Nueva York, me puse a reflexionar sobre por qué está ocurriendo esto y hacia dónde nos llevará. Hollywood suele arremeter contra las grandes corporaciones tras una crisis económica, como ocurrió después del año 2000 y tras la crisis financiera de 2008. Sin embargo, el auge de la inteligencia artificial (IA) sigue en pleno apogeo. Aunque los estadounidenses han invertido masivamente en estos magnates tecnológicos y en sus acciones —además de adoptar rápidamente sus productos y servicios—, también muestran una hostilidad creciente hacia ellos.
El enfado es personal. El público estadounidense acogió con entusiasmo la revolución digital durante la era de las puntocom, pero recientemente se ha vuelto contra las mayores estrellas del sector tecnológico, incluidos Zuckerberg y Musk, cuyos índices de popularidad han caído profundamente en terreno negativo. Hollywood refleja el sentir nacional al presentar a los directores ejecutivos de las grandes empresas tecnológicas como «multimillonarios malos». Esto sugiere que el rechazo popular podría intensificarse con el tiempo.
Un tema recurrente en estas películas es cómo la soberbia se ha apoderado de Silicon Valley. En Artificial, el director Luca Guadagnino muestra a Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, reflexionando sobre cómo la caja de Pandora abierta por la IA podría derribar industrias y países enteros. Por su parte, Alex Gibney, director de Musk, describe el principal defecto de su protagonista como una convicción ciega: cree que su causa es tan noble que, en busca de ella, «debería permitírsele hacer cualquier cosa».
Tras haber cultivado durante mucho tiempo una imagen de librepensadores políticos e idealistas socialmente liberales, estos multimillonarios son vistos ahora como monopolistas oportunistas aliados con la clase dirigente de Washington, lo cual los convierte en los villanos perfectos para la pantalla. La segunda parte de Musk se centra en los intentos erráticos del director ejecutivo de Tesla y SpaceX por desmantelar el llamado «Estado profundo» en favor del presidente estadounidense Donald Trump. En The Social Reckoning, un subordinado de Zuckerberg presume de que Facebook es «el doble de grande que el país más grande de la Tierra» y, por tanto, una entidad «posgubernamental» que no teme al Congreso.
La trayectoria de degradación de estos personajes resulta llamativa. Musk sigue la evolución de su protagonista: de emprendedor de vehículos eléctricos que pretendía salvar el mundo a megalómano que apoya el movimiento MAGA. The Social Reckoning presenta a Zuckerberg como un individuo frío y despiadado, sin una sola cualidad redimible. Por su parte, el Altman de Artificial —quien en su día fue elogiado como un pionero de la IA preocupado por los efectos nocivos de la tecnología— se muestra ahora totalmente indiferente, encogiéndose de hombros y diciendo: «Yo no inventé el suicidio adolescente».
Estas críticas de Hollywood reflejan el sentimiento antisistema que impera en el país, un clima que ha terminado por envolver por completo a la élite tecnológica. Dado el potencial de la IA para impulsar la productividad y el crecimiento económico, me parece prematuro acoger este movimiento de rechazo. No obstante, los cambios en la percepción pública de los más ricos pueden ser un síntoma de malestar social; en el contexto actual, resulta cada vez más difícil mantener a los magnates tecnológicos en la lista de los «buenos».
EE. UU. cuenta con cerca de 1.000 multimillonarios cuya riqueza combinada de 8,4 billones de dólares equivale al 27 % del producto interior bruto (PIB), una de las proporciones más elevadas del mundo. A mi juicio, el hecho de que una gran parte de la riqueza esté en manos de magnates que operan en sectores considerados «buenos» suele ayudar a este colectivo a mantener una imagen pública positiva y a evitar ataques políticos. Sin embargo, si los magnates tecnológicos estadounidenses pasan a ser clasificados como «malos», la proporción de la riqueza de los multimillonarios que se considera «buena» caería del 40 % al 2 %. Y, en cuanto a la proporción de «multimillonarios buenos», EE. UU. descendería del cuarto al decimosexto puesto entre las naciones desarrolladas.
Si es así, EE. UU. se asemeja menos a un modelo de creación de riqueza mediante el emprendimiento y más a una sociedad vulnerable a una reacción en contra de los ultrarricos. Tal como en las películas.
Ruchir Sharma. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
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